Hernán Miranda Casanova

Hernán Miranda Casanova, poeta:

“Para triunfar en Chile hay que armar

un escándalo o venderse a los poderosos”

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Por Gonzalo Robles Fantini.

Fotos de Patricio Cantín.

A los jóvenes que sienten vocación por escribir en el género lírico, o los adultos que pese a los años escribiendo poemas han optado por auto- editarse, no les resulta sorpresiva la ardua dificultad que se encuentra al momento de conseguir una publicación de este tipo en una editorial conocida. El género menos leído en Chile, dentro de lo poco en general que se lee en el país, es sólo la punta del iceberg. Pese a esto, muchos poetas que adquirieron el oficio alrededor de la década del 60 han realizado un trabajo metódico, esmerado y talentoso. Dentro de ellos se encuentra Hernán Miranda Casanova, vate que ha tejido silenciosamente una obra poética de nada despreciable estatura.

Al amparo de la formación en el Instituto Pedagógico, que en esa década forjó a grandes figuras literarias en sus dependencias de humanidades y ciencias sociales, Miranda compartió desde muy joven no sólo las lecturas de los estandartes de la lírica nacional, sino que la convivencia cotidiana con los por ese entonces jóvenes valores de la poesía que lo acompañarían en su desarrollo en la literatura. Poeta y periodista, aunque declara que nunca ha visto incompatibilidades en ambas disciplinas, trabajó en La Moneda durante la Unidad Popular. Experimentó el exilio en Buenos Aires y dedicó un  poemario a la utopía socialista bombardeada por las milicias. Acreedor de galardones tan destacados como los premios Casa de las Américas, Municipal de Santiago, Revista de Libros de El Mercurio y el Altazor, siempre se ha caracterizado por cultivar el bajo perfil y la sencillez. Don Hernán posee un carácter tímido y un hablar de volumen mesurado, de respuesta amable pero escueta.

La entrevista se desarrolla en la biblioteca del Círculo de Periodistas de Santiago, del cual es miembro desde hace varias décadas, y sentado a una mesa de reuniones y con estantes atiborrados de libros, protegidos por vidrio, como escenario de fondo, el vate comienza a rememorar sus orígenes provincianos que le sirvieran, en parte, de inspiración para su debut en la lírica chilena:

“Mi infancia en Quillota se debe a que mis padres eran de los alrededores de Santiago, y se fueron a esa ciudad por un problema que tuvo mi padre. Ahí nació mi hermano mayor, Hugo, y yo, el año 1941. Vivimos ahí hasta que yo cumplí los siete años y yo ocupé recuerdos de Quillota en mi primer libro. Sin embargo, yo me siento poeta de la ciudad”.

Su vida universitaria fue diversa y esporádica, al menos en un principio. Tuvo un periplo fugaz por la Universidad de Chile, donde estudió Derecho y Arquitectura, sin recibirse de ninguna de estas carreras. Fue en el Instituto Pedagógico donde afianzó su dedicación en la academia. En los patios de este mítico establecimiento, durante los años 60, compartió con grandes figuras de la literatura chilena, como Gonzalo Millán, Waldo Rojas, José Ángel Cuevas, Naín Nómez, Jorge Etcheverry, Antonio Skármeta, Nicanor Parra y Cedomil Goic, entre otros. “Fue fundamental la influencia de los grandes poetas chilenos. Neruda, De Rokha, por otro lado, y Vicente Huidobro. También Nicanor Parra, con quien compartíamos en persona en el Pedagógico”.

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Finalmente se tituló de periodista, profesión que ha ejercido paralelamente al oficio poético.  En el prólogo de la antología “Bar Abierto” (2005),  el poeta Adán Méndez, quien además es responsable de la selección de poemas, conjetura sobre un posible intento de agrupar los poetas nacionales según su profesión: “No recuerdo en este momento otro periodista que Miranda, y no me parece un hecho mudo esa aparente soledad”. Sin embargo, esa presunta escasez de poetas- periodistas no es para este vate una contradicción de oficio, en el sentido de que la rigidez en la formación de las técnicas de redacción significara una traba al oficio de versificar. “Yo creo que nunca me molestó al momento de escribir poesía. Como dijo un gran escritor, éste debe escribir todos los días. Yo empecé a escribir muy tempranamente poesía, entonces no creo que haya influido mucho la formación periodística en mi oficio”.

