Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará…

Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue.
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EL HAMBRE ERA UNA BUENA DISCIPLINA
Si uno vive en París y no come bastante, les aseguro que el hambre pega fuerte, ya que todas las panaderías presentan cosas tan buenas en los escaparates, y la gente come al aire libre, en mesas puestas en la acera frente a los restaurantes, y uno ve y huele la buena comida. Y si uno había renunciado al periodismo, y estaba escribiendo cosas por las que nadie en América daba un real, y si al salir de casa uno decía que le habían invitado a comer pero no era verdad, el mejor sitio para matar las horas de la comida era en el jardín del Luxemburgo, porque uno no veía ni olía nada de comer en todo el trayecto desde la plaza de l’ Observatoire hasta la rué de Vaugirard. Y siempre podía uno entrar en el museo del Luxemburgo, y los cuadros se afilaban y aclaraban y se volvían más hermosos cuando uno los miraba con el vientre vacío y con la ligereza que da el hambre. Teniendo hambre, llegué a entender mucho mejor a Cézanne y su modo de componer paisajes. Muchas veces me pregunté si él tendría también hambre cuando pintaba, pero me dije que si la tenía era seguramente porque se le había olvidado la hora de la comida. Una de esas ideas indocumentadas pero sugestivas que a uno se le ocurren cuando tiene sueño o hambre. Más tarde, pensé que Cézanne debía estar hambriento, pero de otra clase de hambre.Al salir del Luxemburgo, uno podía bajar la estrecha rué Férou hasta la place Saint-Sulpice, y tampoco se encontraba ningún restaurante, y estaba tranquila la plaza, con sus árboles y sus bancos. Había una fuente con leones, y las palomas andaban por el empedrado y se posaban en las estatuas de los obispos. Estaba la iglesia, y en el lado norte de la plaza había tiendas que vendían objetos de arte religioso y vestimentas sacerdotales.A partir de aquella plaza, era imposible seguir andando hasta el río sin pasar frente a tiendas que ofrecían frutas o legumbres o vinos, y frente a panaderías y confiterías. Pero, meditando cuidadosamente el itinerario, se podía dar la vuelta a mano derecha de la iglesia de piedra gris y blanca hasta llegar a la rué de l’Odéon, y doblar también a la derecha hacia la librería de Sylvia Beach, y eran pocas las tiendas de comestibles que había en el camino. En la rué de l’Odéon no había ningún lugar donde comer, a no ser que uno siguiera hasta la plaza, donde había tres restaurantes.Cuando al fin alcanzaba el número 12 de la rué de l’Odéon, mi hambre estaba reprimida, pero mis sentidos se habían puesto de nuevo en receptividad exacerbada. Las fotos de la librería parecían diferentes, y me fijaba en libros que siempre me habían pasado desapercibidos. —¡Oh, Hemingway, qué delgado está usted! —decía Sylvia—. ¿Come usted lo suficiente? —Claro que sí. —¿Qué almorzó usted hoy?Se me revolvía el estómago, y contestaba: —Ahora voy a casa, a almorzar. —¿A las tres de la tarde?
—¿Son ya las tres? Se me pasó el tiempo sin darme cuenta.
—Adrienne decía el otro día que quiere invitarles a cenar a usted y a Hadley. Invitaremos también aFargue. A usted le es simpático Fargue, ¿verdad? O a Larbaud. Usted le tiene simpatía, estoy segura. Oa cualquiera por quien usted sienta verdadera simpatía. ¿No olvidará decírselo a Hadley?
—Ella tendrá mucho gusto en ir.
—Les mandaré un pneu.
No trabaje usted tanto como para olvidarse de las comidas.
—No lo haré. —Y ahora vaya a su casa, que se quedará sin comer.
 —Me guardarán la comida. —No tiene que comer frío. Le conviene una buena comida caliente.
—¿Ha recibido correo para mí?
 —Me parece que no. Pero voy a mirar.Miró, y encontró un papel con una nota y puso cara de satisfacción, y abrió con llave un cajón de su mesa.
—Llegó esto cuando yo no estaba —dijo.Era una carta y tenía todo el aspecto de contener dinero.
—Wedderkop —añadió Sylvia.
