Indagando sobre las influencias y concepciones de Alejandro Zambra

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Por Gonzalo Robles Fantini

Se ha hablado y escrito tanto sobre la paternidad literaria de ciertos escritores chilenos. Abundan también las etiquetas generacionales donde pretenden encasillarlos, y la influencia de los antecesores en sus hijos narradores o poetas. Justamente estas etiquetas incomodan al poeta y narrador Alejandro Zambra, más en cuanto al estilo y géneros literarios entre los cuales los estudiosos pretender ubicar a los hombres y mujeres de letras de nuestro país. Pero más allá de intentar rotular taxonómicamente a este autor- tal vez uno de los narradores jóvenes más exitosos y reconocidos de la escena local- es interesante ahondar sobre sus lecturas pretéritas, sus impresiones sobre referentes ineludibles de la literatura nacional y universal, sus concepciones sobre la relación del poema y la novela, y los datos biográficos que explican, de un modo superficial pero no menos importante, las temáticas y el estilo que distinguen sus novelas y ensayos.

Zambra, según expresa con sus palabras, estableció su lugar en el mundo de las letras desde su adolescencia: el lugar del lector. “Luego publiqué algunos libros y ahora me cuesta imaginarme la vida sin escribir”, señala con convicción, mas no sin dejar en claro que ambas experiencias, leer y escribir, son totalmente distintas. Los lectores de sus novelas advierten que sus primeras lecturas fueron en el seno de su hogar en Maipú y durante sus estudios secundarios en el Instituto Nacional.

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Por cierto, en “Formas de volver a casa” (2011), su novela más reciente y de marcado tinte autobiográfico, describe una anécdota escolar que recuerda hasta adulto, también presente en su libro de crónicas y ensayos sobre literatura “No leer” (2012). “La profesora de castellano se volvió a la pizarra y escribió las palabras prueba, próximo, viernes, Madame, Bovary, Gustave, Flaubert, francés (…) Por entonces ya habíamos leído novelas largas, casi tan largas como Madame Bovary, pero esta vez el plazo era imposible: teníamos apenas una semana para enfrentar una novela de cuatrocientas páginas”.

El adolescente se acostumbraba a la forma en que les enseñaron a leer: a palos. Los profesores no elogiaban el placer de la lectura o, recordado por Zambra en el poema de Parra, los profesores nos volvían locos con preguntas que no iban al caso. Y los estudiantes se ingeniaban métodos para soportar tal carga académica, que los marcó en su juventud. “El centro de Santiago nos recibía con bombas lacrimógenas, pero no llevábamos piedras sino ladrillos de Baldor o de Villee o de Flaubert”.

Entonces el joven Alejandro encontró en un videoclub de su comuna una copia de la película. La vio dos veces el día anterior a la prueba y llenó las hojas de oficio por lado y lado. “Me saqué un rojo, sin embargo, de manera que durante bastante tiempo asocié Madame Bovary a ese rojo y al nombre del director de la película, que la profesora escribió entre signos de exclamación junto a la mala nota: ¡Vicente Minnelli!”.

Pero estableciendo la ineludible conexión entre literatura y vida del autor, precisamente la novela “Formas de volver a casa” revela información emocionalmente valiosa sobre la infancia de Zambra. Tal como él mismo define, esta obra es sobre la literatura de los padres y la literatura de los hijos. Ambientada en una villa de la comuna de Maipú, el protagonista es un niño de clase media que entabla una amistad con una vecina dos años mayor que él, y la excusa para que la familia del personaje principal y la de esta joven se conozcan es el terremoto de 1985.

Si bien presente el tema político- imposible no estarlo si la acción en un inicio transcurre durante la dictadura militar-, la narración no se centra en la visión infantil de los crudos hechos políticos y sociales de entonces, pues es la rememoración de un escritor adulto que revive pasajes fundamentales de su niñez, y en especial cómo esos y otros hechos marcaron a una generación, y la relación de éstos con sus padres.

