El hijo de Sam

Por Hugo Dimter P.

Aquellos días llovió bastante y la ciudad fue escarchándose a medida que se incrementaban los vientos del norte. Durante un fin de semana –luego de una fiesta del Rotary- comenzaron a oír al perro.

La primera noche los molestos sonidos duraron dos horas y la familia fue tomada por sorpresa. El perro, en el terreno colindante, parecía estar furioso, y todos pensaron que debido al encierro diurno se había vuelto loco. Posiblemente el dueño del can no lo alimentaba. A lo lejos se advertía que el animal era grande. Podía ser un Doberman, pero parecía más alto. Debía tener unas patas muy largas. El cerco de lata que delimitaba el inmueble se movía ante el empuje, y recién a las cinco de la mañana el perro desapareció.

Pasaron cuatro noches de absoluta tranquilidad y la familia se olvidó del perro. Pero el jueves volvió a despertarlos extasiado. Corría de un lado a otro, chocando con la valla empalizada. Pero no se quedó sólo en eso sino que empezó a escarbar. El maldito can estaba haciendo un hoyo. Quería pasar por debajo de la lata. Fueron cuatro horas de aullidos.

Temprano el dueño de casa se levantó saliendo al patio para inspeccionar. No se advertía nada extraño salvo las latas dobladas y sueltas. El hombre fue al garaje y sacó clavos para dejar más firme el cerco. Nadie en la familia hizo comentario alguno.

Durante la noche siguiente, a eso de las cuatro de la madrugada, nuevamente la familia no podía dormir debido a la tortura de los golpes y el jadeo del can, quien se había convertido en la reencarnación de Satán. Era injusto desvelarse pensaba el padre. En la mañana todos mostraban signos de cansancio y enojo. Se debía hacer algo con prontitud. Lo más aconsejable era hablar con el dueño del terreno vecino, explicarle la situación y pedirle que hiciera algo al respecto. Así que en la tarde el padre de familia se dirigió a solucionar todo de una buena vez. El vecino tenía un sitio bastante grande donde se agolpaban tractores, acoplados y diversas máquinas fumigadoras. Eso era lo que se advertía al subir al cerco y echar un vistazo. El cerezo en flor, desde las alturas, era el único mudo testigo de los extraños sucesos.

El padre dio la vuelta a la manzana y se apostó en la entrada del terreno. Un letrero amarillo de madera señalaba el nombre de aquella calle osornina: Hermanos Philippi 1050. Tocó el timbre pero nadie apareció. Estuvo en eso unos cinco minutos. De improviso un joven en bicicleta con las ropas de Correos de Chile apareció por la vereda del frente.

–          Hey, joven… ¡Joven!- le gritó-. ¿Sabe quién vive en esta casa?

–          Vive un gringo, un alemán- respondió el muchacho.

–          ¿Sabe el nombre?- volvió a preguntar el hombre.

–          Sam no sé cuánto… Espere, deje ver mi  listado- murmuró el cartero y comenzó a buscar en un roído librillo. Estuvo buscando algún dato pero no encontró nada.

–          -Debe buscar con la dirección en informaciones- concluyó el joven algo fastidiado.

Horas más tarde el padre logró encontrar lo que buscaba: el teléfono, y la persona a la que correspondía la dirección; Sam Miller. No era alemán sino norteamericano. Sólo poseía ese dato, nada más. ¿Pero quién era Sam Miller? ¿Quién conocía a Sam Miller? Trató de averiguar algo acerca de este hombre pero era un completo misterio. Preguntó por aquí y por allá pero nadie lo ubicaba.

Al día siguiente, en la tarde, el padre nuevamente presionó el timbre de la propiedad de Sam. Tocó una vez y al cabo de unos minutos volvió a hacerlo. De pronto se abrió la reja y apareció un hombre de unos 60 años, bastante fornido pese a sus años. En uno de sus brazos relucía un tatuaje que decía “Lucille” en un azul resplandeciente. Sam llevaba una camisa celeste de mezclilla, jeans y botas café claro. Curiosamente parecía más europeo que estadounidense y sin dificultad podría haber pasado por francés.

–          Señor, dígame que necesita- señaló hosco y de improviso el extranjero. El padre se quedó mudo.

–          Ehhh… Es por un perro. Un animal que circula por su terreno en la noche y no deja dormir a nadie. Mete ruidos y golpea el cerco de lata. Incluso parece que quiere hacer un hoyo e invadir mi propiedad- señaló el padre.

