Florencia Mallon

Florencia Mallon, historiadora y novelista.

” ¿Por qué se da el golpe? ¿Se da porque Estados Unidos quiere un golpe?  No. Se da porque hay una crisis política del sistema chileno”

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Por María Angélica Hernández M.
Fotos de Pedro Romero.

“Explorar la verdad a través de la ficción” e indagar en los resquicios de la memoria las sombras  de una sociedad fracturada, son algunas de las propuestas  de la historiadora estadounidense Florencia Mallon en su primera novela Beyond the Ties of Blood, 2012, (Más allá de los lazos de sangre),  ubicada en un significativo período  de la historia de Chile  del siglo XX —incluyendo  el gobierno de la Unidad Popular, el  golpe, la dictadura y el período de transición hacia la democracia—,  país donde nació y con el que aún mantiene estrechos lazos familiares y profesionales.  Hija de padre californiano y de madre santiaguina con profundas raíces en el sector terrateniente del centro –sur de Chile, Florencia Mallon nunca se sintió del todo cómoda en su núcleo familiar, en particular por las diversas restricciones a las que se veía sometida en una sociedad profundamente clasista:  “Yo tenía una sensibilidad distinta a las personas de mi edad. Siempre me gustaba mirar en las esquinas, por decirlo de alguna forma, y me sentía más a gusto en los márgenes de cualquier situación. Me gustaba irme a la cocina a hablar con las empleadas y lo pasaba muy bien ahí. Cuando íbamos al fundo de mi abuela, a mí me encantaba ver cómo eran los establos, me encantaba hablar con los inquilinos, y mi mamá siempre me decía: “No Florencia, tú no vas a hacer eso”. Pero yo siempre quise hablar con la gente que estaba más allá de las categorías establecidas”.  Siendo aún una adolescente, se fue a los Estados Unidos donde terminó la secundaria y la enseñanza universitaria —Harvard y Yale—, y allí su rebeldía encontró un nuevo cauce  en toda una generación que se oponía  a la Guerra de Vietnam, favorecía la paz y  el amor libre y, en no pocos casos, era solidaria con el gobierno de Salvador Allende.  Sus intereses profesionales  se ampliaron a todo el espectro continental del sur,  aspecto que la ha llevado a convertirse en una de las especialistas más destacadas en historia latinoamericana dentro del mundo académico estadounidense. Actualmente  es directora del Departamento de Historia de la Universidad de Wisconsin, Madison,  y titular de la cátedra “Profesora de Historia Julieta Kirkwood” —creada en honor a quien fuera precursora de los estudios de género  en Chile y fundadora de los movimientos feministas de la década de los 80. Como historiadora y antropóloga,   Florencia Mallon ha dedicado una importante fracción de sus investigaciones a las comunidades Mapuche de Chile, de lo que dan  cuenta obras como La sangre del copihue: la comunidad Mapuche Nicolás Ailío y el Estado chileno, 1906-2001 (LOM Ediciones, 2004), que obtuvo en el 2006  el premio del mejor libro escrito en inglés sobre América Latina—, así como a otras comunidades indígenas en México y en Perú, todas  experiencias que ahora  comienza a proyectar hacia el campo de la narrativa. Beyond the Ties of Blood  aborda la situación de una joven pareja —Eugenia Aldunate y Manuel Bronstein— afectada por los acontecimientos del golpe militar de 1973, constituyéndose en un agudo análisis histórico de la sociedad chilena en el que resaltan aspectos de género, etnicidad y clase, todos elementos vistos desde una perspectiva autocrítica que Mallon se impone a partir del núcleo familiar del que proviene y que amplía a través de una mirada donde la Historia es, sin duda alguna,  el más depurado de todos  sus personajes.

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¿Qué te lleva a incursionar en el género de ficción con esta primera novela?

