De « Maumando al parachoques»

tom wolfe

Por Tom Wolfe

 

De cuando en cuando, después de que todo el aparato de la pobreza se puso en marcha, y los enfrentamientos se convirtieron en algo regular, los blancos se topaban con grupos étnicos distintos, como los indios o los samoanos. Bueno, con los samoanos dejaron pronto de parecer distintos, ni una sola vez se volvieron realmente contra ellos. Los samoanos en el escenario de la pobreza estaban de parte del enfrentamiento directo. Ellos no perdían el tiempo. Eran como los terrores originales desconocidos. De hecho, eran terrores deconocidos elevados al cuadrado.

El porqué tan poca gente de San Francisco sabe algo sobre los samoanos es un misterio. Todo lo que uno ha de hacer es ver a una pareja de esos tipos polinesios paseando por La Misión, pensando en sus propios asuntos, y tardará en olvidarlo. ¿Has visto alguna vez por casualidad a algún jugador de rugby profesional de cerca, en la calle por ejemplo? Uno diría que no es sólo que sean grandes, sino que son tan grandes que no parecen naturales. Todo en ellos es gigantesco, incluso sus cabezas. Tienen un cráneo del tamaño de una sandía, con dos ojillos bizcos y una boquita y un par de agujeros de nariz que parecen grabados, y absolutamente nada de cuello. De las orejas para abajo, los grandes yo-yós de los músculos son sólo un armazón soldado, homogéneo, del tamaño de un bidón de aceite. Uno tiene la sensación de que los jugadores de rugby proceden de una especie humana totalmente distinta, tan grandes son. Bueno, eso os dará una idea sobre los samoanos, porque éstos son aún mayores. El samoano medio hace que Bubba Smith, el hombre de los Colts, parezca un enano. Empiezan a partir de unos 140 kilos y, a partir de ahí sencillamente se hacen mayores. Son enormes gigantes. Todo en ellos es ancho y liso. Tienen grandes rostros amplios, y rasgos lisos. Son marrón oscuro, con un tono liso.

En cualquier caso, se propaló la noticia entre los grupos de La Misión

de que el programa contra la pobreza iba a reducir los trabajos de verano, y que el barrio iba a pasarlo mal. Así que una serie de grupos de La Misión se unieron y decidieron ir al centro hasta la oficina del programa contra la pobreza y hacer un poco de maumauancia en beneficio del barrio antes de que los burócratas tomaran ninguna decisión. Había negros, chicanos, filipinos y unos diez samoanos.

La oficina del programa contra la pobreza se hallaba en una primera planta y tenía una gran antesala casi desnuda, amueblada tan sólo con un montón de sillas de madera. Parecía el vestíbulo de un sindicato, sólo que sin escupideras, o uno de esos lugares donde se toma juramento a los nuevos ciudadanos. Como si quisiera indicar al pobre que ellos no poseían mesas forradas de cuero… Todo nuestro dinero es para vosotros…

Así que los jóvenes ases de La Misión llegaron en tropel y pidieron ver al jefe. Llega la noticia de que el Hombre Número 1 está fuera de la ciudad, pero que el Hombre Número 2 saldrá para hablar con ellos.

El tipo sale y tiene el mismo astroso aire irlandés de Ed McMahon en la televisión, sólo que con la nariz más larga. En el caso de que os interese la opinión local, los blancos realmente tienen unas narices… Enormes es la palabra exacta… Verdaderos sacos llenos de… Largos y puntiagudos como zanahorias, como pimientos verdes, arqueadas como calabacines, colgando de sus rostros como pepinos. Este hombre tiene una nariz que está a punto de tocar su mentón, pero que no acaba de conseguirlo.

—Tomen asiento, caballeros —dice señalando las sillas de madera.

Pero no necesita abrir la boca. Todo lo que tenéis que hacer es mirarlo, imaginaros la escena. El hombre está condenado a cadena perpetua. Lleva el servicio civil en la sangre. Lo encarna de pies a cabeza, desde esos zapatos color crema hasta la camisa blanca de manga corta. Esos zapatos color crema deben ser una especie de prenda distintiva de los funcionarios del servicio civil, porque todos los llevan. Cuestan unos 4, 99 dólares y la segunda vez que uno mueve losdedos de los pies las costuras se abren y las puntas salen de las plantillas. Pero todos los llevan. Parece como si hubiera comprado la camisa en la venta fin de temporada de alguno de estos almacenes White Front. Es una de esas camisas con bolsillos a ambos lados. Saliendo de los bolsillos y cruzando todo su pecho lleva una serie de bolígrafos, rotuladores, lápices, algo casi increíble, Paper-Mates, Pentels, Scriptos, Eberhard Faber Mongol 482’5. Dri-Marks, Bic PM-29, todas las marcas. Están alineados cruzando su pecho como condecoraciones.