Resulta simpático y hasta tierno el relato del escritor niño cuando describe su odio inicial a Pinochet porque es una persona que interrumpe constantemente la programación de televisión abierta (la única en ese entonces) con sus discursos aburridos. Pero más allá de la anécdota emotiva, Zambra plantea que su generación ha sido de personajes secundarios dentro de la historia, eclipsada por sus padres. Mientras ellos buscaban muertos o desaparecidos, los sujetos de su generación se dedicaban a jugar a la pelota en la calle o buscar gatitos perdidos. Esta reflexión graba las conciencias de las personas nacidas durante los primeros años de dictadura, y es una constante con la que fueron criados, educados luego en la escuela y el liceo, y permanece hasta que son adultos.

El rol secundario es justamente un conflicto que detonará cuando el escritor adulto regrese de visita a la casa de sus padres en Maipú, no sin dejar de lado la narración otras reflexiones sobre las relaciones de pareja, la literatura nacional, la lucha de clases en un país eminentemente clasista, el rol del escritor, la historia chilena (incluyendo la manida “reconciliación”), entre otros temas.

Ahora bien, volviendo a las primeras lecturas de Zambra, no sólo de lecturas obligatorias escolares se nutrió este autor en su infancia y juventud. En “La vida privada de los árboles” (2007), su segunda novela, el protagonista recuerda que en su casa natal no había la costumbre de leer mucho, pero que sin embargo un día su padre volvió del trabajo con una caja llena de libros de la colección Ercilla. El escritor insiste sobre lo mismo en “No leer”, al afirmar que “gran parte de los niños de los años ochenta debemos nuestra iniciación literaria a la Biblioteca Ercilla, una numerosa colección de libros sin dibujos, sin prólogos y sin notas al pie de página que venían de regalo con la revista Ercilla”.

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Esta biblioteca, bastante familiar para quienes hoy bordean los 40 años, se dividía en tres colecciones: literatura clásica chilena (de tapa negra); literatura clásica universal (de tapa marrón), y clásicos de la literatura española (tapa dorada). “Somos, mal que nos pese, la generación Ercilla: leímos La metamorfosis o El retrato de Dorian Grey o los cuentos de Poe fundamentalmente porque entonces bastaba estirar la mano para obtener esos libros y porque nos cautivaron o no nos aburrieron”.

Evidentemente, las condiciones históricas, sociales y políticas influyen en la formación de todo escritor, y es por lo cual que el poeta y narrador afirma: “Los de la generación Ercilla crecimos en un mundo nada propicio para la literatura, un mundo donde resultaba más saludable hacerse el tonto que pasarse de listo”.

Por otro lado, la novela recién mencionada, “La vida privada de los árboles”, nos entrega información relevante sobre concepciones vitales de su autor. El eje central de la narración es la historia del matrimonio del protagonista, estructurada de una forma muy original. En primera persona, un profesor universitario de literatura y escritor nos cuenta que los hechos narrados durarán hasta que la noche termine o su mujer regrese al departamento. Mientras el desvelo continúa, el narrador da cuenta de su relación matrimonial, la hija de su esposa, y su relación de pareja anterior. Eso en el plano emotivo de pareja, pues a fin de cuentas el tema principal es la paternidad, no sin dejar de lado, como se supondrá, otros planos temáticos.

Una concepción que discurre subterránea, pero no menos importante, en esta novela es la idea de enfática mediocridad como rasgo sociológico que define la idiosincrasia chilena. El protagonista imparte clases de poesía italiana en la Universidad, y si bien ha leído a Pasolini, Pavese y Ungaretti, lo ha hecho en español, y del idioma italiano prácticamente no sabe nada. Pero no le preocupa, pues según él Chile está lleno de dentistas que no saben sacar una muela, profesores de inglés que no saben inglés, y gente que aparenta dominar sus profesiones u oficios sin realmente manejas los conocimientos y métodos indispensables.