— Lo que más me ha motivado ha sido esta relación medio contradictoria que yo siento entre lo que es la  Historia y lo que es la narrativa humana. Hay momentos en los cuales pienso que la mejor forma de comprender la condición humana es a través de la Historia, porque uno la pone en un contexto más amplio, comprende de dónde vienen las cosas y yo creo que eso es bien importante. Pero la Historia para escribirla necesita evidencia concreta. Entonces una no puede escribir una cosa en un libro de Historia si no tiene de alguna forma la solvencia para probar,  o  por lo menos para respaldar,  lo que está diciendo.  ¿Y qué pasa con la ficción? La ficción no es así obviamente, una no tiene notas al pie de página… Bueno, algunos autores sí las ponen, es un estilo medio interesante. Cuando la gente me pregunta cuál es la diferencia entre la Historia y la ficción, yo digo las notas al pie de página. Pero  me he dado cuenta que cuando yo escribo Historia, hay cosas que yo sé que son verdad, pero  no tengo evidencia. Las llego a comprender a través de mi investigación, pero no tengo en el archivo “la prueba fehaciente”,  de lo que estoy diciendo. Y en ese momento es que siento que tengo que pasar del hecho que una puede respaldar con evidencia, a lo que es una verdad que una conoce emocionalmente, sabe por experiencia humana, pero no tiene la evidencia para que sea Historia. Entonces para mí esa es la diferencia entre el hecho y la verdad, y para mí la verdad la tengo que explorar a través de la ficción.

¿Por qué eliges para Beyond the ties of Blood  el tema de los torturados y desaparecidos en Chile? ¿Por qué esa temática y no otra?

— Yo no comencé realmente con el tema de los desaparecidos en sí. Empecé narrando desde la perspectiva de  mujeres  Mapuche y cómo ellas habían visto lo que era ese momento de convulsión política, humana y social que fue la Unidad Popular y el golpe militar. Comenzando por ahí, me metí en otros personajes, y el personaje de Manuel Bronstein, el detenido-desaparecido, me surgió en parte a través de los testimonios de amigos que yo tenía que habían sufrido tortura, y que habían estado en los campos de tortura, y algunos habían sobrevivido y habían salido. Obviamente muchos no lo hicieron. Pero yo creo que el personaje de Manuel Bronstein me surge más bien de otras experiencias, de las experiencias que yo he escuchado a través de la familia de mi marido. Los dos padres de mi marido, los dos ahora han fallecido, fueron sobrevivientes de Auschwitz y entonces todo lo que fue esa experiencia, todo lo que fue crecer con sobrevivientes como padres, es algo  que para mi marido fue muy fuerte y creo que eso lo motivó mucho para empezar a trabajar el tema de la memoria en Chile. Entonces es realmente a través de esa experiencia que yo empiezo a pensar a Manuel Bronstein y lo veo mucho como alguien que le tiene una admiración tremenda a su abuelo que ha sido un héroe de los movimientos obreros en Odessa. Y en una primera versión de la  novela tenía todo un capítulo sobre los abuelos de Manuel Bronstein y de cómo ellos habían salido de Odessa y se habían conocido en Estambul y después habían migrado a través de Europa.

— Respecto al tema de los padres y de los  abuelos del personaje de Manuel Bronstein, tú estableces un paralelismo entre la historia de los mapuches y la historia de los judíos, en el sentido del sufrimiento, como en la caso de los personajes de Sara, que es judía, y de su amiga Antonia Painemal, que es Mapuche. ¿A qué se debe?

