La opinión en la era de la opinología

doctora

Por Carlos Iturra. Foto de Pepe Durán.

Para los antiguos, y durante milenios, la opinión era una especie de saber intermedio entre la ignorancia absoluta y el conocimiento perfecto. Exigía, por ende, una palabra cautelosa, que en cualquier momento podía verse desmentida por la revelación del conocimiento perfecto: opinábamos que el cáncer era incurable y resulta que se descubre la cura.

No cabe opinión sobre el hecho de que los triángulos tienen tres lados, como tampoco cabe opinar acerca de lo que es el atardecer en Saturno. El terreno de la opinión, que por estas razones se constituye en una capacidad inherente al intelecto humano, es el intermedio: aquel donde algo sabemos, pero no el todo…

Quizá el supremo destilado de la opinión sea el ensayo, su fruto por excelencia. Quien lo inventó, el señor de Montaigne, le dio ese nombre porque de lo que se trata precisamente es de ensayar con las ideas, extremarlas, invertirlas, refutarlas, ver hasta dónde llegan, si dan botes o son cristalinas, si son dúctiles o si tienen fondo: comprenderlas.

Los ensayos de Montaigne, de tan larga progenie, hacen eso con las ideas de los grandes filósofos hasta entonces habidos, sobre todo de la antigüedad clásica, componiendo con ellos su propio pensamiento: la defensa de lo razonable por sobre cualquier fanatismo, dado que no hay idea que no haya sido inteligentemente aniquilada y dado que vivimos en un mundo en el que opinar es lo único que le cabe al hombre frente a los grandes temas –con frecuencia, también en los pequeños.

La modernidad, con los medios mecánicos de reproducción del arte, la prensa, los medios de comunicación y –hoy- las redes sociales, ha sociabilizado y posibilitado a tal punto la proliferación de las opiniones, que cualquiera opina, de todo, y sin molestarse en tener a Montaigne u otro maestro del ensayo como referencia.

Sin embargo, esta opinión masiva desencadenada no siempre es opinión, si se la mira más de cerca. Por poco que la palabra “opinión” conserve de sus orígenes, aún se la puede distinguir de otras expresiones textuales. Por ejemplo, la opinión no es lo mismo que la convicción, sea política, religiosa o filosófica, menos aún manifestada en términos proselitistas: la frontera es muy delgada entre expresar una opinión y hacerle propaganda a una opinión, pero ahí está, perceptible para los perspicaces y, a veces, para cualquiera.

Pasan por opinión los más tajantes edictos, fanatismos empecinados, disimulada propaganda, en medio de una abundancia que, por otra parte, suele estar mucho más cerca de la ignorancia absoluta que de la más vaga sospecha.

Todos saben que los que más saben de cualquier materia, cualquiera, son los menos. Pero la opinión es un derecho de todos, y esta es la razón por la cual se puede “opinar” sobre una reforma tributaria, sobre un sistema de producción de energía o sobre la teoría de la relatividad, sin tener la menor idea de tan intrincados asuntos. Opinar no debería ser sinónimo de manifestar una preferencia, y mucho menos si la base de esa preferencia es la ignorancia.

En realidad, tampoco es opinión propiamente la del que expone con perfecto dominio cualquiera de esas materias: ese será un estudio, un tratado, una historia, pero no un ensayo ni una opinión.

Quizá el estado ideal para la opinión sea la duda, la sospecha, la conjetura. La duda, principio de toda sabiduría, según Aristóteles, y uno de los nombres de la inteligencia, según Borges, lejos de ser un estado nebuloso, como pareciera concebirse, ofrece la lucidez de la libertad, que puede tantear sin apego, e ir y volver sobre los datos en juego sacando todas las cuentas posibles, porque no hay pregunta que no haya tenido muchas respuestas.

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