Transantiago

Transantiago:

inagotable, inevitable hablar de él, y ya todo un clásico

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Pronto se cumplirán 7 años de la puesta en marcha del controvertido sistema de transporte. Nunca está de más recordar sus vigentes flaquezas pero también es hora de refrescar la memoria acerca de sus, a veces, menospreciadas ventajas.

Por Gonzalo Figueroa Cea

 

El Transantiago debutó oficialmente en febrero de 2007. Recuerdo las dificultades que tuvo y, en cierto sentido, todavía tiene. La reclamadera fue casi pacíficamente ensordecedora por la lentitud y la incomodidad de los buses. La forzada algarabía de las autoridades -“ha sido un inicio satisfactorio”- me hizo recordar aquella famosa y legendaria caricatura del “camello de tres jorobas”:

-¿Ve el camello de tres jorobas? -dice el dueño del animal.

-Pero, señor: tiene dos…Los camellos tienen dos jorobas y en algunos casos una, pero nunca tres -le responde incrédulo testigo del animal (de dos jorobas) al dueño de éste.

-Pero, por favor, señor: tiene tres. Fíjese bien.

-Insisto, señor. El camello tiene dos.

-Pero mire -acercándose al oído de su interlocutor, bajando la voz y retorciendo la boca- en el cuello tiene un porotito: ¡son tres jorobas! ¿Ve?

-Entendido, señor: ¡tiene tres jorobas!

En fin: aquél es el clásico ejemplo comunicacional de contar “con vaselina” un cuento (valga la redundancia) a la gente, a fin de que ésta se lo trague; dicho de otro modo, “meter una cuchufleta”.

Sin embargo, el ya clásico y dificultoso debut del actual sistema de transporte público de Santiago, si bien tuvo esta parte de agraz, también nos invita a ver la parte dulce, el “vaso medio lleno”. Recuerdo un titular de Las Últimas Noticias, en 2002, que rechazaba la actitud propotente de parte importante de los gremios empresariales de la locomoción mayor capitalina (¡qué distinto este titulares de LUN con los “merengues” que hoy saca en portada!).

Era como un eco de Ricardo Lagos, el presidente de la República entonces, quien ya proyectaba el fin de las casi olvidadas micros amarillas. Pero tampoco la gente se acuerda mucho de esta nueva muestra de la firmeza de “don Ricky” (apodo que le puso La Cuarta).

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A pesar de tener un ministro de Transportes (Javier Etcheberry), tipo “iceberg”, quien privilegiaba el trabajo en cuatro paredes además de estar decidido a disminuir el número de micros y sacar de circulación a los artistas callejeros y vendedores ambulantes que se suben a éstas, Lagos estaba absolutamente plenamente convencido que era muy necesario regular el sistema.

Tardó algunos años en que se materializará la promesa. Fue su sucesora, Michelle Bachelet, quien ejecutó aquel debut del Transantiago. Lo logró, con dificultades y un forzado mea culpa por los problemas, pero lo logró.

¿Cuáles fueron los puntos de favor del sistema?

-Eliminación de los “cajeros humanos” y portamonedas gracias a la tarjeta BIP!, instrumento que se carga y que evita, además, que el chofer se haga cargo del cobro, los cambios y la caja (ésta última botín soñado de los delincuentes).

-Corredores exclusivos en las principales arterias (falta mucho por hacer, sin duda, pero al menos esta infraestructura ha permitido segregar vías para vehículos de locomoción colectiva y vehículos menores).

-La posibilidad de combinar Metro y micro evitando gastar doble tarifa: sólo algunos pesos más (lo que algunos llamaron la “popularización del tren urbano metropolitano”).

-La concentración del control operativo en sólo una decena de empresas, cada una de las cuales se hizo cargo de un recorrido o un conjunto de recorridos, en lugar de centenares de empresas que competían unas con otras, a toda velocidad, por el corte de boletos en unas pocas arterias (“el fin de una mafia” ha señalado mucha gente).

¿Hay cosas que mejorar?

Por cierto que sí. En primer lugar, más infraestructura en materia de corredores, metro y estaciones intermodales; nuevos recorridos, más buses (más nuevos y modernos), mejoramiento de frecuencias, mayor equilibrio financiero, mayor regulación operativa, etcétera.

Algunos dirán, como agregado, que hace falta un “reseteo mental” de los santiaguinos. Otros argumentarán que hace falta “mayor sentido urbano” y, los restantes, “hacer de nuevo la ciudad”. Otros, más etéreos y siempre algo más optimistas, sostendrán que es necesario “otra forma de construir y hacer ciudad: más amable y con nuevas formas de integrar actividades y áreas”…En fin.

Como bien señala un archiutilizado lugar común, “algo es algo”.

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