Astrid Fugellie

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“Yo me-escribo,

me-relato,

me-digo”

Por Gonzalo Robles Fantini

Los verdaderos amantes de la literatura saben muy bien que ésta no va de la mano, necesariamente, de la fama mediática. Por tanto, no es causa de estupor encontrar a esta apasionada poeta en un sencillo departamento de la comuna de Providencia. Astrid recuerda sus orígenes, sus ancestros ingleses, irlandeses y croatas, su juventud universitaria en la Casa de Bello, su amistad con  Pablo Neruda, Stella Díaz Varín, Delia Domínguez, Jorge Teillier y otros.

Esta poeta de rostro angelical ha consignado, con seriedad y carácter profundo, diferentes temáticas, cómo su generación diezmada por la dictadura, el exterminio irracional de las etnias, la fragmentación social, los estragos del sistema neoliberal impuesto por Augusto Pinochet, o el dolor de las pérdidas. Más allá de su prolífica obra publicada y sus libros inéditos, Astrid es una poeta que imprime un sello ontológico al acto íntimo de escribir, que “se-escribe” como el testimonio de una voz, o muchas voces, que conviven con la fecunda tradición poética chilena, sin haber nunca titubeado en el compromiso irrestricto con la palabra.

-Usted empezó a escribir desde muy joven. Su primer libro, “Poemas” (1966), recoge textos escritos entre los 12 y 16 años. ¿Cómo nació su vocación por la literatura?, ¿cuáles fueron sus primeras lecturas, sus influencias más tempranas?

-Nací dentro de una familia de comerciantes y artistas. Silvestre Fugellie, poeta, narrador y académico; Leonel Fugellie Mulcahy, pintor, caricaturista y concertista en violín. Por parte de mi madre, escultores y pintores, fundamentalmente en Croacia… Mi madre y mi padre eran grandes lectores. A los ocho años, me desperté una noche en la estancia de mi padre,  Isla Grande de Tierra del Fuego, con un poema que luego llamé “Renunciación”, aquel escrito fue el inicio de mi carrera…

Astrid recuerda que a los 12 años, a la provincia. llegó una exposición de fotografías titulada “Rostros de Chile”. Doña Laura Wilson, profesora de castellano, fue un gran aporte a su carrera, ya que la instó no sólo a la escritura sino  también a participar de aquel certamen nacional que convocaba a todos los colegios del país, así obtuvo el primer lugar con su poema “A esas Manos”, inspirada en las manos de un obrero pampino. Viajaron a Punta Arenas para la entrega del premio,  el pintor chileno Marco A. Bontá, el Premio Nacional de Literatura, 1960, Julio Barnechea, autor del Himno de la Universidad de Chile, casa de estudios que organizó el concurso; y el poeta nortino Andrés Sabella. En 1966, la I. Municipalidad de Magallanes, publica la ópera prima de Astrid Fugellie, “Poemas”. A. Bosnic, pintor y dibujante croata, la retrata en su portada. Astrid luce de perfil con la belleza y el encanto que los años no han mermado.

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Astrid menciona ciertos hechos que la marcaron en su vocación literaria como por ejemplo, el regalo que su madrina le hiciera al momento de nacer: tres libros en edición de lujo de clásicos europeos, entre los que estaban Keats y Joyce. Fueron sus primeras lecturas, muy precoces: “No entendía sin embargo, me gustaba la sonoridad”. Muchos años después, cuando ya la poeta era consagrada y publicaba una antología, el Premio Nacional de Literatura Raúl Zurita rescató en el prólogo la sonoridad de los versos de Fugellie.

Cuenta además, que al nacer, pesó cinco kilos ochocientos gramos por lo cual su madre tuvo problemas en el parto que, derivaron en ciertas dificultades de aprendizaje, dislalia y disgrafia. “Me llevó varios años leer y escribir”.

