Detroit: ciudad fantasma

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Por Gerardo Cardenas

La noticia no debería haber sorprendido a nadie, especialmente si quienes se enteraron han estado alguna vez en Detroit. Yo he estado en un par de ocasiones, y la sensación al recorrer las calles del centro fue siempre la misma: la desolación y la vaga premonición de amenaza de toda ciudad o pueblo fantasmas.

Detroit se ha declarado en quiebra. Las leyes federales se lo permiten, y así termina un capítulo que viene escribiéndose desde hace años.

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La historia de Detroit es la historia de un modelo social y económico fallido, y en muchos sentidos una señal de alerta para otras ciudades con características similares.

Como muchas ciudades estadounidenses del siglo XIX, Detroit buscó la proximidad del agua (en su caso la confluencia de los lagos Hurón y Erie, así como Chicago se arrimó al Lago Michigan, o San Luis al río Mississippi), y apostó por la industria, alimentada por masas de inmigrantes europeos.

En el siglo XX, Detroit encontró su proyecto de vida; si en Chicago fueron los ferrocarriles y las empacadoras de carne, en Detroit fueron los automóviles. Y la industria automotriz dio de vivir y comer a la gente en la imagen perfecta del sueño americano: un trabajo seguro, de por vida, en el ensamblaje automotriz, con la promesa del estándar de clase media (casa en los suburbios, educación para los hijos), y el retiro asegurado por sindicatos que habían ganado por las buenas o por las malas el bienestar de las pensiones.

En medio de todo esto quedó la gran agenda pendiente de la democracia estadounidense: garantizar que ese estado de bienestar, esa abundancia, fuesen distribuidos de manera equitativa a toda la población. La población negra, en Detroit y en todo el país, quedaron fuera del reparto y en los años 60, cuando Detroit vivía su clímax económico, la olla llegó a su máximo punto de presión.

Si Detroit fue la meca de un movimiento fundamental en la cultura afroamericana (el soul y el rythm & blues), fue también la sede de algunos de los enfrentamientos más violentos entre civiles y policías de los años 67 y 68. Los disturbios desolaron la ciudad, generando una fuga de residentes blancos hacia los suburbios. Ahí comenzó el declive de Detroit.

La peor ironía fue que esa misma economía de mercado que, a través de la industria automotriz, garantizó el apogeo de la ciudad, es la que ahora ha sellado su condena. La industria se desplomó, cambió de manos, y el estado de bienestar se partió por el eje por incosteable (el principal componente de la crisis que llevó a la bancarrota es el peso de los pagos de pensiones sobre el agotado tesoro municipal).

Analistas como Paul Krugman comparan inclusive el caso Detroit con la crisis que estalló en Grecia y se extendió al resto de la Unión Europea. El tema de las pensiones ciertamente es un elemento en común.

La crisis de Detroit pone sobre aviso a otras ciudades que se construyeron bajo el mismo modelo y visión económicos: Chicago, Cleveland, Pittsburgh, San Luis, Minneapolis-St. Paul, Kansas City, Cincinnati, etcétera.

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Algunas de estas ciudades (Chicago, Pittsburgh, Minneapolis-St. Paul) han logrado diversificar sus economías y orientarlas más hacia el ámbito de alta tecnología y servicios, ante la imposibilidad de revitalizar la base industrial. Otras no lo han logrado. Pero todas, y hasta aquellas cuya economía es boyante (Nueva York, Washington, Seattle, Houston, Los Ángeles, Dallas, Miami, etcétera) cargan la misma piedra al cuello, que es el peso financiero y fiscal de las pensiones de sus trabajadores (empleados municipales, maestros, policías, bomberos).

Por lo pronto, Detroit se muere. De casi dos millones de habitantes, ha pasado a menos de un millón. La decadencia civil es evidente, dolorosa.

Detroit fue por mucho tiempo la encarnación del sueño americano: un trabajo fijo, seguro, en la planta de ensamblaje automotriz, una casa en un barrio tranquilo o en un suburbio, con acceso a buenas escuelas; un retiro cómodo. Un sueño que era endeble, engañoso. La economía cambió de rumbo, la promesa de bienestar quedó incumplida, el déficit social estalló violentamente en las calles.

Los fantasmas que pululan por las calles vacías de Detroit, por sus edificios abandonados, son los de nuestra propia credulidad.

Gerardo Cardenas. Escritor, periodista, comunicador y comentarista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos “A veces llovia en Chicago” (http://amzn.to/vxIV2O) y director editorial de la revista contratiempo (www.contratiempo.net)

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