—Bueno, yo creo que eso no lo hice enteramente consciente. Para mí era importante sacar a relucir lo que era la diversidad de la sociedad chilena y que en muchos casos es poco reconocida. Hoy en día se viene a reconocer más de lo que se reconocía antes, pero de todas maneras no es algo que tiene larga historia. En general se tiende a pensar que la sociedad chilena es muy uniforme, y no lo es. Entonces un poco la idea de la novela era explorar a los judíos y los Mapuche como grupos paralelos, en el sentido de que a ninguno de los dos realmente se les reconoce como profundamente parte de lo que es la historia chilena. Pero ahí están y han estado. Bueno, los Mapuche estuvieron antes de que llegaran los españoles y era su tierra. Por un lado, para mí era importante ver eso y  buscar también esa solidaridad que había entre personas como el abuelo de Manuel, David Weisz, y las comunidades Mapuche con las cuales él trabajó, tratando de recuperar tierras. Y por otro lado, lo que resulta siendo la profunda conexión entre la madre de Manuel, Sara, y Antonia Painemal y cómo ellas dos crecen juntas, y al hacer eso, se van formando como hermanas en realidad, a pesar de que obviamente no lo son.

—¿De esa fraternidad   también proviene el título de la novela Beyond the ties of blood  (Más allá de los lazos de sangre)?

— Sí, por una parte son los lazos de amor, de conexión; por otra parte sangre es también simplemente descendencia biológica y  una tiene que ir más allá de eso. La tercera cosa para mí es la idea de que la sangre es también el sufrimiento, la sangre también es la tortura, la sangre es también el trauma de lo que fue el golpe y las consecuencias del golpe y de la dictadura. Y para mí también es importante explorar un poco más allá, hacia dónde va la sociedad chilena al otro lado de  este proceso. Y en ese sentido yo creo que hay que pensar la nueva generación, la generación joven que no conoció ese período y en ese sentido ellos también están más allá de los lazos de sangre en el sentido de trauma, a pesar de que de todas maneras ha marcado a toda la generación anterior y en muchos casos ni comprenden cómo ha sido.

En gran parte eso ocurre también por el silencio que ha habido respecto a ese período. Y las nuevas generaciones quieren saber, quieren conocer y saber qué fue lo que pasó.

— Creo que el cuarenta aniversario en ese sentido ha sido un momento muy importante porque se ve justamente eso, que es hasta cierto punto casi una demanda de parte de la nueva generación que quiere saber qué pasó y por qué. Creo que es bien complicado también ver qué se saca a la luz y cómo, yo creo que no es fácil para nadie. Obviamente no es fácil para la gente que tuvo algún tipo, sino de participación directa en la represión, la gente que se quedó callada, la gente que miró en otra dirección, la gente que cerró los ojos frente a todos los problemas. Yo creo que también para ellos es muy difícil pensar qué hacemos ahora y cómo resolvemos este problema fuertísimo que sigue viviendo la sociedad.

También es cómo confrontar a los culpables porque hay gente que va por el perdón, hay gente que quiere la justicia. ¿Cómo evalúas ese proceso?

— A mí me gustaría realmente que se pudiera llegar al momento de reconocer más profundamente  qué es lo que realmente pasó, que llegara un momento en que se confirmen los destinos de los desaparecidos. Yo creo que en muchos casos, obviamente,  será muy difícil recuperar restos u otras evidencias concretas o físicas de las personas. Pero yo creo que sería importante reconocer que sí se les desapareció. Y eso es algo que hasta el día de hoy no se ha confirmado de una forma abierta, directa, honesta. Lo más importante es reconocer lo que pasó, reconocer las culpabilidades, reconocer también las faltas de acción. Tiene que ser muy concreto, caso por caso, tiene que ser muy abierto y muy profundo. Pero yo no lo veo. Yo creo que en la mayoría de los casos en que han pasado cosas de este estilo, no se llega a una justicia de verdad.

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Uno de los  casos más significativos ha sido el de la Guerra Civil Española. En noviembre  de este año un grupo de las Naciones Unidas le pidió al gobierno de España que continúe estudiando los casos de  desaparecidos  durante y después de la Guerra Civil.

