Hernán Rivera Letelier

Ahora que ‘me llego la buena’ no me he convertido en un soberbio de mierda”

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Por Hugo Dimter P. Fotos de María Eugenia Lagunas P.

– La imitación de esa foto de Pinochet serio, con gafas, y de brazos cruzados. Eso me gustaría- dice María Eugenia Lagunas, quien va a retratarlo.

– Todo lo que tenga que ver con Pinochet me cae como las pelotas- contesta Rivera Letelier con un instantáneo brote de urticaria.

El escritor de la pampa lleva unas desproporcionadas gafas con las que logra disimular su vivaz mirada. Tres de la tarde. Caen los patos asados. Disfrutamos en el Mercado Central de Santiago, bullicioso lugar de trabajadores y empleados; pero también de putas y uno que otro borracho. Las pescaderías van a cerrar y los estacionadores voladitos no han venido a “saludarnos”. No importa.

La primera vez que Hernán Rivera Letelier vio los rayos del sol fue en Talca, en 1950, pero no duró lo suficiente: junto a sus padres tuvo que emigrar al norte donde, ya con ocho años, vendió diarios en las calles de Antofagasta. Desde la altura se veía el imponente desierto de Atacama. Eran los comienzos de una vida plagada de sacrificios. Ni para zapatos alcanzaba.

Por ello, ahora, se acomoda en la silla sin mirar por encima del hombro a nadie; al contrario de muchos de sus colegas escritores que lo califican de novelista simplón. Pero el “modesto escritor”, mientras tanto, es de los que más vende y adquiere gran afinidad con la gente, con el ciudadano común y corriente.

Dictamen: Los otros escritores lo ningunean por envidia. Le pasó a Osvaldo Soriano y ahora es el turno del chileno Rivera Letelier.
Son las teorías de lo que sucede con el autor de “La Reina Isabel cantaba rancheras”. Teorías de pasillo, cuchicheos en voz baja. Muy a la chilena. Y totalmente alejadas de dónde nos encontramos ahora.

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– ¡Bien serio con esa cara de perro que tenia Pinochet!- sugiere la fotógrafa que pose. Y Rivera Letelier le hace caso.
“Quién es ese hombre?”, pregunta una transpirada madre a su hija adolescente. Las personas observan de reojo al tipo de gafas.

– … Es el papá de Arturo Vidal- señala alguien en un puesto.

– ¡Oigan, cabros, acá está el papá de Arturo Vidal!- grita un flaite.

Mientras tanto Rivera juega a ser un dictador.

– Es difícil poner la cara de perro de Pinochet- se disculpa el novelista.
– … Imaginando algo terrible como pensaba él- fantasea la fotógrafa.
– Chutaaaa- (ríe).
– … Pinochet pensaba muchas cosas…- sugiero.
–  … Pensaba puras huevadas no más- concluye Rivera Letelier. Punto. Y fuera.

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Mientras los escritores salen despavoridos corriendo tras el éxito y la respetabilidad Rivera Letelier se come un chupe de jaibas en el Mercado Central de Santiago de Chile. Esa es su parada. Rivera es un hippie, un revolucionario, y un indignado. Su cóctel molotov son sus recuerdos. Su arma son sus escritos, donde el pampino trae ese español antiguo casi extinto. Pero también su libertad para ir y venir como una locomotora que presta atraviesa el desierto más triste del mundo, como él señala. Los fantasmas quieren subirse al tren pero éste va muy rápido.

Entrada: Confidencias cinéfilas y literarias 

– Hablando de Pinochet, usted políticamente es de izquierda. ¿Siempre fue de izquierda?
– Sí pues, toda la vida. Soy hijo de obrero y fui obrero durante 20 años. O sea debo ser obrero. Me gusta el fútbol… Con esta cara no creo que me reciban en la UDI- finaliza riendo. Y confiesa que no tenía candidato en las pasadas elecciones presidenciales: 
Mira, siempre he votado, pero ahora fue complicado. No sabía sé por quién votar. No encontré alguno que valiera la pena. A todos los he escuchado. Ninguno me tincó. Ninguno me conmovió, digamos-, finaliza nuestro escéptico conocedor de la demagogia chilena.