Toma una de las sillas y se sienta en ella. Pero se sienta al revés, apoyando las manos y la barbilla en el respaldo, como hace el jefe de un gang. Es como decir «no hay nada formalista en todo esto. Es una operación en mangas de camisa».

—Siento que el Sr. Johnson no esté hoy aquí —dice— pero no está en la ciudad. Está en Washington para presentar un importante proyecto. Tendría mucho interés, y mucho gusto en veros si estuviera aquí, pero estoy seguro que comprenderéis que lo más importante que puede hacer por vosotros es batallar por esos proyectos un Washington.

El hombre sigue con los brazos y la cabeza sobre el respaldo de la silla, pero mueve las manos en el aire de vez en cuando para reforzar una frase, primero una mano y después la otra. Parece como si estuviera haciendo señales con banderas a todo el equipo. La forma en que se apoya en el respaldo de la silla es un punto decisivo de la operación «en mangas de camisa». Y mover sus manos en el aire es dinamismo… significa: «Estamos haciendo todo lo posible por eliminar el papeleo».

—Pero aquí estoy yo para responder cualquier pregunta que pueda —dice— aunque tenéis que comprender que estoy sólo hablando como individuo, y por tanto, naturalmente, ninguna de mis opiniones es válida, pero responderé a todas las preguntas que pueda responder, y si yo no puedo responderlas, haré todo lo posible para conseguir las respuestas.

Y entonces se os ocurre, y os preguntáis por qué tardasteis tanto en entenderlo. Este hombre es el parachoques. Su trabajo consiste en recibir los cañoneros dirigidos contra el Número 1. Es igual que las plañideras profesionales que uno puede alquilar en Chinatown. En Chinatown tienen plañideras tituladas, profesionales y cuando se te muere un querido, puedes alquilar plañideras profesionales que lloran en el funeral y demuestran la gran pérdida que ha significado la desaparición del difunto para la comunidad. De la misma forma, ese esbirro está presto a detener todos los golpes que lancéis. No importa en qué despacho le coloquen. Da igual. Programa contra la pobreza, importaciones japonesas, control de la cosecha de tomates, incapacidad parcial, préstamos para viviendas, estudios sobre las desviaciones de la autopista interestatal número 90, cierres de fábricas, huelgas, pensiones alimenticias para esposas separadas de G. I. ‘ S., ayuda al Pakistán, epidemia Loa loa, servicios médicos de los veteranos, accidentes de trabajo, exenciones provisionales de impuestos, cualquier cosa que te disguste, no importa cuál, él está allí para parar la artillería. Es un esbirro.

Todo el mundo sabe que la escena es una comedia. Pero, sencillamente, uno no puede dar la vuelta y marcharse. Uno no puede llevar treinta y cinco personas haciendo todo el recorrido desde La Misión hasta el número 100 de la calle McAllister y después darse tranquilamente la vuelta y volverse. Por tanto… hay que hacer el número.

Uno de los chicanos pone todo en marcha haciendo la pregunta exacta: cuántos trabajos de verano van a obtener los grupos de La Misión. Ésta es la frase de apertura, la frase del enfrentamiento directo, en el arte de maumauar.

—Bueno —dice el Parachoques, y gira la cabeza y mueve la mano y sonríe de forma conciliadora— me resulta difícil responder en la forma en que me agradaría responder a esta pregunta, y en la forma que sé que os agradaría que os contestara, porque eso es precisamente lo que estamos activando en Washington. Pero puedo deciros esto: en este punto no veo razón alguna por la que el número de trabajos vaya a disminuir, si todo lo que tenemos en cuenta es el número de elementos urbanos de la zona, y éste debe ser el mismo. Por supuesto, si ha habido alguna disposición previa sustancial en Washington con respeto a la parte fija de nuestro programa, como las escuelas maternales o los centros, hospitalarios de la comunidad, eso podría cambiar la situación. Pero tenemos grandes esperanzas, y tan pronto como tengamos las cifras, os aseguro que vuestra gente será la primera en saberlo.