— Todos los casos que ha habido de  violaciones de los derechos humanos han sido producto obviamente de una violencia imperdonable, pero que también se han dado en un contexto de divisiones políticas y sociales muy profundas en la sociedad. Cuando se tiene ese tipo de situación  no es algo que se pueda resolver fácilmente y toma muchísimo tiempo, a veces hay que llegar hasta la siguiente generación, en la mayoría de los casos, para que se pueda pensar más abiertamente.

Beyond the Ties of Blood es un ejercicio de memoria. De hecho, la novela comienza con el recuerdo obligado al que se ve sometido el personaje de Eugenia porque necesita testificar frente a la Comisión de la Verdad. ¿Qué rol le asignas a la memoria en este marco de la Historia?

— Esa es una pregunta bien complicada porque la memoria es algo muy, pero muy lleno de capas,  de diferentes capas  que, hasta cierto punto,  son contradictorias entre sí. Cómo se recuerdan los hechos,  qué significa la memoria como proceso social porque a final de cuentas  no es sólo si uno tiene buena o mala memoria, si se acuerda de los hechos también. La memoria más bien habla de cómo es que una serie de hechos se van hilvanando para producir un significado en particular. Y los significados que se pueden hilvanar de los mismos hechos son muy distintos y depende de quién, depende de cuál contexto, depende de cómo. Entonces, por ejemplo, en el caso de Antonia Painemal, cuando ella habla de lo que ella recuerda, del evento horrible que ella vive, que es parte del final de la novela,  y que además es un evento que pasó, es el allanamiento de Nehuentúe que yo he trabajado como historiadora, ¿qué recuerda ella de eso? Para ella el allanamiento de Nehuentúe y los muertos que no deberían haber muerto, están en el aire, están alrededor de uno. Eso ella lo establece en un paralelo con la guerra original que despojó a los Mapuche de su territorio, y con todas las personas que murieron en esa guerra. Entonces para ella estos dos momentos tienen mucha conexión. Desde el punto de vista de alguien como Antonia, la memoria de ese evento va a ser muy distinta a la memoria que va a tener por ejemplo un torturado en ese evento que sobrevive…

—O el mismo torturador…

— O el mismo torturador, exacto. Es muy importante pensar que la memoria se hilvana de forma muy distinta dependiendo de quién lo hace, en cuál contexto, y bajo cuáles motivaciones hasta cierto punto, o dentro de cuáles sensibilidades. Entonces para algunas personas el golpe fue lo mejor que pudo pasar y por ejemplo, en el caso de la madre de Manuel, de Sara, yo creo que al comienzo está muy feliz que llegó el golpe, ella se siente  muy bien; y poco a poco se va dando cuenta que quizás no fue tan bueno y no se le ocurre, hasta que no escucha nada de su hijo, que le pudo haber pasado algo. Es solamente cuando va a Santiago a buscarlo que ella empieza a darse cuenta de lo que pasó. Entonces en cada caso yo creo que la memoria se va construyendo de forma distinta.

¿Esa visión tuya de la memoria es la que te ha llevado a la polifonía presente en la novela? Porque hay muchos puntos de vista acerca de los mismos hechos.

— Yo creo que sí. Hasta cierto punto quizás fue a través de escribir los diferentes puntos de vista que yo llegué a comprender mejor estas diferentes formas de memoria,  porque en un primer momento lo que veía muy claramente era la versión de las comunidades Mapuche respecto a qué había sido la Unidad Popular y qué había sido el golpe. Y veía lo distinto que era para ellos recordar estos dos momentos, era muy distinto para ellos de lo que era para muchos otros grupos en el país. Entonces eso para mí fue el punto de entrada. Era como pensar: “¡ah, ya, claro!  Aquí hay muchas versiones distintas”,  y claro, eso siempre ha sido parte de lo que yo he hecho como historiadora. Mis libros anteriores han hecho mucho eso, pero para mí fue algo particularmente profundo pensarlo en este contexto.

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— ¿Cómo ha influido tu visión de historiadora  en tu desarrollo como escritora, como novelista?

