Un chupe en el Mercado

Por Zucchero. Fotos de Sebastián Silva Pizarro.

Algunas veces, de noche, cuando vuelvo a casa -un fin de semana-, paso a comer ahí.
El  Mercado Central de Santiago nos lleva a un Chile, casi, ya extinto. Inaugurado un 15 de septiembre de 1872 por el Presidente de la República, Federico Errázuriz Zañartu el Mercado es un recóndito bastión, una vieja y enorme casona donde trabajadores y estudiantes comen algo, y hoy se toman sus “tecitos” conversando de fútbol o sobre insignificantes cuestiones domésticas. El Mercado es un lugar de conversación, de sueños. De esperanza.

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Me gusta comer “Donde Bahamondes”. Pido un chupe de locos que preparan en el momento y se asemeja al que comía hace mucho tiempo en Maicolpué. El loco picado a cuchillo no muy pequeño. Nada molido.  Puedo pedir un vinito blanco que siempre es malo y fuerte, pero que viene bien con la comida. No hay mantequilla y el pebre es deslavado pero no importa. El precio es justo. Mucho más barato que un restaurante from tourist como “Donde Augusto”, y mejor.

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Algunas veces se sientan obreros, universitarios, putas viejas, cafiches jóvenes. Hay jornaleros extranjeros, pero muy pocos en comparación a la Vega. El Mercado es más top y con sus mariscos y vegetales congrega a la mayoría de los turistas.

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Casi siempre son brasileños y asiáticos. Pero ellos van a almorzar o a asombrarse con una fruta nunca vista, y yo voy en la madrugada. En las últimas. Cuando se va yendo la noche.

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En ocasiones me encuentro con un amigo jazzista y -entre el bullicio que desprenden los comensales- hablamos de Charly Parker o sobre Panchito Cabrera. Supongo que Panchito se sentiría a sus anchas en el Mercado.  Algunas veces solo y desencajado siento nostalgia del sur, del pasto, de la lluvia, de la amigos. Pido otro “tecito”. Son más de las seis de la mañana y grupos de jóvenes arriban sonrientes.

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Un poco más allá los cajones de almejas yacen apilados en las marisquerías. Los choritos y machas bailan en las albas cajas. Alguien grita algo a las distancia. Alguien responde. Una guitarra y un bolero, una moneda con otra se van juntando.

mercado7El Mercado es varón, es borracho, es padre. Es el mariscador.  El dueño.

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Se ven algunas cocineras. Más clientas que locatarias. Una broma se escucha distante. Un mariscal reponedor. Una confesión, “podríamos ir a otro lado”.

La señora del negocio donde disfruto mis crustáceos me informa que salió en el diario, que el actor Francisco Reyes va tupido y parejo. La felicito y pido la cuenta… (Tan mal cocina Carmen Romero).

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Salgo rápido con el frío a cuestas. Hordas de borrachos y vagabundos desfilan en los alrededores de La Piojera. A lo lejos viene un taxi y lo hago detener con vehemencia,

– Usted no es de acá- me dice el taxista.

-No. No soy de acá- le respondo, y el vaho rompe el frío.

Enfilamos por avenida Brasil y sigo pensando -con cierta dosis de convicción- que uno nunca se va definitivamente del Mercado. Uno nunca se va de su pueblo.

Nota

El diseño elegido para el Mercado, llevado a cabo por Edward Woods y Charles Henry Driver, fue una planta cuadrada definida por una estructura central de fierro, fundida en Glasgow (Escocia) por la compañía de ingeniería Messrs Laidlaw & Sons, que cubría una plaza interior dejada por el perímetro de una estructura de albañilería en ladrillo de arcilla cocida, cuyo diseño fue obra del urbanista Manuel Aldunate y Avaria. La construcción del edificio estuvo a cargo del arquitecto Fermín Vivaceta.

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