– ¿Y qué opina sobre los partidos?
– A mí no me han gustado nunca los partidos. Nunca he militado en un partido. Soy de izquierda, pero nunca milité porque me cargan las reglas, los estatutos, las normas. Me cargan. Soy un tipo que quiere mucho su libertad, porque viví en ese desierto, porque teníamos todo el desierto como patio para jugar. Un desierto infinito. Entonces la libertad para mí es fundamental porque todo lo que tiene reglas, estatutos … en literatura no pertenezco a una religión. No pertenezco a nada. Estoy libre como el viento.

El mundo es pequeño “Donde Bahamondes”: la picada en que cocinan el mejor chupe de locos de Santiago. Estrecho pero protector. Bueno, barato, pero angosto. Ideal para sentir el calor humano. Pero no 35 grados a la sombra.

– Algorta, María Elena y Pedro de Valdivia fueron las oficinas salitreras donde pasó parte de su vida.  ¿Fue muy sacrificado aquel tiempo, cuando trabajó en la pampa como obrero?
– Claro que fue sacrificado. Fue duro. Pero yo entré a trabajar en los años 60  y la cosa ya se había suavizado un poco. Pero, a principios de siglo, era un trabajo casi de esclavos. Igual estar ahí con ese desierto, con ese clima, con ese paisaje tan duro, fue pesado.

– En ese tiempo iba mucho al cine. O sea usted es un cinéfilo.
– Me convertí en un cinéfilo en la pampa. Íbamos todos los días al cine. Era la única entretención que había y proyectaban una película diaria. O sea cada día cambiaban la película. Entonces al año veíamos 365 películas.

– ¿Qué películas recuerda?
– Especialmente las mexicanas.

– ¿De Jorge Negrete?
– Le hacíamos chupete a las mexicanas. Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía, con Sonia Aguilar con Luis, con Mantequilla, con Chicote, con Pedro Armendariz, con Rosita Quintana, con Lola Beltrán.

– Yo pensaba que en esos cines del norte, antiguamente, daban películas mexicanas pero también películas de Alan Laad o de Gregory Peck.
– De todas las películas y de todos los tipos.

– ¿Y cuáles son tus favoritas?
– Las italianas: las del neorrealismo y las de mitad de los 70.
Pasqualino, Sietebellezas. Debo decir que me encanta Fellini. Ahora, en la pampa, como te digo, un día podíamos ver una  de Jorge Negrete y al otro podíamos ver El acorazado Potemkin. O sea de todo.

– ¿Y esa cultura cinéfila que fue adquiriendo lo favoreció al momento de escribir? ¿Le sirvió de ayuda?
– Fíjate que yo creo que sí, los directores dicen que mis novelas son cinematográficas, que tienen un estilo donde ellos están viendo una película, y eso me sale solo. O sea. esa es influencia del cine. Inconscientemente cuando escribo estoy viendo una película.

– ¿Y esa película ya la tiene lista, ya sabe todo  de la película?
– No, voy armando la película a medida que escribo.

– ¿En qué horario escribe? ¿A cualquier hora?
– Yo puedo escribir en cualquier horario y en cualquier parte, con bulla o sin bulla Por ejemplo con este ruido yo puedo escribir. Es que tengo un poder de concentración casi blindado, y tuve que hacerlo pues…

– ¿Por qué?
– Porque en la pampa cuando empecé a escribir estábamos viviendo en una sola pieza, de 4 x 4. Estaba la cama, los muebles, estaba la cocina. Yo tenía dos hijos, una niña y un niño, y era una mesa como ésta, no más grande que ésta. Un metro cuadrado. Yo me sentaba a escribir. A este lado estaba la televisión y a este lado estaba la cocina, aquí mi esposa haciendo el almuerzo, aquí los niños viendo tele y yo al medio escribiendo. Mucho poder de concentración. Así que ahora escribo no más. El mundo se puede caer a pedazos y yo no tengo ningún problema; siempre que no me hablen. No, ahí se espantan los duendes.