Curioso, por decirlo menos, que esta niña con problemas de lenguaje y escritura se inclinara justamente a desarrollarse en la vida literaria. Incluso, reconoce que la sonoridad de su poética, un rasgo fundamental de su obra, y el abundante uso de neologismos, se debe en gran medida a la dificultad temprana para pronunciar las palabras. Recuerda a casos emblemáticos de la Historia Universal, como el célebre orador y político griego Demóstenes, a quien se le atribuyen de niño y en la adolescencia problemas para pronunciar ciertas letras, incluso una posible tartamudez. Esta tozudez virtuosa de dedicarse precisamente a lo que más adversidad encuentra en la infancia: “Me reía con Gonzalo Rojas, ambos tuvimos problemas similares en el área del lenguaje, Gonzalo era tartamudo”.

Zurita define que uno de los rostros de la poesía de Astrid Fugellie es “una apuesta por la trascendencia profundamente material”.

-¿Considera éste un rasgo fundamental de su poética, además de definir su propia personalidad?

 -Yo diría que sí. Yo me digo, yo me relato. Sin duda esto nos da un sello. A diferencia de la ficción que te da la posibilidad de crear una-otra historia, la poesía por el contrario, cuando menos en mi caso, me ha  llevado por el camino autorreferente. Mi  verdad, (subjetiva), la vierto en el texto con la preocupación que su material, (sustantivo), me plasme en el contexto de manera trasparente y transversal. Si con este proceso aporto en algo, ¡qué bueno!…todo es relativo en esta vida.

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-Si tuvo una vocación tan temprana y definida por la literatura, ¿por qué estudió Educación Parvularia en la Universidad de Chile?

-Estaba muy de moda esa carrera en aquella época. Yo salí del colegio a los 15 años. Antes se podía adelantar cursos, di el Bachillerato, quedé en la Universidad no obstante, quería ser poeta y las carreras que había elegido eran muy largas, así esperé un año para repostular. Educación Parvularia sólo duraba cuatro años y me daba el tiempo de escribir y leer otros temas que decían relación con mi vocación de poeta.

Aquel año, la poeta entró a trabajar a la Escuela Técnica Femenina María Betty de Menéndez. En ese establecimiento hacía clases de pintura, organizó la biblioteca escolar y era inspectora de internado. Por las tardes impartía clases de castellano en el Instituto Kennedy. En esa época, junto a otros escritores, escultores y artistas en general fundó la Casa de la Cultura de Magallanes.

En la carrera de Educación Parvularia Astrid convive con apellidos como Allende, Frei, Vuskovic, Prat, Pinochet, etc. “La política estaba ahí en masa, casi todas eran hijas de aquellos”, nos dice. Eduardo Frei Montalva gobernaba y los tiempos que corrían eran de reivindicaciones sociales, Revolución en Libertad, también de lucha por la educación única, la revolución hippie y el amor libre. Fue amiga de Jorge Tellier. Muchas veces se amaneció en el mítico café El Bosco, donde conoció a la colorina Stella Díaz Varín. Durante la inauguración de la casa de la Sech, Astrid inicia su amistad “casi paternal” con Pablo Neruda.

Raúl Zurita es claro al consignar que una de las características de la obra de Fugellie es “un sentido de lugar y de la pertenencia y, simultáneamente, la creación de un lenguaje que funda un territorio a la vez mítico y real: el sur, la Patagonia”.

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-Sin duda es un tópico fundamental en su poesía, ¿se considera una poeta magallánica o cree que es ésta una etiqueta un tanto reduccionista?

 -Muchos creen que sigo viviendo en Magallanes. Si bien vuelvo de vez en cuando, yo me considero una poeta chilena. Ahora bien, yo ocupé las imágenes de las etnias de Magallanes que han sido exterminadas para poder dar cuenta de lo que estaba sucediendo en la dictadura.

