Sí, Campeones del Mundo. Para gritar, para cantar, para llorar.

Por Héctor Onesime

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Argentina Campeón Mundial 1978

Levanté mi puño derecho. Me volví a sentir pibe. Lloré. Me abracé con amigos y desconocidos. Temblé. Grité. Sentí orgullo, miedo y pena. Miré el cielo. Cerré los ojos.

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(…)

¡Argentina campeón del mundo!

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¿Quién me habrá observado en mi butaca acaso pareciendo atrapado por un extraño exorcismo? Argentina campeón del mundo. ¿Quién habrá observado mi alma mas pura que nunca, más limpia que nunca? Argentina campeón del mundo. ¿Quién me habrá visto el corazón convertido -mágicamente- en una turbina rugiente?

(…)

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Fui hincha como antes. Como en la niñez, como en la juventud. Viendo en mi piel ese sufriente y lindo sarpullido de la ansiedad. De las uñas que se comen sin comer. Viendo a mi alrededor sólo los colores de uno. Que esta vez eran más de uno que nunca.

Llegué temprano al estadio. Atado de tontos pudores que esa credencial de periodista hacían más profundos.

¿Por qué no agitar una bandera? ¿Por qué no comprar un gorrito? ¿Por qué no envolverme en un poncho? Pudores, tontos pudores que quise expulsar cuando me senté en el asiento asignado.

Las tribunas se me caen encima con su fervor. Me contagian. Me invitan. Salen las bandas. La gente canta. La gente ya es feliz. Dije y me decía: “Ya cumplimos, aunque hoy no ganemos, ya cumplimos”. Pero íntimamente quería ganar. Estaba preparado para la derrota, pero no me podía hacer estúpidas trampas. QUERÍA GANAR. Como esa gente, como los jugadores, como Menotti…

Ingresan los holandeses. A las 14:56 entra Argentina. Un furor casi demencial se apodera de las tribunas. Sólo se ven papelitos, banderas, colores, celeste y blanco. Pestañeo, siento cosquillas en las pupilas, sonrio nerviosamente.

Intuyo que sepultados en ese fervor hay millares de hombres, mujeres y niños que son mis iguales. Es el momento sublime de la gran comunión nacional. Dentro y fuera de la cancha un hilo invisible unió los espíritus argentinos para esta convocatoria. Maltratado y querido Campeonato Mundial que estás a punto de concluir. ¿Dónde están tus enemigos? ¿Cuánto vale este milagro?

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UN FANTASMA NOS RONDA

Se demora el comienzo del partido. Uno de ios mellizos (René) tiene un yeso puesto en su mano derecha. Y hay que sacárselo. Una anécdota más. Enseguida el partido. El clima que se relaja. Los rugidos que se acallan. Los cigarrillos que se prenden. El tenso sosiego. La marca y la dinámica de Holanda que imponen respeto. Somos muchos ios que no podemos espantar el fantasma que nos acecha desde el ’74, desde Amsterdam (4-1 antes del Mundial), desde Gelsenkirchen (4-0 durante el Mundial). Y esta Holanda que a despecho de algunos altibajos también en la Argentina ratificó su cartel de potencia. Tenemos en un rincón de nuestros frescos recuerdos el triunfo frente a Italia. Ese segundo tiempo demoledor. Aplastante. Triunfador. Esta Holanda reclama respeto. Argentina debe tenérselo.

Me cuesta anotar, pero anoto: -Foul de Poortvliet a Bertoni, el marcador de punta acude con fecuencia al golpe para parar al puntero argentino. -Tarjeta amarilla para Krol por otro foul violento; Holanda al igual que contra Italia muestra la cara hosca de la violencia, una de sus armas preferidas. -Willy Van de Kerkhof lo persigue a Kempes. -Brandts a Luque. -Centro de Olguín que se lo pierde Passarella. -Excepcional tapada de Fillol ante un remate de Rep. -Falla la trampa del off-side en Holanda y casi convierte Bertoni. -GOL DE KEMPES. -Cabezazo de Passarella a las manos de Jongbloed, pudo ser el segundo. -Otra tapada (esta vez con los pies) brillante de Fillol ante remate de Rensembrink, pudo ser el empate. -Final del primer tiempo.

Un cuarto de hora para el remanso de los músculos y los pensamientos. Sin embargo, hay que hablar, hay que comentar. ¿Qué tal? Y digo: hoy veo actuaciones reconfortantes. El caso Luis Galván, seguro, con gran olfato para anticipar y cortar. El caso Olguín que supera un par de errores iniciales para ser la salida que se necesita y mostrar que el oficio (especialmente para los cruces) se puede adquirir. Muy bien Fillol, muy bien Kempes, bien Bertoni,bien Passarella, bien Gallego.