Esta actitud de medianería de los chilenos también la grafica Zambra en esa capacidad natural de improvisación que posee el profesor de poesía, pues ante una pregunta compleja de un estudiante, siempre recurre a su memoria a alguna frase célebre de Benjamin o Parra para esbozar una idea que subsane la interrogante. Es más, emplea ejemplos de la política, como en un pasaje en el nudo crucial de la historia, cuando el protagonista escucha en una entrevista radial a un candidato presidencial de derecha que, según él, habla como un candidato de izquierda. El político afirma al periodista y a la audiencia que la gente no es tonta, que ellos saben que en realidad estoy con ellos. En otras palabras, queda de manifiesto que la temática de la mediocridad alcanza ribetes nacionales como parte significativa de nuestra cultura.

Por supuesto que estas y otras concepciones sobre la vida y la literatura, Alejandro Zambra también las incubó en sus estudios universitarios, etapa muy importante en su vida. Luego de egresar del Instituto Nacional, este escritor en ciernes ingresó a estudiar Licenciatura en Letras en la Universidad de Chile. “Entrar a literatura fue muy hippie. Era una cosa maravillosa, todo el mundo tomando y fumando marihuana. Después vi que no era tan así: a mucha gente no le gustaba tanto la carrera”, contaría mucho tiempo después en una entrevista a un periódico nacional. En efecto, Zambra se independizó de sus padres a los 20 años, siendo estudiante y considerándose poeta, y para vivir compatibilizó sus estudios universitarios con diversos trabajos que le reportaban ingresos no muy abundantes: como telefonista en un call- center, desempeñándose en bibliotecas, cartero, junior. En su literatura narrativa posterior revelaría detalles de estos oficios no calificados, como que su trabajo contestando teléfonos era en horario nocturno y, como había lapsos muertos en cuanto al trabajo, era ideal para leer largas horas.

Además, y concretamente en el aspecto emotivo, en la novela “Formas de volver a casa” describe como un rasgo de identidad su temprana independencia de sus progenitores, pues desde muy joven aspiraba a lograr cuanto antes una “vida sin padres”, siendo ésta una constante que articula gran parte de la acción, en retrospectiva, de la novela en cuestión.

Pero repasando sus influencias de esa época universitaria, es significativa la crónica que el escritor incluye en su compilación “No leer”, titulada “Que vuelva Cortázar”. El autor de “Rayuela” es, para Zambra, una referencia ineludible desde sus estudios secundarios. Recuerda con claridad que dio pruebas sobre “La noche boca arriba” en segundo, tercero y cuarto medio, y las innumerables veces que leyeron “Axolotl” y “Continuidad de los parques”, pues los profesores consideraban que esos breves relatos eran ideales para rellenar la hora y media de clases.

“Luego, en la universidad, Cortázar era el único escritor indiscutible. Por los prados de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile circulaban decenas de Oliveiras y Magas, mientras algunos profesores se esforzaban por adoptar en sus clases la distancia especulativa de Morelli”.

Para Zambra este referente de la literatura universal no sólo se instaló en su gusto personal, y también con el paso de los años sufrió contradicciones. “Es la experiencia de mi generación: más temprano que tarde acabamos matando al padre, a pesar de que era un padre liberador y bastante permisivo. Y resulta que ahora lo echamos de menos”.

Evidentemente que la carrera de literatura significó muchos autores más para este poeta y narrador. Si bien al leer sus novelas uno no podría decir (salvo algunas muy fundamentales y significativas con respecto a la historia), que Zambra es un autor que rebalse de citas y referencias literarias sus ficciones, leyendo sus crónicas y ensayos se puede constatar que es un escritor literato, de una vasta cultura literaria y lecturas largas y exhaustivas.

“Ensayos de Ronald Barthes rayados con destacadores fosforecentes, poemas corcheteados de Carlos de Rokha o de Enrique Lihn, novelas anilladas o precariamente empastadas de Witold Gombrowicz, de Clarice Lispector: es bueno recordar que aprendimos a leer con esas fotocopias que esperábamos impacientes, fumando, al otro lado de la ventanilla”. Y esos tibios legajos que acostumbraban a leer los estudiantes de literatura eran para ellos libros, queridos y escasos, libros importantes.

