Diálogo en torno a a la República. Norberto Bobbio.

El amor a la patria

Viroli: La virtud cívica: éste es el verdadero significado del ideal republicano del amor a la patria.

Bobbio: Cuidado con el amor a la patria, recuerda el lema Dulce et decorum est pro patria mori, tantas veces repetido y escrito en los frontones de los edificios públicos. También el fascismo hablaba de patria, afirmaba que había que defenderla, había que dar la vida por ella. Los que tienen el poder suelen emplear el término «patria» de forma engañosa. El lema, piénsalo, es en efecto republicano, pero, ¿quién saca provecho del mismo?, ¿quién lo pronuncia? A menudo los tiranos y reyezuelos.

Viroli: Tienes razón. La palabra que me parece más falsa del lema es «dulce». No entiendo cómo el morir, aunque sea morir por la patria, pueda ser definido como «dulce». Puede describirse como «necesario», «glorioso» o «heroico», pero dulce, precisamente, no.

Bobbio: «Dulce» es un elemento consolador que está de más, como asimismo está de más decir que quien muere joven place a los dioses, expresión ésta que pertenece también a la retórica consoladora.

Viroli: Hablaremos luego de retórica, sigamos ahora con la cuestión del patriotismo. Tú te proclamas europeo y ciudadano del mundo y eres piamontés hasta la médula, yo me declaro patriota, vivo casi siempre en el extranjero y doy más vueltas que una peonza, ¿no te parece curioso?

Bobbio: He sido siempre un provinciano, lo reconozco. ¿Sabes con qué voz se denomina a los turineses?: bogianen. Quiere decir que no se mueven, que permanecen siempre en su agujero, todo lo contrario de un trotamundos. Yo soy un bogianen y tú un trotamundos.

Norberto_Bobbio

Viroli: Pero volvamos al patriotismo. En Socialismo liberal, Carlo Rosselli señalaba que la insistencia de los socialistas en prescindir de «los valores más elevados de la vida nacional» era un grave error ideal y político. Incluso si con ello pretendían combatir «formas primitivas, degeneradas o interesadas de adhesión al país», su política terminaba� por «facilitar el juego de las demás corrientes que basan su fortuna en la explotación del mito nacional».[1] Según Rosselli, los socialistas no habían comprendido que el «sentimiento de nacionalidad» no es una construcción artificial, sino una pasión humana genuina, particularmente intensa entre los pueblos que han conquistado tarde su independencia. En lugar de intentar sustituir el sentimiento nacional por el internacionalismo, los socialistas deberían purificar dicho sentimiento de toda mezcla con el culto al Estado, el nacionalismo o cualesquiera mitos de la primacía nacional, a fin de transformarlo en una fuerza política constructiva que contribuya a la unidad de Europa.[2] Rosselli planteaba una neta distinción entre patriotismo y nacionalismo, identificando el primero con los ideales de libertad basados en el respeto a los derechos de los demás pueblos, y el segundo con la política de expansión de los regímenes reaccionarios.[3] Ambos apelan al sentimiento nacional y suscitan fuertes pasiones, pero, y precisamente por este motivo, debían ser utilizados el uno contra el otro. En vez de condenar el sentimiento nacional como un prejuicio, los antifascistas, señalaba Rosselli, deben colocar el patriotismo en el centro de su programa político. La revolución antifascista, escribía, es «un deber patriótico».[4] Para tener un patriotismo propio, los antifascistas necesitan de una idea de patria distinta por completo de la usada por los demagogos del fascismo. Nuestra patria, prosigue, «no se mide por fronteras ni cañones, sino que coincide con nuestro mundo moral y con la patria de todos los hombres libres».[5] Es un valor que sintoniza perfectamente con los demás valores del antifascismo: la dignidad del hombre, la libertad, la justicia, la cultura y el trabajo. Los fascistas exaltan la nación y a Italia; también los antifascistas deben presentarse como los defensores de la nación y la italianidad, pero su nación ha de ser la nación libre abierta a Europa y al mundo, y su Italia debe comprender la mejor Italia, la de Mazzini, Garibaldi y Pisacane, la de los italianos cívicos, los campesinos, obreros e intelectuales que han sabido conservar su dignidad. La lealtad de los antifascistas se debe sólo a esa Italia y no debe amedrentarles la acusación de traidores: «podemos vanagloriarnos de traicionar conscientemente a la patria fascista, porque nos sentimos fieles a otra patria».[6]

