Jon Lee Anderson

Por Hugo Dimter P. Fotos de Pepe Durán.

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Huevos de oro

Nació el mismo día que Martin Luther King. El mismo día -38 años después- que Rosa de Luxemburgo. Con ambos comparte su lucha ante las injusticias. Y no es retórica. Jon Lee no transa. Y toma partido. Desde la trinchera del periodismo, claro está. En el New York Times. En el País, o en Life. En The Guardian o en The New Yorker. Bien pertrechado. Sabiendo que el enemigo es fuerte, que se viene la noche, y que se está jugando el pellejo.

“Cuando la muerte toca al prójimo, debemos luchar para que su sacrificio no resulte en vano. Y la única arma de la que disponemos los periodistas es la palabra”, señaló el corresponsal norteamericano al ganar el Premio reporteros del mundo. La palabra frente al poder. La palabra frente a la injusticia. David frente a Goliat.

Jon Lee se abre paso en el mar humano de la Estación Mapocho como un acorazado entre las olas. Más tarde -ya sentado cómodamente- hojea el libro Los fusileros de Juan Cristóbal Peña. Mira la portada, lee las primeras páginas. La encargada de prensa de la Filsa lo interrumpe y le informa de la próxima actividad. El periodista asiente pero también reclama por un presentador que, en una anterior actividad, no sabía ni el nombre de los miembros de la mesa. Jon Lee es auténtico y decidido: Alguien que, si una cosa no le agrada, puede pararse y mandar todo a la mierda. Serio. Casi nunca ríe. Sereno pero hosco. Una especie de marine cuarentón con su metro noventa y  una mochila de información sobre sus hombros y atlética estirpe.

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Noviembre. Santiago de Chile.
Un calor de los mil demonios.
Jon Lee como buen corresponsal de guerra y periodista avezado lleva la camisa y los ojos bien abiertos. Pide una mineral. Anoche ha estado en una cena interminable junto a Patricio Fernández, director del semanario The Clinic, y ha llegado al hotel de madrugada. Ahora, ya entrada la tarde, ha dado dos entrevista a CNN Chile y El País de Uruguay pero aún así conserva ánimo.
Jon Lee nació en California pero la alta temperatura santiagüina lo está matando.
El periodista del New Yorker, el hombre que ha cubierto tantísimas guerras, y que en este preciso momento tiene siete amigos reporteros secuestrados y con serio peligro de ser ejecutados por Al Queda, parece no tener demasiado tiempo para perder.
Hay que tener coraje para llevar la vida que él lleva. Volvemos a esa palabra: coraje. Y huevos. Una anécdota muy singular lo retrata de cuerpo entero. Hace unos años Jon Lee escribió un reportaje (Los afganos aman las flores) donde describía la conducta sexual de algunos de sus miembros. Un texto incisivo y descarnado, muy en su estilo. Anderson lo narra:
“…Si un extranjero llegaba a un campamento mujaidin, tenían la costumbre de agarrarle los testículos. Me sucedió una sola vez, en un campo de batalla al norte de Afganistán, en las afueras de Kunduz. Un mujaidin vino a saludarme, me pidió un cigarro, y detrás de él vino un hombre, un típico guerrero, y me agarró los testículos. El resto de los mujaidines se reían. Lo perseguí y lo pateé dos veces, pero él sacó su ametralladora para amenazarme. Hubo unos segundos de tensión en que yo le increpé y de pronto se fue. Los mujaidines testigos excusaron su comportamiento diciendo que él había crecido en la guerra, que nada podían hacer. Me quedé muy furioso y lo quise denunciar con su comandante, pero él no estaba en el campamento. Sin embargo, para los afganos hay una diferencia entre estas costumbres, y lo que es un hombre homosexual de toda la vida”, finaliza el norteamericano a quien han comparado con Ryszard Kapuscinski, el ex reportero polaco eminencia en conflictos bélicos.

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La vulgaridad de los miserables

Me confiesa que desea visitar la zona de La Araucanía –en el sur de Chile-por el conflicto mapuche, ya que conoce sobre la injustificada represión policial y la influencia de las madereras. El verdor de los bosques se ha teñido de rojo y eso a Jon Lee le disgusta: la injusticia, la crueldad.
“Aún se sabe muy poco fuera”, me dice. “He conversado acá con amigos y  hace rato que me han hablado del conflicto mapuche. Me interesa. Quizás si tengo más tiempo en un próximo viaje me gustaría ir a la zona y hablar con alguno de los dirigentes y ver las condiciones en que viven. Porque la verdad es un tema que no aparece fuera de Chile; pero sé que es muy importante a nivel nacional. Está creciendo. Me gustaría interiorizarme más”, finaliza.