—Debe ser del Querschnitt .
¿Vio usted a Wedderkop?
—No. Pero vino cuando estaba George, y dejó esto. Ya hablará con usted, no se preocupe. Debió pensar que lo mejor era pagar primero.
—Aquí hay seiscientos francos. Dice que seguirán otros pagos.
—Qué suerte que usted me hiciera mirar si había algo. Mi querido señor Buena Suerte.
—Lo que menos comprendo es eso de que Alemania sea el único país donde consigo colocar miscosas. En el
Querschnitt y en la Frankfurter Zeitung
. —Sí que es curioso. Pero no se preocupe. Además no es verdad. Siempre le puede colocar un cuento aFord, para la
Transatlantic Review
—bromeó Sylvia.
—A treinta francos por página. Pongamos que coloque un cuento cada tres meses en la
Transatlanlic.
Un cuento de cinco páginas, resulta a ciento cincuenta francos cada trimestre. Seiscientos francos al año.
—Pero hombre, Hemingway, no piense en lo que sus cuentos rinden ahora. Lo importante es que ustedes capaz de escribirlos.
—Ya sé. Desde luego que soy capaz de escribirlos. Pero nadie quiere comprarlos. No he ganado ningún dinero desde que dejé el periodismo.
—Sus cuentos se venderán. Ya ve que ahora mismo ha recibido dinero por uno.
—Perdóneme, Sylvia. Perdone que hable de estas cosas.
—¿Qué hay que perdonar? Usted puede siempre hablarme, de esto o de cualquier otra cosa. ¿No sabe usted que los escritores nunca hablan más que de sus propios apuros? Pero prométame que no se preocupará, y que comerá lo suficiente.
—Se lo prometo.
—Bueno, vaya a su casa, pues, y almuerce.
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Salí a la rué de l’Odéon descontento conmigo mismo, por haberme quejado de mis apuros. Hacía loque hacía por mi propia voluntad, y luego lo hacía de un modo estúpido. Aquel día hubiera debidocomprarme un pan, y comerlo en vez de quedarme sin almuerzo. Al pensarlo, sentía en la boca elsabor de la corteza tostada. Pero la boca se queda seca, con pan y sin nada que beber. Maldito quejicoso. Sucio farsante de santo y mártir, me dije a mí mismo. Dejas el periodismo porque lo has decidido. Tienes crédito, y sabes que Sylvia te prestaría dinero. Y además ya te lo ha prestado, ymuchas veces. Y después de los sablazos irás aflojando en otras cosas. Puedes ir diciendo que elhambre es una maravilla, y que los cuadros parecen mejores cuando uno está hambriento. Pero comer es otra maravilla. ¿Y sabes dónde vas a comer ahora?Vas a comel en Lipp. Comer y beber.Caminé aprisa hasta Lipp, y todos los objetos que mi estómago percibía con tanta rapidez como misojos o mi nariz hacían más agradable el corto paseo. Había poca gente en la brasserie, y cuando estuve sentado en la banqueta, con el espejo a mi espalda y una mesa ante mí, el camarero me preguntó si quería cerveza. Pedí un distingué, que era una gran jarra de cristal con un litro de cerveza, y una ensalada de patatas.La cerveza estaba muy fría, y era un gusto beberla. Las pommes à 1’huile eran de pulpa firme,marinadas en un delicioso aceite de oliva. Las sazoné con pimienta, y las comí con pan mojado en elaceite. Después de beber el primer largo trago de cerveza, seguí bebiendo y comiendo muy despacio.Terminadas las pommes à 1’huile, pedí otra ración y un cervelas, o sea una salchicha parecida a las de Frankfurt, pero muy grande, cortada en dos mitades y cubierta con una salsa especial, a base de mostaza.Rebañé con pan todo el aceite y toda la salsa y bebí la cerveza despacio hasta que empezó a entibiarse.Cuando la terminé pedí un demi , y observé cómo llenaban el vaso de la espita del barril. Me pareció más frío todavía que el distingué, y bebí la mitad del vaso. No podía decirse que yo estuviera preocupándome, pensé. Yo sabía que mis cuentos eran buenos, y al fin iban a publicarlos en América. Cuando dejé de trabajar para periódicos, tenía la plena seguridad deque mis cuentos iban a publicarse. Pero todos los editores a quienes los mandé me devolvieron el manuscrito. Mi confianza había surgido cuando Edward O’Brien me tomó el cuento «My Old Man» para su antología anual de relatos cortos, y además me dedicó el volumen de aquel año. Recordándolo,me reí y bebí otro sorbo de cerveza. Mi cuento no había aparecido en revista, y O’Brien tuvo que violar todas