Bobbio: La patria es el lugar donde has nacido y vivido, donde te has formado. Decir que un Estado no republicano, un Estado despótico, no es tu patria es un argumento retórico. Durante el fascismo, ¿Italia era o no tu patria? Son muchos los que han manifestado no reconocer como patria la Italia fascista. Si lees el diario de Piero Calamandrei, advertirás que repite en distintos lugares que el fascismo nos quitó la idea de patria. El 1 de agosto de 1943, pocos días después de la caída del fascismo, escribía: «Una de las culpas más graves del fascismo ha sido matar el sentido de la patria. El nombre de patria ha causado repugnancia durante veinte años: esa presuntuosa vanidad que no sabía hablar de Italia sin añadir que todo el mundo miraba hacia Roma, ese tono de autoritarismo intimidatorio de teatro de marionetas que se difundía desde los discursos del Duce hasta el locutor de radio, hicieron que cualquier alusión al patriotismo resultase difícil de digerir. Se tenía la sensación de estar ocupados por los extranjeros. Esos italianos fascistas que acampaban en nuestro suelo eran extranjeros; si ellos eran italianos nosotros no lo éramos».[7]

Viroli: ¿Has reflexionado por qué Calamandrei escribe que el fascismo nos ha arrebatado la idea de patria? Puede decirlo porque para él la patria no es el lugar donde se nace, que nadie nos puede quitar, sino la ciudad en la que todos pueden vivir libres y por tanto no sentirse extranjeros. Por otra parte, en tus escritos se repite la idea de ser extranjero en la propia patria, e incluso has afirmado que te avergonzabas de ser italiano. Evidentemente, no basta haber nacido en un lugar para sentir ese lugar como la propia patria.

Bobbio: Hay un ideal de patria que no coincide con el territorio.

Viroli: Los romanos empleaban dos términos distintos, patria y natio. Patria se refiere a la «res publica», la constitución política, las leyes y el modo de vivir derivado de las mismas (y por tanto es también una cultura); natio indica el lugar de nacimiento y lo que a él va unido, como la etnia y la lengua.

Bobbio: Al comienzo de la Divina Comedia Dante afirma ser «Florentina natione, non moribus». Yo también me he reconocido italiano de nación, pero no de costumbres. Me considero antiitaliano en el sentido de que me siento distinto de la mayoría de italianos. Existe el antiitaliano y el archiitaliano. Los fascistas eran archiitalianos; por oposición, los antifascistas se consideraban italianos pero de distinta manera. Los fascistas eran la otra Italia. Recuerdo la célebre frase de Gobetti: «…hace tiempo advertí que Gentile pertenece a la otra Italia». Sobre el concepto de las dos Italias podría desarrollarse la distinción entre patria y nación.

Viroli: Acaso pueda ayudarnos insistir sobre Cattaneo, quien defendía, y con razón, que, en sus aspectos más vitales, la misma historia italiana impulsaba hacia la república federal: «pero ésta es propiedad de nuestra nación, que el espíritu republicano se encuentra aquí en todos los órdenes […] y parece incluso que fuera de esta forma de gobierno nuestra nación no sepa realizar cosas grandes».[8] Creo que este pasaje nos da a entender que siempre ha existido una Italia inspirada en los principios cívicos, junto a la que yo llamo la Italia de los arrogantes y de los siervos, la Italia de quien admira a los fuertes y está dispuesto en todo momento a servir a los poderosos, la del maestro de la adulación, la Italia contrapuesta a aquella de la que habla Cattaneo. Ambas forman parte no sólo de nuestra historia sino también de nuestro presente.

