Johnny Deep: “Lo mío con Hunter S. Thompson fue amor a primera vista”.

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Nunca un actor había hecho tanto por un personaje como Johnny Deep con el Paul Kemp de Los diarios del ron. Quien hoy es una de las más grandes estrellas de cine no sólo es el protagonista y productor de la película, sino que fue también el que encontró el manuscrito nunca publicado del libro en el que se basa el filme mientras revisaba materiales en la casa del escritor. Ferviente admirador del fundador del periodismo gonzo, Deep lo interpretó en Miedo y asco en Las Vegas (1998) y desde entonces forjó con él una gran amistad que perduró hasta el suicidio del autor en el 2005 de un disparo en la cabeza.

¿Cómo describiría, a partir de sus recuerdos, a Hunter S. Thompson?
Lo que más me llamaba la atención de Hunter es que, aunque la gente pueda tener una imagen muy diferente de él, era un típico caballero del sur de Estados Unidos. Y de la categoría más alta. Era muy caballeresco, muy amable, muy generoso. Esa era su esencia más profunda. Con esos valores fue criado. Después aparecieron otros aspectos de Hunter. La fuerza de su naturaleza es un aspecto muy importante porque, realmente, nada podía detenerlo, salvo él mismo.

Paul Kemp, el personaje que interpreta en Los diarios del ron, refleja ese lado caballeresco más que, obviamente, el de Raoul Duke, la versión de Hunter que interpretó en Miedo y asco en Las Vegas.
Creo que sí, al menos para mí refleja la idea de que Hunter, en 1971 o 1972, estaba viviendo una época que lo enojaba mucho. Lo ponía furioso. Estaba enojado con la política, con Nixon y la Guerra de Vietnam. Al mismo tiempo, ya estaba metido en esa suerte de experimentación por la que se hizo tan conocido. Alrededor de 1960, Hunter acababa de salir de la Fuerza Aérea, donde había tenido problemas. Tuvo problemas con la autoridad toda su vida. Se trataba de un momento -como se ve en la película- en el que estaba tratando de descubrir qué era él y lo que iba a hacer de su vida. Todo cuanto iba a ser Hunter después está presente. La furia, la preocupación… Se trataba de encontrar su voz y su estilo. Y lo logró no mucho tiempo después.

¿En qué momento llegó Hunter a su vida?
Lo conocí cerca de la Navidad de 1994. Yo estaba en Aspen en ese momento, y un amigo me había dicho que teníamos que ir al Woody Creek Tavern. Me dijo que estuviera allí a medianoche, que él llevaría a Hunter si quería conocerlo. Así que fui y me senté en una mesa al fondo. Y cerca de la medianoche, se abrió la puerta. Cuando entró, lo único que podía ver eran chispas que saltaban por todos lados. Y después vi que algunas personas se movían de un lado a otro, como para resguardarse, como si el mar se abriera. Y de pronto se escuchó una voz que les decía a todos que salieran de su camino. No hubo más chispas. Apareció frente a mí. Entonces el caballero sureño se acercó y me dijo que su nombre era Hunter, y me preguntó cómo estaba. Eso fue todo. Desde ese instante fuimos inseparables. Si estábamos lejos, hablábamos por teléfono todo el tiempo.

Fue amor a primera vista…
Sí. Fue una historia de amor que perduró hasta que él se fue.

¿Por qué cree que se hicieron tan amigos?
Lo bello de mi relación con Hunter es que había una confianza muy profunda. Yo sabía que fuera donde fuera con él, pasara lo que pasara, estaba haciendo lo correcto. Incluso si lo que pasaba era siniestro. Ambos teníamos el mismo criterio de lo que era la aventura. Entre las cosas que voy a atesorar toda mi vida están todas esas ocasiones en las que Hunter me llamaba para que lo acompañara cuando él sentía la necesidad de salir a vagar y explorar el mundo. Me decía “coronel Depp”. Pasaba una semana allí con Hunter, y era una locura, pero todos esos recuerdos quedaron grabados en mi cabeza. Es muy placentero saber lo importante que es una experiencia cuando uno la está viviendo.

¿Cuándo encontró el manuscrito de Los diarios del ron?
Fue en la época en que me estaba preparando para Miedo y asco en Las Vegas. Estaba trabajando en su casa con sus manuscritos, buscaba entre servilletas de cóctel y tallos de cereza. Abrí una caja de cartón en la que había una enorme pila de hojas sujetas con una banda elástica. Solamente decía: Los diarios del ron. Me dio la impresión de que Hunter no lo había vuelto a tocar desde que lo había escrito. Así que decidí leerlo. Le dije que estaba loco si no lo publicaba. Hunter consiguió un par de editores y decidió publicarlo esa misma noche. Me dijo que teníamos que producirlo, convertir el libro en una película. Me propuso que trabajáramos juntos y acepté.

¿Qué es lo que más extraña de Hunter?
Todo. Extraño sus llamadas a las tres de la mañana para preguntarme si conocía la enfermedad de la lengua negra peluda. Extraño estar sentado con él y ver cómo se encabritaba por algún partido o cosas así. Extraño todo. Todo.

Él fue testigo de su transformación en una gran estrella. ¿Qué pensaba él de eso?
Hunter siempre fue bastante protector. Siempre supo que esto era mi trabajo de todos los días. Después, el verdadero yo iba a visitarlo. Cuando las cosas empezaron a hacerse más grandes, estaba preocupado, pero a la vez, muy orgulloso. Incluso cuando se fue, en su casa había recortes de periódicos sobre mis películas.

¿Cómo fue ponerse en su piel después de su muerte?
Fue un placer porque está conmigo todo el tiempo, ya sea cuando me levanto a la mañana y pienso algo relacionado con él o cuando tengo un sueño sobre él o apoyo la cabeza en la almohada para dormir, él está ahí. A veces pasa algo durante el día que me recuerda a él y pienso que le hubiera encantado estar ahí… Alguna cosa rara, obviamente.

¿Se considera una especie de protector de Hunter S. Thompson en la pantalla?
Es posible. Cuando empezamos a filmar Miedo y asco… yo ya había absorbido tanto de Hunter que no podía ser otro más que él. Y el primer día de rodaje, recibí una llamada de Bill Murray, que lo había interpretado en Where the Buffalo roam, y me preguntaba si ya sabía cómo convertirme en Hunter, si ya estaba hablando como él, si ya había adquirido esa especie de ritmo… Y al final me preguntó si ya había empezado a pensar como él. Yo le respondí que sí, y él me dijo que sería así para siempre. Así que, bueno, ya no había marcha atrás…

La Vanguardia.

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