La Torre de Papel: Chile y la FIL Guadalajara 2012.

Por Héctor Hernández Montecinos.    Fotos gentileza Feria del Libro Guadalajara.

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Vi a las mejores plumas de mi país pasearse por los innumerables pasillos de la FIL Guadalajara y decir: sin duda esta es la feria más grande de habla hispana, y recordar a la vez con cierto rubor nuestra paupérrima, enclaustrada y ciertamente vanidosa versión de la Feria del Libro de Santiago, ahora conocida ampulosamente como FILSA. Algunos escritores de la comitiva oficial habían pasado por DF, otros salido del hotel de lujo en que fueron recibidos para conocer la ciudad e ir al famoso mercadito local a comprar baratijas inútiles para compensar la pena, como se dice acá, por tanto blink blink cultural. No obstante, todos coincidían, aunque pocos en voz alta, que México era el imperio de la cultura y las artes en que siempre soñaron (e)star.

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Así es, para nosotros este país es un monstruo en lo que a inversión en artes y cultura se refiere. De hecho, es el único punto en Latinoamérica donde sería posible una Feria como esta, sólo superada por la de Frankfurt que según un amigo que estuvo allá calculaba siete veces mayor. Una babel de papel. No cabe duda de que el mundo de los libros es negocio por más que se diga que no y que las estadísticas mal o bien intencionadas nos muestren leyendo con suerte la contraportada, el índice y mirar la foto del autor o autora para ver si nos gusta. Pues claro, si dividen la venta de libros a nivel nacional por la cantidad de habitantes del país, a lo sumo nos contentamos con eso con respecto a un libro. La realidad no es tan así. Existen las bibliotecas, los préstamos entre cercanos, las fotocopias, los libros virtuales, las ediciones piratas,  es decir, todo un mundo en el que no toda lectura significa una compra, por suerte.

Una de las razones probables del éxito de este tipo de empresas, como una Feria del libro, sea la misma burocracia que une puntos improbables como lo pueden ser las editoriales extranjeras, las nacionales, la universidad local, el sector privado, incluido el turístico o hotelero, y el aporte estatal. Las une en redes que para el ciudadano o lector promedio son imperceptibles y es mejor que así sea. Parafraseando contingentemente diríamos que es la burocracia perfecta. Eso pensaba cuando una amiga invitada a la Feria me hacía notar que los dineros públicos se van a fondos privados que administran el evento y que de ellos no hay retribución estatal ni nacional. Sus palabras fueron “negocio -cultural- redondo”. Sea como sea, la FIL Guadalajara es un evento trascendente para el mundo editorial, de hecho está casi pensado para él. Los salones donde se reúnen agentes, editores, traductores, importadores y ciertos autores contrastan con el par de espacios de reunión o descanso para el público general. Los gafetes (credenciales) jerárquicamente identificados son el plus ultra para una Feria de transeúntes y lectores o empresarios.

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Tuve la suerte de estar invitado por México, y no por Chile, cuya selección de la comitiva oficial causó un revuelo previo que no se patentó en la Feria misma. No hubo protestas, ni discursos, ni alegatos con respecto al tema. Los mexicanos no se dieron cuenta que los poetas invitados no fueron más que cuatro o cinco y que los narradores eran decenas y decenas, tampoco se dieron cuenta que había más funcionarios que escritores, ni tampoco se dieron cuenta que había más músicos invitados que editores independientes. Las proporciones lógicas fueron surrealistamente superadas por el mercado. Vi a un editor chileno de una transnacional  basurear a otros escritores que no estaban en su “catálogo” al momento de entrar a una fiesta de la prensa a la cual ni ellos estaban invitados. Esos gestos macroeconómicos y microfísicos del poder son los que a una le resuenan y le hacen pensar en qué diablos está metido y si de eso se trata la literatura. O el caso más patético aun de que el último día de la Feria al poeta Raúl Zurita le roban el maletín con sus documentos y al darle aviso al comisario Beltrán Mena olímpicamente le da nula importancia y sigue hablando con otras personas. Eso no reafirma lo que se dijo en la prensa chilena sobre la buena onda y el trato cordial y afectuoso en la comitiva.

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Al ser Chile el país invitado de honor se dio una serie de coincidencias entre la literatura y la política. Vaya novedad. Una de ellas fue que le tocó a este nuevo gobierno de Piñera y su administración enfrentarse a una responsabilidad enorme como fue esta convocatoria. Responsabilidad no menor pues de algún modo era mostrar un rostro saludable del mercado editorial ante el mundo. Mercado que ciertamente mueve millones de dólares en el país. No creo que hayan hecho todo mal, ni menos que haya habido mala intención, pero sí los parámetros del consejo asesor fueron desafortunados en varios aspectos.