Bobbio: Cuando Gian Enrico Rusconi insistió varias veces en el concepto de nación, le recordé que se trata de un concepto muy equívoco, pero no le contrapuse el de patria. Le he indicado que si atendemos a la historia, existen muchas Italias. La Italia de los cultos y la de los pobres diablos, la de la liga de fútbol, la de aquellos que se matan por un partido, y la de los héroes del Risorgimento, que lucharon por la Unidad. Hay italianos que se sienten orgullosos de una cierta historia de Italia que no es ni la historia política, ni la social, ni la religiosa, sino la literaria y artística, la que comprende a Dante y Petrarca, a los grandes pintores del Renacimiento, y a cuantos contribuyeron de algún modo a la formación de la cultura europea. Ésa es mi Italia, en la que yo me reflejo y por la que me siento orgulloso de ser italiano. Cuando en Trento quisieron testimoniar su fidelidad a Italia erigieron un monumento a Dante. Es ciertamente una Italia de élite, que la mayoría desconoce. Es la Italia que prosigue con los grandes poetas, con Leopardi y Foscolo, y con Manzoni, y que termina con Giuseppe Verdi.

Viroli: ¿Con Verdi? Me alegra oírtelo decir, Verdi es uno de los símbolos de quienes nos consideramos patriotas.

Bobbio: La primera ópera a la que me llevaron mis padres, terminada la primera guerra mundial, fue La Traviata. Yo contaba unos diez u once años y nunca he podido olvidarla. Quedé fascinado.

El tenor que interpretaba a Alfredo se apellidaba Dolci, creo (no recuerdo su nombre de pila). Mi predilección por Verdi puede deberse a que la primera ópera a la que asistí fuera precisamente La Traviata. Me la sé de memoria y me gusta el primer acto en particular. Cuando en el segundo acto aparece el padre Germont con su «Di Provenza il mare e il suol» («De Provenza el mar y la tierra»), y, peor aún, con el «Pura siccome un angelo / Iddio mi dié una figlia / se Alfredo nega riedere / in seno alla famiglia», etcétera («Pura como un ángel / Dios me dio una hija: / si Alfredo rechaza regresar / con su familia»), te lo confieso, me molesta un poco. Pero no puedo olvidar la sublime y dolorosa aria del último acto «Addio, del passato» («Adiós [bellos sueños] del pasado»). Son pocas notas. Como aficionado no sé explicarme, pero desearía que un experto me ayudase a comprender las razones de su extraordinaria fuerza expresiva. Para mí Verdi forma parte de la Italia con la que me identifico. Cuando siendo un muchacho comencé a acercarme a la música (por parte materna pertenezco a una familia de melómanos), después de la primera guerra mundial, quien triunfaba en la ópera era Wagner y no Verdi. Pero mi amigo y compañero de universidad Massimo Mila, que se convertiría en uno de los más conocidos musicólogos italianos, escribió contracorriente una tesis de licenciatura sobre el melodrama de Giuseppe Verdi, inmediatamente publicada en la editorial Laterza por consejo de Croce en 1933 (Mila tenía entonces veintitrés años). El amor por el gran compositor formaba parte de nuestra educación sentimental, y desde entonces considero a Verdi como una de las más altas y nobles expresiones del genio nacional. Recordemos: del austero y solemne coro de Nabuco, escrito cuando el compositor no había cumplido aún los treinta años (1842), al desesperado canto de Otelo sobre el cadáver de Desdémona (1887) transcurren más de cuarenta años. Y durante casi medio siglo cuántas hermosas arias de amor, de furor y de muerte, cuántos coros y música para danza. Me gusta el Don Carlos (1883), la única ópera que he escuchado hace algunos años en una première de la Scala de Milán, y que luego he vuelto a escuchar infinidad de veces en disco. Un día en Buenos Aires, entre amigos melómanos que me homenajeaban, alcé la copa y comencé a cantar: «Bevi, bevi, bevi… Bevi con me» («Bebe, bebe, bebe… Bebe conmigo») (Yago, en Otelo).

Viroli: Además de Verdi y de los grandes artistas y científicos del pasado creo que también podemos reconocernos en las plazas y calles y en los edificios públicos y monumentos que evocan tantas experiencias de libertad y autogobierno, o de lucha para conquistar la libertad. El Palazzo Vecchio en Florencia, la Plaza del Campo en Siena con su palacio público, los monumentos a Garibaldi y Mazzini y las pequeñas lápidas que recuerdan a mártires de la Resistencia tienen para mí un significado profundo. Me hablan de una Italia fuerte y digna.

