Conversando con Jorge Boccanera

por Ignacio Uranga

 

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Jorge Boccanera: (Argentina, 1952). Poeta, ensayista, periodista. Vivió exiliado en México de 1977 a 1983. Luego se radicó en Costa Rica de 1989 a 1997. Ha dado charlas y conferencias en universidades e instituciones culturales de Argentina, Japón, Nicaragua, Italia, Chile, España, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Colombia, El Salvador y Perú. Entre sus libros de poesía figuran: Los espantapájaros suicidas, Noticias de una mujer cualquiera, Contraseña, Poemas del tamaño de una naranja, Música de fagot y piernas de Victoria, Los ojos del pájaro quemado, Polvo para morder, Sordomuda, Bestias en un hotel de paso y Palma Real. Publicó varias antologías personales, como Marimba, Antología poética, Zona de tolerancia, Servicios de insomnio, Tambor de jadeo y Libro del errante. Es autor de los libros de ensayo: Confiar en el misterio y Sólo venimos a soñar, sobre las poéticas de Juan Gelman y Luis Cardoza y Aragón, respectivamente, y el volumen Voces tatuadas. Crónica de la poesía costarricense 1970-2004. Escribió además un libro de relatos –  La pasión de los poetas– y otros de historias de vida, crónicas y testimonios, entre ellos: Ángeles trotamundos, Malas compañías, Tierra que anda/ el exilio de los escritores y Redes de la memoria/ Escritoras ex detenidas de la dictadura. Escribió trabajos críticos para libros de Pablo Neruda, Juan Gelman, Federico García Lorca, Raúl González Tuñón, Ernesto Cardenal y Augusto Roa Bastos.

Fue jefe de redacción de las revistas Plural (México), Crisis (Argentina) y Aportes (Costa Rica). Actualmente dirige Nómada, revista de la Universidad Nacional de San Martín (Buenos Aires). Entre otros galardones, obtuvo los premios Casa de las Américas (Cuba, 1976), Nacional de Poesía Joven (México, 1977), Internacional Camaiore (Italia, 2008) y Casa de América (España, 2008).

Textos suyos han sido musicalizados y llevados al disco por diversos intérpretes latinoamericanos como Raúl Carnota, Mercedes Sosa, Litto Nebbia, el cubano Silvio Rodríguez y la venezolana Lilia Vera. 

-¿Cuáles fueron tus primeras lecturas y con qué autores te pensás en vecindad poética?

-Al inicio de sus memorias Neruda dice que el personaje de su infancia es la lluvia. En mi caso el personaje fue el viento en un puerto del Atlántico: Ingeniero White, que alguna vez se llamó Puerto de la Esperanza. Allí, entre inundaciones y ese viento que parecía querer desbaratarlo todo, transcurrió mi infancia rica en personajes: marineros de muchos lugares, vitroleras, estibadores, anarquistas, pescadores. Seguro me marcó esa atmósfera con sus carnavales, el ambiente de cabaret, las grescas entre parroquianos, gente con la errancia a cuestas. Mi abuelo tenía una peluquería de tres sillones con una mesita con diarios y revistas que fue mi biblioteca. En una revista de historietas leí un poema de Edgar Allan Poe que me impactó; y comencé a imitarlo. Ese fue creo mi primer texto, a los 8 años, unas líneas con un ingenuo aire sepulcral. Ya a los 14 más o menos leí a Whitman, Vallejo, Bécquer, Neruda, García Lorca, sin dejar las revistas de historietas que incluso marcaron mi poesía. De ahí a hoy ha corrido mucha piel bajo el puente, son muchos los autores que sigo leyendo con delectación: Quevedo, Vallejo, la poesía china, el griego Yanis Ritsos, el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, los argentinos Olga Orozco, Enrique Molina, Juan Gelman, en fin, la lista sería muy larga.

-Leo Palma real, tu último libro, en el que los ejes son la selva y la palma (“la esbelta”): ¿Cómo surge Palma?

-El libro se inicia en Costa Rica en 1995 y termina en el 2008. Tiene que ver con mis viajes por el río Tortuguero, el parque Corcovado, las montañas altas de Monteverde, y otros muchos espacios de follaje donde resplandece el bosque húmedo. Me conmovió ese universo enmarañado que contiene todos los sabores, olores y texturas, y todas las formas posibles de la vida y la muerte. En este espacio se empezaron a mover mis obsesiones: el exilio, los viajes, el anhelo; como si el follaje me diera migas de su gran libertad y yo pudiese hablar por el parloteo de sus animales a los que se suman las voces de personajes: Rimbaud, Frida Kalho, Pablo de Rokha, Ana Frank. Soy consciente de que es un libro extraño en el panorama de una poesía rioplatense “urbana”. El centro de este libro es la palmera (la esbelta); una selva que en lugar de crecer, imagina; es esa su manera de multiplicarse, de crecer. De allí la sensualidad, el silbido de la memoria donde están los árboles talados de mi generación.

-¿Pueden pensarse estos poemas como una forma de viaje?

