¡Adiós Mandela!

Notas en Sudáfrica (2005)

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Por Carmen Berenguer

Conocí Sudáfrica, llegué a Ciudad del Cabo. Estoy en un hotel llamado Vineyard, estilo inglés colonial, lleno de jardines y de pasto, donde se pasean pájaros de muchas especies del continente. Visitarlo es una experiencia, porque el Presidente es Mandela, y ahora los africanos manejan todo este hotel.
El puerto de Cape Town es singular porque se ve la Montaña Mesa, que es una cima plana y Parque Nacional. La pared de roca la subimos en un funicular moderno. La novedad: mientras sube se mueve en círculos. Así la vista es desde todos los ángulos. Mientras miraba alrededor, escuché los comentarios del lugar. A los pies de la Mesa, que da su nombre a una constelación austral, vivía una comunidad africana. Los sacaron con perros y por eso está vacía. Nadie la ha vuelto a ocupar.
Desde las alturas del monte se ve donde se besan los mares, y más acá se observan zonas de viviendas hechizas de material ligero que denota la vida dura que vivían los africanos. Sentí sorpresa porque hacía 17 años que Mandela había llegado al poder (querido por todos). No es mucho tiempo y, tal vez, pasará mucho más antes que la mayoría de origen africano esté mucho mejor que antes que llegara Mandela.
Dentro de una enorme casa blanca con muros muy altos, le arrendamos un loft a una mujer que tenía conexiones con el hotel y la universidad.
Antes de viajar nos entregaron un folleto junto a la visa, que nos alertaba de todas los cuidados que debíamos tener: como la alta criminalidad por lo que no se podía andar después de las 8.00 PM y que por recomendación es bueno ingresar a un circuito de hoteles-restaurants para seguridad.
Al visitar el puerto, noté que a cada segundo aparecía un guardia preocupado de los turistas. Por ello no me sorprendió que a las nueve quedara vacío. Creo que es como un Apartheid al revés, y simulado. Tuve la sensación que poco veré en Sudáfrica.

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Johannesburgo

Aquí mi sorpresa fue mayor. Quiero decir que soy una viajera que le interesa observar lo que acontecía en Sudáfrica y no sólo tener la visión de las cifras oficiales que dan una buena imagen.
Me di cuenta que todo ocurría fuera de la ciudad, así que no es extraño que nos encontráramos con un hotel de paso: El Grand Palace. Una versión muy camp, muy kitsch, simulacro y copia del que se encuentra en Las Vegas en U.S.A. Las habitaciones de estos hoteles son muy similares en muchas partes del mundo actual. Son las réplicas de los grandes hoteles norteamericanos que vimos en la película ‘El Resplandor’ de Kubrick. Esos pasillos de piezas solitarios y esas alfombras coloridas de cuadros sin fin que dan pavor.
Saliendo de esos pasillos horrorosos, llegamos a una plaza de noche simulada y sin tiempo, animada por juegos, restaurants, y casinos de juego. Dimos unas vueltas, no sin antes comentar la estatua de David en el centro de este Mall de diversiones. Llamó mi atención, mientras escuchaba las ofertas del mesero: un platillo con trozos de cocodrilos; cerbatillos en ají; aletas de tiburón y serpientes al ajo.
Habíamos hecho enganche con el chileno dueño de un Van, que no falta en ningún lugar, menos mal, quién pasaría a buscarnos temprano para ir a visitar el town de Johannesburgo.
Al llegar a la ciudad me impresionó ver cadenas y candados en los hoteles internacionales de renombre, vacíos, cerrados y llenos de botellas de plástico usadas como una instalación posmoderna del milenio y pensé en ‘En el crepúsculo de los ídolos’. “Creo que no nos liberaremos de Dios en tanto sigamos creyendo en la gramática”
Siguiendo en la ciudad, miré hacia unas lomas a su alrededor e hileras de casas blancas. Allí viven los blancos, y todos los que abandonaron la ciudad viven en condominios.
Por fortuna, en la ciudad había un gran encuentro de muestra de artesanía y música de muchos países de África que pude apreciar, maravillas en ébano y figuras de fierro y telas naturales de algodón y quedé impregnada en esos ocres y de ese olor a tierra roja.
Caminé sus tiendas, sus escaleras mecánicas, su historia. Me señalaban los lugares que debían abandonar en la ciudad después del pitazo laboral de antaño, antes que gobernara Mandela.
Mientras volvíamos a la carretera, cruzamos vecindarios y el colorido tendido de la ropa tan peculiar, tan de suyo, tan de ayer. Pensando su presente, en el que había que andar de nuevo pero sin temor gracias a Mandela.

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Soweto

A todos estos kilómetros ya éramos uñicarne con el chileno, que nos acercaba a estos lugares especiales como Soweto ya mítico de la saga africana de Sudáfrica en libertad. Y en silencio y con mucho respeto ingresamos al caserío de cuatro millones de casas de madera que hicieron historia y quedaron grabadas las historias de jóvenes que entregaron su vida.
La primera parada la hicimos en la Iglesia grande de madera donde fue el espacio de mayor seguridad para juntarse, donde se fraguó el comienzo del movimiento. Aquí se realizaron las manifestaciones de los africanos en aquel momento del ascenso de la lucha en contra de la discriminación racista.
En aquella iglesia se expresaba el sincretismo africano. Por medio de un gigante mosaico se observa la imagen de la virgen negra, que representaba la libertad del pueblo africano.
Soweto fue el guetho colonial más abyecto del siglo XX. Se hacían llamar Afrikáans, sin respetar las múltiples lenguas que existen en Sudáfrica.

En Soweto almorzamos en unos restaurantes de la comida africana. Esta comunidad no estaba tan acostumbrada a las cantidades de visitas de los turistas históricos entusiastas de ver el despertar en Soweto como representación de la liberación, como sujeto de un buen futuro en el centro del símbolo que es la casa de Mandela, el luchador y forjador de la tremenda resistencia de su pueblo.
Entré a su casa y toqué sus prendas como una fetichista del tercer mundo, pensando en Chile.

Pretoria 

Seguimos por la ruta de las carreteras rumbo a la Casa de Gobierno donde se encontraba Mandela. Nuestro amigo y guía, el chileno, nos contaba que en ese mismo Van había viajado Lagos a una cita que habían fijado porque al gobernante sudafricano le interesaba y llamaba su atención cómo habíamos logrado nuestra democracia.

Le interesaba cómo se había realizado la transición chilena. Y me quedé pensando mientras entrábamos a la ciudad púrpura, porque Stressner el dictador llenó de Jacarandás del Paraguay a Pretoria, como regalo al gobierno del Apartheid Sudafricano.

Veía los Jacarandá en flor en primavera, la ciudad púrpura y pensaba en lo odioso que había sido nuestro camino, cómo nos habían infantilizado estos edipos.

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