Bobbio: ¡El palacio público de Siena, con el fresco de Lorenzetti sobre el buen gobierno! Viví dos años en Siena. Y me inspiré en la alegoría de Lorenzetti para escribir un discurso sobre el Buen gobierno, que presenté en la Academia dei Lincei el 20 de junio de 1981 ante el entonces presidente de la República Sandro Pertini, uno de los escasos representantes del arte del buen gobierno en los años de nuestra primera República. Además, no tengo que recordarte, precisamente a ti, que Quentin Skinner escribió un artículo sobre las fuentes literarias y figurativas del fresco.[9]

Viroli: En la historia del pensamiento político se encuentran aportaciones fundamentales de pensadores italianos, y no me refiero sólo a mi querido Maquiavelo. Recuerda, por ejemplo, la teoría jurídica y política de la ciudad libre formulada por juristas y filósofos políticos del siglo xiv. Es cierto que durante los siglos xvii y xviii los centros del pensamiento político se ubicaron en otros lugares, en Inglaterra con Hobbes y Locke, y Francia con Montesquieu y los enciclopedistas. Sin embargo, nuestro pensamiento político había formulado en las centurias precedentes la idea moderna de república concebida como la comunidad libre de los ciudadanos que viven bajo el gobierno de la ley. No hemos sabido cultivar esta rica tradición intelectual como se merece. Podría y debería hacerse mucho más.

Bobbio: Mis autores no son, exceptuando a Maquiavelo, italianos. He estudiado en particular a Hobbes, Locke, Kant y Rousseau.

Viroli: ¿Y Cattaneo y Roselli, sobre quienes tanto has escrito?

Bobbio: Pero no han sido materia de mis lecciones. No reivindico la unidad en mi biografía intelectual; me he ocupado de Hobbes y de Cattaneo, pero esto se debe a situaciones contingentes. Me dediqué a Cattaneo porque al final del fascismo debíamos prepararnos para el mañana, y él era el único autor de la tradición italiana que nunca fue envilecido por el fascismo. El encuentro con Hobbes fue casual: Luigi Firpo había fundado la colección de «Clásicos del pensamiento político» de la UTET y me encargó el De Cive. Hobbes me atrae extraordinariamente por su poder intelectual así como por su estilo.

Viroli: Ya sabía que Hobbes fue el «mal maestro» que te predispuso contra la retórica. Hobbes es el gran enemigo de la elocuencia entendida como habilidad de persuadir apelando no sólo a la razón sino también a las pasiones.

Bobbio: Basta pensar en el capítulo sobre las causas de la disolución del Estado, en el que Hobbes narra el mito de Medea, la maga símbolo de la elocuencia que persuadió a las hijas de Pelias, el anciano rey de Tesalia, para que descuartizaran a su padre (metáfora de la guerra civil) y lo hirvieran, con la descabellada esperanza de rejuvenecerlo. Admite que es un pasaje hermosísimo.

Viroli: El problema es que bajo la influencia de Hobbes detestas la elocuencia y la retórica. Pero tú también has tejido el elogio del filósofo militante; y el filósofo militante, además de analizar críticamente los conceptos y los problemas, tiene que impulsar a sus conciudadanos a la acción, suscitarles indignación y exhortarlos a resistir, y para ello debe tocar las pasiones. ¿Cómo obtener estos resultados si al escribir o hablar no se presta atención a la dimensión persuasiva del discurso?