Pero en Argentina no funciona Ardiles. Su conductor natur l y habitual. No sé si en Ardiles quedan resabios de su lesión. No sé, pareciera que su estado no es el ideal. Lento para resolver. Transportador. ¡Qué lástima! Osvaldo Ardiles merecía otro cierre para el esfuerzo y el talento que había puesto al servicio de este proceso.

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LA MAQUINA NARANJA

Partido parejo. Sin embargo, en la mayoría de los argentinos sigue aleteando el partido de Holanda frente a Italia. Y ese segundo tiempo de los naranjas, cuando tanto se parecieron a los del 74.

No es mucho, pero el segundo tiempo se tiñe de naranja. Dominan cada vez con más insistencia. En el banco argentino se visualiza el movimiento desesperado de un hombre que agita sus brazos. Es César Luis Menotti pidiéndoles -con gestos parlantes- que salgan, que aprieten en medio campo, que peleen el dominio del terreno y del balón.

Holanda se desprotege atrás, pero ni siquiera quedamos bien perfilados para el contraataque. Hasta que si. Se va Bertoni. desborda, centro, llega Luque, toca exigido, rebota en un holandés y córner. Pudo ser…

A los 58 minutos se inaugura el periodo de los cambios: Naninga por Rep. Tal vez el más importante de todos. Se modifican las posibilidades ofensivas de Holanda. Se hacen más vigorosas y contundentes. Naninga es imparable (inalcanzable) en el juego aéreo. A su cabeza va Holanda. Y en su cabeza gana Holanda. El fondo argentino acusa el impacto. De manera especial en su sector izquierdo: Passarella-Tarantini.

Larrosa por Ardiles. Suurbier por Janse. Houseman por Ortiz. La situación no varía sustancialmente. Crece la violencia holandesa. Los mellizos Van de Kerkhof pasan y pisan. De cualquier manera también el fútbol es de Holanda. Se intuye el empate, aunque la resistencia argentina parece tener al reloj de socio. Faltan menos de diez minutos. Se equivoca Tarantini. Entrega mal, no cierra y … CENTRO DE RENE. CABEZA DE NANINGA ¡GOL DE HOLANDA! Un hondo y cruel silencio huraño nos invade. Tibiamente vuelve el público con su: “¡Argentina! ¡Argentina!”. En el rapto de objetividad que nos quedaba, reflexionamos: está bien, se lo merecían.

Vayamos al alargue.

Si ya estamos acostumbrados. Si este Mundial fue así y sigue así. Nunca el respiro. Hungría, Francia. Italia… el viaje a Rosario. Polonia, Brasil, ni la goleada a Perú fue tranquila. Siempre con el lado izquierdo del pecho lastimado por un repiqueteo infernal.

Tiempo suplementarto. Y bueno…

… Y FUIMOS CAMPEONES DEL MUNDO

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El tramite vuelve a ser parejo. El partido se ofrece -abierto- para cualquiera de los dos. En ningún momento Holanda puede hacer prevalecer su funcionamiento tan temible. Apela cada vez con más frecuencia al golpe artero, a la zancadilla, al empujón. Argentina -definitivamente- perdió el miedo. Va y viene. El espectáculo se carga de emoción. Falta un minuto para que expiren los 15 primeros. Kempes, jugador inmenso con destino heroico, convierte el segundo. Más tarde Bertoni. La fiereza de Holanda se ve aturdida.

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Gana Argentina. Sin golpear, sin protestar, sin tirar la pelota lejos, sin fingir lesiones. Dejándole al protagonista europeo el papel que en muchas oportunidades (y con tristeza) vimos representar a un equipo argentino. Jugando por momentos bien, por momentos mal, pero siempre con lealtad, con respeto por el rival y por el público.

Dejando el margen necesario para que penetre, con altivez. LA JUSTICIA. Así fuimos campeones del mundo por primera vez en la historia.

Mientras las ceremonias carnavalescas surcaban campo y tribuna, me acordé de tantas cosas. De aquellas que me convirtieron en militante ferviente de este proceso que nos hizo desembocar en la Copa del Mundo. Pero enseguida espante esos recuerdos. Me parece mezquino, hoy y ahora, reclamar una porción del éxito. La gloria tiene muy pocos dueños en las tribunas. Casi todos están en la cancha, recibiendo la Copa, dando la vuelta olímpica. La vanidad es mala compañía. Siempre.

Quiero escribir esta noche la nota más linda…

Sé que no podré. Que las ideas me huyen, que las teclas me agreden, que la fantasía se esconde. Odio mi mediocridad.

Argentina campeón del mundo. Gracias por hacerme sentir pibe otra vez. Ya no grito, ni tiemblo, ni lloro.Cierro los ojos. Creo que vi a Dios.

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