sus normas para incluirlo en su tomo. Volví a reír, y el camarero me miró de reojo. Lo divertido del caso es que, al fin, O’Brien había escrito mal mi nombre. El cuento que escogió era uno de los dos que me quedaron cuando todos mis manuscritos se perdieron. A Hadley le robaron la maleta en la Gare de Lyon, cuando iba a Lausanne y se llevaba todos mis manuscritos por darme una buena sorpresa, para que yo pudiera trabajar en mis cosas en las montañas donde íbamos a pasar unas vacaciones. Hadley se llevó los manuscritos originales y los puestos en limpio a máquina y las copias al papel carbón, todo muy bien ordenado en carpetas de cartulina. Uno de los dos cuentos se salvó porque Lincoln Steffens lo había mandado al director de un periódico, y lo devolvieron. Viajaba en el correo cuando me robaron lo demás. El otro cuento salvado era el que se titulaba «Up in Michigan»,que acababa de escribir el día en que Miss Stein nos visitó. Como ella dijo que el relato era inaccrochable, nunca llegué a pasarlo a máquina. Se quedó en un cajón a trasmano.Después de la estancia en Lausanne, pues, pasamos a Italia, y un d;’a mostré el cuento que trataba delas carreras de caballos a O’Brien, un hombre amable y tímido, pálido, con ojos azul claro y un pelo liso y lacio que se cortaba él mismo, que entonces estaba en pensión en un monasterio cerca de Rapallo. Yo pasaba por una mala época y creía que nunca más volvería a ser capaz de escribir, y le mostré el cuento a O’Brien como una curiosidad, en un impulso como el que uno tiene cuando enseña,neciamente, la bitácora de un barco que ha perdido en un inverosímil naufragio, o cuando exhibe la bota y hace un chiste sobre el pie que tuvieron que amputarle de resultas de un accidente. Luego,cuando O’Brien leyó el cuento, vi que le dolía más que a mí. Yo nunca había visto que nadie sufriera por nada que no fuera una muerte o un dolor físico insoportable, excepto a Hadley cuando me dijo que le habían robado los manuscritos. Mi mujer lloraba y lloraba sin parar, y no se atrevía a decirme lo ocurrido. Yo le dije que por muy grave que fuera el desastre, no podría valer la pena de tanto llanto, y que dejara de preocuparse, que fuera lo que fuera ya se arreglaría. Entre los dos lo arreglaríamos. Al fin me lo dijo. Aunque me lo aseguró no pude creer que se hubiera llevado también las copias al papel carbón. Entonces yo ganaba buen dinero de los periódicos. Pagué a un compañero para que hiciera mi reportaje, y tomé el tren para París. Sí que era verdad, y me acuerdo demasiado bien de lo que hice en la noche después de mi llegada al piso y de comprobar que era verdad. Pero cuando estábamos en Italia, todo aquello había quedado atrás, según Chink me había enseñado a no hacer nunca comentarios sobre las bajas de un combate; de modo que le dije a O’Brien que no se lo tomara tan a pecho. Probablemente me iba a resultar beneficiosa la pérdida de mis trabajos de aprendiz, y en fin, le serví la clase de majaderías con que se levanta el ánimo de una tropa. Dije que iba a ponerme enseguida a escribir otros cuentos. Y en el momento en que lo dije creyendo que era sólo una mentira para que se animara, me di cuenta de que iba a ser verdad.Sentado allí en Lipp, seguí pensando y recordé el primer cuento que logré escribir después de la pérdida de mis manuscritos. Fue en Cortina d’Ampezzo, adonde había vuelto a reunirme con Hadley,después de una temporada de esquí en primavera, interrumpida para ir a hacer un reportaje a Renania yal Ruhr. Era un cuento muy sencillo titulado «Out of Season», en el cual omití el verdadero final, que era que el viejo protagonista se ahorcaba. Lo omití basándome en mi recién estrenada teoría de queuno puede omitir cualquier parte de un relato a condición de saber muy bien lo que uno omite, y deque la parte omitida comunica más fuerza al relato, y le da al lector la sensación de que hay más de loque se le ha dicho.Bueno, pensé, así me salen los cuentos ahora, que nadie los entiende. Si algo hay seguro, es esto. El hecho cierto es que no hay ninguna demanda por mis cuentos. Pero un día llegarán a entenderlos,como pasa siempre con la pintura. Sólo hace falta tiempo, y sólo hace falta confianza.