Astrid hace alusión a una de sus mayores obras, “Los círculos” (1988), poemario que mediante el registro de los pueblos indígenas chilenos hace una gran metáfora a la situación política y social de la represión durante los crudos años de tiranía militar.

-Ahora, hay poemas suyos que son muy vivenciales e indisolublemente ligados a la Patagonia chilena, como “Juan y la ciudad” y “el sitio de las arenas”, ambos presentes en “La Generación de las Palomas” (2005). ¿Cómo es su relación con la ciudad natal y en qué medida cree que determina su obra poética?

-Pienso que nunca he salido de mi provincia. Aunque suene un poco extraño, yo nunca he llegado a otras tierras…Mi lenguaje lo dice: es un lenguaje fuerte, es árbol, es raíz, porque uno es producto de la tierra.

Y es justamente ese vínculo férreo a las raíces una de las inspiraciones que la llevó a escribir “Los círculos”, sobre la historia trágica del exterminio de los pueblos indígenas, de la cual el poeta Zurita rescata en especial la polifonía de la poética de Fugellie, la suma de voces.

-¿Cómo  marca vivencialmente en usted este correlato imprescindible de la Historia de Chile?, ¿qué opinión le merece el rol del Estado chileno al respecto?

-Un día estaba en mi casa oyendo radio.  Escucho que muere Rosa Yagan, la última yámana pura y me cogió un dolor tan grande, porque con ella muere un pueblo, muere una raza, muere un dios. Una raza que le podría haber hecho tan bien a Magallanes. Eso me hace una primera cercanía a esos pueblos maltratados. Y cuando yo tengo que luchar contra la dictadura militar en la clandestinidad, bajo el alero del Episcopado, ocupo el exterminio de todas las etnias en Chile para relatar lo terrible que estaba siendo la dictadura, el exterminio, todo aquello era soterrado. Entonces ocupo esa gran imagen. Aquello me permitió escribir “Los círculos” mediante el recurso del símil y/o paralelo, con personajes reales en la obra.

El Estado chileno ha sido negligente en esta materia razón, a mi entender, por la que Chile es un país triste. Chile no tiene identidad, porque Chile, me refiero a su Estado, no quiere reconocer que es un país mestizo. Un tremendo amigo mío, Jaime Valdivieso, dice con mucha razón que cuando en el inicio de  su discurso el Presidente los incorpore, los nombre, reconozca a las minorías étnicas, seremos un país de verdad y efectivamente lo siento así, Chile va a recuperar su seguridad básica, y con esto va a estar más sereno, más satisfecho con él mismo.

-Sin embargo, su poesía incluye con el tiempo otras temáticas. En “La Generación de las Palomas” llama la atención la doble articulación entre la historia íntima y la colectiva, el relato público, que además es un testimonio de una generación azotada por los horrores de la violencia y muerte que infligió la dictadura militar. ¿Qué significó para usted sublimar esas experiencias tan dolorosas?, ¿siente que la historia personal convive diariamente, y en forma muchas veces secreta, con el relato colectivo?

-Sí, así es. “La generación de las palomas” es un libro antropológico. En la medida que uno escribe su dolor, lo exorciza. Nuestra generación fue una generación diezmada, de palomas diezmadas. Nos cortaron las alas cuando teníamos la urgencia de volar a pesar de nuestra fragilidad. Nos presentaron algo absolutamente distinto a lo que veníamos viviendo, una democracia definida por algunos países sudamericanos como un ejemplo en Latinoamérica. Estados Unidos intervino por cierto, trac uno, el trac dos y el tres, era la Guerra Fría, no podía haber un gobierno de izquierda democráticamente elegido, no podía seguir. Así entramos a esta cosa inhumana, la dictadura, que uno sabe cuando empieza pero jamás cuándo termina. Los ingenuos creyeron que iban a ser tres años y fueron prácticamente 18, lo que fue una enormidad. A los jóvenes de aquella época nos quitaron todo, todo. Yo hablaba con Raúl, nos han cambiado los naipes como han querido, pero hay que rescatar algo positivo, pese a todo, hemos vivido un tiempo enriquecedor. Somos sobrevivientes del exterminio. Entonces ahí se refleja absolutamente la voz propia en las voces de todos.