— Bueno, mira yo creo que lo que queda muy claro es que esta novela  y las otras que he estado pensando, todas parten de un problema histórico, de un momento en que pasó algo históricamente dramático. Pero en cada caso yo creo que lo que pasa es que cuando llego a no poder seguir argumentando históricamente, sin las fuentes no puedo dar “evidencia”, lo que yo hago es pasar a otra dimensión, a la dimensión de imaginar a través de los personajes, cómo fue ese momento, y tratar, a través de los personajes, de comprender aspectos humanos de esos procesos que no necesariamente son narrables en la Historia. Pero la inspiración siempre viene de la Historia. Y yo creo que eso es bien importante, y que yo haya sido, además una historiadora que siempre ha trabajado desde los márgenes, tratando de pensar la experiencia de las personas menos escuchadas, eso también me ha ayudado porque entonces yo tiendo a decir, y bueno, y cómo se ve esto desde la perspectiva de alguien que no siempre es “héroe”, y yo creo que eso es bien importante en mi ficción y eso viene de la Historia.

En una entrevista que te hicieron en Valdivia, tú decías que para ti ha sido difícil tratar de liberarte de los esquemas de tu clase social y me pregunto qué contradicciones has tenido que confrontar en ese proceso para poder justamente darle voz a los que no tienen voz. ¿Qué contradicciones tuviste que enfrentar, para decirlo en términos marxistas?

—Bueno, cuando yo empecé a trabajar en mi primer proyecto, el marxismo que era todavía una presencia muy grande política e intelectual en todo lo que era la academia, en todo lo que era la sociedad, tenía lugar para las personas de clase más acomodada que asumían una posición que uno puede llamar “déclaseé”: las personas que decían no, yo no quiero estar con mi clase social, yo quiero estar en otro lugar, yo quiero estar con las personas que están cambiando las cosas.  Un poco como Manuel,  que es de una familia adinerada,  su padre tiene mucho dinero, pero él no quiere ser así, él quiere apoyar  y participar en el movimiento social.  Entonces  ese aspecto de Manuel es parecido a como era yo. Y yo creo que en ese  momento había más permiso para hacer eso, yo creo que hoy en día es mucho más complicado. Creo que todavía se puede hacer, yo veo a personas que lo hacen, pero es mucho más complicado en el mundo de hoy respecto a lo que era a finales de los años sesenta, a comienzos de los setenta, que fue también la época en que yo surgí como universitaria y después entré al posgrado.

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Foto de Sergio Larraín

¿Por qué escribiste y publicaste esta primera novela en inglés y no en español?

— Bueno, escribirla en inglés yo creo que forma parte de toda mi historia personal, mi historia educacional porque yo la primera vez que vine a Estados Unidos tenía seis años. Mi padre vino a Estados Unidos a estudiar para el doctorado en economía y entonces yo hice realmente toda mi educación en inglés, porque aunque después vivimos en muchos otros países, incluyendo países en América Latina, y también regresamos a Chile, donde estuve  en el colegio, mis padres  querían que yo tuviera alguna consistencia en mi educación. Y lo mejor para ellos fue, a final de cuentas, que yo tuviera la educación completa en inglés. Al educarme en inglés  siento que yo escribo de forma mucho más profunda y sutil porque me han educado en el idioma. No es así para mí en castellano porque a pesar de que yo soy bilingüe—yo muchas veces pienso en español, yo siento que es mi cultura—, mi educación no fue en español. El primer libro que yo escribí en español fue el libro de Historia sobre la comunidad mapuche de Nicolás Ailío que  después yo traduje al inglés.  Me acuerdo que le pedí a un colega mío, muy buena gente, muy buen historiador, que me leyera el manuscrito y al día siguiente que yo se lo había dado me dijo: “Me quedé  toda la noche. Tuve que terminarlo. ¡Pero Florencia, así no se escribe en español!” Entonces es un poco eso, “así no ese escribe en español”.

¿Pero tienes pensado publicarla en español?

