El autógrafo de Johann Cruyff

cruyff-¿Crees que te amo?
-Sí.
-¿Crees que te daría lo mejor?
-Sí.
-Te amo; pero también te odio.

-Yo también.

En aquellos Johann Cruyff era el mejor futbolista del mundo y Caroline mi madre, aunque a ella no sé catalogarla como buena o mala. Sólo era mi madre y ante ello no tenía alternativa. A ella no le gustaba el fútbol, pero había muchas cosas que no le gustaban y que tal vez terminaron hundiéndola. La recuerdo como una mujer de unos 30 años, con el pelo negro, los ojos verdes, y la sonrisa a flor de labios.

Cruyff sólo era opacado por Beckembauer. Mi madre no era opacada por nadie pues yo tenía contacto con pocas personas, de las cuales casi todos eran adultos, algunos más locos que otros. Vivíamos en Alicante, en el extremo sur de España y “El Holandés Volador” jugaba en el Barcelona, quien lo había comprado en la cifra más millonaria de aquellos inolvidables años 70. Otra cosa: España estaba bajo el mandato de Franco, pero ya estaba viejo y el “destape” se empezaba a advertir. No era mucho, pero según entendía, las discotecas se cerraban más tarde y varias revistas mostraban mujeres desnudas en sus páginas interiores. Además había atentados de la ETA, manifestaciones, y programas chistosos con la Rafaela Carra y un cómico bigotudo que se apodaba inteligentemente Bigote Arrocet, quien había nacido en un país llamado Chile. En aquellos años mi madre me despertaba cerca de las siete de la mañana y me daba algunas monedas para ir al colegio pero yo hacia como que me subía al bus escolar y diariamente vagabundeaba por las calles de la ciudad conversando con obreros de la construcción, delincuentes, y tenderos de poca monta y menores ingresos. Creo que iba como en segundo básico. Creo que repetí tres años seguidos esa etapa escolar por inasistencia. Una noche leí en el diario; pues a pesar de mis desdeños escolares aprendí a leer bastante prematuramente, que el Barca iba a sostener un amistoso con el Alicante. El partido era el suceso del año en la ciudad. -¿Me dejarías ir a ver el partido?- le pregunté a mi madre.
-Lo voy a pensar- sostuvo ella, y yo rogaba que cuando me diera su veredicto estuviera de buen humor. A los dos días me lo dio.
-No, eres muy chico- dijo y cerró la puerta de su dormitorio.
Cuando uno le abre el corazón a una remota posibilidad por obra de magia ella se convierte en el hilo conductor que mueve nuestras vidas, aunque sea por unos segundos.
¿Qué es lo que ve un niño en la figura de un jugador de fútbol?
La respuesta es simple: un espejo de lo que deseamos ser en unos años. Y el verano. Jugar en un estadio lleno en la noche debía ser una experiencia abismante. El verano se había dejado caer con tanta fuerza que a todos nos dio miedo.
– Solo falta que muera Franco- dijo mi madre, y a las 72 horas el Generalísimo fallecía. Al día siguiente me dio permiso para ir al estadio. Tenía ocho años. No era mucho. El estadio de Alicante era como un cementerio de elefantes. En muchísimo espacio cabían muy pocos. Las nubes completaron el espectáculo. Creo que me colé en la entrada, cosa no muy difícil para alguien de un metro veinte. Enfilé a los camarines con tan buena fortuna que había un alboroto enorme y logré pasar desapercibido entre dos hombres que se liaban a golpes. Haber sido persona desconocida en aquella zona del estadio era fascinante A lo lejos se veían los jugadores del Barca con una cinta de duelo en las mangas de sus camisetas, pese a que Franco había tratado de exterminar a toda Cataluña. Me acerqué tímidamente sin mirar a ninguno de ellos a los ojos. Finalmente levántela vista. Ahí estaba el Johann Cruyff que tanto había visto en la TV. Se veía delgado, veloz, con reflejos centellantes; los ojos azules y el pelo tímidamente rubio. Saltó a cabecear con su chasquilla mientras un hombre de buzo granate le tiraba el balón. Fue en el preciso instante posterior al cabezazo que depositó su mirada en mi persona.
-¿Qué es lo que miras golfo?- preguntó.
No sabía qué decir. Finalmente atiné a mascullar un: “¿Me puedes dar un autógrafo?”, que sonó apenas perceptible.
– ¿No tienes nada mejor que andar haciendo?- volvió a preguntar,
– No… ¿Usted es Johann Cruyff?
– Si. Pásame el papel, chaval- masculló.
Me firmo el autógrafo y me fui. A los tres pasos escuché que me llamaba. Se acercó.
– Soy Johann Cruyff- señalo y me dio la mano mientras sonreía. Después de eso lo miré y me fui. Cuando llegué a la casa eran cerca de las ocho y estaba de noche. La gente en las calles caminaba rápido, la mayoría mirando sus relojes. Mi madre estaba en el comedor bebiendo una cerveza. Al verme llegar se levantó y enfilo a la cocina. Desde ahí me grito:
– Te voy a calentar la comida.
– Gracias- respondí.
-¿Cómo te fue en el estadio?
– Más o menos.
-¿Viste a Cruyff?
– Si. Me firmo un autógrafo.
– ¿Y cómo es?
– Mas o menos.
-¿Es buenmozo?
– No podría asegurarlo.
Mi madre encendió la radio y una canción de Electric Light Orchestra sonó melodiosa.
– Mi invitaron a un concierto de este grupo en Almería- dijo mi madre-.Dicen que Clint Eastwood está filmando un western.
-Qué bueno- respondí.
-¿Crees que puedas quedarte solo una noche?
– Supongo que si- respondí, aunque sabía que no era una idea muy de mi agrado.
– Gracias- respondió ella y su voz sonó tan bella que la desconocí.
– ¿A tus amigos les vas a contar que Cruyff te dio un autógrafo?- volvió a preguntar.
– No lo sé. No tengo muchos amigos en el colegio.
La canción de los Electric seguía sonando en la radio. Era un tema lento. Por la ventana se veía el cielo y las estrellas corriendo en la noche.
– ¿Crees que te amo?- pregunto ella.
– Sí
-¿Crees que te daría siempre lo mejor?
– Sí.
– Te amo; pero también te odio.
– Yo también
Fue entonces cuando me abrazó y muy lentamente comenzamos a bailar al son de la música. Fue entonces cuando advertí que estaba llorando. Tenía ocho años. No era mucho. Ella tenía veintiséis y tampoco era mucho. En ese instante recordé que tres meses antes había pensando en irme de la casa y dejarla sola.
Tomé su cabeza y la besé.
– ¿Quién es más importante?- preguntó ella-. ¿Yo o ese futbolista?
– Tú, mamá- respondí-. Tú siempre vas a ser la más importante.
Fue lo que dije en ese segundo. Fue la primera vez que bailé con alguien. Fue la primera vez que sentí pena por alguien.

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