Primeramente, la ausencia de los editores independientes fue un grave error, pues ellos sostienen el catálogo vivo de lo que se está produciendo en Chile. Llevar los libros para llenar un stand no es lo mismo que hacerlos participar en mesas con sus pares hispanoamericanos o propiciar su interacción de una vez por todas en las negociaciones editoriales aunque sean minoritarias con respecto a las transnacionales. Innumerables editoriales independientes que han nacido en Chile en los últimos cinco años por decir algo dan una clara muestra de que a pesar de ser un microsistema no dejan de ser un mercado en sí mismo que crece con celeridad.

Luego, la escuálida presencia de la poesía chilena siendo que para México y el mundo dicho género sea quizá el más reconocido, mencionado y estudiado. De hecho se lanzó una antología de la UNAM de la poesía chilena reciente y sólo estaba yo de los incluidos por una mera coincidencia. Varios poetas jóvenes y no tan jóvenes han sido publicados en México y perder ese vínculo previo fue un error estratégico. El poeta más joven de la comitiva oficial era Raúl Zurita. Lo acompañaban Carmen Berenguer y José Ángel Cuevas. Elicura Chihuailaf y Graciela Huinao iban a una mesa temática de poesía indígena y Elvira Hernández y Juan Cristóbal Romero iban a la única mesa sobre poesía que hubo por parte de Chile en su pabellón, que versó sobre los poetas griegos y romanos (¡!). Se hizo algunos guiños a Mistral, Parra, Neruda y Huidobro, pero una primera edición en una vitrina o una exposición en un museo lejos de la Feria no fueron ningún aporte.

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En tercer lugar, se hizo evidente la poca astucia y pericia para aprovechar a los escritores en los días que estuvieron presentes. No hubo rueda de prensa para ellos, pero sí para los músicos. No hubo difusión fuera de la FIL para ellos, pero sí para los de teatro. No tuvieron una presencia real en lo que fue la propia Feria. No se crearon mayores conatos de interacción con los otros invitados internacionales, ni menos con el público en general. Deambulaban como fantasmas, entre aburridos y cansados, por el pabellón espléndidamente administrado por Sergio Parra. Pabellón hecho de palos simulando una casa prefabricada, una mediagua o un palafito dependiendo de cómo se haya querido mirar, ya sea desde la precariedad editorial de Chile, del estado de emergencia de su campo cultural o el insularismo que padecemos los escritores chilenos que no sabemos nada de las literaturas vecinas siendo que ellos sí saben de lo que hacemos nosotros. No hubo una atención especial a los escritores más que el agasajo de las fiestas posteriores a la FIL donde entre copa y copa la maldad se asomó, pero no tanto. Estaban todos ilusionados con estar allí.

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Decidí ir a cuatro de los eventos que organizaba Chile. No más. La novela gráfica, las aplicaciones para iphone, el paisajismo literario, el periodismo culturaloso, el presente del diccionario, la autobiografía, el futbol, la cocina o la televisión no me interesan por ahora, ni menos en una Feria. De hecho, una Feria no tiene mayor relevancia que para los involucrados en ella. En Guadalajara es una fiesta, pero las fiestas esconden las miserias del día a día y todo y todos se disfrazan. Seguro hubo mesas interesantes como la de las editoriales cartoneras, la de mitos y cosmogonías chilenas, la entrevista a Ludwig Zeller, la presentación de Humberto Maturana o la de los observatorios mayas y los de Chile, pero todas ellas fueron programadas cerca del mediodía, horario en el cual pasaron sin pena ni gloria.

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La primera de las actividades a las que asistí fue al diálogo entre Diamela Eltit y el crítico Julio Ortega, quien se refirió a ella como “la escritora más importante de la lengua y la más crítica del español complaciente”. Diamela es una mujer brillante. Me consta pues la conozco desde hace bastante tiempo. Luce su inteligencia con toques de una simpatía que le han dado los años y la experiencia como conferencista intrépida en el continente latino y norteamericano. Nunca deja de ser crítica con el campo cultural, lo dobla y retuerce, pero a la vez es crítica de sí. En cierto modo paródica. Eso da como resultado un juego interesante de desdoble entre ella como autora y lectora de su propia obra. El último lector y el primero diríamos con Piglia. Por su parte, Julio Ortega sabe de lo que habla cuando habla de literatura. Por algo es quien es. No obstante, entre ambos hay una distancia de lecturas que por más que parecieran tensionarse produjeron un interesante juego de relevos teóricos conversados de manera amena y afectuosa. Agamben versus García Canclini o la biopolítica versus el estructuralismo imaginativo. Una de las ideas de Diamela que me quedó dando vueltas fue su confesión de que todo el ‘éxito’ como autora, ya sean premios, traducciones, invitaciones, no ayudan ni en lo más mínimo a escribir el siguiente libro. No significan nada. Así de rotundo. Rotundo y cierto.

