Tomás Harris

“La poesía en los 80 debía tener identidad propia y no ser castrada por la contingencia”

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Por Gonzalo Robles Fantini. Fotos de María Eugenia Lagunas P.

Si hubo un rasgo transversal a los poetas de la Generación del 80 -al menos en sus primeras producciones poéticas- fue abordar el trauma y desgarro que causó el golpe de estado cívico- militar y las profundas secuelas en la sociedad chilena, producto de la represión y homicidios perpetrados por agentes de la dictadura.

Un tema que al momento de realizar esta entrevista estaba en plena coyuntura periodística (de esas noticias que salen como pan caliente) y que no fue obviada al momento de interrogar al poeta.
Tomás Harris, al igual que varios de sus pares, alcanzó notoriedad en el mundo de la lírica chilena con el poemario “Zonas de peligro” (1985), el cual narra el horror cotidiano que se vivía en Concepción, ciudad en la que residió durante su juventud, por la violencia política y social de la época. Similar al caso de Raúl Zurita, quien remeciera el deleite literario con “Anteparaíso”. Pero Harris se diferencia del Premio Nacional por su marcado énfasis intertextual, con visuales alusiones a crónicas de los conquistadores americanos o a cierta cinematografía de culto, y por su carácter narrativo.

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Este poeta, que actualmente se desempeña en la Sala de Referencias Críticas de la Biblioteca Nacional y como secretario de redacción de la revista “Mapocho”, perteneciente a esta institución, ha sido merecedor del Premio Municipal de Santiago, el Casa de las Américas (por su obra “Crónicas maravillosas”, 1996), el premio Pablo Neruda y el Altazor. De aspecto tranquilo y conversar meditado, va deshilvanado los fundamentos estéticos de su poética, sumados a las circunstancias históricas que los inspiraron. Causa buena impresión su amplio acervo cultural, que se revela también al leer sus versos, en los cuales confluyen expresiones no sólo literarias, sino también de otras expresiones estéticas.

Su poesía dialoga con discursos como las Crónicas de Colón, alusiones a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, los viajes de Marco Polo, o diálogos con distintos referentes cinematográficos, sean desde los filmes de la serie B en “Cipango” (1992) o “El séptimo sello”, de Bergman, en “Crónicas maravillosas”. Grínor Rojo, en la reedición de Fondo de Cultura Económica de “Cipango”, afirma que las conexiones intertextuales en la poética de Harris no son gratuitas ni azarosas, como suele suceder en estos tiempos postmodernos.