Bobbio: Son los distintos aspectos del alma de una persona. En mí coexisten el realista y el apasionado. Soy realista cuando examino los hechos e intento interpretar los conflictos reales entre seres humanos, y al mismo tiempo soy apasionado. Creo que en mi cabeza hay una división entre el hombre racional y el hombre pasional. He sido muchas veces uno y otro, quizás incluso de forma contradictoria. No lo sé. La pasión me alentó a participar durante los últimos años del fascismo en la Resistencia y a adherirme a Giustizia e Libertà. Tú conoces bien el famoso esbozo de Guttuso que adorna mi estudio y que representa una reunión clandestina en 1939, durante el fascismo, de Giustizia e Libertà. Reconozco en mí la presencia del hombre apasionado. Por ello, durante mis largos años como profesor siempre atenué los tonos, y nunca dejé entrever a los estudiantes cuáles eran mis pasiones políticas. Enseñaba con una cierta frialdad, con cierto distanciamiento. Uno de mis autores preferidos para la enseñanza era Kelsen, ya que evita los juicios de valor y construye el sistema jurídico como un sistema normativo que puede llenarse con cualquier contenido. La teoría pura del derecho puede aplicarse del mismo modo a la Unión Soviética que a Estados Unidos, esto es, a un sistema totalitario que a uno democrático. Mis lecciones sobre filosofía del derecho se inspiraban en este esquematismo. Incluso me interesé por la lógica de los predicados normativos, la lógica deóntica que trata de relaciones puramente formales entre lo prohibido, lo obligado y lo permitido.

Viroli: La dimensión de la pasión -la dimensión de la elocuencia- añadida a la razón determina un buen equilibrio, tanto es así que precisamente Hobbes, que en el De Cive desprecia la elocuencia, concluye el Leviatán admitiendo que «sin la poderosa elocuencia, que procura atención y consentimiento, el efecto de la razón sería escaso» («and yet if there be not powerfull Eloquence, which procureth attention and Consent, the effet of Reason would be little»). El ideal del sabio debería ser la alianza de razón y elocuencia: el momento del análisis es el tiempo de la razón; el momento del compromiso, el tiempo de la elocuencia. Recuerda de qué modo Hobbes usa la metáfora. Los clásicos de la retórica prescriben tal uso como un medio poderoso para espolear a los hombres, ya que mediante las metáforas se puede mostrar los conceptos al lector o al oyente como si fueran imágenes. Cuando Hobbes escribe que los Estados están unos frente a otros como gladiadores logra que los ojos de la imaginación perciban el concepto del estado de guerra, siendo por ello su texto particularmente persuasivo.

Bobbio: Me gusta Hobbes también por su uso de las metáforas. Tiene muchísimas y había pensado recopilarlas y estudiarlas algún día. Algunas son bellísimas, extraídas del teatro, de la óptica… Por otra parte, el Leviatán, ese monstruo devorador de hombres, es una gran metáfora. Hobbes tenía también espíritu poético y escribió su autobiografía en dísticos latinos (Vita Carmine Expressa). Una de las últimas veces que he hablado en público, con ocasión de la inauguración del Congreso Internacional de Filosofía del Derecho (junio de 1995), del que era presidente, me pareció bello y oportuno citar un verso de su biografía que dice, al final: «et iam iacta est vitae longa fabula mea» («la larga fábula de mi vida ha terminado ya»), y que fue escrito cuando el filósofo tenía más de ochenta años. Hobbes era un poeta y gozaba a la vez de una claridad de pensamiento extraordinaria. Por este motivo es uno de los pensadores ante los cuales me inclino.


[1] Socialismo liberale, Einaudi, Turín, 1979, pág. 135.

[2] Carlo Rosselli, «La lezione della Sarre», en íd., Scritti dell’esilio, Einaudi, Turín, 1992, vol. II, pág. 96, y «Discussione sul Risorgimento», ibíd., págs. 154-155.

[3] «Irredentismo slavo», ibíd., págs. 46-49.

[4] «Opposizione d’attacco», ibid, p. 233

[5] «Fronte verso l’Italia», ibíd., pág. 4.

[6] «Realismo», ibíd., pág. 341.

[7] Piero Calamandrei, Diario 1939-1945, a cargo de Aldo Agosti, La Nuova Italia, Florencia, 1982, tomo II, pág. 155.

[8] Scritti politici ed epistolario, a cargo de Gabriele Rosa y Jessie White Mario, Barbera, Florencia, 1894, vol. I, pág. 263.

[9] Quentin Skinner, «Ambrogio Lorenzetti: The Artist as Political Philosopher», Proceedings of the British Academy, n.º 72 (1986), págs. 1-56.Norberto_Bobbio

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