La historia de la nana Lucrecia

Reportaje Nana Créditos Dinko Eichin Frost (12)

Por Rodrigo Ramos. Fotos de Dinko Eichin.

Lucrecia Villegas, de 58 años, nunca ha leído un diario.

-¿De qué canal son?- pregunta tras cerrar la puerta de su casa.

De aspecto frágil, no pesa más de 50 kilos, Lucrecia confiesa que varias veces le pidió a Dios para que se produjera este momento. Dice que su historia refleja el dolorido pellejo que sostiene a muchas nanas de Chile y por eso, le urgía contarla. En Chile a las empleadas de casa particular que hacen las labores domésticas se les denomina “nana”.

Trabaja desde los 14 años y hasta hoy soporta que le restrieguen que es analfabeta, “pero no tonta”, aclara con las manos en alto.
Mira al techo y afirma, con su voz aguda, que ojalá su hijo, que vive en el sur, pueda leer esto. A su hijo no lo ve desde 2003. Su relación con éste es mala, pues nunca aceptó que ella regalara a su hermana recién nacida a una familia de Talagante. Su hijo, que hoy debe bordear los 35 años, nació, dice, por efecto de una violación. Lucrecia lo recuerdo todo con lujo y detalle.
Nos sirve café y unas galletas preparadas por ella.
Lucrecia vio al mundo en Ñipas, al interior de Chillán. Fue la séptima de 7 mujeres. De su niñez recuerda el bosque que hace poco lo quemó un incendio. Indica en la foto que no se salvó ninguno de esos árboles. Eso la entristece. “Le pedí el teléfono a mi actual jefa y no me lo prestó. Quería saber de mis papás, cómo estaban, y ella no me pasó el teléfono. Luego supe que ellos estaban a salvo, menos mal”.
Todavía no la convence lo de la revista Urbe Salvaje.

–Yo, en todo Chile… – afirma abriendo sus pequeños ojos oscuros.
Dice que su madre le tiraba el pelo o las orejas para que aprendiera a leer. El problema es que daba vueltas las letras. Leía al revés. “Toda la vida me han basureado por eso. Cuando empecé a trabajar había más analfabetos; hoy, en cambio, hay menos analfabetos por esto uno se siente discriminada. Nadie entiende que uno no sepa leer ni escribir”.
Nos muestra la temblorosa firma de su último contrato. Lean lo que dice: La trabajadora percibirá un sueldo base de $172.000 o que el empleador podrá alterar la naturaleza de los servicios de la trabajadora o disponer que se realicen en sitios o lugares distintos al señalado…
Siempre ha firmado los contratos sin leer bien.
Su padre la mandó a trabajar cuando era una niña. Recién le había llegado la regla, cuando ya estaba lavando los platos. A los 14 años firmó su primer contrato, siempre por el sueldo mínimo. “Toda la vida se han aprovechado de mi. Yo no he sido mala. Cuidé hijos ajenos. Los crié y nadie valora eso”.
-¿Usted tiene hijos?
-No quiero hablar de eso- Dice en ese momento de la entrevista, sin embargo después desmadeja el episodio de su hija.

Violada en un bus

Lucrecia Villegas dice que desde joven fue delgada, “bien hechita”, afirma con una risa pícara. Por esta razón despertó el interés sexual de los patrones o sus hijos. “Tenía 14 o 15 años, no recuerdo bien, cuando el hijo de uno del dueño me agarró por detrás y me tocó. Estaba en la cocina. Traté de escapar y por esto se calló la tetera. Me quemó la mano (muestra la marca) y el también se quemó”.
Esa historia terminó cuando el patrón la botó por caliente. “Eso me dijo o ese dicen. Ellos nunca tienen la culpa. Siempre es una”.
A Lucrecia se le humedecen los ojos y dice que está desilusionada de la vida. “Me han pasado miles de cosas. Hoy no puedo pagar mi casa y me la quieren quitar”.
De nuevo fija la vista en el techo y recuerda los intentos de violación. “Cuando empecé a trabajar me cambié tres veces de trabajo por intentos de violación, hasta que pasó”.
No fue en su trabajo donde la violaron, sino que camino a éste. “Fue dos gallos de la locomoción colectiva”, recuerda. Ella iba caminando al trabajo cuando la agarraron de las muñecas y los brazos para subirla a un bus. Habían planificado todo. “Sabían a qué hora salía y qué hora me iba”. Quedó marcada toda la vida por ese momento. “Hoy cualquier hombre debe ser muy tierno conmigo, muy buena onda, para lograr sentir algo. Eso me ha perjudicado para tener parejas”.
Por si fuera poco, después de la violación el patrón la botó por andar provocando y por caliente. “Era joven, tenía recién 21 años. Quedé embarazada”.