 

En efecto, Hernán Miranda publica su primer libro de poemas en 1970. “Arte de vaticinar” fue su ópera prima, con buena acogida por parte de la crítica especializada y del público asiduo a la expresión lírica. Claro que su debut en las letras chilenas sucedió mientras se desempeñaba en la Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la Presidencia de la República, durante el gobierno de la Unidad Popular, período en el cual conoció al Presidente Salvador Allende. “A mí me tocó acompañar al Presidente Allende en diversas ocasiones y escuchar sus discursos. Era un personaje muy especial. Lo más destacable era la lealtad que tuvo con sus adherentes. Era muy fácil, en circunstancias que vivió él, dar media vuelta y colaborar con sus adversarios, continuar con su familia en otro escenario. Pero luego vino el Golpe de Estado y él se mantuvo firme hasta el final. Fue muy valorable su consecuencia”.

 

El quiebre de la democracia en Chile no fue un hecho que desfilara en vano ante sus ojos, pese a que poco tiempo después del 11 de septiembre se exilió en Argentina. “Yo llegué a la conclusión de que tenía que escribir sobre esos temas, y cuando estaba en Buenos Aires escribí un poema largo que se llamó “La Moneda”. Junto a otros poemas se editó un libro que ganó el Premio Casa de Las Américas”. Miranda se refiere a la conocida publicación “La Moneda y otros poemas”; Colección Premio Casa de las Américas, La Habana, 1976. “También le dedique ese poema a Allende que apareció en la revista Rocinante” (“Me encuentro con un amigo en la esquina”, revista Rocinante, 2001). “Tiempo después, en 2010, incluí en el libro “Viajes inconclusos”, que ganó el Premio Altazor el año siguiente, un homenaje a un famoso camarógrafo y cineasta: Hugo Araya, conocido como el “Salvaje””.  Araya, que recibió este apodo por su ímpetu y pasión cuando registraba imágenes con su cámara, fue abatido la madrugada del 12 de septiembre de 1973 por los militares durante una ofensiva castrense en la Escuela de Artes y Oficios de la Universidad Técnica del Estado, donde se encontraba parapetado.

 

Durante su estadía en Buenos Aires, ejerció el periodismo y comentó libros en el diario La Opinión al mando de Jacobo Timmerman. Regresó definitivamente a Santiago en enero de 1981, sumándose a la nutrida actividad cultural que desarrollaban poetas, artistas e intelectuales de forma un tanto clandestina, underground, bajo la inquisitiva mirada de los censores de la dictadura. Fue en marzo del 84 cuando remece la opinión nacional a través de una acción de arte que fue cubierta por los medios de prensa de la época. Se encerró en una jaula del Zoológico Metropolitano, vestido de oficinista, sentado a un escritorio con una máquina de escribir. Mientras los visitantes lo veían recluido, y periodistas como Alipio Vera daban cuenta en su reporteo del singular suceso, Nicanor Parra vigilaba que no interviniera Carabineros, y Enrique Lihn vociferaba: “El hombre es el único animal que usa lentes oscuros. El hombre es el único animal que posa para las cámaras”.

“Esa acción de arte fue una idea surgida en un grupo de artistas. Lo más difícil era conseguir el permiso. Yo logré convencer al director del Zoológico Metropolitano de la época. Muchos años después, conversé con una persona que había trabajado con ese director, y él me confesó que la autoridad del establecimiento estaba muy contento con que esa acción de arte se hubiera hecho. Además, lo que quería cambiar este director era la fisonomía del zoológico a un estilo de centro cultural, por lo cual nuestra intervención fue bien recibida”.

Pero no sólo tuvo contacto con el poeta Lihn a raíz de esta acción de arte. Muchos años atrás, en 1972, Miranda participó en el Taller de Escritores de la Universidad Católica, que dirigían Luis Domínguez, Alfonso Calderón y el autor de “La pieza oscura”. Rememorando, el poeta Miranda comenta: “Yo tuve la oportunidad de entrevistarlo y consigné ésta en un libro, no muy grande, titulado “Entrevista con Enrique Lihn”. Fue una de las pocas entrevistas para un diario de circulación nacional, La Tercera. Yo conversé muchas veces con él, y pienso que era un tipo muy amable, con buen sentido del humor, muy distinto de la imagen que tienen de él mucho poetas actuales, quienes piensan que Lihn era un tipo inabordable, desagradable, engreído, culterano. No, yo diría que era un hombre muy sencillo, incluso se podría calificar de tímido. Además, él se mantuvo en Chile durante la dictadura, mientras muchos otros emigraron a otros países. Cuando Enrique Lihn hizo su acción poética “Paseo Ahumada”, un remedo de acción política, yo estuve ahí. En esa ocasión incluso fue detenido por Carabineros bajo el cargo de desórdenes. Sólo estuvo recluido un rato, eso sí. Era un tipo sencillo, y hay que aclarar que aquí en Chile hay mucha gente creída. Además, era un intelectual muy talentoso, entonces es doble mérito”.

