El destatuado de la Marta Brunet

Por Marcelo Mendoza

hans

Mala noche la del jueves. Mientras los detectives celebraban y el fiscal Pablo Sabaj aparecía de madrugada orgulloso de la faena policial, yo no podía dormir porque habían descubierto la identidad del descuartizado de la Población Marta Brunet. Mala noche porque Hans Hernán Pozo Vergara, el joven de 20 años que al final resultó ser ese conjunto de miembros lanzados en la periferia sur oriente de Santiago era un descuartizado de nacimiento. Su foto revolvía las entrañas del espectador. Dio una pena infinita que a escasísimas horas de haberse armado ese puzzle con aquellas piezas desparramadas se consiguiera darle alma
e historia personal: un nombre, el rut, un sin casa que había estado en la cárcel y otros datos que constituían su biografía. Que a ese abandonado lo asesinaron, descuartizaron y, lo más aberrante, incluso destatuaron, porque le aserraron cinco de los seis tatuajes que había adherido a su cuerpo como marca de vida. Una pena infinita saber que detrás de todas esas presas de carne estaba un incauto masacrado por la vida desde que nació.

La villa y la toma

Es viernes y en la Villa 22 de Septiembre, en el paradero 30 de Santa Rosa, La Pintana, nunca imaginaron que alguna vez llegaría la nube de cazanoticias que
ahora hay. El destatuado era de aquí. Su tío, Francisco Pozo, un moreno cincuentón con cara de buen hombre, está abatido. Su esposa, la señora María, no está para nadie. Ellos se hicieron cargo de Hans, un bebé blanquito, rubio, de ojos azules, porque la madre biológica, luego de parirlo, sencillamente se deshizo de él por eso: porque era claro, muy distinto a ella y a su esposo, el hermano de quien ahora está frente a mí.
La villa no es una población más. Es un conjunto de 40 casas autoconstruidas por un grupo de pobladores que lideraron la emblemática toma de 1983, bautizada con el nombre de Campamento Juan Francisco Fresno (por el arzobispo de Santiago de la época), que se inició precisa- mente un 22 de septiembre. Lo cuentan Pablo Vira y Sara Henríquez, líderes de aquella provocación social en los tiempos duros de la dictadura. Ahora ellos viven aquí, en el foco de un inesperado escenario criminal que tiene a todo el país construyendo literatura sobre asesinos, móviles u otra seña que alimente la morbosidad.
Hans Hernán Pozo Vergara fue depositado en la toma a los 28 días de nacer. Sus tíos Francisco y María también integraban el movimiento y por eso en los primeros años de vida aquel bello rubiecito se crió entre improvisadas casuchas de resistentes pobladores que hacían frente a bombas lacrimógenas y tanquetas en el intento policial por desalojarlos. La señora María era una activa militante de izquierda, de la organización de base Las Abejas, que realizaba talleres para pobladoras. Ante la falta de una madre biológica, Hans tuvo varias madres de facto -nodrizas- que en sus primeros meses se alternaban para darle de mamar.
-Yo fui una de las que le di teta -dice la señora Adela, mujer de más de 50 que lo tuvo viviendo en casa, adorna- da con afiches de Víctor Jara y Violeta Parra, hace unos tres años, como un hijo más.