– ¿Considera que se ha pecado de una cierta liviandad en este recurso literario en la poesía chilena reciente?
El procedimiento de intertextualidad no es tan reciente, viene desde hace mucho tiempo. Si uno piensa en novelas como “Ulises”, de Joyce, es una narración que establece un diálogo intertextual con la “Odisea”, de Homero. La novela “La Odisea”, de Nikos Kazantzakis, que acaba de aparecer, es lo mismo. Es cierto, se ha abusado un poco del concepto en esta edad posmoderna, en el sentido de que ésta es una permanencia dentro del proceso literario. Hay una cita de Borges que dice: “Para mí la literatura es un sistemático proceso de citas”. Permanentemente en el texto literario se estánq dando todos los textos. Uno permanentemente está haciendo referencia a sus lecturas, a sus experiencias culturales, porque tal vez la intertextualidad tiene una función mayor que la de texto- texto. Puede ser un texto con una película, un texto con otra instancia cultural, incluso con hasta algunos eventos. En el caso mío, son premeditadamente buscadas y conscientes. Las intertextualidades con las que dialogo, por ejemplo en “Cipango” y otros libros, con la incorporación de los textos de Cabeza de Vaca y las crónicas de Colón, son porque en ellos estaba tratando de buscar un cierto origen identitario de Hispanoamérica. Y yo creo que estos textos hablan de nosotros como continente latinoamericano. Son textos convencionales que dan cuenta de cómo se va construyendo el continente y la visión de mundo casi como un gran trauma. También otras cosas, como son las obsesiones que han permanecido en el continente: la búsqueda del oro, de la riqueza. La búsqueda de las utopías que no se lograron consolidar en Europa al llegar acá, como el mito de El Dorado, un mito permanente que se va repitiendo. También se incorpora en el diálogo las referencias al cine, algún tipo de cine, más que nada el cine B, cine de terror. Ese es un gusto mío, porque fueron las primeras películas que vi cuando chico y las sigo viendo, y me producen mucho placer.
​Ahora, en todo cine de terror hay un fuerte y potente discurso político subyacente, ideológico, que da cuenta de los distintos períodos que nosotros estamos viviendo. Me recuerdo las películas de la Hammer Films, en la década del 50 y 60, la época de oro del cine de autores. Ellos estaban hablando de una cierta visión de mundo que hoy existe. A través de las películas de vampiros, sobre todo, Christopher Lee y Peter Cushing, se mostraba una sociedad en la que, si bien se vivía, aparentemente, una cierta apertura sexual, erótica, política, pero lo que tú veías en las películas era un castigo a la sexualidad exagerada o desaforada, que el vampiro despertaba en las mujeres, y era como una vuelta a la mirada victoriana. Muy extraño. Y las películas del cine de terror de los 80, en Estados Unidos, también significan algo así. El descuido por parte de los padres hacia los adolescentes, en el caso de Freddy Krueger. Bueno, para qué hablar del cine expresionista alemán, que tal vez prefiguraba el advenimiento del nazismo.
​Más que por esa mirada ideológica, política, textual de esas películas, yo incorporo ese cine por gusto. Uno incorpora lo que te ha producido cierto placer en tu vida, no solamente cultural sino también de la vida personal, sentimental. Ahora, las referencias intertextuales en mi poesía son buscadas y trabajadas.

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Mas las referencias de Harris del mundo del cine no se acaban ahí. Se ha definido su poética, al menos por ciertos críticos, de un marcado carácter visual. El universo poético del autor de “Tridente” también dialoga con la obra de Werner Herzog, con los filmes de David Lynch y los de ciencia ficción.

– ¿Ha sentido alguna afinidad por el mundo de la cinematografía señalada como propia de una poética visual, en particular los filmes surrealistas de Luis Buñuel o las películas francesas de Raúl Ruiz? ¿Su intertextualidad con el Séptimo Arte es más una herramienta narrativa o forma parte de una afinidad con el simbolismo visual?
Si yo pudiese definir algún carácter en los procedimientos de lo que yo escribo, puedo decir que mi poesía tiene un marcado carácter narrativo. Una cierta épica. Algunos escritores han dicho que lo que yo hago es una suerte de épica contemporánea degradada, una anti- épica. Independiente de que sea así, la llaman una parodia de la épica clásica. Pero hay elementos épicos en el sentido de que hay ciertas empresas que se están narrando dentro de la poesía. Allí habría, efectivamente, una relación diegética con los signos, puede que también con los autores que tú nombraste, puede que con otros. Por ejemplo, el trabajo de “Crónicas maravillosas”, traté de escribirlo sobre la base del guión cinematográfico, de su estructura y de lo que ahí se cuenta, de “El séptimo sello”, de Bergman. Posteriormente con una obra que se llamó “Las dunas del deseo”, fue con una adaptación cinematográfica de la novela de Frank Herbert, “Dune”, de David Lynch. Entonces, en realidad, la elección del filme en particular, o de la narrativa cinematográfica en particular, obedece no tanto al cineasta (debe haber una cierta empatía, eso sí), sino a lo que yo quiero contar o dar cuenta en un libro en particular, con ciertos rasgos. Ahí uno elige, en el caso de “Duna”, la búsqueda de estas dunas lejanas, o en el caso de “El séptimo sello”, el descreimiento de la muerte o la peste en la Edad Media, u otros significados que ahí devienen. Depende de lo que necesite como medio expresivo. Ahora, respecto a la simbología, si hay alguna afinidad, indudablemente uno la incorpora. Mis textos suelen tener cierto barroquismo en el aspecto visual. Entonces, por eso hay una cierta sobreabundancia de referentes. Bueno, se ha dado.