Sucios y flojos ricos

La vida siguió pasando para esta mujer. No hubo respiros.
Su actual casa, ubicada en un condominio de viviendas básicas en Peñaflor, podría ser la cocina o el garaje de algunas de las casas donde ha trabajado. “He trabajado en casas inmensas del porte de todo este condominio. Casas donde viven dos o tres personas, a veces”.
Ofrece más galletas.
Afirma que su actual patrona es una de las peores que le ha tocado. “No me dejan tomar desayuno o almorzar tranquila. Me paran desde dónde estoy o me dicen que les sirva a ellos. El hijo de ellos me dice que no está ni ahí conmigo. Eso me duele mucho pues yo le limpió los vidrios; son ventanales gigantes. Me explotan porque soy analfabeta. Una vez una niñita, de otra patrona, me dijo enojada que no ocupara su baño porque para mí había otro baño. Esa vez, mi baño estaba malo y tuve que ocupar el de ella. Me puse a llorar porque la discriminación venía de una niña y la niña no tenía la culpa, sino como le habían enseñado”.
Cuando se trabaja puertas adentro no hay horarios. Los fines de semana aumenta el trabajo pues los patrones llegan con invitados. “Termino a las cuatro de la mañana de lavar la loza y después tengo que estar en pie a las 7 de la mañana, para prepararles el desayuno. Trabajo como mula”.
-¿Los ricos no mueven un dedo?-
-Ellos se levantan hay que llevarles o juguito a la pieza, o toman desayuno en la mesa. Tiene que estar todo listo. Después hay que limpiar. Son sucios para comer. Si se cae algo, no lo recogen. Abren los cajones y los dejan abierto. Todo el día chuteo zapatos. Son flojos. En la mayoría de los casos solo el patrón trabajo y el resto pasa en el computador o viendo tele. Hay que hacerles de todo, como guagua. No sé qué piensan. Dejan el baño sucio. Es desagradable estarles recogiendo sus cochinadas del baño. Le he sacado piojos a sus hijos y garrapatas a sus perros. Le he tenido que decir a mis patrones, que no soy una basura humana. Me dicen que para eso pagan. Ellos deberían cooperar con la nana por una cuestión de humanidad. Las nanas dan la vida por ellos y ellos nos tratan peor que animales.

La televisión es su sueño

Lucrecia ocupa su tiempo libre en pintar. Le hace bien para relajarse en sus días libres. Arrastra dolencias a los tendones de tanto cargas. Su casa está decorada con todos sus dibujos. Hay palomas de la paz y vírgenes. Se declara creyente de la Virgen del Carmen. Tiene dos altares, uno en la escalera y otro en su habitación.
Dibujar, dice, le ha servido para ganar autoestima. “A veces estoy en el suelo y hacer adornos me levanta ¿Son bonitos?”.
-Voy a decirle a toda mi familia que compre el diario- afirma de repente. Lucrecia tiene cambios bruscos de carácter.
-¿Le gustaría haber vivido otra vida?
-De todas maneras. Ha sido muy dura mi vida. Me gustaría haber sido bailarina de ballet. Me gustaría ser de la televisión, ser una bailarina. Ojalá pudieran postular a un programa para que me pongan dientes o me pongan bella para encontrar a un novio. El problema es: quién me hace la carta para postular. Peso 50 kilos mi niño –se ríe-. A veces me da pena mi vida, pero después me rio. Una semana no tuve que comer y me cagaba de hambre, pero ahí estaba. A mí no me gusta molestar a nadie. Aquí la gente del condominio es muy metida, quiere que les regale las galletas y yo las vendo; o me dicen que soy lesbiana porque vivo con una amiga, por hacerle un favor a ella que no tiene donde vivir. Mi amiga también es trabajadora de casa particular.
Pregunta qué pensamos de ella.

Abuela

Su tono alegre se espanta cuando habla de su hijo. Cuenta, cabizbaja, que su hijo y nieto viven hace tiempo en Concepción. “Nunca han venido a verme y ni siquiera conoce mi casa. Van a verme en el diario y quizás me venga a ver. Ojalá que lo compre”.
-¿Por qué no se lleva bien con su hijo?
-Porque cuando fui joven tuve una niñita, su hermana, y la regalé a un matrimonio de profesores. Eso siempre le molestó a mi hijo (silencio). A veces, me gustaría ver a mi hija que debe estar grande. La sueño viniendo para acá. Debe tener como más de 20 años ella. A esa niña la tuve con amor.
-¿Y cómo la regaló, sin trámite de por medio?
-Nació en el hospital de Talagante y se la pasé a un matrimonio que quería a la niñita. Nunca más pregunté. Al matrimonio lo conocí en Talagante, eran vecinos de una tía. Cuando nació la fueron a buscar. Eran personas comunes y corriente, y eran buenos. Familiares de ellos eran detectives. Se las regale a si nomás, sin papeles. Póngase en mi lugar ¿Qué iba a ser yo trabajando con dos hijos, uno más grande y otro más chico? No podía. Ahora que la niña está grande y tuvo una buena vida me apoyan.
A Lucrecia no le gusta el tema, y aclara que no hizo un mal.
-¿No se arrepiente?
-No, porque siempre le pedí a Dios que la cuidara. La pareja era súper buena.
-¿Y no le gustaría verla?
-No. No sería bueno para nadie. Mi hija no sabe que yo existo. Prefería regalarla antes que botarla. Contésteme usted, cuánta gente pobre en Chile bota los hijos. Eso es terrible. Mejor regalarla a una familia de bien.
Por última vez, pregunta qué pensamos de ella.

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Una respuesta a “La historia de la nana Lucrecia

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