Todo sigue más o menos igual durante un rato. Sigue diciendo cosas como: «No conozco la respuesta a eso en este momento, pero haré todo lo que pueda por dar con ella». Por la forma en que habla, uno puede pensar que se cree que va a impresionar por su honestidad respecto a lo que no sabe. O dice: «Qué más querría yo que pudiéramos dar trabajo a todos. Creedme, nada me agradaría más, tanto personalmente como en representación de esta oficina».

Y entonces uno de los valientes dice:

—Bueno, amigo, ¿y qué haces tú ahí sentado deslumbrándonos con toda esa retórica burocrática si tú mismo has confesado que lo que nos digas no vale para nada?

Ba-ram-ba-ram-ba-ram-ba-ram, un grupo de ases empieza a golpear el suelo al unísono. Suena igual que si tuvieran herraduras.

—Ja-aaaaaaj —dice el Parachoques.

Es una de esas carcajadas que se inician como risa y que concluyen como si el tipo hubiera sido golpeado en el estómago a medio camino. Es el primer asalto a su dignidad. Entonces inicia su mueca de comemierda, que es siempre la fase número dos. ¿Por qué tantos burócratas, decanos, predicadores, directores de colegios, intentan sonreír cuando se inicia el mau-mau? Esta sonrisa es fatal. Cuando algún mal tipo está desafiando tu virilidad, tu sonrisa sencillamente prueba que tiene razón y que eres un gallina, a menos que tú mismo seas un duro con tanto valor que puedas lograr que esas sonrisa diga:

«Sólo sigue hablando, pelele, porque voy a contar hasta diez y entonces te aplastaré».

—Bueno —dice el Parachoques— no puedo prometeros trabajos si los trabajos aún no están disponibles.

Y entonces alza la mirada como si por primera vez se estuviera fijando realmente en los treinta y cinco lobos del ghetto que están ahora frente a él, como si midiese la amenaza, ahora que ha empezado el jaleo. Sin duda ha visto antes a los negros y a los chicanos, o a tipos parecidos, pero entonces se fija en los filipinos. Son unos ocho, todos con su amarillo aceitunado y sus jerseys verde-brillante y pantalones color limón y calcetines estilo italiano. Pero es el tocado lo que impresiona más. Todos llevan gafas de sol a lo Rap Brown y sombreros a lo cosaco ruso. Tienen un aspecto terrible. Entonces el hombre se fija en los samoanos, y su aspecto es aún peor. Hay unos diez samoanos, pero ocupan media habitación. Llevan camisas isleñas con dibujos a rayas, y flores rojas, pero de un rojo realmente rojo sangre, como ese rojo con que se pintan los suelos en talleres y tintorerías.

Están mirándole fijamente desde sus grandes y amplios rostros marrón oscuro. Los monstruos tienen espeso cabello rizado, pero les crece en largas guedejas, y se lo peinan liso hacia atrás, en largas hebras rizadas, que parecen trabajadas con fijador, y sus pies son enormes y calzan sandalias. Las correas de las sandalias parecen bridas de un caballo de tiro. Pero lo que realmente impresiona al Parachoques, aparte del gran tamaño de las bestias, son los bastones tiki. Son igual que cetros polinesios. Tienen el tamaño de tacos de billar, sólo que están totalmente grabados con dibujos polinesios. Cuando rodean con sus puños estos bastones, cada nudillo de sus manos adquiere el tamaño de una nuez. Cuando algo de lo que oyen les gusta, como la parte sobre «la retórica burócrata» golpean el suelo al unísono con la punta de los bastones polinésicos, ba-ram-ba-ram-ba-ram-ba-ram, aunque algunos de ellos apoyan un extremo del bastón sobre la suela de sus sandalias entre los dos primeros dedos del pie y acompañan con el pie el movimiento del bastón, para amortiguar el golpe sobre el suelo. No desean estropear sus bastones.

El Parachoques está aún mirándoles, y su rictus de comemierda se acentúa. Es como si supiera que lo peor está aún por llegar… maldita sea… aquel de enfrente… aquel Salvaje Cabeza-de-Piña…

—Bueno, macho —dice el cabecilla. Tiene un acento realmente molesto—. Bueno, macho, ¿cuánto sacas?

—¿Yo? —dice el Parachoques—. ¿Que cuánto saco yo?