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Las ruindades y el Apocalipsis

– ¿El mundo actual lo ve con pesimismo o con esperanza?
– Soy un pesimista en cuánto al futuro de la humanidad. Creo que estamos a las puertas de un apocalipsis general. En 50 años no va a haber agua, van a ver guerras por agua. No. Es una hueva desastrosa. Le estamos dando, a nuestros hijos y a nuestros nietos, un mundo de mierda. Lo hemos hecho tira (destruido), no nos hemos preocupado de cuidarlo.

– O sea, éticamente el ser humano actual es una basura.
– Una basura pues.

– ¿Antes era totalmente diferente?
– En el año 60 era otra cosa.

– ¿Por qué? ¿Qué nos ha pasado a los chilenos?
– No, no es a los chilenos no más. Es al mundo entero. Con los avances de la tecnología hemos cambiado del cielo a la tierra.

– ¿El dinero ha sido importante en el cambio del ser humano?
–  Yo creo que sí. Fíjate que yo pienso que nunca el dinero, en la historia de la humanidad, había tenido tanto poder, tanta fuerza. Nunca en la historia de la humanidad había comandado tanto el vil billete. Ahora los que mandan en el mundo son los poderosos. Son los huevones que tienen la plata. Los presidentes de cada país son administradores del país no más, pero los que realmente mandan aquí en Chile son los Luksic, son los  Ravinets.  Estos huevones que financian las campañas de los candidatos: le ponen 500 millones, mil millones, lo que haya que poner. Y entonces, después en las leyes ellos mandan. Ésta ley se aprueba ésta no.

– … Lo noto un tanto enojado.
– No. Esa huevá me da impotencia, me da rabia.

– O sea, si usted tuviera ahora 15 años seria un encapuchado ¿o no?
– No creo que encapuchado, a lo mejor cuando era joven, pero sí mi trinchera son los libros y de ahí yo lucho, combato. 

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En viaje

– En su juventud viajó mucho por Sudamérica. Eso también tiene que haberle dado fuerza para escribir.
– Fue un viaje iniciático. Si no hubiera hecho ese viaje no seria escritor. Así de claro, en esa idea empecé a escribir.
 

– ¿Y fue un viaje bello, doloroso?
– Para mí fue un viaje fantástico. Un viaje experimental donde conocí no solo los paisajes, las ciudades, los países, sino que donde conoci a la gente, donde conoci a ser yo, a  yo me siento de conocer con solo mirarlo con solo oírlo hablar una frase ya se si la persona es buena, es mala, es envidiosa, en donde sea.

– ¿Usted  es de muchos amigos o son contados con los dedos de la mano?
– Ahí me sobran dedos. Tengo más conocidos que la cresta, pero amigos amigos no son más de cinco.

– ¿Se considera afortunado en su vida?
– Muy afortunado.  Fuí explotado más de 30 años. Cuando niño era de una pobreza franciscana: a pata pelada (descalzo), comiendo pan duro a veces. Pero todo eso lo recuerdo con felicidad. Nunca fui un resentido social, y ahora que “me llego la buena” no me he convertido en un soberbio de mierda.

– ¿El hecho de que venda muchos libros -porque usted vende mucho- lo ha afectado de alguna forma? Tal vez no quería vender tantos libros pero sí ser un gran escritor?
– No, uno cuando escribe a lo que aspira es a tener la mayor cantidad posible de historias para llegar a la mayor cantidad de gente. Yo he tenido mucha suerte con los lectores. Creo que tengo un nicho de lectores que me siguen, que compran todo. Y llegar a la gente es impagable.