–          Eso es imposible. Mis perros circulan en el día pero en la noche permanecen en un lugar cerrado. Tal vez el perro del que me habla viene de otro lugar, pero de acá no es.

El padre se quedó pensando. Era una posibilidad cierta. El perro perfectamente pudo haber saltado otro cerco, invadir la propiedad de Miller y realizar todo el alboroto. La otra posibilidad era que Sam mintiera. ¿Por qué iba a encerrar los perros de noche? Los perros vigilaban de noche, supuestamente.

–          Bien, creo que he cumplido con informarle- señaló el padre.

–          Y yo con responderle- dijo Sam.

Así el padre conoció a Sam Miller.

El fruto cayendo. Apenas suspendido en el aire, púrpura y cilíndrico, casi pecaminoso. Tentador a los ojos, tanto de un niño como de adulto. Y rebotando en el suelo, provocando un imperceptible sonido. Eso llegó a las orejas, negras y brillantes, del perro. Eran las cuatro de la mañana y las nubes tomaban rumbo norte, con el fin de ocultar la luna que buscaba deslizar su manto sobre un Osorno brumoso.

Al día siguiente, en la mañana, estuvo llamando a Sam al teléfono que aparecía en la guía pero nadie contestó.

–          Tienes que eliminarlo- le dijo su esposa mientras le echaba mermelada al pan durante el desayuno.

–          Por supuesto que lo voy a eliminar.

No hablaron más del asunto. La decisión estaba tomada. Si el perro no tenía dueño a nadie le iba a importar su muerte…. Y todo iba a ser como antes, incluyendo las noches sin ruidos ni sobresaltos.

Durante la tarde volvió a llamar a Sam y esta vez el extranjero contestó de inmediato.

–          Aló, habla el señor que conversó con usted acerca del perro que no deja dormir. ¿Ha averiguado si alguno de sus perros  se escapó noches atrás?

La respuesta no se hizo esperar.

–          Ninguno de mis perros se ha escapado y le ruego que no me vuelva a molestar con tonterías pues es incomodo.

–          Perfecto- respondió el padre-. Voy a dispararle… Como no es su perro creo que no le importa.

–          Haga lo que quiera pero déjeme en paz.

Sam colgó.

–          Imbécil- alcanzó a mascullar el padre pero la comunicación ya se había cortado.

“Maldito perro” pensó el padre en la noche, cerca de la una. Y volvió a reflexionar con la cabeza en la almohada: “ Está loco. Un perro normal no haría eso. Está rabioso. Lo maltratan. Ese famoso Sam está más loco que el animal. Sam debe ser un ex combatiente de alguna guerra extranjera: un demente con todas sus letras”.

Sam se quedó despierto hasta tarde y no escuchó ladridos ni golpes en la lata. Estuvo viendo Los Lakers con San Antonio Spurs pero los Lakers iban arrasando y el match se tornó aburrido. Magic Johnson seguía haciendo piruetas y la gente aplaudía cada jugada con entusiasmo, demostrando simpatía hacia si ídolo.

Cerca de las tres de la madrugada Sam dormía pero despertó para ir al baño y no escuchó nada anormal. Siguió durmiendo. Como a las cinco soñó que un perro negro aullaba a la luz de la luna. A las seis volvió a despertar. No había tenido una buena noche. En la casa todo estaba en orden y sus empleados, ya a esa hora, arrastraban un motor en una carretilla, gris debido al barro adosado.

Osorno es una ciudad silente a simple vista que es descartada del recorrido de los turistas ante destinos  como Valdivia y Puerto Montt. Sin embargo Osorno tiene un hálito misterioso que un mortal tarda en descubrir. En la periferia de la ciudad los mapuches borrachos se reúnen en una esquina y conversan cosas –comúnmente- extrañas para un huinca. Ante la pregunta de “¿Dónde queda tal lugar?” los indios responden “Un poco más allá”, lo que puede significar varios kilómetros. En las afueras todo se  pudre a paso lento, y la gente tiene la férrea convicción que el mundo no se va a acabar sino en muchísimos años más.

Sam también lo sabía. No por ello se consideraba un tipo más inteligente. Pero sabía que las cosas iban a seguir tal cual por mucho tiempo. Tal vez demasiado.