hans4

A soñar con superhéroes

El quiebre vino a los 15. Después de aguantarle numerosos desmadres -pequeños hurtos y salidas de cauce originados por el consumo adictivo de pasta base-, Hans fue echado de la casa por los tíos luego de robar numerosas especies de su propio hogar para después venderlas y así obtener dinero para droga. El adolescente deambuló por el barrio, pero la organización vecinal, prolongación del comité de toma, le entregó una pieza en la vieja casona del recinto que servía y sirve de centro comunitario. Puso en la pared un dibujo de la Hormiga Atómica, su personaje favorito, y copió la frase: “Volverás a soñar con superhéroes”. Pero el chico una vez allí volvió a robar, esta vez especies más cuantiosas. Y pese a que era querido como un hijo común, fue denunciado y terminó en la Cárcel de San Miguel. Lo acusaron porque no actuó solo, sino junto a un mayor avezado en estas lides. Rápido quedó libre porque se estimó que fue inducido por el otro hampón. El problema es que su compañero sólo pudo ser detenido tras la delación del Rucio.
-Hace poco tiempo, cuando Hans visitó a un amigo en la cárcel, fue amenazado de muerte por el otro -me cuenta, en voz baja, un poblador sin nombre-. Le dijo: “Cuan- do salga, te voy a matar”.
El Rucio siempre fue un muchacho tranquilo, pacífico, introvertido. Maca, la hija de Sara, cuando eran niños, se declaró polola de aquel rubiecito que no tenía papás. Le gustaba escribir poesía. Escuchaba al grupo de rumba español Los Chichos.
Después de aquella corta estadía en la cárcel, fue recibido por Adela, pero ante la insistencia de los pequeños robos -como son los robos a los pobres-, Hans terminó de nuevo en la calle, deambulando por ahí. El muchacho fue acogido en La Caleta, una ONG que mantiene un centro de rehabilitación juvenil en La Pintana. Gracias a ello, y amadrinado por la terapeuta Juanita Droguett, volvió a estudiar al liceo La Cultura, a una cuadra de la villa, en donde hizo toda la enseñanza media en sólo dos años.
-Era muy inteligente -dice su tío Francisco-. Habiloso. Mi hijo Toro lo adoraba. Nosotros también.
Pese a que le gustaba estudiar y que soñaba con ser poeta, la pasta base y a veces la marihuana lo habían hecho incurable. Se le podía ver habitualmente en el centro comercial de la esquina pidiendo unas monedas. Trabajó ocasionalmente como cuidador de autos en el supermercado Lider del sector y ejerció durante más tiempo aún como vendedor de helados de micros. Precisamente, el microempresario heladero que se habría suicidado de un tiro -y que pudo ser su descuartizador (ver página 7)- era quien lo proveía de esa mercancía. Ahora se cree que, además, lo abastecía de droga. Y que por ello Hans debía proveerlo de sexo.
La pequeña fábrica de Jorge Martínez, que así se llamaba el heladero, está en Venancia Leiva con Santa Rosa: la esquina que el Rucio tomó por hogar.

hans3

Un ratón con sombrero de Al Capone

Es probable que haya sido Adela la habitante de la villa que vio por última vez con vida al Rucio Hans. El jueves 23 de marzo llegó a su casa preocupa- do por una orden judicial para apersonarse al Octavo Juzgado del Crimen de San Miguel. Se le citaba para el sábado 1 de abril, pero Adela no halló el papel y le pidió que volviera al día siguien- te para pasársela. Hans no regre- só. Y Adela, al no verlo en su esquina, comenzó a buscarlo. Recorrió pasajes que él frecuen- taba, ese mismo jueves. Prosiguió viernes, sábado y domingo. No lo buscó más, porque supuso que, como en febrero y otras veces, había sido detenido y pasaría algunos días encarcelado.
En las noticias de la noche del lunes 27 de marzo se le revolvió el estómago cuando supo que, al final de Santa Rosa, en la Población Marta Brunet, donde sobreviven los pobres de solemnidad, a unos 20 paraderos de la Villa 22 de Septiembre, un niño había encontrado en el hocico de su perro Rocky un pie humano. Al día siguiente, a pocos metros de allí, las noticias le dirían que ahora había aparecido una cabeza con dos disparos de bala y la nariz cercenada y ya toda la prensa daba cuenta de que eran miembros de un mismo cuerpo: de un descuartizado. El miércoles 29 aparecerían los brazos, sin sus manos, y ambas piernas con los pies cortados. El viernes 31, la policía hizo pública una imagen virtual y, tal como usted que ahora lee esta crónica, los habitantes de la villa comentaban la atrocidad del asesinato con toda la distancia y desafección propia de un lector de noticias. El lunes 3 de abril fueron hallados las dos manos y el torso en una bolsa negra, en la Población Francisco Coloane, vecina de la Marta Brunet. Al día siguiente aparecería en los diarios la tercera reconstrucción del rostro del descuartizado y Adela, como usted y yo, se preguntaba quién sería ese pobre infeliz. Se informó además que el descuartizamiento llegó a niveles sin precedentes, porque el trabajo de hacer lo imposible por impedir la identificación de estos trozos de carne llevó a cortar con sierra las nalgas y a aserrar cinco tatuajes que se hallaban en el torso, piernas y antebrazos. Tal vez por negligencia, sólo quedó impreso en el antebrazo izquierdo la tenue imagen del Cupido naïf que ilustra esta crónica. En definitiva, el descuartizado adquirió una condición aún más escabrosa: se transformó en el primer destatuado de Chile.