El siguiente evento en el que estuve fue la performance de Pedro Lemebel, “Susurrucucú paloma”. Llamada así por el susurro de esta paloma negra. Con él no tenemos ni hemos tenido mucha buena onda desde hace bastante tiempo. Sin embargo, lo considero un gran escritor y su escritura sin duda en mi generación fue un referente importante. Desde la primera vez que lo vi en 1999, pasando por una fiesta en su casa con Monsiváis, a la presentación de mi primer libro que no llegó, y a varias oportunidades más en que nos hemos cruzado es que aquel día lo volví a tener frente a frente pero ahora era todo distinto. La enfermedad que lo aqueja le quitó su diáfana y viperina voz. Su mirada era triste y expresó su dolor, su rabia y su resentimiento con una humildad que sólo los que ven a la muerte cara a cara pueden tener. Me pareció esa noche más que una diva rebelde y polémica por sus dichos de que la Feria es una mierda capitalista y un mal del libro, un hombre que ha escrito sobre el dolor desde su propio dolor y su mejor performance es su propia vida. Su sentido del humor y la autoparodia es su última arma de guerra. Conmueve. Lemebel es un artista por donde se le mire, incluso en el sentido más trágico de la palabra. Un héroe, ahora, con su otra alita quebrada.

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Otro día me colé en el salón de la poesía, donde regalan tequila y se llevan a cabo las lecturas poéticas. Esa tarde le tocaba a Raúl Zurita. La comodidad del público contrastaba con la incomodidad de él, pues el evento requería inscripción previa, por lo cual éramos en el lugar una cantidad de personas muy reducida en comparación a la que esperaba afuera con ganas de entrar. La presentación estuvo a cargo del colombiano Darío Jaramillo, quien ciertamente, creo, también importunó al poeta con las referencias excesivas a su pasado político logrando desviar un tanto la atención a su propia obra en vías de una reacción de compromiso y no de renuncia como efectivamente es la obra de Zurita. Después de todas esas fluctuaciones es que el poeta vuelve a sentirse un tanto preocupado con el calibre de los poemas que leerá. Se genera un silencio rotundo y se lanza durante casi cuarenta minutos sin descanso. El público permanece atónito ante la potencia, dureza y dolor de su “Zurita” editado en México por Aldus. Al final, ovación total, algunas preguntas y a firmar libros. Algo similar se produce días después también en la FIL cuando se lleva a cabo la presentación oficial de dicho libro por parte de Margarito Cuéllar y mía. Zurita ahora más que nervioso se muestra emocionado con la recepción de su obra. Lo comenta y se le nota. Finalmente, ya en DF me toca estar presente en la última presentación de su libro antes de su regreso a Chile. Nuevamente es ovacionado y una larga fila de lectores espera para estar con el autor, quien permanece con ellos más de una hora entre autógrafos, fotos y el cariño al y del poeta. México sabe quién es Zurita.

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Finalmente, fue el turno de la poeta Carmen Berenguer. A quien conozco de la misma época que a los tres autores anteriores, esto es, casi una docena de años. Su performance “Políticas del cuerpo” cruzó sus textos con video, instalaciones sonoras y música en vivo a cargo de Carolina Jerez. A treinta años de su Bobby Sands desfallece en el muro, la poeta mantiene intacta la energía y la vitalidad que la caracterizó durante los años ochenta en plena dictadura. Su cuerpo, su cabello, su voz, sus manos eran parte de esta puesta en escena que revisitaba sus libros anteriores, algunos textos inéditos y un revival generacional de su obra en México, pues también Aldus reeditó sus tres primeros libros, La gran hablada. De este modo, las lecturas de su obra, estrechas y escasas en Chile, se verán acrecentadas acá y en el habla hispana. Una presentación similar tuve la oportunidad de ver en DF, donde se hizo de nuevos lectores de mano de la espléndida presentación de Sandra Lorenzano en la conocida y querida Casa del Poeta López Velarde.

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En DF, los tres nos fuimos a cenar junto a nuestros amigos mexicanos o extranjeros con los cuales nos reencontramos o conocimos ahí. Gerardo González, el editor de ambos y mío, fue uno de los artífices de esta celebración. Fue un momento en que la Feria ya no existía. Una fiesta nuestra. Sin transnacionales, sin agentes, sin comisarios, ni comitivas oficiales. Ciertamente, fue la semana de la poesía chilena en este país. También se presentó Elvira Hernández unos días después. El bonus track de la Feria. Lo que allá fue negado acá cobraba un sabor y color bonito. Fue un secreto a voces que disfrutamos quienes estuvimos allí. Una vieja reunión de amigos más que de poetas chilenos. Personas que se leen, admiran y quieren. Ellos que vivieron la Dictadura y ahora con nosotros padeciendo la Hiperdictadura. Éramos los libros, la poesía chilena y la noche mexicana, siempre tan noche y siempre tan mexicana. El mundo de la poesía no se acabará.

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