Miller tenía una nariz excesivamente grande para el común de los humanos por la cual se había agenciado varias peleas en su adolescencia. Luego, con el paso de los años, inexplicablemente, nadie lo había vuelto a molestar. Fue esa nariz la que advirtió un aroma nauseabundo en su casa; aunque no logró dilucidar de dónde provenía. El molesto fetidez se olía en el patio, al interior de la casa y en la sala de máquinas.

Fue a revisar la basura, el refrigerador y el jardín pero no encontró nada. El olor persistía y fue intensificándose a medida que la tarde avanzaba. Cerca de las nueve de la noche Sam apenas podía respirar y estuvo a punto de vomitar. Vio televisión hasta tarde y cuando se fue a acostar cerró las cortinas pero el olor no aminoraba.

Formando una capa de madera podrida, de un amarillo casi blancuzco, seco. Al tocarlo con el dedo se deshacía. En los extremos inferiores de la ventana esa era la capa que se iba acumulando, y la familia sabía que era peligroso. En cualquier momento el vidrio podría desprenderse. La lluvia en el invierno había sido persistente y durante el transcurso del verano habría que cambiar varios marcos.

En el jardín el pasto estaba largo y el helecho algo descuidado. Era noviembre. El verdoso y húmedo mundo del jardín era maravilloso. Estaban los gusanos y las arañas, las mariposas y los gatos. El pasto abarcaba todo el jardín salvo las esquinas donde dormían unas plantas con un tono más verde aún. Llegaba el verano y en febrero la familia colocaría la piscina lo que le daría un tinte más estival. Incluso la manguera formando círculos era verde como una serpiente. Al centro del terreno, en las latas, un tiro al blanco, con números del 10 al 100 estaba con una decena de flechas de colores. El jardín tenía una áurea divina. Ahí vivían los dioses. En el jardín ocurrían cosas concretas: algún animal moría, una planta se secaba, o un perro del demonio emitía ruidos molestos.

“Maldita sea, ni siquiera puedo llamar a los pacos” había maldecido el padre. El perro definitivamente quebró el encanto de ese lugar sagrado donde la familia era feliz.

Mientras Sam desayunaba su Kellog con yogurt el padre pensaba en cómo caería el perro al momento de recibir el disparo. ¿Dónde lo iría a dejar? No le gustaba la idea de enterrarlo en el jardín, ese pedazo de tierra no estaba destinado a sepultar un perro loco. Lo mejor era abandonarlo en algún camino rural alejado de Osorno.

El padre de familia esa mañana había comprado una caja de cartuchos para su escopeta en la tienda de Climent. Estaba decidido a ocuparla si el perro traspasaba su propiedad. Matar al animal en sus terrenos era como matar a un ladrón. En resumidas cuentas era alguien que podía dañar a los suyos y eso no lo iba a permitir.

-¿Va a salir de caza don ?- preguntó el dependiente de la armería.

– No. Voy a matar un perro- respondió y el vendedor quedó pensativo tratando de comprender aquella respuesta. El dueño de casa cogió la caja de tiros y salió presto y decidido a ponerle fin a la embarazosa situación.

Tenía la escopeta en el closet, enfundada en un estuche de cuero café claro. Al costado derecho de la habitación, junto al velador donde descansaban algunos libros. Al otro extremo yacía el ventanal que daba al patio. Sólo era necesario abrir la ventana y apuntar bien. La escopeta haría su trabajo y las cosas volverían a la tranquilidad.

El camino hacia el jardín, en la parte posterior de la casa, iba desde el dormitorio, pasando por el living, vecino a la cocina y enfilando por el pasillo que daba a la lavandería y la pieza de invitados. Junto a ésta se ubicaba la puerta que daba al patio. Era una puerta de madera con cerradura simple pues nunca había ocurrido un robo en el vecindario así que no se justificaban mayores medidas de seguridad. El barrio era tranquilo pero con la irrupción del can toda esa tranquilidad se esfumó.

El padre no tardó demasiado en vestirse y menos para coger la escopeta. Con destreza colocó un cartucho y se dirigió al patio. Fuera se escuchaban aullidos y golpes en el cerco. El perro estaba enfurecido y ladraba con gran estrépito. En la casa contigua se encendió una luz. Luego las latas retumbaron con gran fuerza y por un instante parecieron caer. De un momento a otro el animal iba a ingresar. El padre colocó una rodilla en el piso y apuntó al centro del cerco. La luna pareció encenderse y el panorama se hizo más nítido. Por la ventana su esposa e hijas observaban los acontecimientos con un elevado grado de asombro, pues no conocían la faceta más aguerrida del hombre.