Más allá de que todo estudiante de literatura deba nutrirse con una amplia y abultada dieta literaria, Zambra le da significado a los poemas, cuentos o novelas que ha leído a lo largo de su vida. No por nada en “La vida privada de los árboles” el protagonista proyecta espacialmente su vida con el lugar que ocupan los libros que ha leído y ahora ocupan un lugar en su biblioteca. Asimismo, le reprocha a una antigua novia, que le expulsara abruptamente del departamento en el cual convivían, de haberse quedado con sus volúmenes literarios y desde ese entonces se refería a ella como una “ladrona de libros”.

Y en “Formas de volver a casa” hay un pasaje, que narra el regreso en una visita del protagonista a casa de sus padres en Maipú, que se repite y varía en el significado por ligeros cambios en la acción, y se estructura sobre la base de una pequeña biblioteca que su padre ha instalado en casa (cuando él en realidad prefiere las películas), que da pie a una conversación con su madre sobre las novelas de Carla Guelfenbein. Esa es sólo la excusa, pues el pasaje aborda la literatura chilena, para luego dar paso a temas de clase social, y profundizar en los conflictos emotivos de índole familiar y biográfica del protagonista.

“Yo mismo me convertí, con el tiempo, en un coleccionista, porque no me atrevería a vivir sin mis libros”, sentencia Zambra.

Ahora bien, sobre la otra experiencia que lo define, la del acto mismo de escribir, este autor ha deslizado ideas muy claras respecto a sus preferencias y estilos escriturales en sus crónicas. De partida, supone escribir como un acto de permanente revisión y corrección. “Yo escribo boceteando, sin planes, a la espera de una frase que no siempre llega. Pero a veces la frase llega y llama a otra y así”.

La primera versión nunca satisface a Zambra, y de hecho considera que “escribir es sacar y no agregar. El escritor es el que borra”. Esto en ningún caso quiere decir que la narrativa del autor de “Formas de volver a casa” sea de un lenguaje muy culto, críptico en sus sintaxis o ampuloso en su estilo. Predomina el uso sencillo de la palabra, sin que caiga en una prosa simplona y fácil. Podría decirse que son más bien las figuras poéticas presentes en su narrativa, imágenes muy sugerentes y bien logradas, y en especial la inteligente y eficaz estructura con las que compone sus novelas, parte de lo que hace a este autor una figura interesante y original dentro del panorama de la narrativa chilena.

Y la originalidad no es un tema menor para él. Enemigo declarado de los lugares comunes en la escritura de ficción, el asunto asoma incluso en sus obras narrativas. No es casualidad que en “La vida privada de los árboles” el protagonista atribuya gran parte del fracaso de su relación de pareja a la galopante falta de comunicación, a esos espacios de intimidad rellenados con “frases hechas”.

Otro ejemplo respecto a la literatura nacional: en su crónica “No leer”, que le da título a la compilación, Zambra defiende la negativa a leer por la obligación social que imponen ciertas corrientes o modas literarias de las novedades en el mundo de las letras. Así, ejemplifica con escritores que se niegan a leer ciertas obras, pese a que deben comentarlas en lanzamientos de las mismas, o bien se dan el lujo de recomendar libros sin haberlos leído. Rafael Gumucio le recomendó a Zambra leer el libro de Marcelo Lillo, asegurando que era un grandísimo cuentista, reconociendo no haberlo leído. Pero lo interesante para el punto del rechazo del escritor a los lugares comunes es cómo califica en su crónica la obra “El fumador y otros relatos”, la cual fuera alabada por la crítica y defendida por variados expertos. “Yo sí leí el tan correcto libro de Marcelo Lillo (…)”. Queda de manifiesto que para Zambra el escritor que no arriesga, que repite fórmulas de escribir ya probadas o, en otras palabras, que cae en los lugares comunes, no pasa de ser un escritor prolijo pero para nada destacable.