-Es un viaje hacia lo que desconozco, como todo viaje exploratorio en el que uno se deja construir por lo diferente, el tránsito es azar, fascinación por el recorrido, juego, riesgo, búsqueda y nuevos interrogantes. Algún crítico dijo que lo que escribo lleva la respiración del viaje. Yo nací en el puerto de Ingeniero White y el que nace en un puerto tiene el tema del viaje instalado. Me identifico con una frase del escritor austriaco Peter Handke, cuando dijo que su andar sin rumbo tenía que ver con gente que vio de pequeño vagabundear, justamente cuando los demás tenían un sitio donde ir. Decía Handke que algunos que comenzaron su errancia por desesperación luego se descubrieron felices en esa casualidad de las direcciones. Entonces han optado por ese paso. Yo me siento también dentro de los que han tomado esa elección. Y todo eso que está en mi poesía se prolonga a las historias de vida que escribo: vida como movimiento, viajes hacia la gente.

-Del `76 al `83 exiliado en México, después viviste en diversos países de Latinoamérica: ¿los exilios voluntarios posteriores al del `76 pueden pensarse como “método” de escritura y de memoria? ¿Es posible volver del exilio?

-Yo intercambiaría el orden de las preguntas, para empezar diciendo que no hay desexilio. Aquel al que le tocó clavar sus zapatos en el barro vive desdoblado, partido en dos, escindido en registros diferentes. Perdió –como dice un estudioso del tema, Gómez Mango- las cosas de la infancia y la infancia de las cosas. Ahora, los años que anduve en la post dictadura por otros países, es un exilio voluntario –como bien decís- pero con un arrastre del viaje inicial, con ese impulso que conservo y que espero no se “enfríe” nunca. Más que de “método de escritura y memoria”, tiene que ver con eso, con la vida que te propone caminos, muchos de ellos inesperados  y que van a aparecer en la escritura, porque así como los viajes te impregnan de sonidos y texturas y aromas de la calle, llegan también los distintos lenguajes. Lo que resulta obvio es nunca me fui buscando un rédito económico, que es la fantasía de mucha gente cuando fantasea con irse del país.

Por la precisión de palabras selváticas y la variedad de español que usás en estos poemas: ¿pensaste Palma también como una forma de exilio, una zona en la que el sujeto poético se retira de su variedad materna y la “civilización”?

-Toda poesía se escribe desde los márgenes del idioma, contra el continuo lógico, lo lineal y previsible, a favor de las correspondencias subterráneas y las asociaciones insólitas. Gelman dijo una vez: “La poesía es puro exilio”; y en una entrevista que le hice señaló algo que me parece responde tu pregunta. Afirma que por un lado se da: “Un exilio de la lengua común, la diaria, porque es palabra calcinada”. Y por otro lado un exilio del mundo exterior al instante de escribir, ya que para escribir, decía, hay que abolir el mundo: “sin este exilio, ¿cómo imaginás, cómo te buscás, cómo te interrogás a vos mismo?”.

Volviendo a Palma, nunca viví esa selva como un retiro; la poesía no me abre sus puertas en los “retiros”, sino más bien en el desamparo de los viajes. Sobre la palabra “civilización” te cuento que tengo algunos reparos, es un término instalado por la Conquista.

Hay, entre otros,  un verso con mucha potencia, es en el poema IV y dice: “Lo que no es selva es ruina”. ¿Podrías hablar de este verso?

-El verso sale de homologar la selva con la imaginación, de ahí que piense que lo que está fuera de la inventiva, del cruce de intuiciones y percepciones, y de ideas nucleares, es cáscara, maquillaje, cifras.

En el poema XLII (SOBRE LA FIGURA DEL POETA EN LA LÍRICA ACTUAL) el sujeto poético se pregunta qué hace en medio de una bandada de pájaros de diversas especies “el bulto bermejo”, “un cerdo”. ¿Qué pensás de la poesía y lírica argentinas actuales? ¿Qué poetas argentinos actuales frecuentas en tu lectura?

-No tengo duda de que la ironía es una herramienta contundente en ese poema, el  XLII de Palma, intenta pintar algo del descoloque de un ser que resulta extraño a otros de  pelambre y plumaje a la moda. De la poesía actual, pienso que hay quienes mantienen eso de la intensidad (algo que reivindicaba para la poesía el gran poeta cubano Eliseo Diego) y quienes no se comprometen ni siquiera con su propia imaginación.

Entre los poetas argentinos que frecuento –hablo de gente de las décadas últimas- están Alejandro Carrizo (Jujuy), Guillermo Pilia y Laura Yasán (Buenos Aires), Samuel Bosini (Santiago del Estero), Santiago Silvestre (Salta), Patricia Rodón (Mendoza), Rodrigo Galarza (Corrientes), Lisandro González (Santa Fe) y Ricardo Costa y Cristian Aliaga, bonaerenses aunque afincados en Neuquén y Chubut, respectivamente.

  Amigo 011

En la actualidad ¿estás viviendo en Argentina? ¿En qué proyectos actuales y futuros estás trabajando?

-Vivo en Argentina desde hace varios años, aunque eso no impide que pase temporadas en otros lugares, especialmente en Centroamérica. Ahora tengo varios libros en borradores y te confieso que soy muy lento en los procesos de escritura y corrección. Tengo un poemario empezado con un título provisorio: Monólogo del necio, dos novelas y un ensayo sobre los movimientos de ruptura de América Latina en las primeras décadas del siglo XX. También sigo con la revista Nómada, de la Universidad Nacional de San Martín, que ya cumplió 17 números y es un buen intento por hacer una publicación diferente en materia cultural, cruzando diversas disciplinas del arte con temas de sociedad y de ciencia y tecnología.

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