Llevándose los secretos hasta la muerte

(Claramente nunca respetamos la máxima del titulo).

Empresas funerarias en Santiago de Chile

Por Zucchero

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El empleado narra un hecho que ocurrió hace meses. Mediante una convicción que da la experiencia dice: “Trabajar en este rubro es muy tenebroso. Cuando uno tiene que ‘instalar’ (ir al domicilio de la persona fallecida y depositarlo en el ataúd) suceden hechos muy difíciles de asimilar. Una vez tuve que ir a un edificio. Un hombre de 50 años se había ahorcado. Pasaron varios días hasta que alguien se dió cuenta. El cadáver estaba putrefacto. ¿Haz sentido cuando destapan una alcantarilla? Bueno, este olor era diez veces más fuerte. De inmediato dan ganas de vomitar. Bien, el tipo pesaba más de 130 kilos. Un gordo gigante con los ojos para afuera a tres metros de altura, colgando de una soga gruesa. El tipo botaba agua por todos lados. En esa ocasión sólo había una hermana, así qué le dije a la mujer que abandonara la habitación, que yo me iba a hacer cargo para que ella no viera una situación tan traumática. La mujer salió dándome las gracias. A duras penas corté la soga y el gordo cayó como un saco de papas. ¡Dios mío, era enorme! Yo andaba con guantes y mascarilla pero el olor era insoportable. Después vino todo el lío para introducirlo en el ataúd. No cabía. Le rompí los brazos y tuve qué meterlo con fórceps… Morirse, algunas veces es un lío”.
El empleado de la funeraria de calle Portugal que me cuenta la historia mide como dos metros. Me vuelve a repetir que en el negocio de la innombrable muerte se puede ganar plata pero hay que ponerle el hombro y sacrificarse cuál macho. El relato que me ha contado puede sonar truculento pero es real. Una vivencia a diario en la industria funeraria de la encapuchada.
Solapadamente Urbe Salvaje se camufló entre ataúdes, cadáveres, pañuelos y lágrimas. Esto es parte del reportaje.

“¿Le tiene miedo a los muertos?”, me pregunta uno de los jefes y asegura: “Acá se ven cosas feas: acuchillados, quemados, baleados. Hay que tener estómago”, argumenta con la experticia de los años. El negocio de la muerte requiere de sangre fría y una solapada congoja frente al pesar de los deudos. La gente muchas veces no sabe qué hacer, desconoce los trámites. No quiere aceptar el fallecimiento de la madre, de un hijo, o de la esposa. Y es en medio de ese trauma que las funerarias hacen su trabajo.
El negocio de la muerte está lleno de mitos, mentiras y dolor.
¿Quieren que les cuente de la funeraria abandonada en esas calles del Centro de Santiago?, pregunto respetuosamente queridos lectores. Bueno, no faltaba más, les narro:

El personal

Algunos canallas. Uno que otro tipo decente. Todos metidos en la bolsa de gatos del sistema.
La funeraria es del suegro de un delantero chileno que juega en Italia. Este dueño no va nunca, pero llama cada media hora para saber cómo van las ventas. Al comienzo el hombre es muy correcto, y trata de “mijito”: “ya mijito, buenas noches”, “¿cómo va todo, mijito”. Con el paso de los días ya no trata de “mijito” y después ni siquiera llama en las noches que -me aseguran- las hace días entre la buena mesa y el licor en restaurantes del barrio alto. El tipo empezó desde cero. Su familia era de buena situación pero nadie le regaló nada.
Hay un ex socio de él. Un viejito delgado y elegante, una mezcla entre Tom Wolfe y Eduardo Frei Montalva. La primera vez que lo vi con su terno impecable y sus zapatos lustrados pensé que era el dueño, pero no, era su ex socio. Un hombre que debió cuidar a sus seis hermanos tras el fallecimiento de su madre. A los 12 años ya era paje de carroza, una especie de ayudante cuando las carrozas eran transportadas por caballos.
Con el paso de los años fue ascendiendo a vendedor y ahí se consolidó. Un día conoció al actual dueño y juntos montaron una funeraria, se separaron, volvieron a ser socios, pero finalmente los dos se independizaron. Cada uno tomó su rumbo y al tipo que trata de “mijito” le fue mejor, o en realidad fue más astuto y canalla. Es decir, daba cheques sin fondos, vendía urnas de ochenta mil pesos a $ 373.491 que es la cuota mortuoria que tienen los que pertenecen al INP, AFP, o alguna mutual. O simplemente explotaba a sus empleados no pagando horas extras, haciéndolos trabajar dos semanas de corrido, o dándoles solo un cinco por ciento de las ventas.
La persona que administra la funeraria es la hija. Ella llega a las nueve y media de la mañana y se va a las tres, a las cuatro como mucho. Ve las facturas, paga las cuentas con cheques que muchas veces rebotan como una pelota de basquetbol y habla por teléfono. Habla y habla, y habla. Con sus amigas, con alguno de sus ex maridos (ha tenido dos pero los ha perdido porque “a la chiquilla le gusta el hueveo”, me dice una fuente cercana), y con sus padres. Me aseguran que su padre la trata muy mal, y eso al resto de los empleados les parece una mariconada. “Está bien que la rete, pero no frente a los demás empleados. Eso no se hace”, sostienen. Bueno la mujer, que debe tener unos treinta y ocho años, tampoco no lo hace mal: mala para pagar, una cara bonita que podría sacarte los ojos. Después vienen dos sub administradores: Nino y Nelson. Nino es el ex socio. Buena gente, un poco cahuinero, pero derecho. Habitualmente señala que: “No vale le pena sacrificarse por esta gente, no te lo agradecen”. El viejito se las trae, le gusta que paguen en las fechas estipuladas, discute con el dueño por sus excentricidades y canalladas, y dice que está hasta la tusa con el negocio. Por el momento vive arriba de la funeraria en un departamento amplio pero quiere irse y está vendiendo alguno de los tres autos que tiene. Me cuenta que tuvo tres matrimonios y que ganó mucha plata, pero que ésta se le fue en el casino, las mujeres y la noche. Pese a ello es muy católico y señala que “todo se paga en esta vida” y por ello él siempre ha querido hacer el bien. Hace poco se le murió una sobrina y él se hizo cargo del hijo de ocho años de la muchacha. El niño lo adora y lo llama “tata”.
Nelson es el otro sub administrador. Pequeño y con bigotes se parece a Salvador Allende, dice que fue profesor de matemáticas. Actualmente es la mano derecha de los dueños y los otros empleados lo sindican como “arrastrado” y “lamesuelas”. Lo que los dueños dicen él lo hace. Realiza los trámites más engorrosos como ir a las afps, al INP, o cambiar cheques de montos elevados. Tiene cuatro hijos: un profesor, un ingeniero, un técnico eléctrico y el dueño de un ciber. Suele trabajar desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche. Le gusta la hípica y el fútbol y es hincha de Magallanes. Habitualmente miente para lograr sus objetivos. Según sus propias palabras nunca ha tomado algo que no es suyo “¿Para qué?¿Para ensuciarme las manos?”, pregunta sentado en su escritorio donde espera que alguien atraviese el umbral para venderle “un servicio”.

Después aparecen en escena el hijo del Nino y otro trabajador, el más joven, de treintaitantos. Estos son la carne de cañón: los que instalan, los que hacen de choferes de las carrozas, los que montan los velatorios, los que acompañan en los funerales. Además hay dos caballeros más que van y vienen haciendo diversas tareas, pero ya están bastante enfermos. Los dueños los han dejado de lado. Con la llegada de la vejez se han transformado en un “cacho”. Los demás empleados bromean diciendo que cuando se mueran la funeraria les va a costear las mejores urnas.