El animal embistió dos veces para luego derribar el cerco de latas y delgada madera. Pero no lo derribó en la parte central si no en el lado derecho, para luego entrar por ese costado. Corrió unos pasos con lentitud y luego vio al hombre que también lo miraba cauteloso, al mismo tiempo que apuntaba. El perro aumentó la velocidad y dio un salto para avalanzarse sobre el hombre. Los rayos de luna enfocaron sobre el can quien se mostró con todo su pelaje negro y la fibra de un cuerpo tan delgado como expectante de su suerte. Fue ahí cuando el hombre disparó su escopeta y los perdigones atravesaron la carne y los músculos. El perro pareció echarse para atrás y luego fue cayendo al pasto húmedo.

El hombre reaccionó ante el estallido. Un haz de luz brumoso lo inundó todo. Al fondo otra ampolleta buscó presencia en la noche de aquel sur de Chile de la medianía de los 80.

El animal cayó de espaldas y se torció a un costado. Estuvo quieto, bajando la cabeza con una lentitud casi irritante. Era un perro grande y quieto se veía incluso ridículo. Botado así se le descubría una mancha púrpura en el lomo.

El hombre volvió a cargar la escopeta y se puso en pie. Lento se dirigió donde estaba el animal, no antes mirar a su familia en busca de algún rostro disconforme. Nadie le reprochó nada.

Los pájaros en los árboles también atisbaban con asombro.

¿Cuándo murió? ¿El 87? ¿El 88? No tiene mayor importancia. Nadie sabe si acontecimientos similares se han vuelto a repetir. Y si ello sucediera ¿cuan distinto habrá sido? Los sucesos se repiten con pequeñas alteraciones; pero sin cambiar mayormente el final.

El perro se veía tan ridículo herido. La sangre había manchado en su totalidad el lomo del animal que adquirió una pose silente y lastimera.

Se escuchó un quejido, un ladrido, y las pisadas del padre acercándose. Con la punta de la escopeta lo apuntaló para ver si estaba muerto, pero el can abrió los ojos y ambos se quedaron mirando un instante. Al hombre le dio pena.

–          Maldito perro desgraciado- susurró el padre.

Las luces de los vecinos comenzaron a encenderse y se escucharon voces.

El patio estaba bastante iluminado, lo que hacía ver el pasto de un verde más claro.

–          ¡Nadie se mueva!- gritó el padre y sus hijas pensaron que había enloquecido.

–          ¡ No dispare! Soy yo: Sam Miller- se escuchó detrás del cerco. Luego el norteamericano asomó la cabeza.

–          Voy a pasar- señaló Sam.

–          Pase- respondió el padre -. ¿Era su perro? ¿No?

–          Sí, lo es.

–          Dijo que el perro no era suyo.

–          Ahora supe que se escapaba.

El animal yacía en el pasto escuchando la conversación, pero en un instante cerró los ojos. El ambiente era sofocante. Sam reconoció el olor nauseabundo que lo había fastidiado tanto. Salía por la herida del animal.

Sam se acercó y el perro abrió los ojos y sacó la lengua. Ya no se advertía amenazador y otros perros detrás del cerco ladraron.

–          Oye, no te mueras- dijo el norteamericano en voz baja, como si le diera vergüenza mostrarse cariñoso. Por un momento pareció perder ese halo bélico y el animal se dio cuenta  ladrando cansado.

–          No te mueras, maldita sea- volvió a decir Sam. El animal cerró los ojos nuevamente y pareció que no los volvería a abrir nunca más.

¿Cuándo murió? ¿El 87? ¿El 88?  No tiene importancia. Sam cogió el cuerpo del can en los brazos y caminó hasta el cerco, el cual derribó aún más de una patada. A lo lejos parecía llevar una persona, un  hijo tal vez. Y luego la silueta de Sam con el animal, y la silueta de la mujer y sus dos hijas se perdieron en la espesura de la noche y de las sombras.

Era el hijo de Sam. El ser que amaba. El padre lo había matado. ¿Era aconsejable culparlo? Las cosas se dieron de esa forma y nada se podía alterar. Los perros, al otro lado de la cerca, aullaron con pena. Luego el silencio y la calma gobernaron cual dictador alborozado. El designio de Dios se estaba cumpliendo y sólo algunos lo comprendían.

A lo lejos se escuchó un nuevo disparo -mucho más seco y corto-, que brutal acuchilló el silencio de una ciudad dormida. Los perros por fin dejaron de ladrar.

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