Cuento de Francisco Godoy Ávila

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Ellas están aquí. El timbre de los teléfonos lo anuncia. Vienen a verme. Ayer visitaron a Rafael. Ayer por la mañana, Rafael murió. Me tomó por sorpresa, a él no. Él esperaba, las esperaba. Hablaba constantemente de ellas.

Ayer hubo una mañana ejemplar, con una luz densa e impermeable. Una luz a prueba de sombras. Una luz hiriente, cegadora, letal. Una luz poblada de susurros. Esa luz mató a Rafael, y no hice nada por evitarlo. Estuvo en mis manos hacerlo. Pero le quité importancia a sus palabras. Ignoré el acecho.

Ahora es distinto. Ahora sé qué paranoia es una visión de lo que está pasando, una hipervisión de lo que está pasando. Qué paranoia es realidad, que paranoico es el contenido fundamental de las cosas, que la paranoia no las satisface nunca.

Continúa sonando el timbre del teléfono. Recuerdo que Rafael hablaba del timbre de los teléfonos. Lo oigo diciendo que eran las voces de Ellas. Recuerdo el temor abrazándolo, tiernamente, como una camisa de fuerza, cuando le dije que no podía acompañarlo. (Su voz convertida en un tímido quejido: -Que sea paranoico, no quiere decir que no me sigan.) Anteayer, la noche se abría como una boca enjaulada y babeante.

Salió a toda carrera. Para huir de esa jaula boca, de esa noche húmeda que le babeaba la nuca.

 Ahora siento el timbre del teléfono alcanzándole desde lejos. Muchos teléfonos sonando, teléfonos que a lo mejor no lo llamaban a él, pero bastó el hecho de que podía ser llamado a un teléfono, para hacer posible o al menos pensable que pudiera ser llamado a todos los teléfonos.

Y en esa sensatez irracional, exagerada, que el timbre despierta, él corrió, abatido, sabiendo de antemano, que sus pies no serían suficientemente rápidos, para alejarse de ese sonido.

Puedo saber, o sospechar, que hubo un timbrazo en la calle, en alguna casa, y que Rafael vio el espacio, el tiempo y  su voluntad desgarrados por el sonido. Que en un primer momento se preguntó si no seria para él, que acto seguido supo que era una suposición infundada, pero de la que no pudo arrancarse un residuo. Pues podía darse que  en realidad le llamaran a él, pero que por un error en el número, o un contacto  de cables, haya ido a parar ahí. O que Ellas supieran que él estaría ahí, en ese  minuto, y hayan querido llamarlo. Sé que cuando eso ocurrió, el pánico fue atroz, y que la derrota acabó de cubrirlo.

Sé más aún. En aquella casa no había nadie, o había, pero estaba enterado de que la llamada era para Rafael, y por eso no levantó el auricular.

Estoy seguro de que Rafael aceleró el paso. Empeñado en dejar atrás ese  timbre. Pero que luego de media cuadra, o algo así, volvió. Se detuvo frente a la casa de donde creyó provenía el sonido. Sé que le costó  encontrarla en medio de esa simetría de techos, pero que al fin lo hizo. Sé que  se detuvo frente a esa casa, decidiendo qué hacer, que se aprestaba a saltar la  reja, y que en ese momento el timbre cesó. Puedo verlo desplomado en la cuneta, quizás llorando.

Entonces el tiempo mutó, convirtiéndose en una noche única, forjada de cientos y cientos de noches. Una noche única que culminó en una habitación de hotel, pero más tarde, cuando el sol se alistaba a salir.

Sé que sintió como en el orden perfecto del universo se hacia una brecha, un desgarrón irreparable, una bocaza inmensa que lo engullía. Que la calle se abría en dos, y que el mundo tenía un brillo nuevo y siniestro. Que de algún modo Ellas estaban en todas partes.

Todo ocurre de una forma rápida, confusa. Rafael camina otra vez, por la mitad de la calle. Ahora  camina lento, y la dicotomía entre la lentitud de sus pasos y la vorágine de la calle, produce una sensación de náusea persistente que lo acompaño hasta que  amaneció.

Sintió alivio al llegar a una avenida, pues los edificios se retiraban un poco, para dejar espacio al bandejón central. Siguió por ahí, oliendo el pasto mojado, no sé si porque lo habían regado, o por la humedad de la noche. Entonces, una cabina telefónica le cortó el paso. Puede ser curioso, pero no experimento temor. Se acercó, echó unas monedas y marcó un número, mi número. Del otro lado nadie contestó, es decir: yo no contesté. A Rafael sólo le quedó recuperar sus monedas, y alejarse con el tenaz olor de las cabinas telefónicas vacías en la nariz, ese olor de cuando nadie contesta.

Entendió qué estaba solo, que nadie acudiría en su auxilio. Que no cabía más que enfrentarse a Ellas. Aún no se había alejado de la cabina, cuando el timbre irrumpió con ese tono imperioso característico. Rafael se desgarró entre la necesidad y la imposibilidad de contestar, por un segundo. Un segundo hecho de la totalidad de todos los segundos, su mano se alzó, dispuesta a levantar el auricular y enfrentarse a la voz de Ellas. Pero nuevamente, el timbre cesó. El desistió de inmediato, aliviado.

Cruzó  la  avenida,  viéndose oblicuo y fracturado en las vitrinas, con un pantano de concreto bajo los pies, hasta que la puerta con una luz roja, lo invitó a entrar, no lo pensó por segunda vez. La mujer tenía algo de sobrepeso, y la sombra de una barba, o quizá la sombra de la sombra de una barba, oscurecía su rostro; Rafael rechazó sin delicadeza su ofrecimiento, una niña de no pocos años. Se limitó a pagar por una noche en esa habitación, con una tarjeta de crédito, creo, aunque pudo ser en efectivo, y subió la escalera hasta el segundo piso.

Pasó la noche mirando por la ventana, porque en las paredes se insinuaban las sombras de Ellas, y porque el sueño se le negaba. Y porque todos los teléfonos parecían amenazarlo.  Porque  lo  llamaban, amenazaban con hacerlo. Puedo verlo ahora ovillado y cobarde. Dudando entre salir corriendo para emboscarlas en algún recoveco de la noche, o quedarse ahí y aguardar a que llegaran. Finalmente se impuso la sensatez. Cerró las cortinas. Metido en la cama oyó la respiración de innumerables teléfonos, mezclada con las voces de Ellas. Logró dormir demasiado tarde, a esa hora en que la noche sólo gesta pesadillas. Despertó de golpe, pero no abrió los ojos. Desorientado. Sin recuerdos. Era de mañana, lo supo, por el amarillo tenue que le caía en la cara. Luego los gritos allí afuera, por un momento alcanzó a creer que sólo eran el comienzo de otra pesadilla. La pesadilla de alguien más. Pero demasiado pronto distinguió los timbres, y las risas. No abrió los ojos, se empeñó en no hacerlo. Tapó sus oídos. Pero uno no elige lo que oye. Vuelvo a sentir, como él sintió, el aliento de Ellas rozándole la piel. Después, no sé. Acaso la oscuridad y el silencio; o peor aún: La mañana, y el silencio, o peor aún: la mañana y el absoluto sonido de los teléfonos. Ya no importa. Cierro los ojos, yo también elijo cerrar los ojos, y aguardo.

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