ESMA

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Un paseo monocromático

Texto y fotos de Marisa Niño.

– Me puede avisar en la parada de ESMA, por favor –le pide la mujer al conductor.
– Yo te indico- responde él-. Sin embargo cuando lleguemos te vas a dar cuenta: es imposible no ver ese lugar.

En la esquina de Scalabrini Ortiz con Murillo, barrio de Villa Crespo en Buenos Aires, la mujer espera el colectivo número 15 que la llevará hasta su destino: la Ex Esma (Escuela de Mecánica de la Armada), el ex centro de tortura ubicado en la avenida del Libertador a la altura del 8000, en el Barrio de Nuñez, ahora convertido en un memorial.
La mujer nunca antes ha estado en ese lugar. Nunca antes hubiera pensado siquiera visitar ese lugar.
A la mujer le han dicho que tardará unos 40 minutos desde la parada donde tomó el colectivo, así que apenas se sienta decide contar los minutos. Está ansiosa o nerviosa, o ambas cosas al mismo tiempo. Transcurre el tiempo previsto y ante sus ojos se hace notar toda una manzana de edificios blancos; ha llegado.

– La próxima parada es donde debes bajar- le indica el chofer.
Un tímido sol matinal se ha asomado y no hay sensación alguna de frío en el ambiente. Pero, al detenerse frente a la puerta de la ex ESMA, el cielo se nubla en un par de segundos.
La mujer está justo en el 8151 de Avenida del Libertador y frente a ella la construcción monstruosa -con 4 pilares en su fachada- luce limpia y brillante. La muchacha busca la entrada y comienza a caminar.
Ahora un frío se posa en ESMA. Son los dioses que envían un viento gélido, y además huele a tierra mojada.

– Buenos días, que le vaya bien- le dice un portero ya entrado en años y luego calla volviendo a su letargo. A simple vista no hay nadie, muy poca gente. Pero la mujer siente la energía de los muertos que se desplazan de un lugar a otro. Parecen escucharse los gritos de Astiz, de Scilingo, del Tigre Acosta, de Cero. Los garabatos, los golpes, el fluir de la sangre, el llanto de una adolescente.

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La realidad: Todo parece en blanco y negro así que la mujer decide hacer las fotos con película BN. Ni los pocos obreros que trabajan en su reconstrucción ni los árboles del lugar se ven en colores. Ni ella se siente en colores. No sabe por donde empezar a caminar, no sabe  si quedarse quieta o continuar. Elige una dirección al azar, sin mapa, sin saber a donde va, sin saber a quién preguntar. Todas las callejuelas interiores de la ESMA están llenas de galpones rodeados de árboles gigantes (dicen que en el año 2011 algunos árboles del lugar fueron cortados, y que de ellos chorreaba una resina roja como sangre).
Se pasea, cámara en mano, por un lugar donde estuvieron alrededor de 30 mil secuestrados durante la dictadura militar argentina ocurrida entre 1976 y 1983 bajo el mando del dictador Jorge Rafael Videla. Ahí se torturó y se exterminó a cinco mil argentinos, es decir a todo aquel que tuviese ideas de cambiar lo que se estaba viviendo. Ahí se maltrataron a miles de seres humanos: mujeres y hombres. Ahí nacieron muchos bebés que fueron robados a sus madres. De ahí casi ninguno salió vivo. Y los que salieron vivos no salieron felices.

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“Curiosa es la belleza a veces”, piensa la joven.”Es seguro que todos estos árboles quietos y grises, pero a la vez hermosos fueron testigos de todas las masacres ahí realizadas”. Los troncos se tuercen y la mayoría están secos y sin hojas; lo que es contradictorio pues está acercándose la primavera.

Llega a la puerta de un oscuro galpón donde alcanza a colarse un poco de luz desde las ventanas, y cuando intenta entrar un hombre le habla:
– Ahí no se puede ingresar ni sacar fotos.
– Si entro: ¿muero?-pregunta ella sonriendo cínicamente.
Rodea el lugar y se cuela por una ventana. Adentro una imagen ilógica: un auto abandonado y un hombre -que no la está viendo- revisa el motor. Hace la foto; una sola. Se va rápido. Todo el tiempo que está ahí no quiere estar ahí.
“Tienes que hacer fotos, tienes que hacer fotos”, se repite.