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Orson Welles dijo algo esperanzador: «Una vez que la guerra se perciba como algo vulgar, dejará de ser popular.» Y el estadounidense anda tras ello.
Pero los conflictos en Irak, Afganistán, y tantos otros lo han golpeado.
Esquilo, el dramaturgo griego, hace 2.500 años señaló: «En la guerra la primera víctima es la verdad». Y Jon Lee se lo ha tomado muy en serio. La búsqueda y reivindicación de la verdad, caiga quien caiga.

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– ¿Después de tanta guerra, de tanto conflicto bélico que ha cubierto,  no se siente un poco cansado de ver tanta muerte y desesperación?  ¿Lo afecta y lo agota? ¿O le da más fuerza?
-Según el momento. Me afecta mucho la muerte de los amigos. Hace que no pueda ser  del todo feliz. Pero reconozco de que es la opción que tomamos de participar en este mundo. Definitivamente no somos víctimas. Nosotros, los reporteros, buscamos nuestro camino. La injusticia es lo que más indigna, pero con los secuestrados es una cosa que  indigna mucho más.
No me siento agotado. Esto es cíclico. Da cierta fuerza. Estoy en contra de las injusticias pero en términos prácticos. Supongo que uno anda midiendo siempre dónde quiere ir en un momento dado. Hay instantes en que siento que debo descansar o trabajar, pero no es una cosa muy formada, más bien son intuiciones. Debería tomar un respiro para luego volver al trabajo. Hay veces que me he quedado en casa. No es que haya ido a la guerra continuamente. He ido por largas e intensas etapas que, durante los últimos 30 años, sumarían 22.

-¿Y en este mundo actual hay muchas cosas que lo indignan?
– Me indigna mucho la crueldad de los extremistas musulmanes. Me indigna su ceguera y su deseo de imponerse a costa de la vida del otro. Y no únicamente con occidentales; sino en contra de sus propias sectas y de las creencias que piensan diferente,  y por ello  su disposición de matarlos a todos. Me parece la perversión máxima de la fe religiosa. Eso me indigna enormemente.
El hecho de que volvemos a tener oligarcas en el mundo; que haya líderes que se hagan respetar cuando no son más que unos mafiosos, rufianes y asesinos. Me parece indignante y me jode la paciencia.

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–  Su trabajo periodístico se inició en Lima, Perú. El hecho que en esos años Sendero Luminoso haya tenido importancia lo impulsó a que,  posteriormente, desarrollara el tema de la violencia y las investigaciones sobre conflictos armados?
– Supongo que en algo. Más bien fue lo de Centro America lo que me motivó. En esos años en Perú yo era poco político. Sendero Luminoso fue un fenómeno singular que apareció en el momento que  me iba. El maoísmo peruano me pareció una cosa tan descabellada, por decirlo así. Y muy sangrienta. No me llamó para nada la atención  No me llamó la atención de la misma forma que las rebeliones en Nicaragua, El Salvador, y Costa Rica.

– ¿Por qué le llamaron la atención las revoluciones en esos países?
– Porque había una injusticia mucho más palpable en esos países. En Perú,  si bien había una injusticia enquistada en el poder, no era un país clásicamente “dictatorial”. Más bien  Sendero surge en un momento en que vuelve Perú  a la democracia. Lo que había tenido Perú-en términos latinoamericanos- era una especie de dictablanda. JuanVelasco Alvarado era un hombre de izquierda tipo Chávez, y Francisco Morales Bermúdez era un borracho, pero bueno…

– ¿ Había ahí más un problema indígena?
– Si exacto; pero también lo había en Guatemala, un país donde la imposición de una elite criolla blanca tenía sentido, obviamente, por esa conquista dispuesta a imponerse a sangre y fuego. Era muy obvio. No era lo mismo en Perú: un país mucho más grande. En Nicaragua y el Salvador eran quizás más clásicamente arquetipos de rebeliones con bastante legitimación. Somoza era un hijo de puta, merecía ser derrocado. La clase cafetalera en el Salvador era sanguinaria y tan mala como  la guatemalteca. Habían mantenido al país como una finca entre catorce familias durante todo el siglo XX.
Entonces, tampoco me sobre identifiqué con los rebeldes, pero sí me identifique con la causa de la gente. O sea, la desigualdad  social en ese país era obvia. Entonces  -si bien no me identifiqué con la ideología rebelde- sí me identifique con la necesidad de derrocar a los que habían mantenido esos países en una situación feudal.

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-Era una especie de legítima defensa frente a un ataque persistente y cruel.

