La cruz da que sentir

Por Ignacio Uranga

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El concepto de violencia está presente en esta interpretación de diversos modos. En cuanto a la decisión metodológica se procura una posible interpretación de la cruz a partir de la tradición de pensamiento débil propuesta por Vattimo, manteniendo distancia de la violenta cerrazón explicativa. En cuanto al tema propiamente trabajado, el concepto de violencia se encuentra también presente en varios puntos, principalmente en la cruz como símbolo -entre otras cosas- del ocaso del Dios violento del Antiguo Testamento.

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Por otra parte -y en concordancia con lo anteriormente dicho- teniendo en cuenta la existencia manifiesta de una discontinuidad entre la reflexión pura, ejercicio directo de la racionalidad arraigado al concepto y discurso filosóficos, y la consciencia religiosa que se expresa en forma mediada, indirecta, recurriendo a una lógica simbólica, se intenta, a los efectos de acercar los extremos de ese hiato, abordar la cruz, símbolo capital del cristianismo, tomando su propia donación de sentido, es decir, con una actitud crítico-interpretativa que mantenga distancia de una exégesis reductora -y violenta- y que pretenda agotar las múltiples significaciones. En el camino interpretativo hacia la cruz se tendrán en cuenta dos aspectos de dicho símbolo: hierofanía y conversión.

La cruz da que sentir: precomprensión y círculo hermenéutico

El abordaje de la cruz como símbolo sagrado o de cualquier símbolo en general desde una hermenéutica filosófica presupone una necesaria precomprensión.

Señala Bultmann a este respecto:

          Toda comprensión, lo mismo que toda interpretación…, se orienta constantemente dirigida por una precomprensión de la cosa cuyo sentido precisamente busca en el texto. Por regla general, [el interprete] únicamente acertará a interrogar y a descifrar basándose en esa precomprensión.   […] El requisito previo de toda comprensión radica en el contacto vital entre el intérprete y la cosa de que habla directa o indirectamente el texto en cuestión. Bultmann en Ricoeur (1963: 705)

Dicha actitud, sympática, frente al objeto a interpretar es pasible de ser resumida en el apotegma anselmaniano “creer para comprender”. Creer es la puerta de acceso a la hermenéutica circular, que se cierra con la comprensión para la creencia (comprender para creer); para el éxodo, para la elusión de la asfixia inherente a dicha circularidad hermenéutica, es necesaria la apuesta, en este preciso caso la apuesta es “creer en la cruz da que comprender Las Escrituras”
La cruz es producto y testimonio del Dios encarnado, kenótico, que se humilla y realiza el desplazamiento descendente hacia sus criaturas con el mensaje (hermenéutico) de que toda la Escritura se resume en una sola palabra: amor.

(…) la teología cristiana perpetúa el mecanismo victimario concibiendo a Jesucristo como la víctima perfecta que, con su sacrificio de valor infinito, como es infinita la persona humano-divina de Jesús, satisface plenamente la necesidad divina de justicia por el pecado de Adán. Girard sostiene, a mi juicio con buenas razones, que esa lectura victimaria de las Escrituras es errónea. Jesús no se encarna para proporcionar al Padre una víctima adecuada a su ira, sino que viene al mundo para desvelar y, por ello, también para liquidar el nexo entre la violencia y lo sagrado. […] La encarnación, es decir el abajamiento de Dios al nivel del hombre, lo que el Nuevo Testamento llama kenosis   de Dios, será interpretada como signo de que el Dios no violento y no absoluto de la época postmetafísica tiene como rasgo distintivo la misma vocación al debilitamiento de la que habla la filosofía de inspiración heideggeriana.Vattimo (1996: 35-9)

Entonces la cruz da que comprender, y lo que da que, es decir lo que ilumina con vistas a la comprensión, son Las Escrituras. A su vez, la cruz da que sentir, porque lo que Jesús el hijo de Dios da es el mensaje producto de su propia hermenéutica, divina, y dicho mensaje, el amor, no nos es revelado para ser pensado, sino sentido-vivido; entonces: la cruz da que sentir, conforme a lo cual sería lícito reformuláremos el binomio creer-comprender y su reverso (comprender-creer) en una unidad armónica: “sentir e interpretar”, cifra que no pretende ser concebida ni como antinomia ni como momentos que se suceden en la co-ocurrencia, sino como simultaneidad inexorable y perfectamente armónica. De acuerdo con lo dicho, la cruz se debe interpretar sympáticamente, y dicha sympatía deja las puertas abiertas para dar luz a la interpretación de las Escrituras.

