Lilli Marleen

La ampolleta de pronto perdió fuerza. Pero fue sólo un segundo. Algunos la miraron un instante. Luego siguieron conversando de fútbol, del futuro, y de la última película pornográfica que entre penumbras observaron desde sus literas la noche anterior. Fue entonces cuando entró el sargento Polanco. Todos se pusieron firmes.
“Buenas tardes, mi sargento” tronó en la habitación. Los soldados lo miraron a los ojos, pero ante la fuerza y el odio que desprendía, luego la desviaron. Siempre era así, y era mejor.
– i Sentarse ! – masculló Polanco.
Continuaron hablando, pero ahora tenían que simular limpiar los fusiles, coser los trajes, o lustrar las botas. Mientras tanto, Polanco se sentó e hizo la orden de la tarde. El cabo de servicio, un soldado como todos, pero que destacaba por su rapidez y marcialidad, empezó a pasearse por si era necesitado. Estuvo así por seis o siete minutos. En un momento sintió ganas de mear. Rápido fue al baño, que sólo era separado de la cuadra por un pasillo.
– i Cabo de servicio !- gritó de pronto el sargento.
Todos en la cuadra se miraron nerviosos.
– i Cabo de servicio ! – volvió a gritar, esta vez con más furia, parándose con rapidez.
El soldado, por fin, cruzó el umbral y se puso firme.
– Ordene mi sargento.
– Tenis que ser más avispado, saco de huevas- murmuró Polanco, al mismo tiempo que llevaba su brazo derecho nacia atrás. El golpe dio de lleno en el rostro del muchacho. En la sala nadie se movió, salvo la ampolleta que volvió a perder intensidad.
– ¿Cuál es la fuerza?- preguntó Polanco.
– 51 mi sargento. 48 presentes, 2 en enfermería, y uno como jardinero en la casa de mi mayor López.
– i Ya sale de aquí, mierda ‘… Forma la compañía.
– i Formar!- gritó el soldado con la vista aún nublada.

Todos corrieron a sus casilleros, guardando blusas, betún, o lo que tuvieran en las manos. Luego salieron con los fusiles. El de mayor estatura se puso de primer hombre, y todos comenzaron a alinear en tres hileras. Por estatura. Sin hablar. Casi sin pensar. Era el ejército: ” Por un año vamos a dejar de pensar para hacer cosas”, había señalado el comandante del regimiento. Y parece que todos lo habían asimilado muy bien.
Las piernas, excesivamente cortas pero robustas, fue lo primero que apareció
por el umbral que daba al exterior de la cuadra. Luego toda la humanidad de un
Polanco inolvidable: gordo pese a los partidos de baby los domingos; con su
bigote a lo Chaplin, y sus manos de empanada, que eran tan temidas por su
potencia y certeza para encajar golpes. Se acercó con lentitud, dándose tiempo,
como pensando la próxima jugada. Con su leve e imperceptible cojera que,
según algunos, se debía al disparo de un vengativo pelado.
El cabo de servicio corrió a su encuentro y dos metros antes, se puso firme.
– Compañía formada, mi sargento.
– Bien.
Pequeñas pozas de agua parecían huir en busca de mejores rumbos. A lo lejos
se escuchaba el canto marcial de otra compañía. Entonaban “Lilly Marlen . La
música por una extraña razón quebraba todo el esquema dándole un toque
más humano a aquellas personas que si demostraban sus sentimientos eran
consideradas como anormales, débiles. O en el mejor de los casos equivocadas
en cuanto a la opción de vida que habían tomado.
Poco a poco la melodía se iba acercando. Entonces Polanco empezó a hablar:
– Ustedes pelados tienen que ser buenos soldados. No andar hueveando,
Pensar en la cagada de futuro que tienen… Ustedes están de paso. Los que
quedan en este basurero somos nosotros. Ustedes van a salir licenciados, van a
tener un grado de reserva, que es muy importante. Se están abriendo muchos
supermercados que requieren guardias. Y muchos de esos guardias los
proporcionamos nosotros. No tienen que andar pensando en ideas huevonas
de “paisas” que sólo quieren revolver el gallinero.
Cárcamo y Víctor Gebard estaban en la penúltima hilera, bromeando, dándose
codazos, y susurrando tonterías. Como eran de mediana estatura apenas se
lograban ver por sobre los otros soldados más altos y fornidos. Pero Polanco
los vio. De inmediato detuvo su discurso.
– Vengan pa’ca, pelaos culiados- dijo, indicándolos con el dedo.
Los soldados corrieron raudos hacia su sargento.
– Ordene mi sargento- señalaron a coro.
Cortó el aire y golpeó con fuerza el pecho de Gebard. Todos habían observado
la patada con asombro. Polanco, a pesar de sus kilos, aún tenía sus cualidades.
Entonces Gebard cometió otro error: lo miro feo.
Polanco se sintió sorprendido y lo escrutó con rabia, sin disimulo, como a
punto de lanzarse sobre su presa. Y de hecho lo hizo.
– Párate, pobre huevón.
Gebard sólo ahí supo que se había equivocado. Que su corazón había
traicionado su inteligencia, que nunca había que demostrar los sentimientos en
el ejército. Sea con quien sea. Miró hacia un costado y advirtió un monolito de
un general que no lograba reconocer, con una placa de bronce que decía: Los
obstáculos están para ser superados”. “Tratemos de superar éste”, pensó, y se
puso en píe.