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Días previos a ésta visita, la mujer conversa con una amiga argentina, le comenta que le encargaron hacer fotos de la ESMA. El rostro de su amiga se torna pálido, sus ojos temblorosos, la voz entre cortada. Su amiga argentina es bailarina, tiene cerca de 60 años. Probablemente estuvo ahí en aquellos tiempos, pero no se lo pregunta. Con una compañía de danza a la cual pertenece montaron una obra justamente en ese lugar.
“Yo le dije a la directora que no sabía si podría bailar ahí”, le cuenta su amiga argentina. “Me dijo que yo tomara la decisión, que no estaba obligada a hacerlo. Decidí bailar. El día del estreno debíamos partir desde Avenida del Libertador e ingresar al lugar danzando. En pocos minutos me quedé sin aire, me quedé estática, mi cuerpo no se movía. No pude seguir bailando y un llanto desesperado se apoderó de mí. No podía respirar. No podía moverme. Me dieron agua, me tranquilizaron. Estuve al menos una semana ahogada hasta que volvimos a bailar. Creo que ese llanto fue mi exorcismo. A partir de la segunda vez pude volver a bailar”, señala la bailarina bonaerense.
No había necesidad de hacer más preguntas, estaba ya todo dicho.

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La muchacha sigue recorriendo el lugar sin toparse con más personas que los obreros. Algunos la miran fijamente, otros despreocupados de su presencia siguen con su labor diaria.
Entra y sale de los galpones. Se sienta a fumar un cigarrillo. Le duele la cabeza. Está incómoda. Trata de imaginar cómo fueron las cosas, dónde estaba la gente, cómo los trasladaban de un lugar a otro. Pretender imaginar ciertas cosas termina siendo imposible.

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Al seguir caminando para hacer las últimas fotografías, por fin aparece un grupo de personas; caminan en fila, en la delantera alguien con cámara los retrata. Son un grupo de mujeres bolivianas que parecen tener muy claro hacia donde van por la rapidez y certeza de sus pasos, así que se une al grupo. Se siente segura entre ellas. Todo es silencio. No se miran entre si, no se hablan entre si. Sólo caminan rápido y en una sola dirección. A su derecha, un mural con fotografías de rostros hace que la muchacha se detenga; eran algunos de los rostros de los desaparecidos. Hace un par de fotos y cuando se da cuenta el grupo de mujeres bolivianas ya no está. Han desaparecido por completo y otra vez se ve sola y perdida. Ya es hora de partir, y por mera intuición encuentra la salida.

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Respira profundo; por fin está fuera de ese lugar.
Y piensa en la estrofa de aquella canción: “No hay nada mejor que casa”.
Otra vez el desaparecido sol irrumpe entre las nubes de un, ahora, Buenos Aires aliviado, tibio, y en colores.

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3 Respuestas a “ESMA

  1. Texto y fotiografía coinciden en la angustia del ver y el relatar: es estraño lograr tal aronía; si podenos habklar de armonpía en el dolor<. el tecxto habla del blanco y negro y la imah¿gen nos muestra el blaco y negro del folor<. hay acpá crónica, poesía, pero sobte todo mirada: mirada sobre el pider que nos hizo víctimas. mirada más que de los victimarios y lad vixtimas, de lo que quedó comoun eco del sufrimiento. muchas resonancias me vienen a la memoria: breson, bergman, ozu; pero también la textualidad de la crónica de un lebrero, de cualquier cronista desgarrado de nuestradesgarrada sudameriuca. marisa niñla so solo fotografía sino relata cada imagen. notablñe

    • Texto y fotografía coinciden en la angustia del ver y el relatar: es extraño lograr tal armonía; si podenos hablar de armonía en el dolor; pero hay armonía en el arte de relatar el dolor. el texto habla del blanco y negro como única manera de ver este dolor; y la imagen nos muestra el blaco y negro del dolo. Hay acá crónica, poesía, pero sobre todo mirada: mirada sobre el poder que nos hizo víctimas y vioctimarios a la vez. Pacientes y voyeristas. Mas la mirada tanto que de los victimarios y las victimas, en cada imagen, en cada eniunciado que las acompaña. es un resabio de de lo que quedó como un eco del sufrimiento. Mmuchas resonancias me vienen a la memoria: Bresson, Bergman, Ozu; pero también la textualidad de la crónica de un levrero, de cualquier cronista desgarrado de nuestra desgarrada Sudamérica. Marisa Niño no solo fotografía sino relata cada imagen. Notable.

  2. Esa avenida de arboles tristes se parece mucho a un campo de exterminio que visite alguna vez cerca de Berlin. Todo se veia limpio y ordenado.

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