Carina tiene fe en la poesía; y la poesía en ella

Carina Sedevich

Poeta argentina

Por Hugo Dimter

Fotos de Laura Bellomo

 

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“La Fe es la certeza de lo que se espera y la evidencia de lo que no se ve” (Heb 11:1).

 

Un grato descubrimiento –de quien nos separa la cordillera-  ha sido Carina. Un talento que, hace varios años, aparece en la poesía trasandina, allá por Santa Fe. Una poesía que circula intermitente entre la prosa, el aforismo y el haikus. Con el dolor, la familia y el temor frente al futuro, y ante el mundo entero, como temas que se observan y se sienten en la epidermis de sus versos.

Multifacética: Poeta, docente universitaria, licenciada en Ciencias de la Comunicación, especialista en Semiótica, maestra en Ceremonial y bibliotecaria. Actualmentereside en Villa María, Córdoba. Ha publicado en 1998 la plaqueta “Una nube decapitada y grave” (Editorial Radamanto, Villa María) y el libro “La violencia de los nombres” (Ediciones Fe de Ratas, Santa Fe). En 2000 publicó los libros “Nosotros No” y “Cosas dentro de otra cosa” (Ediciones Lítote, Santa Fe), y en 2012 el libro “Como segando un cariño oscuro” (Llanto de Mudo Ediciones, Córdoba y la editorial de Zaragoza, Cartonerita Niña Bonita, que la editaron). Hace un mes lanzó “Incombustible” de excelente crítica. Pese a que, como dicen allá, “Dios atiende en Buenos Aires” con mucho esfuerzo se ha hecho conocida y reconocida.

Algo sospechoso sucede ahí afuera y todos parecen remar en sentido contrario al cauce natural del río llamado mundo. El odio y la banalidad flotan en este río ocre. La imposibilidad de amar. La búsqueda del amor abdica y su encuentro parece no estar a la vista. La vida es difícil y ella lo plasma en su escritura. La comunión con los otros es negada. Las certezas de la educación no se vislumbran en la vida misma. El mundo real es cruel. Los bandos se desangran en la batalla. Es ahí cuando hace ingreso la poesía. Su poesía.

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-Tu poesía es prosaica. Le haces un guiño al habla informal, cotidiana, algunas veces de entorno familiar. ¿Ese es un aspecto casual, o fue algo intencional?

-Lo que señalás es característico sobre todo en los dos últimos libros (“Como segando un cariño oscuro, de 2012, e “Incombustible”, de 2013). Creo que es difícil determinar cuánto de casual y cuánto de intencional tienen este tipo de elecciones: me pareció el tono necesario para decir lo que quería decir. Verás que en un par de libros anteriores (“Nosotros No” y “Cosas dentro de otra cosa”, ambos del año 2000) las cuestiones estilísticas quizás varíen un poco. Quiero decir que, seguramente, las instancias de reflexión sobre el lenguaje y sobre las cosas de la vida por las que uno esté atravesando son las que determinan de qué modo y qué se escribe.

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-Hay poemas muy cercanos a la madre, al padre, a los hermanos, al hijo y al esposo. Vuelvo a lo familiar. ¿Es la familia preponderante en tu poesía? De hecho dedicas el libro a tu familia. Exploremos un poco en tus raíces. ¿Existe nostalgia de esa familia tradicional de nuestros padres que hoy -muchas veces- no existe, o se ha desmembrado?

-Más que nostalgia lo que siento siempre es imposibilidad. Es decir, creo que la comunión con otros, se trate de familia, parejas o amigos, es bastante improbable, por no decir prácticamente imposible. Lo que hago cuando escribo, de alguna manera, es terminar de cobrar conciencia de esta imposibilidad de comunión. De hecho, creo que escribo porque los pocos momentos en que me siento en comunión con los otros tienen que ver con la escritura y la lectura: ya sea cuando leo algún poema que me interpela o cuando percibo conexión con quien lee mis poemas.

-En Incombustible hay un dolor solapado que parece querer gritar, que aflora.
Es esa una pena causada también por un amor incombustible, incapaz de enamorarse totalmente, quizás desgastado?

-Sospecho que uno nunca es completamente consciente del amor cuando éste se hace presente y tampoco es consciente de las formas que asume el amor en cada caso. Creo también que el amor y el dolor no pueden disociarse, que nacen juntos, que aprendemos a amar doliéndonos, y viceversa. Y además creo que esta sociedad amor-dolor muta constantemente al interior de las relaciones, que es algo muy complejo como para pretender pensarlo o entenderlo. Por eso escribo sobre eso, porque tengo fe en la poesía como forma de conocimiento. Si bien sé que nunca llegamos a conocer completamente nada, que eso es imposible, que no existe algo así como “la realidad”,  también sé que la única forma que tenemos de aproximarnos a conocer “algo” es a través de los signos, del lenguaje.