Si bien en su primera obra aún conserva rasgos de su infancia pueblerina en la ciudad de Quillota, Hernán Miranda es reconocido como un poeta citadino. De hecho, también en el periodismo destacó escribiendo crónicas acerca de los hitos de la urbe, tanto de carácter público como aquellos más marginales, en el matutino La Tercera. En “Trabajos en la vía” (1987), publica el poema “El dragón de Santiago”, dedicado a un excéntrico personaje conocido en los alrededores del casco histórico de Santiago. “Si de alguna forma lo verán/ es con su viejo abrigo gris cuando atraviesa la ciudad/ llevando al hombro las tablas de cajón/ que viene a encender junto a los muros/ del templo de San Francisco”. El Mohicano, un vagabundo aquejado de problemas mentales, es retratado por Miranda como un símbolo de los humanos para los cuales no alcanza el confort ni la comprensión de la sociedad. “Es mentira que el Mohicano se un mohicano./ Es un dragón desposeído/ un misántropo de la dragonería/ que actúa a la luz del sol y pernocta/ en la tierra de nadie abrigado por cartones/ y no usa dinero”. No menos significativo es, en esta temática, el poema “Un despreciable clochard se apoderó entonces de la palabra”, incluido en el libro “Ana Pink y otros poemas” (2000), en el cual el vate escribe como si el hablante lírico fuera el Divino Anticristo, peculiar personaje de los barrios Lastarria y las inmediaciones de avenida Portugal.

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¿Considera la vida urbana como un espacio, a veces,  bizarro?

 En la medida de que he vivido mucho tiempo en Santiago, yo encuentro que es una ciudad bella, con lugares muy especiales, como el barrio en torno de la calle José Miguel de la Barra. Además es una urbe de muchos contrastes, variada, como la diferencia entre las temperaturas mínimas y máximas en distintas estaciones climáticas del año. Posee un cerro, pequeño, pero en el medio de la ciudad, y de fondo la Cordillera. Solía ser una urbe bastante poco amistosa, hasta más menos el año 50. Como decía un poema de Nicanor Parra, llegué al centro de Santiago y no pasaba nada. Eso ha variado un poco. Ahora existe el barrio Bellavista, el barrio Italia, el Lastarria, muchos cafés. La ciudad está cambiando. De todos modos, Chile es un país muy aislado. Ahora recién están surgiendo las nuevas generaciones de escritores profesionales que se vinculan con el mundo, novelistas especialmente.

 

Sobre esos poemas, puedo decir que es un slogan. La ciudad, Santiago, es grande. Ahora, Chile tiene que acoger a todas las personas. Bueno, ha habido regímenes rígidos, dictatoriales o moralistas que han tratado de eliminar a los vagabundos, a los locos, a los homosexuales, a todas las minorías. Recientemente en Santiago ha habido una apertura, pero hay gente que sigue viviendo en la calle y, pese a que podrían dormir en el Hogar de Cristo, ellos prefieren vivir en la calle por decisión propia.

Su libro “De este Anodino Tiempo Diurno” (1990) fue galardonado con el Premio Municipal de Santiago, y parte de estos poemas obtuvieron el segundo lugar del concurso convocado en 1988 por el diario El Mercurio. ¿Considera que éste fue uno de sus grandes hitos en la poesía chilena?

Creo que “De este anodino tiempo diurno” es un buen libro. Claro que hay que hacer reediciones. Se producen vacíos entre la primera publicación y los años en que surgen nuevas generaciones de lectores. Por ejemplo, “Poemas & antipoemas”, de Nicanor Parra, fue editado por primera vez en 1954, y se ha reeditado. Cada diez años hay nuevas generaciones de escritores y de lectores. Entonces, “De este anodino…” fue editado el año 90, y ya han pasado 23 años. La antología “Bar abierto” próximamente será reeditada. Por cierto que lo ideal es publicar una edición de obras completas.