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Los servicios

Ha muerto un señor de edad en la Posta Central. El médico ha emitido el informe y con éste y el carnet del difunto los familiares van a alguna funeraria. Entran. El encargado les señala que se sienten, les da el pésame.”Lo lamento mucho”, dice y luego pregunta: “Disculpen, ¿ustedes saben sí el fallecido tenía convenio con el INP, una isapre, o alguna caja de compensación?”
Los familiares le dicen que sí, que la persona trabajó toda su vida. “Bueno, estoy para ayudarles en lo que deseen”, dice.
Los familiares le responden que quieren ver en qué consisten los servicios y el valor. El encargado se pone de pie y los invita a ver las urnas. Las más baratas son las que cubre la cuota mortuoria, es decir $373.491. Son las básicas. Las siguientes valen los 373.491 más un agregado de $ 120.000. Son de terciado pero los empleados señalan el material como maquelé. Son bastante burdas, con malas terminaciones, escondidas sutilmente con bordados y pintura. incluso hay unas con los emblemas de Colo Colo y la U de Chile. Cualquiera podría señalar que son horribles y de mal gusto, salvo para un fanático del fútbol.
Hay otras de 580 mil, 605 mil, 850 mil y las que sobrepasan ampliamente el millón de pesos, siempre descontando la cuota mortuoria. Estas son de maderas más elaboradas: pino, castaño, raulí, palo de María, roble. Sí las personas compran una de estas urnas ello incluye además el velatorio móvil con luces o cirios, una carroza, un auto de acompañamiento, y en las más costosas una Van más, un libro de condolencias, un tarjetero y un dúo de cantantes que hace de coro. También incluye los trámites en el Registro Civil (pase de sepultación y certificado de defunción) y la instalación.
Un servicio aparte es lo que se denomina como servicio de tratamientos que es cuando se impide que el fallecido bote fluidos -o agua- mediante un “taponamiento”. Es ahí cuando se debe bloquear la zona de la garganta con algodón y… De esa forma los fluidos bajan. Eso es un servicio adicional que vale cuarenta mil pesos.

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Risas en la funeraria y recuerdos de septiembre del 73

Cercano al mediodía la hija del dueño se ha marchado a realizar un supuesto trámite . En la funeraria están cuatro de los trabajadores más antiguos conversando. Se ríen y recuerdan viejas anécdotas. La escena se asemeja al desayuno de “Perros se la calle”, el filme de Tarantino. Algunos se recriminan embustes y porcentajes de ventas que se perdieron en la refriega. “Me cagaste con varios servicios”, dice uno. Otro le contesta recordando cuando era joven y trabajaba en la Posta Central manejando una ambulancia. “Te acuerdas cuando andabas curado manejando junto a un lote de enfermeros borrachos, con una botella de pisco que bailaba entre la camilla”. El viejo, al que molestan con la broma, se ríe. “Te encerrábamos en una pieza y te escapabas por la ventana”, se burlan sus amigos.
Otro cuenta una historia: “Una vez me había ido mal así que fuí a la Posta temprano en la mañana. Después de 25 años conocía a todo el mundo: doctores, enfermeras, administrativos.
Me dirigí a las cámaras de frío con una huincha diciéndole al tipo que iba a medir un “finado”. No me preguntó nada. Apenas levantó la vista distraído en sus papeles. Así que ingresé viendo de inmediato cinco cadáveres. Rápidamente me acerqué y anoté sus nombres y apellidos. Habían ingresado hacia pocas horas, durante la noche. Hice un poco de tiempo y salí sin siquiera mirar al encargado. Rápidamente me dirigí al hall de entrada. Gritė el nombre de los fallecidos y a mi encuentro vinieron los familiares. Les preguntė cosas sin mayor importancia y luego les pregunté  sí tenían listos los servicios fúnebres. Me dijeron que no así que les vendí las urnas. Con cada fallecido hice lo mismo”, sentencia entre risas.
Por supuesto que el caballero que cuenta está historia no se asemeja a esos denominados “cuervos” de avenida Independencia. El que cuenta está historia es el doble de Tom Wolfe, toda elegancia y buen trato.