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-Alguien decía que uno deja de ser niño cuando se convierte en padre. Con el nacimiento de un hijo. Es una figura muy potente. ¿Cambió tu vida con la maternidad, generando una cosmovisión poética y una postura distinta en tu creación?

-Me he dado cuenta de que las fichas sobre estas cuestiones de la vida me caen muy lentamente. Fui madre a los 18 años, así que eso de dejar de ser hijo para ser padre se me ajusta poco: era muy niña y fue desbastador y complejo mi devenir en madre. En mi primer librito, “La violencia de los nombres”, de 1998, hay un par de poemas para mi hijo, inspirados en la culpa y en el miedo, sobre todo. “Nosotros No” es un libro que escribí, en gran parte, pensando en mi hijo, pero la mayoría de la gente no lo ve así: interpretan que está escrito para un hombre o para los hombres en general. Creo que me falta todavía para llegar a intentar una verdadera reflexión sobre la maternidad en mi escritura y en mi vida. Recién estoy pudiendo hablar de mis padres, mis amigos, mis parejas. Además, intuyo que son temas que jamás se agotan y que voy a volver sobre ellos para seguir desbrozando y desbrozando todo el tiempo. Por otra parte estoy segura de que esto no es una mera redundancia, una repetición vacía: no escribo siempre el mismo libro aunque escriba siempre sobre lo mismo. Las obsesiones siguen ahí: hay que repasarlas y reescribirlas, es el único modo de dar cuenta de ellas, para uno y para los otros.

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-¿Qué poetas destacarías? Cuáles son tus referencias ?

En materia literaria soy complemente autodidacta. En principio, porque en casa nadie me estimuló para estudiar letras, aunque escribo desde que tengo memoria. Me formé en otras disciplinas: sin ninguna vocación, por supuesto. Leí siempre de todo, pero empecé a leer casi exclusivamente poesía unos años antes de empezar a publicar. Mi forma de llegar de un poeta a otro, de una época a otra, de una tendencia a otra, mi forma de conocer fue totalmente intuitiva y azarosa. Me movía la curiosidad, el ansia de leer. Recuerdo haber amado a Pessoa, a Juan L. Ortiz, a Bukowski, a Neruda, a Kavafis. A Pavese, a Montale, a Quasimodo, a Ungaretti. A Enrique Molina. Más tarde me atraparon algunas cosas de los poetas beats. Me deslumbraron Teillier y Lihn. Después y para siempre, los chinos. Me gustan mucho algunas poetas del pasado reciente: Thénon, sobre todo. Me fascina la española Miyó Vestrini. Entre las argentinas actuales, me entusiasmo leyendo a Estela Figueroa, a Mirta Rosenberg. He abrevado en lugares sumamente disímiles y lo sigo haciendo. En principio no tengo prejuicios al enfrentarme a un poema o a un poeta.

-En tus respuestas acerca de los poetas que te gustan nombras a Teillier y Lihn. Teillier: el poeta de los bosques del sur, de las estaciones de trenes, de la lluvia. Puedes contarme qué te gustó de su poesía y si influyó en tu obra. Y Lihn: un poeta complejo…”Porque escribí estoy vivo”… ¿Crees -al igual que Lihn- que la poesía es un medio de salvación que encauza y logra sobrellevar una existencia?  Nuestros lectores chilenos agradecerán ver tu visión desde fuera, del otro lado de la cordillera, sobre estos dos vates chilensis.

-Lo primero que recuerdo haber leído de Teillier fue “Otoño secreto”. Habré tenido 22 años. Atravesaba un período muy duro. Iba a una biblioteca a pasar las siestas, mientras mi hijo estaba en el jardín de infantes. Era el único momento en que yo no estaba trabajando o estudiando. Estaba tan cansada que me dormía sobre los libros, en la mesa de la biblioteca. Por suerte no había casi nadie a esa hora. Recuerdo haber leído un día ese poema. Recuerdo haber llorado.

Sé que los poemas son complejas construcciones de sentido y sé que pueden analizarse (de hecho, me he especializado en semiótica, aunque no de la poesía). Sin embargo no intento analizar un poema ni cuando lo leo ni cuando lo escribo. Trato de sentir. Sospecho, por decirlo de alguna manera, que cuando uno lee o escribe hace algo más que aprehender o construir sentido conscientemente. También entiendo que para hablar de un poeta los especialistas necesiten conocer toda su obra. Pero como no soy especialista, simplemente le doy chances a un autor hasta que encuentro un poema que me conmueve (o no). Y muchas veces me ocurre que puedo amar a un poeta por un solo poema. A Teillier lo amo sobre todo por “Otoño secreto”. Creo que es así como pasa en la vida también: queremos a la gente, los lugares, las cosas, por razones que muchas veces no podemos precisar. Es un precioso misterio.