En otro aspecto de la literatura y el acto de escribir, que le compete en primera persona a Alejandro Zambra pues alterna la poesía y la narrativa, el autor zanja el debate entre estos géneros mayores que de tanta discusión han sido objeto. Aceptando que no existen diferencias tan tajantes entre poesía y narrativa, centra los matices en otros aspectos. Las buenas novelas están más cerca de la poesía que los malos poemas, es una opinión que sostiene. Sin embrago, “la novela es la poesía de los tontos”, afirma en una cita de Eduardo Molina. Desde la otra mirada, asevera que “algunos narradores reducen la poesía al espectáculo narcisista que denunciaba Witold Gombrowicz. En la misma línea, recuerda que el escritor Marcelo Mellado acusó a los poetas de “escribir para abajo” y no para el lado.

“El cargo de escribir para abajo es cómico pero también certero, pues muchos poetas olvidan que escribir un verso es bastante más complejo que sumar palabras a la lista de compras”, sentencia el autor.

Alejandro zanja este problema al constatar que hay bellísimas novelas escritas para abajo (como “Spoon River”, de Edgard Lee Masters) y bellísimos poemas escritos para el lado. En este sentido, es valiosa la afirmación que entrega de Roberto Bolaño, quien pensaba que la mejor poesía del siglo XX había sido escrita en forma de novela, es decir, es saludable mezclar peras con manzanas.

“Mezclar los géneros no es innovar en el repertorio de las formas sino restaurar un espíritu perdido. Eso celebramos al alabar el lirismo o, más exactamente, el aliento épico de, por ejemplo, la novela 2666”. Hay distintas clasificaciones para esta mixtura de géneros. Zambra es, como dijimos, enemigo de la sobrepoblación de etiquetas, y en este caso éstas copan todo el debate y se pierde de vista que esas formas, poesía o narrativa, signifiquen algo.

“No nos preguntamos si Lumpérica es una novela o un libro de poesía para tranquilizar nuestros hábitos de lectura. Por el contrario: lo que importa es entender que Diamela Eltit necesitaba esa ambigüedad para decir lo que quería decir”.

Justamente esa ambigüedad, a la que bien sabe sacar partido Zambra en sus novelas, es un elemento no menor en su obra y en su rol de escritor, pues él desde un principio se definió como poeta antes que narrador o crítico literario. Mas no le hace falta su cuota de humor y autocrítica.

El año 2008 los editores de la revista Etiqueta Negra comenzó una sección consistente en escribir en contra de los colegas o, en palabras de un editor, “en contra de lo malo del oficio, de los vicios y enfermedades de la actividad”. De esta forma, Alberto Fuguet escribió en contra de los cineastas, Martín Caparrós contra los cronistas, y lo suyo le fue encomendado a Alejandro Zambra.

“Contra los poetas” fue titulado su artículo, que ofendió varias susceptibilidades y hasta sacó roncha en ciertos ilustres del gremio. Zambra hace una semblanza de la raza de poetas por décadas de vida. A los veinte años han publicado poemas en revistas y antologías, han participado en talleres. Publican su primer libro, muy malo, con poemas “largos y sentenciosos, abusan de los gerundios, de los signos de exclamación, de los puntos suspensivos”. Acota el autor que ellos se leen los unos a los otros con frecuencia.

Mientras que a los veinticinco años, con un segundo libro publicado, siguen buscando la voz propia, ya a los treinta han sufrido varios desengaños. “Han sido incluidos en antologías nacionales y latinoamericanas, pero han sido excluidos de otras tantas publicaciones y les cuesta muchísimo aceptarlo”. Tres libros publicados, dos editoriales fundadas y cuatro revistas literarias es la suma orgullosa de las tres décadas. Zambra ironiza sobre el ego herido que intenta abultar su biografía: “sus libros han sido traducidos parcialmente al italiano. En realidad les han traducido solamente un poema, pero da lo mismo: los han traducido, eso ya es mérito suficiente”.

A los treintaicinco años les molesta que los presenten como poetas jóvenes, reniegan de sus libros de juventud y dictan talleres donde les inculcan a sus alumnos que eviten los gerundios, cuiden los adjetivos, que les declaren la guerra a los puntos suspensivos y a los signos de exclamación. “Se enamoran de poetas de dieciséis años y las comparan con Alejandra Pizarnik, pero nunca han visto una foto de Alejandra Pizarnik”.

