El Verano Sangriento

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por Ernest Hemingway

Era extraño volver a España. Nunca esperé que se me permitiera volver al país que yo amaba más que a cualquier otro después del mío y al que no pensaba regresar mientras alguno de mis amigos de allí estuviera encarcelado. Pero en el verano de 1953 hablé en Cuba con personas de mi amistad que habían combatido en bandos opuestos durante la guerra civil española, acerca de la posibilidad de hacer una escala en nuestro viaje al África, y todos estuvieron de acuerdo en que volver honorablemente si no me retractaba de nada de cuanto había escrito y me abstenía de abrir la boca en materia política. El problema de solicitar visado no existía pues los turistas norteamericanos ya no necesitaban.

En 1953 ya ninguno de mis amigos estaba en la cárcel e hice planes para llevar a Mary, mi esposa, a la Feria de Pamplona y seguir luego a Madrid para visitar el Prado. Después de esto, si seguíamos aún en libertad antes de embarcar hacia África iríamos a Valencia para asistir a las corridas de toros que allí se celebrarían. Sabía que nada podía ocurrirle a Mary puesto que en su vida había estado en España y además se hallaba relacionada sólo con la mejor gente, que en caso de presentársele algún inconveniente, se apresuraría sin duda a socorrerla.

Estuvimos de paso por París y cruzamos velozmente Francia por Chartres, el valle del Loira y el desvío de Burdeos hasta Biarritz, donde nos esperaba un grupo de gente excelente para pasar con nosotros la frontera. Comimos y bebimos bien y convinimos en reunimos a determinada hora en nuestro hotel de Hendaye Plage a fin de salir juntos. Uno de nuestros amigos traía una carta del duque Miguel Primo de Rivera, entonces embajador de España en Londres, que según se suponía podía obrar milagros en caso de que me viera en dificultades. Esto me alentaba un poco.

El tiempo estaba destemplado y lluvioso cuando llegamos a Hendaye. A la mañana siguiente seguía tan feo y nublado que la bruma y las cargadas nubes impedían ver las montañas de España. Nuestros amigos no acudieron a la cita. Primero les concedí una hora y luego media más. Después partimos sin ellos hacia la frontera.

En el puesto de inspección también estaba fea la atmósfera. Llevé los cuatro pasaportes a la oficina y el policía estudió el mío sin levantar la vista. En España esto es habitual pero nunca tranquilizador.

“¿Es usted pariente de Hemingway, el escritor?”, me preguntó con la cabeza baja.

“De la misma familia”, contesté.

Hojeó el pasaporte y examinó la fotografía.

“¿Es usted Hemingway?”

Adopté una actitud algo ceremoniosa y repuse: “A sus ordenes.”

Hemingway

Había observado cómo se debía decir esto en distintas circunstancias y

espero haberlo dicho correctamente y con el tono adecuado.

Lo importante es que el hombre se puso de pie, me extendió la mano

y dijo: “He leído todos su libros y tengo gran admiración por ellos.

Déjeme sellar esto y ver si puedo ayudarlo en la aduana.”

De esta manera entramos en España. Parecía demasiado bello para ser cierto, y cada vez que la Guardia Civil nos detuvo a orillas del río Bidasoa, en los tres puntos de inspección, temí que nos arrestararan o nos mandasen de vuelta a la frontera. Pero en cada oportunidad, luego de examinar nuestros pasaportes en forma minuciosa y amable, nos permitieron continuar la marcha. Eramos una pareja de americanos, un jovial italiano del Véneto y el chofer, también italiano, de Udine, que nos dirigíamos a Pamplona para las fiestas de San Fermín. El italiano Gianfranco, íntimo y querido amigo, había peleado junto a Rommel como oficial de caballería, y compartido nuestra casa cuando trabajaba en Cuba. Viajó en auto hasta El Havre y allí se reunió con nosotros.

El chofer, Adamo, anhelaba convertirse en empresario de pompas fúnebres. Ahora ha realizado su ambición, y si uno se muere en Udine, él es el hombre indicado para atenderlo. Nadie le preguntó jamás en que bando había peleado en las guerra civil española. Para mi tranquilidad de conciencia, durante ese primer viaje tuve a ratos la esperanza de que hubiera peleado por los dos. Después de conocerlo mejor y de llegar a apreciar su versatilidad, que era leonardiana, advertí que bien pudo haberlo hecho así. Podía haber peleado de un lado por sus principios, del otro por su país o la ciudad de Udine, y de existir un tercer bando siempre podía haber luchado por su Dios, por la Compañía Lancia, o por la industria funeraria, todo lo cual era para él objeto de una igual y profunda devoción. También sentía gran devoción por nosotros y, además, por el sexo femenino. De haberse podido probar una décima parte de sus enunciadas proezas, a Casanova se lo debería clasificar, en comparación con Adamo, como una especie de Henry James italiano, y don Juan hubiera quedado casi a la altura de Proust. Quien quiera viajar alegremente, como es mi caso, que viaje con italianos. Nos encontrábamos con dos de ellos, excelentes por cierto, en un magnífico y bien acondicionado Lancia trepando el verde valle de Bidasoa por un camino bordeado de castaños. La niebla iba desapareciendo a medida que ascendíamos y advertí que habría aclarado del todo después del Col de Velate, cuando serpenteáramos hasta llegar a la altiplanicie de Navarra.

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