— Me gustaría mucho que se publicara en español. Siento que necesito que alguien me ayude a traducir. Me gustaría que algún traductor o traductora profesional me ayudara, porque me gustaría estar segura que yo estoy conforme.

—¿Cómo historiadora y académica estadounidense que trabaja temas de América Latina , has tenido que confrontar resistencia de parte de los latinoamericanos  frente a las voces que van a decirnos quiénes somos y cómo somos?

—Yo he tenido experiencias bastante distintas,  en tres países distintos, porque yo he hecho investigación en Perú, en México y también en Chile, y en cada caso lo he hecho en un momento distinto, hablando histórica y políticamente. Una cosa que sí me ha funcionado bastante bien, es que yo soy bilingüe completamente y siempre la gente quiere saber cómo es que yo lo se hablar tan bien el español. Bueno, yo digo es porque nací en Chile, “¡ah, ya!”. Pero yo soy profundamente bilingüe y profundamente bicultural. Una hace conexión personal porque tiene sensibilidad latina.

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¿Cómo confrontas lo que fue la responsabilidad estadounidense en el golpe en Chile?

—  Bueno, como historiadora lo que yo siempre he dicho es que la responsabilidad estadounidense en el golpe mismo no fue muy grande si uno piensa solamente en lo que pasó en el golpe.  La responsabilidad estadounidense frente a todo lo que ha sido la política en América Latina es muy grande.   Si uno mira a lo largo de todo el siglo veinte,  Estados Unidos tuvo una presencia muy fuerte en Chile, económicamente hablando, durante todo el siglo. La CIA financió las campañas en contra de la izquierda desde el comienzo, entonces siempre ha habido un apoyo a la Democracia Cristiana, por ejemplo, y yo creo que lo que pasa entonces es que la presencia financiera estadounidense en contra de la izquierda, desde mi punto de vista, es algo ya dado, que no comienza con el golpe, que tiene la experiencia de todo el siglo. Entonces ¿por qué se da el golpe? ¿Se da porque Estados Unidos quiere un golpe?  No tanto. Se da porque  hay una crisis política del sistema chileno.

— Pero también por lo que representaba Chile  como amenaza al área a partir de lo que fue la Revolución en Cuba.

— Yo creo que hay ese aspecto y creo que durante el gobierno de la Unidad Popular, Nixon y Kissinger obviamente trabajaron muy fuerte para crear un problema económico. No hay ninguna duda de eso. Pero yo creo que hay que ver desde  el interior del país, cuál fue la crisis y por qué se dio, y un poco ese es mi nuevo proyecto de Historia, y ver cómo y por qué, lo que en Chile llamamos el estado de compromiso, se desmoronó durante la Unidad Popular. ¿De dónde vinieron  las presiones que llevaron a ese desmoronamiento? Yo creo que no se puede decir que eso fue el resultado de las acciones de Estados Unidos, eso fue el resultado de una crisis interior. Yo creo que lo que hace muy particular el caso chileno es que en Chile tenemos una muy larga historia de lo que se llamó el Frente Popular, entonces desde los años treinta el Partido Comunista está en coaliciones  con otros partidos a nivel electoral. Y eso no es algo que se da en otros países en América Latina.

—Además el Partido Comunista es el más antiguo del continente.

— Sí, y además el que más base tuvo en las clases obreras, y dentro de la coalición de izquierda resulta siendo uno de los partidos menos radicales. El Partido Socialista es mucho más radical. Entonces la historia que tiene la coalición electoral que incluye a la izquierda en Chile, es algo que hace del caso chileno algo muy particular.

— ¿Este tema lo vas a tratar en un libro de Historia o en una narrativa?