La crisis de los cuarenta se hace más dura para los poetas: “No decidieron ser poetas para tener cuarenta años”. Zambra los define a esta edad como inofensivos, seres en progresiva decadencia. El fracaso se cumple a los cincuenta, sesenta o setenta, pero con señales equívocas. Los poetas ganan dos o tres premios menores, “tímidos estudiantes de pregrado y quizás alguna bella doctora norteamericana analizarán sus libros, que tal vez serán traducidos al francés, al alemán, al griego o al menos al argentino”.

Zambra concluye con un sentimiento de lástima al verlos junto al teléfono, esperando la noticia de un premio, una pensión del gobierno, homenaje o un viajecito al sur. Los describe como niños asustados, adolescentes ya muy viejos para suicidarse. Si les preguntan de qué sirve la poesía en este mundo deshumanizado y consumista, suspiran y responden siempre lo mismo: “que sólo la poesía salvará al mundo, que hay que buscar, en medo de la confusión, palabras verdaderas y aferrarse a ellas. Lo dicen sin fe, rutinariamente, pero tienen toda la razón”.

Tuvo un par de reacciones de poetas ofendidos y rabiosos. Dos años después publicó un texto en que explicaba la polémica y su intención inicial, autocrítica y con sentido del humor, y da cuenta de que respondió a estos poetas con una redacción que luego lamentó. Finaliza diciendo que se arrepiente de haber escrito “Contra los poetas”, pues él nunca ha dejado de escribir poesía, y que debió escribir en contra de los narradores. “Los poetas son estupendos, los narradores atroces. Definitivamente estoy a favor de los poetas y contra los narradores”.

Resulta sincero Alejandro en defender su papel de poeta. No sólo porque, de hecho, sus primeras publicaciones fueron libros de poesía (“Bahía Inútil”, 1998; “Mudanza”, 2003), sino porque entre sus gustos literarios no dejan de aparecer insignes poetas chilenos o escritores que han dedicado parte importante de su obra a la poesía. Como se señaló antes, Zambra alaba la ambigüedad de Diamela Eltit en “Lumperica”, novela que escapa a reducciones teóricas. Además de rescatarla en una crónica, incluida en “No leer”, por su potencia semántica y por la belleza con la cual expresa los sentimientos horrorosos que describe (está ambientada en una plaza del Santiago de mediados de los setenta, y da cuenta de la angustiosa y sofocante  represión militar en dictadura), la consigna como uno de los “pocos libros que retratan con tanta fuerza a la generación de nuestros padres”.

Mas sus reseñas hacia la poesía chilena no terminan ahí. La misma compilación de crónicas y ensayos sobre literatura aborda la poética claustrofóbica de Armando Uribe; la obra clave de Enrique Lihn “La pieza oscura” (la cual define como un retrato de la infancia al servicio de los fantasmas, como una “prehistoria del adulto” por donde “la memoria se pasea de forma errática y voluntariosa, inventado o evitando recuerdos”); dedica un ensayo a la obra de Gonzalo Millán y describe una entrevista entrañable que le hiciera al poeta cuando Zambra era estudiante, así como un ensayo muy intimista, y a la vez académico, sobre la obra y personalidad de Nicanor Parra, amigo personal de Alejandro. Incluso dedica varias páginas a indagar sobre la poesía de Roberto Bolaño, quien es más conocido por su narrativa, al menos en Chile.

Quizás este rasgo sea uno de los factores, entre muchos más, que defina la veta del talento como narrador de Alejandro Zambra. Un joven que desde la adolescencia tuvo el gusto por la lectura, que se definía a sí mismo como poeta cuando estudiaba literatura en la Universidad de Chile, que publicó sus dos primeros libros en este género y sentía miedo de reseñar o ser crítico literario por terminar siendo un poeta frustrado. Ese cuidado y sensibilidad por la palabra aplicado al relato de historias. Y en su caso lo que él mismo definiría relatos de una vida sin mayores sobresaltos ni grandes acontecimientos. Una narrativa cercana al minimalismo, sin grandes epopeyas épicas, donde es la palabra la protagonista oculta, pero a la vez, decidora.

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