—Sí, compadre, tú. ¿Cuánto dinero sacas?

Ahora el hombre trata de pensar, en ocho direcciones a la vez. Fuerza una nueva sonrisa. Intenta sonreír a negros, chicanos y filipinos, como si les dijera: «De persona inteligente a persona inteligente, ¿qué es lo que conseguís con machacar así a la gente?» Pero todo lo que obtiene son miradas, y su boca retrocede a esa terrible mueca enfermiza, y entonces puedes observar que existe todo un conjunto de pequeños músculos alrededor de la boca humana, y que los suyos están empezando a retorcerse y a estremecerse… está luchando por conservar el control… Pero es una batalla perdida…

—¿Cuánto macho?

Ba-ram-ba-ram-ba-ram-ba-ram, siguen golpeando el suelo.

—Bueno —dice el Parachoques—, salgo por mil cien al mes.

—¿Cómo es que ganas tanto?

—Buenoooo —la mueca, la última súplica de clemencia… y ahora los ojos del pobre hombre están convirtiéndose en bolitas de hielo, y su boca se está quedando seca.

Ba-ram-ba-ram-ba-ram-ba-ram.

—¿Cómo es que sacas tanto? Mi padre y mi madre, trabajando los dos, sólo llegan a seiscientos cincuenta.

Oh, mierda, ha hablado demasiado. Esta suma está muy por encima del nivel de pobreza, casi el doble en realidad. Supera incluso lo estipulado para una familia de doce. Uno puede entender lo que pasa por la cabeza del Parachoques, que intenta sobreponerse para dar con

una respuesta demoledora. Pero no es capaz de responder a aquellos gigantes.

—Escucha, hermano. ¿Por qué no renuncias a tu sueldo en favor de los que estamos sin trabajo? En realidad no haces puta cosa.

—Buenooooo —gesticula, suda, deja colgar las manos sobre el respaldo de la silla.

Ba-ram-ba-ram-ba-ram-ba-ram.

—Venga, compadre, danos tu paga.

Ahí está… el horror final… Puede verlo ahora… puede oírlo… Quince toneladas de horror… Es horrible… es posible… es tan obsceno, sencillamente puede ocurrir… Los gigantescos Monstruos Polinesios llegando hasta su oficina cada día de paga… Entrégalo, macho… arrancándolo de entre sus mismos dedos… eternamente… Se retuerce las manos… los pequeños músculos de alrededor de su boca se crispan. Intenta recuperar su mueca, pero aquellos malditos músculos transforman sus labios en una O, como si fueran un muelle.

—Renunciaría gustoso a mi sueldo —dice el Parachoques—. Estaría encantado de hacerlo, si eso sirviera de algo. Pero no podéis entenderlo, caballeros, eso sería sólo una gota de agua en el mar… sólo una gota en el mar. —Esta frase, una gota de agua en el mar, parece darle aliento… es algo a lo que agarrarse…

una respuesta… una salida… — Piensen sólo en lo que hemos conseguido únicamente en esta ciudad, caballeros. ¡Todos nosotros! ¡Es sólo una gota de agua en el mar!

Los samoanos no parecen hallar respuesta alguna a esto, así que el Parachoques sigue.

—Bueno, caballeros —dice— decidme lo que tengo que hacer y lo haré. Por supuesto vosotros queréis más trabajo de verano, y nosotros queremos que los tengáis. Eso es lo que buscamos. Yo desearía poder dar trabajo a todos. Decidme cómo conseguir más trabajos, y nosotros los conseguiremos. Estamos haciendo todo lo que podemos. Si podemos hacer más, decidme cómo y estaré encantado de hacerlo.

Uno de los valientes dice:

—Hombre, si tú no sabes cómo, entonces no te necesitamos.

—¡Eso está bien macho! ¡Para qué te necesitamos!

Podéis apostar a que los samoanos desearían haber ideado ellos mismos aquel golpe bajo —ba-ram-ba-ram-ba-ram-ba-ram— con sus bastones arman un estrépito infernal.

—Amigo —dice el valiente— tú no haces más que ocupar sitio, matando el tiempo y te pagan por eso.

—¡Eso mismo, hermano! ¡Estás chupando del bote!

Ba-ram-ba-ram-ba-ram-ba-ram.

—Oye amigo —dice el valiente— si tú no sabes nada y no puedes hacer nada, y no puedes decir nada, ¿por qué no explicas a tu jefe lo que queremos?

