Postales de un funeral en la Huasteca Hidalguense

Todos los Santos

 México cerca de la muerte

    

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Por Sandra Guadalupe Islas Rivera

Desde afuera se ve  el perfil de los hombres que no rezan, si no más bien miran  el piso o cualquier lugar. En silencio escuchan atentos,  respetando las palabras y cantos funerarios. Las voces son -casi en su totalidad- femeninas.  Las mujeres rodean el ataúd que descansa en el centro.

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Simón Cordero Flores emigró hace 50 años a Ciudad de México junto con sus primos, hermanos, tíos, sobrinos y amigos. Los más jóvenes se cansaron de trabajar una tierra insuficiente y de manejar máquinas en minas de cal de generación en generación.

La ciudad era el esplendor del trabajo, del dinero y la nueva vida. Hoy, después de construir una familia y un modo de subsistencia en la capital, regresan de nuevo a su tierra para un funeral más.

Simón trabajó como comerciante de frutas en un tianguis (palabra derivada del náhuatl que en la actualidad se entiende como un mercado popular de frutas, verduras, ropa y comida) cercano a su domicilio. Con su esposa y sus cuatro hijos  pudo mantener por años con éxito ese negocio. Los días viernes se le veía saludar a amigos del pueblo mientras realizaba sus compras. Cuando su esposa murió por una sobredosis de anestesia -durante una operación a la nariz- Simón dejó el comercio y en viudez crío a sus hijos aún muy jóvenes. Fue un golpe devastador y sólo continuo vendiendo hasta un par de años después. Desde entonces, hasta que enfermó de gravedad, trabajó como velador en el negocio de Don Librado Flores, familiar de Simón y vecino de un pueblo cercano.

Antes de morir estuvo varios meses en cama debido al cáncer. Vivió sus últimos momentos en su casa de la capital y no en su pueblo como deseaba. A saber, los últimos días no comía prácticamente nada y sólo pedía a sus hijos que lo llevaran a descansar a su tierra. Pero no pudo despedirse de su casa. que por las tardes se rodea de neblina, ni ver desde ella por última vez  los montes de matices verde olivo recortados por filas de magueyes infinitos.

Levántate alma cristiana, despierta si estas dormida,

que Dios te viene buscando, ya su gloria te convida.

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Los amigos y familiares de Simón se reúnen en el pueblo en que nacieron no para revivir los días de necesidades y pobreza, sino acaso para recordar los momentos de infancia en que tejieron amistades entrañables. Durante el juego de futbol en las llanuras o durante los bailes del pueblo donde tomaron cerveza y aguardiente por primera vez, mirando muchachas en espera de que alguna aceptara bailar. Pese a la distancia y el tiempo los lazos familiares  se mantuvieron, con la seguridad de compañía ante los infortunios y la inevitable muerte.

–Los que sepan rezar pásenle. Los demás esperamos acá afuera para no hacer bulto-  dice Don Librado. Con sus palabras disculpa por no rezar, a los hombres que salen del cuarto a esperar el término del rezo para llevar el cuerpo rumbo al panteón. Don Librado, nada de tonto aún, tiene buenas tierras para el cultivo de maíz  y entusiasta visita el pueblo al menos dos veces al mes.

Los emigrantes que aquí se reúnen tienen en común su ser campesino, arraigado hasta la muerte con la tierra en que nacieron: Agua Blanca de Iturbide, que es un pequeño pueblo en el estado de Hidalgo, asentado en las faldas de una cadena de montes boscosos al noreste de la ciudad de México.

Ya se va su alma, ya va caminando,

 Señor San Jerónimo lo va acompañando.

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La muerte de Simón se anticipó sólo un par de días a la celebración del Día de Muertos, o Todos los Santos, que se festeja en México con una visión muy particular de la muerte el 1 y 2 de noviembre. Se cree que durante esos dos días el alma del ser querido que haya muerto -niño o adulto- vendrá a convivir con nosotros. En una reunión incorpórea, los vivos preparan la comida preferida del difunto y le ponen una ofrenda con su foto, agua, fruta, sal, papel decorado y en ocasiones un poco de tequila.  Otros asisten a los panteones a asear la tumba de los familiares y a dejar (comúnmente en estas fechas) las flores  de los muertos o Cempaxúchitl, para que ese reencuentro sea agradable. Desde los años 70 se comenzó a folclórizar esta fiesta popular. Sin embargo las formas de elaborar la ofrenda y festejar el día son tan diversas como cada pueblo o región de México, al ser una tradición viva y en constante transformación.

En Agua Blanca el acontecimiento de la muerte se ha convertido en un pretexto para reunir a los pobladores emigrados que -asentados en otros estados o en la Ciudad de México- lograron conservar sus lazos de identidad. En la provincia mexicana los vínculos que relacionan a los pobladores con su tierra, su gente y sus costumbres tienen un gran valor. Antes de las fiestas patronales y familiares la gente colabora con las tareas de organización y recaudación de fondos. Busca compadrazgos que ayudan a aminorar los gastos de la celebración y también refuerzan la amistad. En estas fiestas interminables hay música en vivo con bandas locales y bebida y bastante comida para después pasar a la mayor atracción: el baile.

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Pese a que para algunos emigrar del lugar de origen es un deseo de no voltear a sus raíces nunca más, los pobladores de Agua Blanca afanosamente conservan su identidad cultural  y se asumen como una comunidad. Asisten a las juntas ejidales cada dos meses, donde discuten cómo proteger sus tierras de taladores. Hace años, cuando recién llegaban a la ciudad, se ayudaban unos a otros para comprar o rentar viviendas baratas. De esta forma se asentaron en zonas cercanas.