– Claro  y sin ninguna posibilidad de participar en el poder, ni en la decisión sobre el destino del país ni de la gente pobre. Me consta: si tu nacías en el año 57 en El Salvador  -y tenías mi edad  y tus padres eran jornaleros del café-  te tocaba vivir en las orillas de las autopistas o del  ferrocarril porque no tenías derecho a tierra. Tenías que ir detrás de la corte de café, de cosecha en cosecha. Viviendo todos los años en una eterna mudanza de una estancia a otra. Y viviendo en chabelas. No tenían ningún derecho: ganaban uno o dos dólares al día. Y esa era la situación todavía en los años 80. Parece increíble la falta de conciencia de la elite terrateniente de América Latina de los años 70, 80. Hasta hoy. De no compartir su riqueza con su servidumbre. Es una cosa feudal que no entiendo y nunca he entendido. ¿Cómo si ganas 10 millones de dólares al año vas a pagar a tu mucama una miseria y no los vas a educar, no vas a elevar su estrato social? No tienes ninguna conciencia. Eso es una herencia no sé si en todo el orbe,  pero a nivel latinoamericano es un lastre. Por eso la gente vive en barriadas. Hay una diferencia. Hay mucho que  criticar del  sistema del Norte pero en Inglaterra no hay barriadas. Hay gente que vive pobremente, pero en casas relativamente dignas.

-Tomemos el caso chileno dictatorial de Pinochet. Con un país pleno de tortura, muerte, y desaparición era legitimo un tiranicidio  Ante Pinochet cuál era la legitima defensa del pueblo.  ¿Cual es la línea delgada que separa esa legitima defensa -que tiene el pueblo frente a tanta injusticia- de la violencia como terrorismo?
– Cuando la ETA en España mató a Luis Carrero Blanco el año 73 yo aplaudí. Me parecía la legitima defensa ante un hombre que había impuesto su voluntad sin misericordia sobre un país entero como España desde hacía 25 años.

– ¿Se justifica entonces en algunos casos?
– En algunos casos se justifica.

-Porque Pinochet era un tirano perse, siempre fue perverso.
– Si yo hubiera sido un chileno de la época, y hubiera visto a mi país sucumbir ante la dictadura, quizás me hubiese unido a un grupo que habría querido matarlo.

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– ¿Por qué es tan carismático Pinochet? ¿Por ser un dictador cruel? ¿Por sus asesinatos?  ¿O hay algo de su personalidad que lo hace carismático?
– No era carismático. Era parco como Franco. Otro que no era nada carismático, pero la imposición ideológica lo hacia notable.

-… ¿Cómo modelo a imitar en otros países de esa misma e incipiente lógica neoliberal?
– Mira, él fue el catalizador de todo un vuelco a nivel de historia, que fue muy triste para mucha gente en América Latina. Él dio la pauta y creó el santuario para lo que era la contrarrevolución y la imposición de la derecha.  ¿Por qué es fascinante? En términos de totalitarismo de derecha del siglo XX tienes a Hitller como el  líder absoluto, el peor de todos, el que mató más gente. Y Mussolini como una especie de asistente auxiliar temporal, quizás habría que poner a Chiang Kai Shek. En realidad yo diría que ​Hittler,  Mussolini, estamos halando de los de derecha; Stalin y los otros tienen su elenco. Pero en termino de lo  que fue el totalitarismo de derechas,  comenzando por el nacionalsocialismo de Hittler. Hay una herencia, la herencia fue él y Mussolini,  seguido por Franco y Nixon. Y bueno, habría que poner a Videla porque Franco y Videla eran los últimos  herederos de lo que se podía llamar el credo nazi. A Pinochet lo blanquearon en algo al final de su vida. Pinochet no había omitido que en su juventud adoraba a Hitler. No me lo dijo a mí. No me lo tenía que decir. Era obvio. Así como Franco se hizo neutral para sobrevivir. Por eso me fascinaba tanto. Cuando digo fascinar mucha gente dice uffff. Es una palabra que significa gusto, pero fascinación  en inglés es una palabra desprovista de gusto. A mi me fascinaba la idea de tener un tipo que representaba esa historia por delante. Era el último. No llegue a tener a Klaus Barbie,  pero me hubiera gustado  porque me parecía un ejemplo de la historia que finalizaba y que había implicado un horror para el siglo XX . Y Pinochet también.

– ¿Y qué tan importante es  que hayan puesto en marcha el modelo neoliberal con los Chicago Boys y eso haya desarrollado todo este sistema implantado actualmente en Chile?
– Bueno; pero mira  a Franco. Franco sobrevivió abriendo España al turismo masivo. Con su cara de viejo bonachón. “Eso fue hace mucho tiempo, ahora no hay garrote vil, ahora hay bikini”, decía en España. Lo que pasó en Chile es muy  parecido, casi una copia carbón de lo que pasó en España. Con muchos atenuantes diferentes pero en términos generales lo que Pinochet hizo -en todo momento, de principio a fin- es lo antes hizo Franco.  Derrocó un gobierno legítimo, gobernó férreamente. Creó una asociación. Hasta los senadores designados, donde él era uno. Todo era tomado del modelo de Franco: la asociación de padres, la democracia atenuada. Eso quiere decir que -hasta cuando finalmente Pinochet muere- los chilenos estaban acostados en la cama con su papá violador.

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