Este barroquismo ya se advierte en “Cipango” -obra que compila cinco poemarios que constituyen sus primeras expresiones poéticas- donde Harris aborda tópicos como el mito y la ficción dentro de la ficción. Pero el eje temático central es la violencia y el trauma de la dictadura militar en la ciudad de Concepción, el cual se hace extensivo a las desigualdades y miserias de otras ciudades latinoamericanas.
– ¿Qué relación establece este texto con el discurso institucional del Chile de aquella época? ¿Cómo calificaría el discurso político- social actual?
En relación con el discurso político de los años 80, la idea era abordar ciertos temas con los elementos que uno tenía a mano en ese entonces. Efectivamente, los primeros años, del 74 al 76, era poco lo que se sabía. Se sabía que algo estaba ocurriendo. Fue evidente que hubo matanzas, fusilamientos por decreto, por bando. Después, nadie sabía lo que había sucedido, como por ejemplo la persecución del Partido Comunista, el año 76 en Concepción y otras muchas operaciones que incluso ahora no tenemos ninguna noticia. La misma Operación Cóndor, la triangulación del Cono Sur, no estaba muy claro qué ocurría. Pero sí se sabía que estaba pasando algo. La idea era construir un contra- discurso, aunque fuese a través de ciertos imaginarios que tenían que ver con algunos hechos de violencia que habían ocurrido en América históricamente. Por ejemplo, la matanza del Descubrimiento, la encomienda, todo lo que tuvo que ver con la Colonia y el Descubrimiento. Procesos de represión y violencia a los habitantes originarios y posteriormente a los mismos criollos. La idea era lograr establecer vínculos, y homologar discursivamente esos acontecimientos, pero no hablar directamente de la dictadura. Yo creo que hay otros géneros que tienen que hacerse cargo del discurso directo y frontal con los acontecimientos políticos nefastos de la época: la crónica; la prensa, que no decía nada, obnubilaba todo lo que estaba ocurriendo. Yo creo que la poesía siempre da cuenta, y debía hacerlo, de este tipo de acontecimientos, más que una petición de los lectores, y es una impronta que uno mismo se exigía.

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Harris recuerda que la tensión y actividad represiva de la dictadura obligaba, en cierta medida, a evitar consignar un registro explícito y directo de estos hechos, por el riesgo que significaba ser perseguido, torturado e incluso desaparecido por los agentes policiales en reprimenda a exponer una verdad que se intentaba silenciar a toda costa.
– Había que buscar un discurso lateral- señala Harris-, porque había que seguir escribiendo poesía. Un texto que tuviese identidad propia, y que no estuviese castrado por la contingencia. Es decir, que diera cuenta de la violencia, del abuso de poder, de la dictadura, de esos procesos, pero sin que se olvidase desde donde se estaba hablando, desde un discurso poético que yo sigo reivindicando que existe como tal. Si bien últimamente se habla mucho de que los límites genéricos se han ido borrando, no se habla desde géneros sino desde otras instancias textuales o culturales, que no importaría desde qué géneros se habla. Yo creo que no es así. Una novela es una novela, un poema es un poema, un ensayo es un ensayo, una crónica es una crónica, y tienen sus características y van a primar ciertos aspectos que van a hacer que definamos que esto es una novela, un poema, un ensayo o una crónica. Entonces creo que para tener una pertinencia poética, uno debe centrarse dentro de la pertinencia poética, aunque incluyan otros discursos. Pero esos otros discursos van a estar surgiendo en el texto poético, y se van a transformar en poesía, porque van a estar inscritos dentro de un género, y finalmente si uno incluye una crónica dentro de un género poético, deja de serlo, y se transforma finalmente en poesía.

