Enrique Lihn: Poesía de paso y teoría poética

Enrique Lihn IV

Por José María Ibáñez Langlois

Se recordará que Enrique Lihn obtuvo este año el premio de poesía en el concurso de la Casa de las Américas, Cuba. Las ediciones del mismo nombre han publicado en La Habana el libro premiado “Poesía de paso”.

Hoy me es dado leerlo al mismo tiempo que un largo ensayo del autor aparecido en los Anales de la Universidad de Chile, “Definición de un poeta”, con la idea de encontrar un esclarecimiento recíproco entre teoría y praxis literaria de Enrique Lihn.

El ensayo, a pesar de estar muy mal escrito, tiene el interés adicional de presentar un punto de vista que se recomienda como “intrínseca y genuinamente marxista” (subrayado del autor). Es, pues, la última elaboración que la ortodoxia comunista nos ofrece tras de haber dado vueltas y más vueltas –dialécticas, según sus epígonos; contradictorias, según los otros- entre restricciones y liberaciones, en torno al esquivo problema de la literatura y la política, el “engagement poétique”.

El realismo socialista tradicional, se nos dice, es letra muerta; ha caducado como ortodoxia oficial. Esta pediría hoy, en cambio, un arte que abandone la propaganda de partido y la ilustración histórica de hechos ejemplares, y en general cualquier realismo de valores estáticos e intocables, secreto cómplice de la derecha. En su lugar se propone el “realismo abierto” (Aragón), el “derecho a la existencia del experimento en literatura” (Ilya Eremburg). El partido comunista chileno recomienda a sus intelectuales y artistas la tarea de “la exploración de la subjetividad”. Así Lihn se manifiesta acendrado defensor del “yo subjetivo” y del “libre juego de la imaginación creadora”, y rinde en esta empresa un fervoroso tributo a Freud, y otro no menor a Kafka, cuya poética “realista en el sentido integral de la palabra” contempla como un paradigma actual.

Supongo que este cambio representa una liberación para muchos escritores, cuya adhesión a la causa no se verá entorpecida por el molde convencional de la literatura de compromiso, las consignas y las servidumbres, siempre que prospere esta línea emancipadora.

Sin embargo, el escritor libre observa estas reivindicaciones como espectador sorprendido. ¿Tanta historia, tanto complejo argumenta para demostrar que el escritor debe expresarse con un poco de libertad?  ¿A quién se dirige esta demostración? El libre ciudadano del mundo de las eltras no puede dejar de mirarlas como cosa ajena, que para él nunca fue problemática; asunto interno de súbditos de otro país que festejan su conquista libertaria. Bien por ellos; pero uno ha disfrutado de mejores libertades en su propia casa.

Más aun, la defensa del yo subjetivo y de la imaginación creadora en el arte se emprende mucho mejor desde fuera de toda ortodoxia político-estética; no como una generosa concesión de nadie, sino como una ley nativa del arte. Y la exploración de la subjetividad se realiza mejor  por sí y ante sí –ante la realidad- que como encargo de un partido.

Y hay más: ¿hasta qué punto estos préstamos tomados de pensamientos formalmente ajenos al marxismo –Freud, Kafka- son siquiera compatibles con su ortodoxia? En rigurosa ideología marxista, en buen materialismo histórico, no lo son. Prueba de ello, los ímprobos esfuerzos de los psicólogos, educadores y escritores comunistas para descalificar esos nombres durante tantos años.

Vayamos ahora a los poemas de Lihn. A tono con su idea de un realismo abierto, se percibe en ellos el intento refrescante de abrirse a lo real concreto. En una atmósfera poética cerrada y saturada en exceso, donde la pequeña magia de los vocablos entra en crisis y poco cabe esperar ya de astutas combinaciones nuevas de los elementos convencionales, semejante intento –que debe mucho al influjo purificador de Nicanor Parra- es altamente positivo. Se nota en Lihn una marcada desafección por la mecánica lírica y las formas rígidas en que ha cristalizado la herencia de los “astros desaparecidos”; he aquí un deseo de innovar a fuerza de incorporar a su poesía lo real inmediato, nombrado sin rodeos a la manera de la prosa:

“La realidad nos ha puesto a todos en evidencia; también a mí, en especial, el sobrino lejano de esos astros desaparecidos

por arte de una magia que ya no podemos practicar sin hacernos culpables de la noche…”

