Aumentan los objetos voladores en Chile

II . Jorge Espinoza viene volando (La voluntad de la pureza).

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Las cosas que recuerdo: El ritmo tibio de la respiración, la cara pegada a la ventana, el movimiento del brazo, la sonrisa de niño bueno. El sol allá en lo alto, una canción ochentera. “Jorge, te buscan…”, grita alguien. La camioneta de Soprole estacionada a una orilla.
¿Cómo volver a ese remoto lugar? Imposible. No hay forma, salvo echar a rodar los recuerdos. La segunda mitad de los 80 fue una época bella y terrible, pero no tuvimos la posibilidad de elegir. Nadie nos preguntó nada. Nadie nos previno de su belleza, ni de su terror.

Al lector no debería importarle que algunas veces el “Pajero” Espinoza se me apareciera en sueños.
Jorge Espinoza era un compañero de curso del colegio San Mateo quien murió en Colombia en extrañas circunstancias. Cuando digo en “extrañas circunstancias” me refiero a los chismes que se dicen de su fallecimiento. Jorge cayó desde el balcón de un edificio y ello generó diversas habladurías sobre su vida, sobre sus actos, y sobre el destino que corrió hasta el momento de volar por los aires.
Por supuesto que a mí me provoca mucha decepción denominarlo como “Pajero”, pero así se le apodaba y no fuí yo quien le colocó un sobrenombre tan despectivo y cansador.

Uno siempre debe mirar hacia “arriba”.

Hablar sobre Jorge es hablar sobre la vida y la muerte. Es acercarse a un muchacho y admirar su vitalidad y su locura (que me perdonen los colombianos, pero irse a vivir a su cafetero país es una soberana locura) y que de pronto alguien te diga: “Oye, murió el Pajero Espinoza”. Es para no creerlo.
Pero hablar sobre Espinoza es también hablar sobre una especie de poeta que no era poeta, o no lo sabía, pero que vivió como poeta, como uno de los poetas más libre de los que han existido. Espinoza no merecía vivir en este mundo y por lo tanto se fue temprano. Voló. Se transformó en un pájaro, en una especie de gorrión de nuestra infancia, un ave urbana que desde la altura se ríe de las cosas que hoy hacemos, de nuestros errores… Tal vez nos cuide. Estoy seguro que nos cuida. Se ríe. Juega a las bolitas en las nubes, tira al aro de basketbol pese a su chapucería, camina por senderos recónditos del paraíso. Finalmente es feliz. Definitivamente es feliz.