Señor San Jerónimo lo lleva al calvario.

Desojó una flor para su camino.

 Señor San Jerónimo será su padrino.

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– Buenas tardes, compadre.

– … ¿Qué dice compadre? Buenas tardes.

– Viniendo a acompañar al difunto, aunque solo sea para despedirlo.

– ¿A qué hora salió de México? …

La conversación es coloquial. Se refieren (como es costumbre) al Distrito Federal como México, urbe que es el centro económico, político y social del país.

Los hombres dialogan, se saludan. Algunos tienen mucho tiempo de no verse. Pese a que el velorio sucede a unos metros de distancia las pláticas animadas empiezan. Se forman grupos de dos a seis personas sentados en el pasto o en sus autos. Conversan lo que han hecho desde la última vez que se vieron en el funeral pasado. A un volumen muy bajo se escuchan algunas carcajadas.

Como si fuera una prórroga, la tradición funeraria dura dos días para dar tiempo a que lleguen todos los invitados. Sin descanso cada día y cada noche el ataúd ha estado acompañado de rezos y cantos. De la presencia de su gente y la ayuda de sus amigos. Afuera del velorio abunda el pan, el café y las galletas, traídas por los invitados para ayudar a la familia.

Este es el quinto misterio que hemos estado rezando.

Por el alma de nuestro hermano que estamos encomendando.

Yo le rogaré a mi Dios que nos este acompañando.

Y a la virgen del Rosario para que nos vaya guiando.

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Se ha hecho un silencio después de dar por terminado el último rosario, cerca del mediodía. Todos saben que es el momento más importante del funeral. El cuerpo de Simón debe ser sacado de la casa por amigos y vecinos. No puede ser la familia directa (hijos, hermanos, sobrinos) quien lo cargue al panteón:. Se piensa que si lo hicieran sería una señal de que ya no lo quieren y por eso lo llevan a enterrar. Y si no cumplen corren el riesgo de morir pronto.

La gente camina detrás de los cuatro hombres que llevan el cajón en hombros a través de la carretera de tierra aplanada, bajo un sol generoso. Casi dos kilómetros. Hacen pausas para rotar a los cargadores. Detrás de ellos los acompañantes cantan, y lloran con la mirada baja para cuidarse de las piedras del camino, y por respeto al fallecido.

–Este difunto no se quiere quedar – dice don Mauro al colocarse de nuevo el suéter en el hombro para cargar otro turno. No son pocos los hombres que han ayudado a cargar a más de un difunto y dicen sentir que algunos cuerpos, a medida que se acercan al panteón, se hacen más y más pesados.

Señor San Jerónimo ruégale a San Pedro,

 que le abra la puerta para entrar al cielo.

 Alma pues adiós, a Dios pediremos

que nos de descanso por siglos eternos.

Como una danza comienza otro ritual al cruzar el umbral del panteón. Los caminantes rodean por las orillas el cementerio cubierto de tumbas, Simón debe reconocer su nueva morada. Es tradición que el primer morador de este campo santo, el primer difunto del pueblo, deba conocerlo. Por eso su ataúd es llevado al centro del panteón, a los pies de la primera cruz. Ahí tiene lugar un rezo especial que no dura largo tiempo. Es una plegaria para encomendar el alma del fallecido a Dios y recibir el perdón de sus pecados. Algunos hombres se separan del grupo para colocar dos sogas en el hoyo que cavaron. Con ellas bajarán el ataúd hasta el fondo. Niños fatigados descansan sobre la tierra apilada a los costados de la fosa. Uno de los niños es hijo del segundo matrimonio de Simón, que se casó poco antes de cumplir sesenta años. No se le ve triste y juega con toda la vitalidad propia de su infancia.

Al fondo de la tumba comienzan a caer puñados de tierra. Primero el de su esposa, hermanos, hijos y nietos. Se unen tres voces: el viento que mece la hierba y los sembradíos de maíz, las mujeres que acompañan cantando el descenso del cuerpo, y las voces en llanto de algunos dolientes. Son voces de consuelo ante la contundente soledad de la muerte que llega de nuevo a Agua Blanca de Iturbide.

Son las dos de la tarde. Todos se sienten vivos cuando los sacude una intensa hambre. No hay nada más que hacer sino esperar. Mujeres locales se han provisto de guisos para compartir: tortillas de maíz con huevo en salsa, tamales y tlacoyos (pequeños panes de maíz rellenos de frijol, haba o queso). Un hombre camina con un costal de naranjas colgado de su hombro ofreciéndoles a todos una fruta que pueda mitigar la sed.

– ¡Eh! Vengan por un elote – señala cordial.

Se escuchan portezuelas y cajuelas de autos y camionetas. Refrescos, pan, galletas, pulque; la local bebida mexicana por tradición extraída del agave, al igual que el tequila.

De un momento a otro el duelo se transformó en una reunión festiva para despedirse de Simón Cordero, del pueblo, de los amigos y la familia. Esa familia que está en la ciudad o que sobrevive en el pueblo. También la que inasible pero contundentemente nos viene a visitar en este día de Todos los Santos, cuando nada se escucha sobre el viento que nos da la certeza de que, antes o después, estaremos reunidos en este camposanto. Ya sea en esta vida y en la muerte.

Señor San Jerónimo lo lleva al calvario. Desojó una flor para su camino.

Dale señor eterno descanso y luzca para él la luz perpetua. Amén.

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