La reconocida estudiosa de la poesía chilena Soledad Bianchi leyó por primera vez a Harris en un pueblo de Francia donde residía durante los años 80. Le llegó un manuscrito por correo desde Chile: “Zonas de peligro”. Posteriormente, en un artículo en que analiza la obra del poeta, afirma que su universo poético obedece a un plan mayor, porque quiere construir un todo, pero un todo fragmentario, un todo resquebrajado, con muchas más dudas que respuestas, con demasiado miedo y escepticismo, lejos del vate. Al momento de efectuar esta entrevista Chile había recién conmemorado las cuatro décadas del Golpe de Estado, tema muy coyuntural también a la poética de Harris.

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– ¿Cuáles son sus certezas y dudas con respecto a nuestro país en perspectiva a este hecho ineludible en nuestra memoria? ¿Cuán fragmentada se encuentra nuestra identidad nacional?
Todo lo que se ha dicho, todo lo que se ha hablado, desde el discurso político, ha tratado de reconstruir el momento del Golpe de Estado y de dar ciertas explicaciones, y finalmente de dar cuenta de nuestro estado actual. Yo encuentro que la mayoría de ese discurso es bastante desastroso. De partida, porque todas estas palabras de buenos modales, de perdón, no sirven de nada. Además, la política siempre tiene un cierto sustrato maquiavélico, para poder mantener el poder. Creo que todos estos discursos de los partidos políticos no sirven de nada. El otro día estaba leyendo una entrevista que le hacían a Piñera en “El País”. Los españoles ven la cosa de otra manera. El entrevistador, que era el subdirector del diario, decía que solamente en Chile había visto un bloque, un conglomerado abierto como la Concertación, en que la Democracia Cristiana, los socialistas y los comunistas, además de otro partido que él no se explicaba por dónde iba (se refería al PPD), pudiesen estar juntos, habiendo profundas diferencias, no sólo económicas, sino también ideológicas, morales, éticas, políticas, en fin, y en ningún lugar del mundo se encuentra la unión de la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, ¿dónde? Entonces, esto es muy extraño. Se explica, por supuesto, porque era una unión estratégica necesaria para salir de la dictadura, y poder configurar una fuerza política que pudiera contrarrestar a la derecha ligada a los militares, al menos por cuatro años que fue el gobierno de Aylwin, donde hubo un boinazo, con senadores designados, todos estos inventos muy extraños, curiosos, paradójicos y trágicos, también. Entonces, la conmemoración de los 40 años es útil y necesaria, pero no clausura nada. Mientras haya personas de mi generación, y mayores todavía, hay cuentas pendientes. Mientras una persona tiene un familiar detenido desaparecido, que no sabe dónde está, van a quedar cuentas pendientes. Y esa persona va a tener un hijo que va a heredar esa cuenta. Yo creo que la historia del Golpe, no por cumplir cuarenta años, se va a saldar ahora. Queda mucho tiempo todavía y muchas cosas por discutir.

