Un mexicano en La Victoria

El Salmo de los derrotados:

La Victoria a 56 años de su fundación.

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Por Alejandro Ávila Saulés. Fotos de José “Pepe” Durán.

I

Atardece en Santiago de Chile y el sol toca los edificios con un tono rojizo, melancólico. Me llevó largo tiempo llegar después de viajar por tierra desde México durante casi un año.

Arribar a Santiago es entrar a cada paso en la ciudad mítica de la lucha política por la libertad. Cada muro habla de una manifestación, de un descontento, y en el aire se percibe cierto olor a gas lacrimógeno y disconformidad. Por estas calles ha caminado la historia de uno de los países más convulsionados de América Latina, sembrado a lo largo de décadas por la violencia y el sistemático terrorismo de estado, pero también sacudido por la rebelión y los alzamientos clandestinos.

Al sur del centro turístico y económico de la ciudad, se levanta la población La Victoria, sitio simbólico en la lucha popular latinoamericana. La primera toma de terrenos en América Latina, siempre en resistencia contra la dictadura de Pinochet, no significó sólo la toma de un terreno para construir hogares para las familias, sino la creación de una comunidad y un grito popular en conjunto por exigencias siempre negadas, siempre ignoradas.

Es algo común en América Latina; las grandes ciudades crean cinturones de miseria a su alrededor, para que los ciudadanos del centro, o la respectiva zona pudiente, no tengan que lidiar día a día con la pobreza de los otros. Esos otros, los segregados a las orillas del barranco, de la costa, del cerro, del canal. Los que migraron desde zonas rurales por la insuficiencia de la tierra o el despojo. Los que no podrían tener nunca un techo sino lo toman a la fuerza, lidiando día con día por mejoras en los servicios públicos.

En un Chile de constantes crisis económicas y sociales -durante los 50- se gestaron tomas de terrenos por parte de las comunidades más pobres de la capital. Antiguos campesinos que migraron a la ciudad en búsqueda de viviendas se enfrentaron a difíciles condiciones ante gobiernos de derecha,todos ellos muy represivos en especial contra el sindicalismo y la disidencia. Al igual que los campesinos, también integraron las poblaciones personas desplazadas de distintos oficios como obreros, mineros o prostitutas (La canción La Carpa de las Coliguillas, de Víctor Jara es muestra de ello). Otros marginados que llegaron a la capital en la búsqueda de un hogar fueron mapuches, que venían de sus tierras ancestrales despojados, ya no de los españoles como hace siglos, sino de parte de la modernidad tecnológica a quienes estorbaban.

Así poco a poco los pobladores se fueron unificando como tales, construyendo las llamadas “poblaciones callampas” que crecieron masivamente. Con el objetivo de unificar a personas sin casa en una misma población para poder defenderse de los desalojos y exigir mejores condiciones, los pobladores se organizaron. Entre el barro construyeron precarias casas, sin servicios ni seguridad alguna.

El 30 de octubre de 1957 nace la Población La Victoria, con unas improvisadas casas de cartón y plástico, con calles de tierra, presa de incendios y en la constante amenaza de un definitivo desalojo. Más tarde La Victoria fue víctima -durante toda la dictadura- del asedio policíaco en las manifestaciones, la violencia de los “pacos” como se denomina a los verdes carabineros, causó numerosos muertos y heridos. Recuerdos no gratos, pero esperanzadores, que han quedado grabados en los ojos de sus actores después de varias décadas. Aún en el año 1983, en plena dictadura militar, se efectuó una última toma de terreno.

¿Qué queda de La Victoria a 40 años del golpe? ¿Dónde habitan el recuerdo de esos difíciles tiempos? ¿Cómo se ha transformado la población después de 56 años?

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II

Una tarde de fines de octubre recorremos La Victoria buscando un lugar en particular: la casa donde fue asesinado el padre francés André Jarlan el 4 de septiembre de 1984.

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Defensor junto con el padre Pierre Dubois de la población, ambos trabajadores sociales en la comunidad, cuidando de los heridos e intercediendo con la policía para detener los enfrentamientos. Jarlán fue asesinado esa tarde después de un enfrentamiento que había dejado un poblador muerto y varios heridos.

Lorenzo Mairem, el párroco del lugar desde hace 11 años, un hombre mayor de origen francés, nos abre la puerta con amabilidad y nos lleva a recorrer la casa. El pasillo que conduce al recibidor está lleno de carteles coloridos y religiosos. Dentro la construcción de madera brinda un sentimiento de calidez. Lorenzo nos dice que la parte baja del recinto, hoy utilizada como sala de reuniones, servía para dar primeros auxilios a los heridos en los enfrentamientos con la policía .

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Al subir las escaleras encontramos la bicicleta de André, que a su muerte ocupó el Padre Pierre. La habitación de Jarlán está tal como él la dejó a su muerte, hace casi 30 años. Sus paredes de madera son humildes y acogedoras, en un rincón está la cama donde se exhibe su última mochila y fotos de su cuerpo sin vida después de recibir una bala en el cuello. El padre leía la Biblia cuando una bala de un alto calibre atravesó la pared y le quitó la vida. Jarlán cayó sobre los salmos que leía en ese momento, dejando manchas de sangre en el escritorio que aún se conserva. Dubois lo encontró así: quieto y apoyado en su mesa, entendiendo poco a poco su muerte.