Sobre el mismo volumen, el crítico Ignacio Valente elogió el poema “Todo Encaja en Todo Armoniosamente” al decir que usted tiene “un sentido de la composición poética que no muchos de nuestros vates poseen” (“Revista de Libros”, 06/01/1991). ¿Qué opinión le merece, en general, la crítica literaria y los galardones?

Yo he realizado varios talleres literarios, y siempre les he recomendado a los alumnos que participen en los concursos. Creo que la participación en éstos, en especial de poetas que se están iniciando en el oficio, permite concentrar el trabajo en un conjunto, en un libro, por ejemplo. Es importante que sean leídos por personas que no los conocen, que se elaboren los galardones sobre la base de la neutralidad.

Creo que en Chile ha habido críticos literarios importantes. Hubo una época, en dictadura, a principios de la década de los 80, en que nadie hacía crítica especializada, entonces el único crítico era Ignacio Valente. Él era muy curioso porque a la hora de escribir sobre libros se desdoblaba. Entonces como sacerdote, como José Miguel Ibáñez Langlois, era un antimarxista total. Pero como crítico, como Ignacio Valente, trataba muy bien a poetas como José Ángel Cuevas o a mí en mi obra poética.

Y con poetas como José Ángel Cuevas, u otros que suelen encasillarlos en la Generación del 60 (muchos de los cuales fueron compañeros suyos en el Pedagógico), ¿ha mantenido una cercanía hasta días recientes?

Los poetas de la Generación del 60 somos bastante quitados de bulla. Con Ángel Cuevas hemos sido amigos desde el tiempo del Pedagógico. Hemos compartido distintas aventuras. Somos amigos de juerga, de terminar sentados en medio de la noche en un banco del Paseo Ahumada. Juntos viajamos a Argentina en una ocasión.

Pese a que Miranda recibió el año 2011 el Premio Altazor por su obra “Viajes inconclusos”, se le considera un poeta de bajo perfil. Ha tejido silenciosamente su corpus poético, lejos de los flashes de la prensa y la figuración mediática, y es conocido entre sus pares por ser un escritor muy sencillo, modesto, muy humano y de pocas palabras. No es de los hombres que acostumbra a monopolizar los discursos, menos hacer alarde de sus logros. De hecho, cuando fue postulado al Premio Nacional de Literatura por primera vez en 2008 (dos años más tarde los defensores de su obra insistirían en ello), entre los argumentos que esgrimieron las organizaciones patrocinadoras, se consigna que “existe una brecha cósmica entre los ingresos y reconocimientos que acompañan a figuras del deporte empresarial y globalizado, de la farándula y de otras esferas en que imperan a menudo la superficialidad y un exitismo inconsistente, y lo que ocurre con el tratamiento, en la mayoría de los casos mezquino, que da el país a significativos poetas y su obra”.

Considerando sus méritos literarios y personales, ¿siente que la sociedad en general y las instituciones literarias en particular no lo han tratado con justicia a su trayectoria?

Eso tiene que ver con una falla a nivel nacional. Una persona para triunfar en Chile tiene que armar un escándalo o venderse a los poderosos, o tienen que suceder circunstancias muy especiales, como algunas que son conocidas. Por ejemplo, Raúl Zurita, que es un poeta muy valioso, tuvo una suerte de explosión y se hizo conocido muy rápidamente. En nuestro país ha habido poetas que murieron relativamente jóvenes y no tuvieron el merecido reconocimiento. El caso de Enrique Lihn es bien especial. Murió a los 58 años, y hasta el último de sus días era prácticamente un marginal. Tenía un trabajito en la Universidad de Chile. Pero considerando su valor en la poesía y sus méritos intelectuales, se podría decir que fue ninguneado. Él una vez me dijo que si se vendiera a El Mercurio y otros grupos de poder, sería Rector de la Universidad de Chile.

Don Hernán no exhibe rabia ni resignación frente al Pago de Chile. Su carácter afable y discreto, a la vez que lúcido y agudo, enfrenta con sabiduría avatares ingratos y desaliños de este país de poetas, que es también deudor crónico con los poetas. El fundamento de esta sapiencia no es misterio alguno si se ha apreciado y deleitado su obra poética. Una visión meditada, sensata, inteligente de la realidad social chilena, al tiempo que expresiva y conmovedora en su manifestación verbal, y una profunda mirada introspectiva llena de sinceridad y valor humano al desentrañar sus más íntimas verdades.

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