— En un libro de Historia. Tengo otra novela que estoy pensando sobre Chile, pero que es distinta.  Va a ser sobre uno de los grandes líderes mapuches de mediados del siglo diecinueve. Esta sí que va a ser una novela histórica-histórica, y de la visión que él tenía de cómo quería incorporar a través de una relación autónoma al pueblo Mapuche a un estado federal. La cosa es que voy a contar la historia desde el punto de vista de una de sus esposas, que ha sido cautiva desde uno de los malones en los cuales él participó en el lado argentino de la cordillera, y que se la trajo de vuelta con él.

—¿La empezaste a escribir?

— No la he empezado a escribir todavía.

¿También la vas a  escribir en inglés?

— Sí. Pero entremedio va a haber otra que va a ser sobre el Perú y sobre la guerra senderista.  En realidad fue la primera novela que escribí,  pero no se publicó. Pero ahora he sacado el viejo manuscrito del cajón, y la he tenido que repensar  mucho porque ha pasado mucho tiempo, mucha historia ha cambiado en el Perú. Los personajes son los mismos pero está cambiando mucho  la narrativa.

El hecho de que escribas en inglés, ¿cambia tal vez tu perspectiva de la historia de la que estás hablando? ¿Cómo influye el tema del lenguaje en este sentido y tu relación con la Historia? ¿Te permite distanciarte tal vez?

— Yo creo que posiblemente ayuda a crear un poco más de distancia. Pero lo que yo me doy cuenta es que siempre, en cada caso, en cada novela que yo he terminado, o estoy escribiendo, o estoy pensando en escribir, el punto de vista es el de una mujer que es participante de alguno de los hechos, pero que también es una perspectiva que está un poco  en el margen de los eventos, como Eugenia. En la novela que voy a escribir sobre este gran lonco Mapuche, su esposa que es cautiva, y en el caso de la novela sobre el Perú, el punto de vista de la narrativa es  el de una mujer latina-norteamericana que ha trabajado como antropóloga en una comunidad .

— Que es un poco tu alter ego.

— Sí,  y por eso escribí como escribí en un primer momento. Pero en la versión que estoy empezando a trabajar ahora, ella recibe una carta de su gran mentor de la comunidad donde ella hizo su trabajo de investigación. En esa carta él le dice que la Comisión de Verdad se ha formado en el Perú y que él y su familia quieren llevar a la Comisión el caso del hijo de él que ha desaparecido. Y le piden si es posible que ella les ayude porque ella ha escrito un libro que se ha llegado a conocer sobre la comunidad, y él cree que dado que ellos son de una comunidad de la sierra donde políticamente casi nunca se les escucha, sería bueno que ella les ayudara y lo que no queda muy claro es si él sabe o no sabe que el hijo de él que desapareció, estuvo románticamente ligado con la antropóloga, y ella no sabía que él había desaparecido. Entonces ese es el punto de entrada de la novela, en que ella va al Perú para ayudarles, pensando que tiene que hacer algo. Y entonces la idea es que de ahí va desarrollándose  y ella llega a comprenderlo a él a través de buscarlo, y se llega a comprender a sí misma de una forma distinta a través de buscarlo. Y una de las grandes interrogantes es si estuvo o no estuvo en Sendero este hombre.

Interesante  porque eso viene a establecer otro puente entre historia y ficción.

— Y aquí  yo creo que posiblemente va a ser un punto álgido. Para mí es muy importante que desde el punto de vista de Gonzalo, que es el nombre del personaje que ha desaparecido, me va a dar la oportunidad de explorar cómo y por qué Sendero Luminoso pudo ser, por lo menos en un primer momento, una opción algo atractiva para los jóvenes de la Sierra que habían sido siempre marginados.  Eso por un lado. Y por otro lado, me va a dar la oportunidad de explorar el proceso a través del cual una antropóloga hace conexión con una comunidad  y cuáles son, a finales de cuentas, sus obligaciones después de eso y si las cumple o no las cumple, o a fin de cuentas, si ella también termina, a un cierto nivel, portándose de forma imperialista. Entonces estas son las dos oportunidades que tengo para explorar temas narrativamente.