– Así que erís encachao, pelado…Vamos a ver si te la podís con tu sargento-
señaló Polanco-, tenía 6 tiempos para contar una historia, y ya van dos…
Gebard comprendió que debía actuar con rapidez. A su mente llego un
recuerdo y comenzó a hablar como si estuviera a punto de morir:
– Cuando tenía diez o doce años tuvimos que irnos a Santiago, mi sargento-
señaló el joven con voz fuerte-. Mi familia amaba el sur pero mi padre fue
despedido de su pega por exceso de personal o algo así. Realmente fue porque
se propasó con una secretaria de la empresa, pero éI era muy joven y esa es
otra historia. No eran buenos tiempos así que decidimos irnos a la capital,
donde un tío que se ofreció para ayudar a mi viejo. Llegamos un domingo de
enero, con un calor infernal. Y el smog, y el ruido, y los cuenteros de Estación
Central…Desde ahí que no me gustó nada la huevadita…Perdone mi sargento el
garabato.
– Sigue no más pelado. Y ojalá que sea buena.
– Bueno, mi tío Roberto, así se llamaba el viejo nos estaba esperando junto a su
Fíat 147. Como no teníamos nada, salvo una maleta, subimos los cuatro: Mis
padres, yo y la maleta. Nos fuimos por la Alameda y doblamos en una calle que
pasa por debajo de un edificio, Nataniel creo que se llama. Esa es la única vez
que he pasado por debajo de un edificio. De ahí nos fuimos por Gran Avenida.
Por fin llegamos a la casa, que estaba en el paradero 25. Siempre me acuerdo
porque había, no sé ahora, un avión que era como un monumento, o algo así.
Bueno, mi tío nos invitó a pasar, y nos mostró cual era nuestra pieza. Digo
“nuestra” porque mis padres y yo tuvimos que dormir allí. Yo no aguanté, y
eché a correr hacia un ventanal enorme, por donde se veía el patio. Al fondo
había un parrón enorme. Pero no había sólo eso: Una muchacha de unos 14
años estaba cortando unos racimos de uva arriba de una escalera. Era muy
bonita: alta, de pelo negro y bastante largo. “Es mi hija”, me susurró mi tío.
“Claro”, respondí. Nos quedamos mirándola en silencio. Yo no sabía que hacer,
De pronto me di vuelta, susurré un “voy a jugar” y salí corriendo. En mi espalda
sentí algo frío: Sabía que mi tío me estaba mirando.
Las cosas anduvieron bien por un tiempo. Mis padres no pelearon, mi viejo
consiguió -gracias a su hermano- una pega en un supermercado, y yo comencé
a ir al colegio. Mi prima día a día se me presentaba más hermosa. Era re
conversadora y buena para la talla. Tenía buenas notas, era muy madura. Yo
era un pendejo solamente. Pero la felicidad nunca dura mucho. Un día mi viejo
-que era muy joven- llegó borracho: había perdido la pega. También el sueldo
en algún bar, y quizás con quién. Mi viejita se puso a llorar, pero luego se
repuso y mandó a acostar al inútil de su esposo. El panorama no se presentaba
muy prometedor que digamos; pero de nuevo mi tío lo salvó. Como tenía una
vieja máquina de escribir le enseñó a usarla. Al principio le costó un poco, pero
luego la manejaba a la perfección, así que la gente del barrio empezó a dejarle
documentos y papeles para que él los escribiera. No era mucho lo que se hacia,
pero alcanzaba para parar la olla. Es más, al poco tiempo los clientes
aumentaron, y mi viejo comenzó a ganarse sus pesos. Pasaba todos los días en
la casa. Métale escribiendo, mientras mi madre ganaba su platita por otro lado,
trabajando como empleada puertas afuera. Con mi prima nos fuimos
distanciando. Y yo no sabía por qué.
Un día, creo que a fines de abril, llegué del colegio como a las cinco. En la calle
los primeros focos se comenzaron a encender. Toqué hartas veces el timbre
pero deduje que estaba malo, y por eso nadie me abría. Tal vez no había nadie,
así que me metí por el patio. Por un escondite que sólo yo conocía. El gato del
vecino se cruzó por por delante pero le tiré un escupo y salió arrancando
asustado. De pronto comenzó a llover, mojándome el rostro. Fue entonces
cuando me acerqué al ventanal, viendo lo que nunca hubiese deseado
observar. Paralizado. No podía moverme. De pronto comencé a temblar, pero
no era de frío ni de miedo…Entonces eché a correr y salí de aquella casa. Corrí
con todas mis fuerzas rogando que todo fuera un sueño, un mal sueño. Pero en
un instante me detuve. No sé qué hizo detenerme, i Dios ! sabía que debía
correr y correr hasta perderme en aquella ciudad de la grandísima mierda; pero
no pude. Algo me estaba haciendo regresar, triste y cansado. En ese minuto
hubiese deseado convertirme en una piedra y pasar desapercibido, piola, que
nadie pronunciara el “Victor” que tanto odiaba. La gente que venía en dirección
contraria me miraba como a un delincuente, como a un ladrón, con esa fría
mirada que sólo los santiaguinos tienen.
Seguí caminado desafiante, a pesar del dolor que sentía dentro. Por fin llegue a
la casa que una hora antes amaba. Conté hasta tres, escupí en el suelo con
rabia y entré por el patio. Me acerqué al ventanal y entonces la vi: mi madre
lloraba sobre la cama, cuyas sábanas caían por un costado. De pronto alzó la
vista, y mirándome murmuró: “Lo ha vuelto a hacer”. Al fondo se veían dos
sombras haciendo rápidos movimientos.