—¡Eso mismo, macho! ¡Díselo al Hombre!

Ba-ram-ba-ram-ba-ram-ba-ram.

—Como ya os he dicho, está en Washington intentando que aprueben vuestros proyectos.

—Tú hablas con el Hombre, ¿no es así? te permitirá hablarle, ¿no?

—Sí…

—Envíale un telegrama, hombre.

—Bueno, de acuerdo…

—Mierda, coge el teléfono, hombre.

—Eso mismo, macho. Coge el teléfono.

Ba-ram-ba-ram-ba-ram-ba-ram.

—Por favor, caballeros. Es absurdo. Ya son más de las seis en Washington. La oficina está cerrada.

—Entonces llámale por la mañana, hombre —dice el valiente—. Volveremos aquí por la mañana para ver cómo llamas al Hombre. Estaremos encima de ti para que no te olvides de hacer esa llamada.

—Eso mismo, macho. Estaremos encima de ti.

Ba-ram-ba-ram-ba-ram-ba-ram.

—De acuerdo, caballeros… de acuerdo —dice el Parachoques. Se palmea los muslos y se levanta—. Os diré lo que… —por la forma como lo dice parece que el tipo está intentando escudarse en un rinconcito de su virilidad. Intenta adoptar un tono que significa: «Realmente no habéis estado aquí durante quince minutos intimidándome, pisándome los huevos y humillándome… en realidad hemos tenido una discusión sobre cuestiones de procedimiento, y estoy dispuesto a admitir que me habéis convencido».

—Si eso es realmente lo que queréis —dice— estoy dispuesto desde luego a hacer la llamada telefónica.

—¡Si nosotros queremos! ¡Si tú estás dispuesto! Esto no es cuestión de querer o no querer, hombre. Tú vas a hacer esa llamada. Nosotros estaremos aquí y veremos cómo la haces.

—Eso mismo, macho. Estaremos vigilándose.

Ba-ram-ba-ram-ba-ram-ba-ram.

Volveremos.

Y el Parachoques está allí de pie y su boca de nuevo le juega malas pasadas. Y los samoanos alzan sus bastones y salen. Todos los ases, todos van pensando… lo hemos hecho otra vez… hemos maumauado al maldito blanco, le hemos asustado hasta que se ha puesto a cantar un dúo con el esfínter, y la gente se ha convencido de tener el poder. ¿Viste la cara que ponía? ¿Viste cómo temblaba este pelele? ¿Viste cómo se mordía los labios? Estaba asustado, eh. Esta es la última vez que ese maldito ensaya su factor humano y sus partes fijas y demás mandangas con nosotros. Volverá a su casa en Diamond Hights y le dirá a su mujer: «Cariño, prepárame un trago. Esos cabrones estuvieron a punto de asesinarme». El pelele había quedado casi petrificado… Debía de tener muy fijos en su mente aquellos bastones polinesios…

Por supuesto, al día siguiente nadie aparece por la oficina del programa contra la pobreza para asegurarse de que el esbirro hace la llamada telefónica. En realidad, siempre pasa igual. Nadie lleva la cosa hasta el final. Puedes prepararlo todo una vez, para una manifestación, para un enfrentamiento, para ir al centro y maumauar, por diversión,

por armar una juerga, por cachondearse un rato, por ver un espectáculo, por ver a la gente pisarle los huevos a un cagatintas y hacerle arrastrarse y gemir y sumirse en su mueca de terror. Pero nadie sigue el juego hasta el final. Sencillamente, te olvidas hasta que alguien dice que va a haber otra gran función.

Y después piensas en el asunto, y te dices: «¿Y qué pasó realmente el otro día? Sí, otro esbirro perdió su hombría, eso fue lo que pasó». Hummmmm… Quizás en el fondo la burocracia no sea tan estúpida como parece… Todo lo que hicieron fue sacrificar a un esbirro, y al fin y al cabo disponen de cientos, de miles… tienen piezas de recambio. Te entregan esta víctima, y te vas de allí satisfecho. Y ni siquiera el Parachoques perdía gran cosa. No ha perdido su hombría. Ya la perdió hace mucho tiempo, el día en que se convirtió en un esbirro… ¿Quién está jodiendo a quién?… tú hiciste tu número y él el suyo, y ni siquiera tuvieron que parar la música… La banda siguió tocando y… sin embargo… ¿Viste la cara que ponía? Aquel pelele…

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