-En este libro usted hace una certera crítica al sistema económico neoliberal y sus variantes socioculturales. Poemas como “La cueca de los sistemas”, “Globalización” o “La pomada” dan cuenta de ello. ¿Qué opinión le merece el panorama político reciente y el escenario social chileno de este período post- dictadura?

-Que no hay democracia, estamos en la dictadura del dinero. El neoliberalismo es muy antiguo, del siglo XII, pero Friedman lo perfeccionó. Yo he leído cartas de Friedman a Pinochet y de éste a Friedman. El Dictador con la asesoría de sus Chicago boys crearon un mundo que en otra parte no podían crear, pues nadie aquí podía oponerse. Somos hechos a la medida de Estados Unidos porque ése país gana la Guerra Fría. Cae la Cortina de Hierro, la URSS, pese a que esa dictadura también tuvo estragos terribles. En suma, yo pienso que debe haber un cambio de paradigma. Los movimientos sociales son una respuesta a aquello. Sin embargo, soy optimista. Como en América Latina no hay filósofos, creo que los poetas, en general, todas las disciplinas en su conjunto, los trabajadores de la cultura y los educadores somos agentes imprescindibles en este trabajo desde el “con”, no desde el “contra”.

-O sea, que la poesía salvará al mudo…

-No sé si lo va a salvar, pero en todo caso ayuda a apaciguar-lo, soy una “mujer en Pro de la paz”, creo en la vida, creo en ese núcleo, familias atomistas nucleares que verdaderamente puedan con-tener a nuestros niños, creo en la educación, la salud, la vivienda digna como derechos y no privilegios,  creo en el hombre genérico, creo en la diversidad, creo en la convivencia pacífica de los puebles, creo, creo, creo. Por cierto, habrán otros elementos positivos que se junten. La poesía debería ser una parte además de la pintura, la escultura, la música, la dramaturgia; los educadores son vitales en este cuento, en fin, todos aquellos que ayuden a resolver el conflicto y a preservar nuestra cultura, nuestra identidad.

En este sentido, Astrid reconoce el importante rol de los poetas en nuestro país. “Yo pienso que Chile es un país que debería exportar poetas, es un país “con-creador de poetas”. Los más fascinantes poetas, así lo siento yo,  están en Chile”. Si bien reconoce que nuestros vecinos transandinos también tienen grandes vates, advierte que ellos son más fecundos en narrativa. Resalta la diversidad de voces, tanto masculinas como femeninas, que hay en nuestro país. Sin embargo, lamenta que por deficiencias de nuestra educación, sean pocos los nuevos poetas que accedan al oficio, “siento que la poesía está inmersa en el ocio activo que, si bien es el más productivo de todos los negocios, nadie vive de poesía”.

En la misma línea, sobre el apoyo de los gobiernos democráticos en los años recientes a las artes y la cultura, rescata mucho la creación del ministerio respectivo, pero cree que en el último tiempo no se está dando la lógica que  ayude efectivamente a los artistas, hay que delinear y determinar políticas más claras.

La publicación en la que Astrid trabaja actualmente abarcará una diversidad de temas, con un eje central, los misterios del hombre, pero ella nos aclara que, en el fondo, es la propia Astrid que se escribe abordando la etapa que actualmente vive.

Su mirada profunda revela que sus versos no se quedan en la simple sonoridad fonética ni en la belleza meramente formal. Su aliento poética es de mayor alcance, y aún queda mucha tinta por escribir y materias por abordar. Sus palabras gravitantes dan forma a la ontología que ha legado a la tradición literaria chilena y a la condición humana universal.

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