Referente al hecho de querer llegar a los lectores, ¿le molesta cuando piratean sus libros, que llegan, tal vez, a lectores que a lo mejor no los pueden comprar?
– Yo los firmo igual. Yo firmo los piratas tanto como los auténticos. Mi teoría es la siguiente: la persona que compra los libros en la vereda a dos lucas no tiene plata para darse el lujo de entrar a una librería y comprarlo a  doce lucas. Entonces yo no pierdo un cliente, yo gano un lector, porque ese libro lo compran para leerlo en casa y lo leerán dos o tres personas que, algún día, tal vez, van a comprar un libro mío original.

– ¿Usted comenzó escribiendo poesías para ganar un premio que era una cena?
– Cuando andaba por ahí de hippie, de mochilero. Andaba muerto de hambre, una semana entera sin comer. Anduve 5 meses con la mochila al hombro recorriendo todo Chile y algunos países del cono sur.

– ¿Y le gustaba la cultura hippie?
– Soy un hippie todavía, de alma. Como no uso reloj, no uso corbata, no tengo tarjeta de crédito, como no me gustan las normas, los estatutos.

– ¿Y experiencias con drogas:  marihuana o ácido?
– Pura hierba, pura hierba (ríe). Todavía yo no fumo del otro, yo fumo lo que da la raíz.

– ¿Qué opina de la legalización del a marihuana?
– Encuentro que si pues: muere más gente buscando la marihuana que fumándola. Porque para buscarla tienen que meterse con los malos.

– Haz tenido a través de la marihuana algún estado de conciencia bien potente? ¿Una volada bien fuerte?

– Pero no escribiendo, haciendo el amor.Haciendo el amor en una volada, mágica (ríe). Depende de tu compañera también. Si están los dos volados es una cosa…

Señor, ¿vió pasar una tormenta de amor?”


– ¿Es usted muy romántico?
– Creo que yo soy el único romántico del mundo.

– Ya no hay mucho romanticismo en el mundo.
– Quedamos pocos. Creo que soy uno de los pocos que aún lloran en el cine. Me da una vergüenza, pero ahí me corren las lágrimas cuando veo una película.

-Usted empezó escribiendo poesía. ¿Continúa escribiendo poesía?
– Yo soy un poeta que escribe novelas, novelas con mucha poesía. Hay gente que confunde poesía con poema.

– ¿Cuál es la diferencia a su juicio?
– El poema es un envase de la poesía, uno de los envases. He visto poemas sin una gota de poesía. En cambio he visto  cuentos llenos de poesía, novelas llenas de poesías, cuadros llenos de poesías, canciones llenas de poesía, ¿me entiende? La poesía es lo que da la vida al arte. Sea el arte que sea: la poesía es el puente.

–  ¿Qué poetas le gustan?
– En Chile tenemos los mejores poetas del mundo, de la lengua hispánica: Neruda, Mistral, Huidobro, Parra, Zurita, Oscar Hahn. Te puedo nombrar a Manuel Silva Acevedo, Floridor Pérez, los cantores mundiales de poesía.

– ¿Y de los escritores? ¿Le gusta alguno de los chilenos?
– Ningún novelista me gusta (ríe).

– ¿Pero ni chilenos ni extranjeros, ni nada?
– Extranjeros sí pues. Hay cinco.

– ¿Quienes?
– Hay cinco que son como mis maestros: Juan Rulfo, García Márquez, Julio Cortázar, Jose Luis Borges, y Leopoldo Marechal, un argentino buenísimo. Es como el papito de Cortazar. Tiene un libro que se llama Adán BuenosAyres. Fue el libro que me cambió la vida.

– ¿Y Manuel Rojas le gusta?
– Nunca lo he leído, me da una lata.

– ¿Muy complicado?
– No es complicado. Es latoso.

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