Bar San Bernardo. Buenos Aires.

Por Marisa Niño. Texto y fotos.

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Noche de tormenta en Buenos Aires.
Accidentalmente nos topamos con el Bar San Bernardo en Villa Crespo: panorama listo.

Entrar al San Bernardo es sumergirse en un lugar fuera del tiempo, abierto las 24 horas. Un inmueble que no sólo se niega a desaparecer, sino que también a volverse contemporáneo. Uno se instala inmediatamente en el lado amable de la vigilia: estar atento a lo que ocurre alrededor, sumergido en la posibilidad del no dormir, de permanecer a toda costa despierto, sin perderse detalle.
Su decorado: un galpón apenas iluminado con neones, con paredes de ladrillo, y mesas en alquiler para juegos de billar. En las vitrinas se mezclan whisky, Fernet Branca, vinos, cervezas, uno que otro oporto,Martini… Vigilante, Carlos Gardel ubicado al lado de la lista de precios. El letrero “Prohibido fumar” se contradice con la bocanada de humo que me golpea el rostro suavemente.

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Ubicado en avenida Corrientes entre Acevedo y Gurruchaga, en el primer piso de un edificio que tiene más de 100 años y fue antigua sede de la Agencia Villa Crespo del Banco de La Nación.  Curiosamente aquí participaron en torneos de Billar los hermanos Navarro, y entre 1948 y finales de los 50 el mítico José Bonomo.

Desde la entrada se ve una amplia barra. El galpón se abre majestuoso hacia atrás. Un hombre relajado, y con un cigarrillo en los labios es el encargado de la caja, desde donde se generan dos filas: una para comprar, otra para el arriendo de las mesas de billar. Al lado de la solemnidad de este hombre, tres garzones histéricos se pasean de un lado a otro. Casi no respiran, no parpadean. No pierden un segundo porque -a pesar de ese cierto orden impuesto de filas- todo es un desastre. Siempre termina colándose alguien que quería una birra en la fila del alquiler de mesas. Billar, pool, ajedrez y ping pong son los juegos que el bar ofrece a los parroquianos, de éstos hay de todas las edades; los más jóvenes apuestan por el ping pong y los viejos se lucen en las mesas de pool.

La luz de neón tiñe todo de cyan, y como no esperaba que se pudiese fumar traje apenas 3 cigarrillos para el camino de regreso, así que me paseo por entre las mesas en busca de algún parroquiano que fume. En este kafkiano paseo vislumbro el rostro concentrado de cada uno de esos viejos que posan su mirada sobre la bola de pool, pretendiendo acertar unas cuantas más, para luego caer estoica por el agujero indicado. Uno que otro me sonríe. Otros más osados posan sonrientes para mi lente. Estoy preocupada por la ausencia de luz, pero confiada en el fotómetro que tengo en el ojo.

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Mi oído voyerista se acerca a dos viejos borrachos ubicados en una mesa del fondo, y al oírlos hablar suenan más lúcidos de lo que parecen:

– …y que más podemos hacer con las mujeres querido amigo…
– Nunca hay mucho que hacer – dice abrumado uno de los viejos.
– Y vos sabés, te dije que esa mujer no era de fiar. ¡Cuantas veces te lo advertí!

Mientras el pobre viejo lamentaba el engaño de una joven mujer yo recordaba los versos de Juan Gelman, poeta argentino e ilustre visitante de este bar: “ Decir que esa mujer era dos mujeres es decir poquito, debía tener unas 12397 mujeres en su mujer. Era difícil saber con quién trataba uno en ese pueblo de mujeres”.

Es conocido que, en la cultura porteña, el café o el bar tienen un peso real a la hora de los encuentros entre amigos, tanto para festejos como para derrotas. El Bar San Bernardo fue, y sigue siendo, un lugar de reunión de intelectuales, políticos y trabajadores. Y como todo bar, el ambiente es propicio para diluir pasiones, armar sueños, inventar historias o cambiar el rumbo de alguna vida.

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Me largo al baño de chicas y un par conversan de amoríos y aventuras. Las historias siempre son las mismas, los finales parecidos: chico deja a chica. Chica deja a chico. Una llora un poco en el hombro de su amiga y a lo lejos suena un tango  de Celedonio Flores, como si le hablase a la distancia:
– “No creerá jamás en juramentos, para ella se ha muerto la ilusión; si el amor es maldad y sufrimientos ya no quiere más amor…” dice el tango.
– Che, este tango es para mí…
– Y pensar que Celedonio hacía sus tangos acá, en este mismo lugar- reflexiona un parroquiano.
– ¿Volvemos a la mesa?¿Pedimos algo más?

Al salir del baño, un elegante joven de terno y gomina en el cabello, encendía un cigarrillo y mirándola a los ojos, continuaba:

– “hoy, perdida la fe, lleva en los ojos, el misterio insondable de su mal; es como esos crepúsculos tan tristes de las tardes de arrabal”.

Y la chica, impávida, ve como Celedonio se aleja entre las mesas de Billar. “Más allá, más allá, y esa voz era fría como un trozo de hielo”.

De madrugada -en un bar fuera del tiempo- un sin fin de personajes se cruzan a lo largo de la barra, desaparecen en la oscuridad que provoca el neón, parecen espejismos que aparecen como si viviesen otra vez, como si jamás dejasen de escribir canciones sentados en alguna mesa del rincón, encendiendo de vez en cuando un cigarrillo, entonando una vieja melodía porteña.

En noches como ésta, puede ocurrir. El reloj junto a la caja da la hora exacta: entre un amanecer y otro. No olviden probar el Fernet Branca que preparara el garzón, será el mejor que han probado en años. Y yo en siglos. Porque el Bar San Bernardo es eterno

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