Hay que tomar un cuidado muy particular de uno mismo en las épocas en que uno tiene que reducir lacomida, para que el pensamiento no sea sólo un pensamiento de hambriento. El hambre es una buenadisciplina, y enseña mucho. Y mientras la gente no entiende lo que uno escribe, uno está másadelantado que ellos. Lo que ocurre es eso, pensé, que estoy tan adelantado que no me alcanza eldinero para comer con regularidad. No sería mala cosa si esos que van detrás se acercaran un poco.Me di cuenta de que tenía que escribir una novela. Pero parecía imposible conseguirlo, precisamentecuando, esforzándome con gran dificultad, había aspirado a meter en un solo párrafo el destilado detodo lo que sale en una novela. Tenía que ponerme a escribir cuentos más extensos, y a entrenarme para una carrera de larga distancia. Cuando escribí mi única novela anterior, perdida también con lamaleta que me robaron en la Gare de Lyon, yo tenía todavía la facultad lírica de la adolescencia, tan perecedera y engañosa como la propia juventud. Yo sabía que probablemente era una suerte haber  perdido aquella novela, pero sabía también que tenía que escribir otra. De todos modos, iba aretrasarlo tanto como pudiera, hasta que no hubiera otro remedio. Y antes matarme que escribir unanovela porque era un medio de comer con regularidad. Cuando tuviera que escribirla, sería porque no podía hacer otra cosa ni me quedaba otra elección. De momento había que dejar que subiera la presiónen la caldera. Entretanto, escribiría un cuento largo sobre un asunto que conociera bien.Al llegar a este punto, ya había pagado la nota y dejado la cervecería, y tomé por la derecha y crucé larué de Rennes, para no entrar en los Deux Magots a tomar café. Andando por la rué Bonaparte, me fuia casa por el camino más corto.¿Cuál era el tema que yo conocía mejor, y que no había tratado todavía en alguno de los manuscritos perdidos? ¿Qué conocía yo mejor, y qué tenía para mí más importancia? Sobre este punto, no cabía laduda. La única duda que cabía, era la del camino que había que escoger para llegar lo más pronto posible al lugar de trabajo. Aquel día, el camino más corto llevaba de la rué Bonaparte a la ruéGuynemer, y luego a la rué d’Assas, y finalmente subía por la rué Notre-Dame-des-Champs hasta laCloserie des Lilas.Me senté en una esquina mientras la luz del atardecer entraba pasando por encima de mi hombro, y me puse a escribir en mi libreta. El camarero me trajo un
café crème
, del que bebí la mitad cuando estuvo frío, y olvidé el resto en la mesa. Cuando terminé de escribir, no quería alejarme de mi río, dejar de mirar las truchas en el remanso y la superficie del agua henchida y lisa, que presionaba contra la resistencia del puente de madera. El tema del cuento era la vuelta de la guerra, pero a la guerra no se la mencionaba nunca.Sin embargo, a la mañana siguiente el río volvería a estar ante mí, y yo tendría que construir el río y los campos y todo lo que tenía que ocurrir en el relato. Se abría una serie de días que aquel trabajo llenaría enteramente. Era lo único que importaba. En mi bolsillo estaba el dinero recibido de Alemania, de modo que no había apuro. Cuando aquel dinero se terminara, llegaría otro.Lo único que yo tenía que hacer era conservar mi cabeza en buena forma, hasta que a la mañana siguiente me pusiera otra vez a trabajar.
Ernest Hemingway.
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