De aquí los elementos de esta literatura: una intensa dosis de ironía –recurso casi indispensable en esta suerte de ensayos-, y el empleo del lenguaje coloquial y de frecuentes prosaísmos. Se quiere escribir poemas que la convención calificaría de simple prosa, en el intento de asir una esencia poética más profunda que la retórica clásica, más delgada, susceptible de capturarse solo en las flexiones sutiles de un pensamiento o una narración en apariencia apoéticos (así Michaud, cierta época de Eliot, Pound y tantos otros). Así los poemas de “Poesía de paso”, escritos en su mayoría a la manera descriptiva al hilo de un viaje por ciudades europeas:

“Cómo te gustaría suspender esta peregrinación solitaria

y retomarla luego que pase, compañera de viaje, la fatiga

del extranjero para el cual todo se mezcla a ella,

aún en medio del mayor encantamiento”.

He hablado de este intento innovador; ¿Qué decir del resultado?

El resultado me parece más interesante como literatura que como poesía. Apunta hacia una innovación necesaria de esta; pero temo que consiga más como programa renovador, como manifiesto, como actitud personal y cultural, como liquidación de formas intransitables –y ya es harto- que como realización de una poesía valiosa en sí, ¿por qué?

Porque, haciendo una negación de una afirmación de la solapa, diría que esta obra “no se salva de caer en la prosa narrativa o expositiva cortada” (1)(1) La solapa fue firmada por el escritor mexicano José Emilio Pacheco (N. Ed). Le falta, por de pronto, densidad poética. Son necesarias cantidades de largos versos para captar en sus giros uno que otro destello de secreta poesía. El ensayo de asimilar esta a los procedimientos de la prosa termina demasiado cerca de una pura y simple victoria de la prosa, del prosaísmo. Si estos poemas se escribieran sin verso, a renglón seguido, con frecuencia no pasaría nada; es decir, ninguna música esencial, ningún secreto ritmo del pensamiento o la palabra vendrían a redimirlos de la prosa simplemente dicha. La obra permanece en su genérico interés literario, “para-poético”, pero no más. ¿Tendremos una para-poesía después de la anti-poesía? Queda el hecho de que una y otra solo pueden existir, al cabo, como poesía; y aquí hay demasiadas exposiciones, ideas, descripciones, comentarios abandonados del soplo de la poesía, sin prefijo.

Hay algunos poemas más densos. Entre los de viaje, el primero de ellos, “Nieve”. De “Ciudades” tomo dos ejemplos de alcance general. Demasiados versos como estos en el libro:

“¿Qué es lo que podría dar lo mismo

si se le devolviera al todo, en dos palabras,

el ser mezquinamente igual de lo distinto?”

Y escasos versos como estos, magistrales:

“En el gran mundo como en una jaula

afino un instrumento peligroso”.

Entre los de amor, “Nathalie” es un buen poema. Sugestivo, también, como recuerdo de infancia, “Bella época”. Pero “La derrota”, que uno de los miembros del jurado calificó como “quizá el más significativo” del libro, es sintomáticamente pobre. Es un extenso poema de doce páginas sobre las elecciones presidenciales chilenas de 1964 y la derrota del abanderado del FRAP; debe ser, supongo, un modelo de literatura comprometida. ¿No es curioso que los aciertos de Lihn se den precisamente en poemas “burgueses”: un viaje por Europa, muy personal e íntimo, sin sombra de política; las interioridades del amor, los recuerdos infantiles? Pues este poema altamente socioeconómico y partidista es un fárrago de consideraciones políticas, de imprecaciones, acusaciones, sentencias y estribillos electorales sin posible defensa poética:

“En las urnas triunfará la amenaza del más fuerte,

la estabilización de la violencia bajo el rostro de César, so pena de

caer en la inflación de la misma y en el dominio de los pequeños negocios

que arruinarían el prestigio del Imperio.

Esto lo sabe bien el opositor,

pero a su ciego acoso todavía es posible responder

con un nuevo discurso del Cuatro de Julio”.

Etc., etc. En suma, una teoría y una praxis poética que recaban sus mayores lastres del compromiso ideológico que ardorosamente sustentan, y que en cambio encuentran sus méritos y hallazgos muy a espaldas de toda ortodoxia política, en la personalidad singular de Enrique Lihn, en la intimidad del “yo subjetivo” que con razón defiende de consignas cuando hace teoría poética.

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