​Harris evoca la transmisión de un capítulo del conocido programa de debate político “Tolerancia Cero”, que emite el canal Chilevisión. La típica pregunta al público, que recibe repuestas a través de Intenet, era si se debían mantener cárceles como el Penal Cordillera o Punta Peuco. La repuesta positiva indicaba, por ende, que estos criminales debían estar en cárceles comunes. Los invitados eran los candidatos a senador por Santiago Oriente Carlos Montes (PS) y Lawrence Golborne (Independiente en lista UDI).
– Golborne, con esa cara que tiene (no la voy a calificar), dijo que no, que debían mantenerse esas cárceles. Lo cual es una aberración. ¿Cómo mantener a unos pocos tipos que salen cuando quieren, van al Hospital Militar si tienen alguna molestia, cuando han cometido crímenes mucho más espantosos, a mi modo de ver, que muchos de los reos de cárceles comunes? Los telespectadores opinaron en un 74 por ciento que debían acabarse esos penales. Que la gente que está ahí debía cumplir sus condenas como cualquier reo común o criminal. Carlos Montes, por supuesto, dijo que estas cárceles debían acabarse. Pero hay todavía un sector político, especialmente la UDI, la extrema derecha, que sigue creyendo que debe haber este tipo de diferencias. Y bajo esa negativa, una negativa discreta, mirando para abajo, hay un cierto acuerdo, una cierta coincidencia de que el Golpe fue necesario, y de que lo que hicieron esos tipos, aunque no lo van a decir,  tiene alguna justificación.
​Yo creo que la sociedad chilena va a seguir fracturada durante mucho tiempo. La esperanza es que surjan desde los movimientos sociales, no desde la casta política, desde la calle y la ciudadanía, otra forma de hacer política y una forma distinta de construir el país.
​Creo que todo texto, contemporáneo o no, está fragmentado, en tanto que la sociedad está fragmentada. No digo que un texto sea espejo de la sociedad, pero sí tiene algo de reflejo Además, todos los discursos contemporáneos, desde Nietzsche en adelante, son discursos fragmentarios, que no constituyen totalidades, de fragmentación o atomización de la palabra. Nadie está buscando sistemas cerrados, dado que éstos buscan una suerte de verdad que nadie tiene y nadie quiere tener tampoco. Porque estas verdades filosóficas son verdades que se imponen y dejan fuera otras verdades. Sería como imponer una suerte de pensamiento totalitario y la poesía es todo lo contrario a eso.

Justamente Soledad Bianchi afirma, en el artículo antes mencionado, que el universo poético de Harris, definido por ella y por otros críticos como un entramado fragmentario, es “una de las construcciones poéticas más interesantes y novedosas de la literatura producida con posterioridad al Golpe de Estado”. El poeta destaca, a su vez, la figura de su compañero de generación Raúl Zurita como un poeta vastísimo, con una amplia variedad de referentes literarios, pero que difieren de los suyos. Ambos comparten rasgos en común. “Anteparaíso” también aborda la herida en el país del Golpe militar y la dictadura, al igual que la obra reunida “Cipango”.

– ¿Qué parentesco puede observar con la poética de Zurita y en qué rasgos de su poética reconoce referentes diferentes?
Indudablemente los referentes son distintos. Raúl Zurita tiene como referentes a “La divina comedia”, ciertos poemas épicos, cierta parte de la obra de Neruda, algo de Parra, al cual reivindica, y una larga sumatoria de lecturas y textualidad. Yo creo que una de las grandes diferencias que yo siento con Raúl es que en él todavía permanece un tono profético. Zurita no ha podido desligarse de éste, y ese tono profético, al menos para mí, es molesto. Ya no nos habla demasiado. Creo que este tono, por ser profético, va a querer imponer siempre una cierta percepción de mundo. Zurita es en cierto modo un poeta canónico. El texto de él que más me gusta, y con el que prometía una nueva forma de hacer poesía mucho más radical, y que no terminó haciendo, es “Purgatorio”. Ahí está el sujeto desgarrado, de la esquizopoiésis, como le llamó Waldo Rojas, el sujeto que tiene una bipolaridad, una locura, esquizofrenia permanente, que expresa mucho mejor al poeta contemporáneo, o al sujeto contemporáneo, y que se da, para mi gusto, con una mayor eficacia expresiva en Diego Maqueira, o en poetas que son, desde el punto de vista discursivo, aparentemente menos políticos pero más radicales en términos de esa opción: esquizofrenia, disociación del sujeto. Creo que esta poética está más cercana a mi forma de ver la poesía y de escribir. Sin negar, por supuesto, la enorme potencia y valor de la obra de Zurita.
– En 1981, junto a los poetas Carlos Decap, Alexis Figueroa, Jeremy Jacobson y Roberto Henríquez, usted fundó la revista literaria universitaria “Postdata” .¿Qué significó esta experiencia? ¿Cuán difícil era en ese entonces publicar una revista literaria?