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El funeral que casi le costó la vida

Don Nino, uno de los operarios más veterano me cuenta sobre un funeral ocurrido a muy tempranas horas del 11 de septiembre de 1973, antes de producirse el Golpe de Estado de Augusto Pinochet.
En ese entonces Don Nino tenía una funeraria en la entrada de avenida Portugal a dos cuadras de la Alameda. Cerca de las seis de la mañana acudió un hombre a requerir los servicios pues había fallecido su hermano mayor. Don Nino recuerda los hechos: ” Tocaron la mampara. Yo estaba durmiendo en un sillón cerca de un escritorio. Abrí todo despeinado medio dormido. El hombre me dijo que su hermano había fallecido de un cáncer gástrico y que algunos familiares iban a llegar del sur ante lo cual él estaba apurando los trámites para facilitar las cosas. Le vendí los servicios: un ataúd, el transporte, un velatorio con cirios. El cuerpo estaba en la Posta Central y había que llevarlo a la comuna de Independencia para velarlo. El médico ya había emitido el informe. Lo vestimos, acomodamos el cuerpo en el ataúd y luego lo subimos al vehículo. El ambiente en las calles estaba enrarecido. Era martes pero algo extraño se advertía en la ciudad. Un día martes es un día de movimiento, aunque en este trabajo de las funerarias cualquier día es bueno: la gente se muere todos los días.
Fuimos al domicilio y arreglamos todo con esmero. Finalicé cerca de las 7:05. A esa hora me dirigí desde el1500 de avenida Independencia con rumbo al Centro. Uno que otro vehículo en las calles. A dos cuadras me topé con un camión de militares. Los soldados tenían la cara pintada con corcho y una mirada furiosa de locos. ‘Ahhh,ya’, dije: ‘Se viene el Golpe’. Todos sabíamos que el Golpe venía.
Me puse un poco nervioso. Aceleré. Creo que iba como a 60 kilómetros por hora. Antes de llegar a Mapocho me detuvo una patrulla. Les mostré los documentos y me dejaron seguir. ‘Váyase rápido a su casa’, me dijeron. Tuve un mal presentimiento. Pisé el acelerador. Ya estaba en el Centro. Y en la  esquina de José Manuel de la Barra con Santo Domingo vi un Fiat 125 con Allende en el asiento trasero. Iba con dos tipos más. Estoy seguro que era él. Miré la hora: 7,37. Allende iba con un chaqueta de paño, de tweed, como le decían en esos años. No creo que haya sido alguien parecido, un doble. Asombrado seguí de largo por unas pocas cuadras y en un instante sentí un disparo, luego otro. Chucha, me entró el miedo. Me estaban disparando. ‘Le estaba haciendo dedo a la carroza’ como se dice. Debí acelerar bastante, iba como a cien por hora. Desde algún techo un franco tirador me querían matar. En Portugal con la Alameda me volvieron a parar los militares. A patadas me bajaron del auto. ‘¿De dónde vienes huevón?’, me preguntaron. ‘Trabajo en una funeraria, fui a hacer un servicio’, respondí asustado. Revisaron el vehículo. ‘¡Ya, saco de huevas, fuera de mi vista!’, gritó un oficial.
Salí cagando por Portugal. A unas cuadras estaba la funeraria. Guardé la carroza donde un amigo y me fondeé en mi casa. A las 8,45 escuché por la radio que la Junta se había tomado el poder. A las 10,15 Allende dio su último discurso y 15 minutos más tarde unos tanques atacaron La Moneda. Cerca del medio día pasaron los aviones Hawker Hunter y bombardearon todo”, finaliza.

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Último adiós

“Ni los muertos se salvan de un sistema donde todo es negoció”, señala un familiar resignado. “El pobre se tiene que ir de este mundo en un cajón
de terciado que se lo venden en $373.000 pero que en realidad cuesta $60.000 y lo hacen unos maestros peruanos que también,en parte, son víctimas”, nos manifiesta un miembro del staff fúnebre. “Pero lo más terrible es que no se velen por los derechos de los trabajadores. Que haya horas extras que no se paguen, que tengamos que trabajar 14 días sin descanso, que cuando nos enfermemos nadie nos ayude, que si entran a robar nos culpen a nosotros, que si en la noche a las carrozas les pasa algo tengamos que pagar nosotros, que estemos literalmente “muertos”laboralmente”, finaliza un operario.
No son los únicos. En el desgarbado aparato sin vida del capitalismo son sólo un muñón de carne descompuesta. Un ente que no habla, que no grita, que no gesticula. Una personificación de un sistema cruel que se dice Chile.
Definitivamente un muerto más.

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