– Ya lo sé- respondí-
Entonces se me echó en los brazos y la apreté tratando de arrebatar el dolor
que sentía…Nunca he estado más cerca de ella.
Polanco lo miró serio, pero exclamó sutilmente:
– ¿Qué viste por el ventanal cuando llegaste del colegio, pelado ?
– Nada…Eso no se lo diré nunca, aunque me mate a palos. Hay secretos que ni
siquiera usted se pueden contar.
Gebard no terminó la frase cuando comenzó a llover con más fuerza que nunca,
El canto de la compañía que estaba afuera se escuchaba claramente. Se
acercaba. “Lilly Marlen” inundaba Pichi-Pelluco y llegaba hasta la costanera. Y
de pronto pareció que la melodía se lograba escuchar en todo aquel Puerto
Montt frío y hostil. Fue entonces cuando se abrió la puerta principal y entraron
aquellos soldados. Cantando con soberbia, a pesar del cansancio y a pesar de
todo. Fue ahí cuando Polanco gritó: “Romper filas”. Un soldado tomó por el
hombro a Gebard para llevarlo dentro de la cuadra. Sin embargo un silbido
logró llegar a los oídos del muchacho. Este se dio vuelta y vio a Polanco, que lo
llamaba con la mano. Se acercó al sargento, que lento abrió la boca:
– Todos hemos tenido “atados” parecidos, pelado. ¿Qué hace tu viejo? ¿Te juntai
con él de vez en cuando?
– ¿ De verdad quiere saberlo ? Esta bien…- Polanco bajó la vista-. Es…suboficial
mayor. Regimiento Pudeto de Punta Arenas…Oficinista…No lo veo nunca, ni
quiero verlo.
– Así es la vida, pelado. Como los hombres: llenos de traición- señaló con voz
poco usual en él.
Se dio mediavuelta y se marchó. Con su cojera de siempre. Con paso lento. Un
tanto abatido. Como si hubiera perdido una de sus batallas. Tan solo
escuchando un “Lilly Marlen” que parecía advertirse en toda la ciudad: En los
cerros…y en un mar que rugía como si lo hubieran herido de muerte.

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