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En su memoria, a un lado, hay flores marchitas y una vela apagada. En las dos paredes laterales se observan los orificios que dejaron las balas al entrar y salir de la habitación. Ninguno ha sido llenado y el sol de la tarde los hace más notorios. Lorenzo nos dice que en esa época los “pacos” se ponían en algún lugar alto y disparaban a todo lo que se movía en La Victoria. Era también la forma de meter miedo, de amedrentar a la población más disidente con la dictadura militar. Le preguntamos si se siente solo en la parroquia.

– ¿Cómo me voy a sentir solo si estoy acompañado por Pierre, André y Jesús? Estoy más acompañado que nadie- responde sonriendo.

La Biblia de André que se muestra a un lado de las manchas de sangre, casi negras por el tiempo, no es la original, sin embargo está abierta para siempre en las dos páginas que no terminaron de leerse. Arriba del escritorio el calendario está detenido en los meses de septiembre y octubre del año 1984.

“Desde el abismo clamo a ti, Señor,

escucha mi clamor,

que tus oídos pongan atención

a mi voz suplicante”

Salmo 130.

Durante nuestro recorrido el fotógrafo José Durán -de la mítica AFI- recuerda el llamado a fotografiar la muerte del padre André Jarlán aquel día. El ánimo necesario para salir a la calle a fotografiar a los muertos, a los heridos, las detenciones y los desaparecidos. Numerosos sucesos vivió Pepe Durán en ese tiempo, como fotógrafo de la Agencia France-Presse, retratando la convulsiva vida política de Chile: Las tomas, las reuniones, las ollas comunes, las tanquetas, los pacos disparando a la gente, las manifestaciones reprimidas, los miembros del FPMR armados y encapuchados, los funerales, los atentados, los muertos.

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III

Hoy a más de medio siglo de la fundación de La Victoria, las calles están pavimentadas y con todos los servicios, sus bardas son un museo al aire libre con murales recordando esos tiempos: “Recuperación de alimentos 86′ FPMR”, “Pierre defendiendo la Victoria 82′ “, La muerte de los hermanos Vergara Toledo por un furgón policial el año de 1985, “La caída en combate del heroico guerrillero “Che Guevara”. Memorias coloridas en los clásicos murales de la lucha política chilena.

Caminamos unas cuadra por la calle Galo González y entramos a un kiosco. El lugar esta lleno de banderas chilenas y aunque parece un poco abandonado, la tienda tiene mucha mercadería por vender. “Yo le tengo pánico a las manifestaciones, veo que viene una y me encierro” dice la señora del kiosco seriamente. Está temerosa con estos extraños que han llegado a su local, preguntado con excesiva confianza.

Otro día en la Victoria. La gente camina de regreso a sus hogares después de la escuela o el trabajo. Algún miedo recorre La Victoria todavía. Es visible en las miradas, es el desamparo sudamericano, el desasosiego continuo. Se habla que La Población La Victoria fue asediada por el constante tráfico de narcomenudistas desde hace algunos años, y aunque el problema está relativamente calmado, varios jóvenes que rondan las calles son adictos a la “falopa”, a la pasta base, un residuo que es lo peor de lo peor.. Es por esto y muchas cosas más que todos hablan que lo mejor es salir de ahí, emigrar: Ir a trabajar y  vivir en otro lado.

Esa población La Victoria, memorial de la libertad y la constancia de un pueblo chileno para sobrevivir con dignidad ante el fascismo, ha sido debilitada con los años. La política tan radical y tan esperanzadora, se ha vuelto religión y miedo llenando de niebla la vista. La vida en democracia de los pobladores en el período posdictatorial, como fuerza de cambio y movilización, ha sido lenta y prolongada. Ese ideal de los trabajadores durante los sesentas y setentas no ha sido más que una cruel ensoñación de la que han comenzado a despertar.

Ese gran amanecer que estudiantes y pobladores soñaban en base a un ideal revolucionario ha sido tapado bajo la alfombra. La dictadura ha terminado, al menos declaradamente, pero sus estructuras y formas aún son visibles y permanentesen un estado policíaco como el chileno. Los habitantes de esta población han cambiado y las nuevas generaciones han solapadamente transformado todo. Hoy parecen quedar sólo los murales de las tomas, de las peleas con los “pacos”, de los mártires y héroes. Sólo quedan las historias y algún recuerdo que sobrevive. No es un caso único. Mantener una comunidad cada día es más complicado en una sociedad donde el individuo y la familia son la isla única y primordial.

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Lejana se escucha música y gritos. Es la sede social donde pobladoras de diversas edades bailan zumba siguiendo los pasos de una instructora. Todas se ven alegres en un lugar que consideran seguro y propio. Interminables gotas de sudor corren por esos rostros curtidos por el esfuerzo y la esperanza. ¿Qué duda cabe?La Victoria sigue siendo La Victoria.

Extrañamente en Chile los cafés con piernas son un fenómeno curioso y escaso en la realidad latinoamericana. Un monumento al cuerpo donde las propinas se miden según la pequeñez de la minifalda. Pero en La Victoria se vive otra realidad. No hay cafés con piernas. Apenas hay uno que otro restaurante. Un vagabundo en una esquina nos pide cigarros así que le damos dos.
– Muchas gracias, que Dios se lo pague- nos dice agradecido el hombre.
Le deseamos suerte. Nos hace el signo de la paz,  curiosamente en un territorio donde la violencia nunca ha abandonado los límites de la población.

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Es el Chile que intenta olvidar mirando al mar, justo cuando la cordillera lo obliga a recordar. Es este el Chile que no puede olvidar, entre la cordillera y el océano.

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