Era complicado. Primero que nada, no era universitaria. Nosotros ya habíamos salido de la universidad. La idea era, también desde la universidad, formar una revista literaria porque, por lo menos la generación anterior, la de los 60 de Floridor Pérez, Gonzalo Millán y Waldo Rojas, entre otros, se construyó a través revistas literarias más que a través de libros (“Trilce”, “Espiga”“Arúspice”, y otras), e incluso los poetas transitaban de revista en revista, convocaban a encuentros literarios. La revista era un pivote mediante el cual se podía escribir, publicar y empezar a construir ciertos movimientos, hasta la necesidad del libro. Creo que es súper imperioso, pese al auge de Internet, tener un libro en cuanto a la circulación de la producción literaria. Yo soy un escritor que sigue creyendo en el papel. En esa generación de poetas, la revista era más importante que el primer libro. Incluso era más democrática. Después del Golpe se acabaron las revistas universitarias y el apoyo de las universidades a los poetas. Cuando uno quiere retomar de lo que se ha destruido, la idea es retomarlo por aquellos elementos culturales que dieron mejor resultado. Por eso la revista. Y en la época se publicaban hartas revistas. Y en Concepción que tuvo una tradición vanguardista en lo político y lo poético, pienso en el MIR y en los encuentros de poesía de Gonzalo Rojas. Era la necesidad de retomar esa posta.
​Con la universidad hubo cierto diálogo con profesores, pero como colaboradores de la revista. Evidentemente la universidad no aportó nada a “Postdata” porque sus rectores eran designados, milicos. Fueron los peores agentes de represión que tuvo la casa de estudios. Los esfuerzos por sacar la revista fueron nuestros, con los mínimos aportes que podíamos tener, y logramos sacar ocho números, con publicaciones de poetas como Zurita, Maqueira, narradores como la Diamela Eltit, gente que venía llegando del exilio como Alfonso Alcalde, a quien, como sabemos, el país fue bastante ingrato con él.

– ¿Qué opinión le merecen las nuevas generaciones de poetas?
Las nuevas generaciones están haciendo un trabajo interesante, heterogéneo, multidisciplinario, tribal y disperso: de ellos yo destacaría algunos nombres, ya de calidad poética probada, como Jaime Huenún, Germán Carrasco, Gustavo Barrera y Camilo Brodsky.

Tal como destaca Harris, la poesía continúa la tradición en nuevas generaciones. Pero los hechos y circunstancias que viven los poetas son parte de su universo poético, y son ellos los encargados de dar cuenta de esos hechos. En el caso del autor de “Cipango”, fue una impronta para él consignar desde el discurso poético los horrores de la violencia social y política de la dictadura militar, que el poeta se exigió a sí mismo. A través del sistemático proceso de citas, parafraseando a Borges, Tomás Harris abarcó en sus significantes verbales desde las crónicas de Colón a la cinematografía barroca y esperpéntica que interpretaran Christopher Lee y Peter Cushing para la Hammer Films, todo para representar acontecimientos que aún no cierran la herida en el Chile de doscientos años de historia republicana.
Las instituciones se quiebran y cuesta reconstruir el imaginario simbólico. Pero la poesía cumple ese rol indispensable, tal vez con mayor expresividad y potencia que otros oficios: con el arte de la palabra construye la tradición de un país. Tal como Tomás Harris sublimara el terror que debemos superar, pero jamás olvidar, con un talento que transforma una escena perturbadora en bellas poéticas; pese a las oscuras raíces.

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