Podríamos decir que tú abarcas una perspectiva filosófica posmarxista, pero sin embargo  en el autocuestionamiento  indirecto que estás haciendo de tu propio trabajo a través de la novelística, estás haciendo un cuestionamiento marxista.

— Bueno, podría ser en parte visto como un cuestionamiento marxista.  Yo creo que hasta cierto punto también es simplemente un cuestionamiento,  quizás un cuestionamiento profundamente profesional  en el sentido que no lo veo como un cuestionamiento marxista, porque si fuera marxista hasta cierto punto habría una solución a través de la solidaridad de clases, y yo creo que no la hay, yo creo que más bien es un problema estructural . Las personas “marginadas” tienen voz, saben hablar, saben narrar, saben recordar, pero no tienen acceso a poder narrarlo públicamente. Entonces una persona como yo, historiadora, antropóloga, llega, y a través de establecer una conversación, crea la forma de que esa narrativa, esa historia, llegue a otro lugar. Pero al hacer eso, toma control de la narrativa, y eso qué significa entonces…

— Que el subalterno no puede hablar

— El subalterno puede hablar, la cosa es si el subalterno puede hablar para las grandes editoriales y yo creo que en general la respuesta a eso es: no sin ningún tipo de mediación. Pero esa mediación entonces ¿es siempre buena, caritativa, generosa, o a veces no lo es? Y aunque lo sea hasta las últimas consecuencias, estructuralmente no se puede transformar el sistema. Entonces todo esto es lo que a través de la narrativa puedo empezar a explorar porque es algo que también he vivido en mi trabajo en México, en Perú y en Chile, que llega un momento en el cual una hace todo lo que puede, pero hay relaciones de desigualdad estructural que se reproducen con o sin los mejores esfuerzos de uno.

—¿Cuáles son  tus  referencias literarias más queridas para escribir?

— Bueno, hay tres escritoras que han sido absolutamente mis favoritas y todas escriben en inglés. Una de ellas es Louise Erdrich, que es una novelista indígena norteamericana que ha escrito muchas novelas explorando la situación de su pueblo  en Estados Unidos. Otra escritora que  me gusta muchísimo se llama Elizabeth Rosner, y escribió una novela que a mí me inspiró mucho  —The speed of light —, que es sobre la relación entre los hijos de un sobreviviente del Holocausto  y una mujer  salvadoreña que les limpia su departamento que es sobreviviente de una de las masacres en El Salvador. Entonces es una de esas cosas de cómo diferentes personas llegan a comprenderse. Pero la cosa es que todo esto de sobrevivir masacres se sugiere, pero es un mundo luminoso, lleno de luz, de las hojas de los árboles que se ven a través de las ventanas, entonces eso también me ayudó mucho. Y la tercera novelista es  Ann Patchett, y lo que a mí más me ha llamado la atención de ella  es que logra narrar tragedias humanas profundas a través de una descripción de cosas bellas y mágicas. Ella tiene una novela que ha tenido mucha circulación que se llama Bel Canto  (2001), que es sobre la toma de la embajada japonesa en Perú por Sendero, y ella narra eso a nivel de ficción desde el punto de vista de una soprano muy talentosa que había venido a cantar a la fiesta en le embajada japonesa, y  bueno, son todos rehenes, y cómo ella va enseñándoles a cantar a los jóvenes guerrilleros,  que se enamoran de ella.  Una belleza esa novela también. Esas son las novelistas que a mí más me han ayudado, me han marcado.

¿Alguna latinoamericana o algún latinoamericano?

— Eso sería interesante de pensar. Yo al comienzo leí mucho a algunos de los novelistas peruanos, especialmente a José María Arguedas. Me encanta. Yo escribí mi tesis de licenciatura sobre él.  Y en México, la obra más temprana de Carlos Fuentes;  Elena Poniatowska y Rosario Castellanos.

 

 

 

 

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