Historia de la salvación e historia de la interpretación están mucho más estrechamente ligadas de lo que la ortodoxia católica quisiera admitir. No se trata sólo del hecho de que para salvarse es necesario escuchar, entender y aplicar correctamente en la propia vida la enseñanza evangélica. La salvación se desarrolla en la historia a través de una interpretación cada vez más de las Escrituras, en la línea de lo que sucede en la relación entre Jesús y el Antiguo Testamento: 

 

El hilo conductor de la interpretación que Jesús da al Antiguo Testamento es la nueva y más intensa relación de caridad entre Dios y la humanidad y, en consecuencia, también de los hombres entre sí. […] la salvación pasa a través de la interpretación; no sólo es necesario entender el texto evangélico para aplicarlo prácticamente a nuestra vida: antes (…) esta comprensión se identifica con la historia misma de   (nuestra) salvación (…). […] Creer en ella [en la salvación] no querrá decir aceptar literalmente todo lo que está escrito (…) sino esforzarse por entender (…) el mandamiento del amor.Vattimo (1996: 53-4; 70 y 79)

Entonces la propuesta es colocar el “sentir” en el campo de acción de la hermenéutica, interpretación, del símbolo sagrado a causa de que veo una clara correspondencia entre el símbolo y la estructura sentimental: ambos poseen una dinámica en tanto que negación de ser pasibles de cristalizar (constancia de ello dejan la curva ondulatoria de la estructura anímica del sujeto, y la plurisignificación de la cosa-símbolo; caso contrario, el símbolo devendría ícono/ídolo, y la onda anímica del sujeto devendría recta).
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La cruz: hierofanía, conversión y estructura simbólica

Al abordar la cruz desde una hermenéutica recolectora de sentidos se debe tener presente que en tanto que símbolo la cruz funda un doble sentido: un sentido primario, literal, y un sentido profundo; sólo en y a través del primer sentido somos conducidos al sentido segundo, profundo. Esta es la característica distintiva de la esfera simbólica: al sentido primero arribamos por medio de una ingenuidad primera, al sentido segundo, profundo, asistimos a partir de una ingenuidad segunda, postcrítica. Cabe destacar, sin embargo, una particularidad: tanto la ingenuidad primera, ligada al sentido primero, como la ingenuidad segunda o postcrítica, ligada al sentido profundo, se encuentran íntimamente vinculadas: la puerta de acceso al sentido crítico-profundo es el sentido literal-primero: el sentido inicial es faro referencial que traza una línea directa al sentido segundo.

(…) el simbolismo requiere una interpretación porque se basa en una estructura semántica específica, la estructura del doble significado de las expresiones. Recíprocamente, hay un problema hermenéutico porque hay un lenguaje indirecto. Por lo tanto, identifiqué a la hermenéutica con el arte de descifrar los significados indirectos.Ricoeur (1973: 11)

La existencia de un doble sentido es propia del símbolo; ello se debe a que en el camino de acceso al sentido existe mediación. Dicha mediación forma parte de una estructura aspectual tripartita sobre la que se forja el símbolo: a saber, aspecto semántico, aspecto sintáctico, aspecto pragmático. El segundo momento de esta estructura tripartita, aspecto sintáctico, es la ligazón, la línea directa e ineludible entre el primer aspecto, semántico, y el tercero, pragmático.
Deteniéndonos en el aspecto sintáctico de la cruz, es decir, considerando la parte aspectual de símbolo-cosa, vemos que este símbolo es pasible de ser emprendido mediante una doble consideración: en su aspecto ascendente-descendente y en su aspecto diacrónico. En ambas direcciones, tanto en la vertical como en la horizontal (diacrónica), la cruz es concebida como hierofanía, entendida como el segundo momento de la kénosis, que se manifiesta en tres momentos: creación, alianza de Israel y Dios, encarnación. En su aspecto vertical, tanto el ascendente como el descendente, la cruz es axis, es la unión de los tres planos universales cristianos: se deja ver en el mundo de los hombres, hunde sus raíces ad inferos, y se yergue señalando ad caelum: entonces comunica y vincula cielo, tierra, infierno, enlazando los órdenes humano y divino, sin perder la estructura sintáctico-mediadora propia del símbolo.
Así como es hierofanía en su aspecto vertical, la cruz también lo es en su aspecto horizontal (es decir, diacrónico). En la línea temporal imaginaria que traza la historia, la cruz es un símbolo de manifestación de Dios, es el supremo abajamiento de la divinidad, el máximo esplendor del Dios kenótico: Dios hecho hombre. En tanto que hierofanía e irrupción, la cruz produce un quiebre en el orden temporal, luego la historia se organiza en torno a los maderos: antes y después de la crucifixión. Como en toda hierofanía, la ruptura de los ejes temporal y espacial resulta inexorable, pero en este preciso caso el quiebre del orden espacial es sustituido, deja de tratarse de un espacio exterior para modificar uno interior: la ruptura espacial luego de la cruz es una ruptura en un no-lugar, no se da en el mundo físico, terrenal, sino en la zona espiritual: se convierte el corazón. Precisamente este es otro aspecto de la cruz en tanto que símbolo religioso: la apelación a la conversión. Con “conversión” me refiero a la conversión del corazón, y a ello apela el mensaje de Cristo de que toda la Escritura se resume en amor: amar a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos.
Considerada la cruz como símbolo podemos ver la correspondencia entre la estructura tripartita (semántica, sintáctica, pargmática), la hierofanía y la conversión. Como hierofanía, la cruz se vincula tanto con la estructura semántica como con la sintáctica y la pragmática; ello radica en el hecho de que no debe considerarse estructura tripartita como tres momentos aislados, sino como una estructura triuna: sólo en y a través del momento sintáctico (mediador) se produce el pasaje del momento semántico al pragmático: a partir de la cruz (momento sintáctico) se entiende el mensaje de Dios acerca del amor, a la vez que la clausura del Dios violento del Antiguo testamento (aspecto semántico), y luego dicho amor se manifiesta en acto tanto en el corazón del creyente como en la misma divinidad que, abajándose, se muestra cercana a sus criaturas (aspecto pragmático).