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Muñeco de paja

Pero eso no es de lo que quería contarles. Lo que quiero hacer es narrar un sueño recurrente donde se me aparece el Pajero. Por supuesto que no es Colombia; pero sí podría ser una ciudad parecida a Osorno, La Unión, o Maratea en los ochenta, o finales de los setenta. Ciudades sin mayor presencia del sol y con habitantes que parecen bordear los 60 años, todos viejos e inútiles y sin sentido del humor ni de la orientación, aunque en estas ciudades los jóvenes se rebelan y hacen lo que quieren siempre bajo la atenta mirada de los ancianos, quienes al final deciden el curso de los acontecimientos.
Pues bien, el sueño -que ocurrió insistentemente- comenzaba en un viejo cine donde íbamos a ver una típica película de esos años: una de abejas asesinas que atacaban un poblado agrícola, atestado de campesinos yanquis con parkas sin mangas y vidas pálidas de arroz. Estábamos viendo eso y Jorge me decía que nos fuéramos, que saliéramos de ahí pues tenía una idea… Y ello era de temer. ¿Cuál era su idea?
– ¿Por qué no tiramos un muñeco desde la azotea del Edificio Kauak?- me decía.
-¿Tirar un maniquí? ¿Por qué no te tiras tú, mejor?- le preguntaba.
– No, yo lo haré más tarde. Ahora debemos hacer un muñeco de paja.
– De paja.
– Sí, de paja.
Nos largamos a reír y decidimos que era una buena idea. No era una idea; era una locura, pero que se le iba a hacer. Estaba decidido. Tiraríamos un muñeco de paja no sin antes lanzar unos gritos:
– ¡Me voy a tirar! ¡Voy a tirarme ahora!- aullaríamos para que los transeúntes miraran aterrados.
Luego el sueño se reducía a flashes donde los sucesos corrían veloces: la preparación del muñeco, la subida del muñeco por las escaleras sin que el conserje se diera cuenta, los gritos desde la azotea, la reunión de los atónitos caminantes llevando la vista hacia el infinito, los bomberos desplegando sus utensilios. Y finalmente la llegada de los policías.
– Habla el capitán López-, diría una voz-. Somos de Carabineros de Chile. Queremos solucionar esto de forma pacífica.
Espinoza reiría a carcajadas mientras los bomberos tendían una vieja y apolillada lona.
– …¿De forma pacífica? …Tiremos pronto el muñeco y escapamos- me diría Espinoza.
– ¿Escapar dónde? Abajo nos espera toda la policía y quizás quién más.
– ¡No suban o me tiro!- gritaría inesperadamente El Pajero.
Luego muy campante cogería el muñeco y lo arrojaría sin aviso.
– ¡Corre!- gritaría alocado y yo veloz me dirigiría a la puerta de la azotea viendo finalmente que el Pajero no correría siguiéndome, sino que se quedaría a un costado de ese último piso riendo con el chicle en la boca, como acostumbraba. Luego -al igual que Superman- se tiraría por los aires con su sonrisa de loco. La gente gritaría de miedo y frustración ante el suicidio. El cuerpo volando por el cielo osornino como un muñeco, un segundo muñeco, está vez de carne y hueso. Los bomberos quedarían atónitos ante este segundo intento suicida. El muñeco rebotaría en la lona, el cuerpo de Espinoza también. El muñeco guardaría silencio. “El pajero” reiría a tambor batiente. Un brazo del muñeco saldría disparado hacia los ocasionales espectadores quienes volverían a gritar de espanto. Una anciana caería al piso desmayada. Los voluntarios de la Cruz Roja correrían prestos en diferentes direcciones y los Carabineros desviarían la vista aterrados. Una música extraña, tal vez de un grupo de rock latino se escucharía a lo lejos y con gran estruendo estallarían fuegos artificiales de esos tiempos remotos: cohetones y estrellitas. Alguien contratado tiraría challa y en medio de todo ese caos el Pajero escaparía por calle O’Higgins con una pelota de basquetbol haciéndola rebotar cual enajenado, esquivando a carabineros y bomberos. La música finalmente se diluiría ante la llegada de la madre de Jorge Espinoza. Ella correría hacia mí preguntándome por su hijo a lo que yo le diría con inusitada sinceridad:
– Señora, es un sueño. Esto no es real. Su hijo está en casa, seguramente acostado.
– … Claro- respondería ella-. Jorgito está en casa. Por supuesto que está en casa.
Y se daría media vuelta para enfilar por O’Higgins hacia su hogar.
Los techos pintados de rojo se juntarían con un sol nunca antes visto, y los árboles se harían a un lado respetuosos… El sueño finalmente se diluye.

¿En qué volcán resides Jorge Espinoza? ¿Se discute de política en el cielo? ¿Existen los Ataris allá arriba en las nubes? ¿Tienes gato y polola? ¿Nunca tuviste hijos? ¿Por qué la vida es de esta forma y no de otra? ¿Te fuiste en un viaje de placer? Ya, pues, Jorge Espinoza cuenta la firme. Dinos si eres un alma, o sólo un lote de gusanos en esta tierra seca.

La madre de Jorge caminaría por calle O’Higgins. Por ahí pasaría ella. Por ahí pasó Jorge Espinoza. Por ahí pasamos todos nosotros. Por ahí desfilarían los inútiles recuerdos. Los sueños de Jorge Espinoza y de todos nosotros. Sueños de sueños. Añosos recuerdos hoy.

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