hans2
Se presentaron 12 familiares ante el fiscal denunciando desaparición por presunta desgracia, pero, tras pruebas de ADN y otras, todos fueron descartados. Nadie en la villa tuvo la mínima razón para relacionar al destatuado con el Rucio Hans. Ni por asomo, a pesar de que este viernes 8 de abril está ante mí Sebastián Sáenz, un muy tatuado también de 20 años que confiesa que fue él quien le hizo el último tatuaje: “Un ratón con sombrero de Al Capone, con camisa, un taco de pool y una bola ocho”.
-¿Tenía entonces el Cupido en su brazo izquierdo?
-Sí, claro, lo tenía.
-¿Y por qué no diste cuenta de que tu conocías al destatuado cuando apareció ese tatuaje en los diarios?
-Nunca veo los diarios y jamás supe eso. Hasta ahora no he visto esa imagen.
Hans no tenía amigos, dicen todos por aquí.
-Era muy sumiso, muy débil -dice Pablo Vira.
-Jamás expresaba afectos, porque llevaba en el alma la idea de que no tenía lazos -agrega Adela.
Quizás ese es el motivo de que su cadáver no tuvo a nadie quien lo reclamara. Su hija de 2 años está muy pequeña como para sentir que ha perdido un papá: un descuartizado de nacimiento al que llamaban el Rucio Hans.

El enigma del descuartizado de 1973

En febrero de 1973 un hombre muy pobre encontró un pedazo de carne envuelto en papel de diario bajo el puente Manuel Rodríguez del río Mapocho. Se lo llevó a casa como un trofeo. Su esposa sacó un trozo y le preparó un sándwich, que fue engullido al instan- te. Pero no olía bien. Al detenerse a analizar el resto, tuvieron la horri- ble sospecha de que era carne humana porque sobresalían unos pelos negros.Y llevaron el pedazo al cuartel de Investigaciones.Se trataba del muslo de un hombre adulto. Días después apareció el tronco del mismo occiso en un descampado de Quilicura.Y sema- nas más tarde la cabeza, en una acequia cercana. El caso fue un gran acertijo para la policía civil y conmocionó al país entero, tal como ahora ha sucedido.
El ya retirado prefecto Carlos Al-Konr -ex director del Instituto de Criminología- estuvo en el equipo que investigó el caso, dirigido por el inspector Pedro Espinoza (eran del Grupo D,“Los Diablos Rojos”). Un día antes de que se descubriera la identidad del descuartizado de ahora, Al-Korn recuerda aquel crimen como el más parecido al actual de todos los que le tocó investigar. La diferencia: no sólo jamás se llegó a resolver, sino que tampoco se pudo comprobar la identidad del descuartizado. Aunque en los anales de la historia delictual chilena se conoce como el caso de Mariano Salazar, final- mente los peritajes descartaron que se tratara de aquella persona. Salazar era un comerciante español -dueño de la fuente de soda Gino- que vendió un departamento en 10 mil dólares con el fin de regresar junto a su esposa, Maricarmen Fernández, a su tierra. Ambos desaparecieron. Al inicio de las indagaciones por las partes del cuerpo encontradas, se halló a la esposa asesinada a palos en la tina de baño del departamento de ambos en Matucana.
-Un trozo de pretina de una tela verde no existente en Chile, igual a la que encontramos en una chaqueta en el ropero de Sala- zar -cuenta el ex prefecto- nos hizo creer que el descuartizado era Mariano.
Parecía todo resuelto: con el fin de robar la millonada en dólares para la época, asesinaron a Maricarmen y se llevaron a Mariano para luego hacerlo desaparecer.
Sin embargo, la inexistencia en el torso hallado de una cicatriz producto de una operación de apendicitis del español y la no coin- cidencia del grupo sanguíneo, desecharon lo que parecía obvio. Nunca se pudo descubrir quién mató a su esposa y tampoco quién fue realmente el descuartizado. Se cerró el caso. Al-Konr agrega:
-Después, surgió la hipótesis de que el asesino (de su esposa y del descuartizado) había sido el propio Salazar, quien habría huido a Bolivia.
El periodista Osvaldo Muray -viejo reportero policial- condimenta aún más la historia contando que escuchó de un inspector que el asesino había sido un detective de la Brigada de Homicidios de la propia policía civil.

Publicado en el Diario Siete en 2005.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s