De cualquier forma, muchísimo después leí unas líneas atribuidas a Teillier y entendí en parte el origen de mi conexión con su escritura. Al parecer Teillier dijo: “Yo escribía lo que me dictaba mi verdadero yo, el que trato de alcanzar en esta lucha entre mí mismo y mi poesía, reflejada también en mi vida. Porque no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace”. Creo absolutamente en estos enlaces entre vida y poesía, entre la escritura y el “verdadero yo”, en esta intuición de que el devenir en poeta ocurre en una especie de lucha por dar cuenta de cuestiones imposibles.

Con respecto al poema de Lihn que citás, pienso que es fantástico, es una hermosa declaración. Poemas de ese tipo pueden sonar pretenciosos si se interpreta que el escritor se entusiasma con la idea de justificar la existencia a través de la obra. Pero yo pienso que lo que en este tipo de declaraciones se afirma es el escribir como forma de vida. Y toda forma de vida se sostiene con el cuero: “Me condené escribiendo a que todos dudarán/ de mi existencia real,/ (días de mi escritura, solar del extranjero)”.  Creo que tanto para vivir como para escribir es imprescindible sentir extrañeza ante la vida y también ante la escritura. Creo que solamente es posible escribir desde la extrañeza, que es eso que ocurre, por ejemplo, “cuando las amadas palabras cotidianas/ pierden su sentido”, o “cuando algo nos recuerda la verdad/ que amamos antes de conocer” o cuando “el silencio nos revela el secreto/ que no queríamos escuchar”.

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“Hijo, si pudiera,
te dejaría el álbum grande de la vida
completo, con todas las figuritas,
sobre todo las difíciles”, dices en un poema de Como segando un cariño oscuro.
¿Acaso ves la vida como una gran amenaza, donde cualquiera puede convertirse en víctima? ¿Es muy difícil vivir? ¿O eres un tanto sobre protectora?

-No creo que seamos “víctimas” de la vida. Creo, como dijo el Indio Solari, que “vivir sólo cuesta vida”. Pero también es cierto que la vida nos trata duramente muchas veces y que, además,  hasta las personas que más amamos, de las cuáles esperamos protección, nos decepcionan.  Creo que esos versos de alguna manera dan cuenta de una ilusión que como padres o como hijos tenemos en algún momento: fantaseamos que el amor puede aliviar la vida de los otros, o que podemos redimirnos del dolor que les causamos haciendo ciertas cosas por ellos.

 

Poemas de Carina

xviii

 

Por qué yo sí

debo tener la muerte

ordenada niño tras niño

cada día.

 

Soy blanca

de tanto niño muerto.

 

 Nosotros no (2000).

 

 

 

Dijiste:

no me banco la zona de exclusión

los codos en los hombros.

 

En el boxeo

más que las piñas en la cara

lo que demuele

lo que desgasta

son los abrazos

y las manos tiradas al vacío.

 

Incombustible (2003).

 

 

 

Mamá

Cuando yo tenía doce años no comía.

 

Mi mamá me decía que me iba a morir.

 

Pero yo acariciaba mis pómulos,

mis costillas, los huesos de mi pelvis.

 

No hay nada, mamá, como el sabor de la muerte.

 

Incombustible (2003).

 

Ya ninguno de los cuatro recordamos

 

Mi papá está contento

porque parece que me van a publicar en España

y en Buenos Aires y en Chile.

También está triste muchas veces

y dice que ha vivido equivocado

y nos manda correos a mí y a mis hermanos

contándonos sus peripecias.

 

Yo no soy buena para cuidarlo

ni para hacer cosas por él

tales como regar sus plantas si se va de viaje

o pagarle las cuentas

o acompañarlo al médico.

Pero si soy buena para contestar esos correos.

 

Le digo que todos nos equivocamos

pero que ha hecho muchas cosas buenas

en la vida

que los problemas que él tiene no son tan

importantes

que está cansado, que trabaje menos.

También le digo que lo quiero

y le mando un beso.

 

Mi hermano mayor también contesta

para decirle que ya resolvió todo

que se quede tranquilo.

Y se ríe para no dejarlo caer a su viejo

y para no caerse.

 

Es un hombre que cree en sí mismo, mi hermano

es como He-Man:

él tiene el poder.

Como cuando jugaba a las batallas

con los muñecos de los dibujitos.

 

Mis hermanos más chicos no contestan

esos correos infames de mi viejo:

ellos van a almorzar con él

cada domingo,

ellos le atienden el teléfono siempre.

 

Ya ninguno de los cuatro recordamos

los gritos, los portazos, las puteadas.

O tal vez sí,

pero no importa.

 

Nos refugiábamos todos en la pieza.

Mirábamos el piso

o las paredes.

 

Ahora

mi viejo me llama para decirme

que gracias por responderle el correo

que tiene guardada una corbata

para mí,

bien ancha, como se usaba en los

setentas,

con arabescos en ocre y amarillo.

 

Es la famosa corbata que se puso

en aquel junio para ir a conocerme

una mañana de invierno

que llovía

como si nunca fuera a parar

en Santa Fe.

 

Incombustible (2003).

 

 

 


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