          (…) la mediación simbólica no sólo incluye la articulación sintáctica de la significación primera (literal) con la segunda (simbólica). También implica, por tratarse de significación, una mediación semántica. Pero ésta se da en el juego de lenguaje auténticamente religioso, sólo si representa tanto la santidad trascendente del Misterio Santo como la legítima autonomía de la razón y libertad humanas. De ahí que necesariamente se superponga, como conditio sine qua non de esa semántica, la mediación pragmática de una   ética y religiosamente abierta, es decir, de una actitud existencial de acogida, donación y comunión hacia el Misterio Santo y hacia los otros, lo cual condensa y corona como amor. De ahí que no haya una verdadera semántica del Misterio Santo a través de la sintaxis del símbolo, si no se da- aunque no sea más que incoativamente- el momento pragmático del amor (…). Y ello es así, sea que consideremos existencialmente a la religión desde el hombre, como ordo ad sanctus, sea que lo hagamos desde éste, absolutamente, como ordo ex sancto, sea, en fin, que la consideremos principalmente en cuanto ordo institucional, expresión y encarnación viva, creativa y dinámica de ambas relaciones.Sacannone (2005: 280-1)
     

De esta manera podemos ver también la correspondencia de la conversión no sólo con el aspecto pragmático sino con los tres momentos, puesto que la praxis se forja en y a través del impulso del aspecto semántico al pasar por la sintaxis mediadora propia del símbolo.

          (…) sólo desde la pragmática del amor y desde la sintáctica de la mediación simbólica, será posible expresar en teoría y en la práctica la auténtica semántica religiosa, abriendo, incluyendo y superando su dimensión estática en y a partir de su dimensión abierta y dinámica; así como también incluyendo y superando el legítimo deseo e interés por la propia seguridad, autorrealización y salvación, en la relación de entrega, alteridad y gratuidad desinteresadas. Tal transformación se da en la praxis y   del amor- como lo dice Bernard Lonergan- del   (being in love) sin restricciones ni condiciones: un amar y ser-amado al mismo tiempo teologal, ético e histórico.Scannone (2005: 82)


Para concluir es necesario resaltar que el presente análisis exegético no tiene pretensión alguna de desarrollar una “explicación” sino simplemente la argumentación de una posible interpretación creadora de sentido a partir de lo que la cruz da en tanto que símbolo. Dicha interpretación intenta enmarcarse en la tradición de pensamiento débil propuesta por Vattimo, es decir: es el intento de arriesgar una interpretación, asumiendo que la cruz da, y da que sentir, en dos direcciones: verticalmente amor a Dios, horizontalmente amor al prójimo.
Para arribar al amor, es decir, a lo que la cruz da, he tomado la cruz como símbolo sagrado (a la vez que hierofanía y su consecuente conversión) constituido por la estructura triuna (semántica, sintáctica, pragmática) propia del símbolo, en la cual la mediación (aspecto sintáctico) juega un papel decisivo, dejando constancia de que no hay transparencia ni línea directa en el camino de acceso al símbolo, sino ruptura que posibilita y forja la plurisemanticidad. A causa de esta polivalencia del símbolo, fundada en y por la estructura de mediación, en el símbolo de la cruz confluyen y dialogan los binomios muerte-vida, castigo-perdón, violencia-hermandad, cercanía-lejanía, planos divino-plano humano, Antiguo Testamento-Nuevo Testamento; pero todos los binomios, y esto se deja ver claramente en el aspecto pragmático, se resumen en un monomio- el amor- del que la cruz es símbolo: la cruz da que sentir.

Bibliografía

-Derrida, J. y Vattimo, Giani, La religión, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1997.
– Ricoeur, Paul, El conflicto de las interpretaciones: ensayos de hermenéutica, Buenos Aires, F.C.E, 2003.
——————-, en Historia y verdad, Madrid, Encuentros, 1990, pp. 251-263.
——————-, Finitud y culpabilidad, Madrid, Taurus, 1970.
——————-, et alii, Del existencialismo a la filosofía del lenguaje, Buenos Aires, Docencia, 1983.
– Scannone, Juan Carlos, Religión y nuevo pensamiento. Hacia una filosofía de la religión para nuestro tiempo desde América Latina, Barcelona, Anthropos, 2005.
– ————————–, Stromata 57 (2001), pp. 195-228.
—————————-,Stromata 45 (1989), pp. 315-320.
– Vattimo, Giani, Creer que se cree, Barcelona, Paidós, 1996.
——————–, y Rovatti, P. A., (comp.), El pensamiento débil, Madrid, Cátedra, 1995.

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