Juan Álvarez

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Juan Álvarez (Neiva, Colombia, 1978)

“Hay un neoliberalismo literario para vender más rápido y más fácil”

Por Alejandro ávila Saulés, Ernesto Medina y Guadalupe Islas Rivera.

Juan Álvarez parece vivir entre las sombras. Fantasma o no, fue declarado uno de los 25 secretos mejores guardados de la literatura en Latinoamérica en el 2011.
Urbe Salvaje entrevistó en México -después de la conferencia de prensa de Latinoamérica Viva- a una de las voces más jóvenes y errantes del nuevo panorama de las letras colombianas. Y vaya que el tipo –justicieramente- no deja títere con cabeza.
Juan Álvarez habla con cautela y claridad,  sonríe, indaga y bromea.  Su crítica es precisa y cruel, pero aún así no teme reír. Con una duda honesta divaga con cierto pesimismo. Un bogotano, un rolo, un hombre que escribe y viaja trashumante por diversos países.
Antes de la entrevista Juan habla de Colombia. “Un país militarizado, enfermo de guerra, un país que tiene 5 millones de desplazados, o sea el 10% de su población. Un país completamente herido, traumado. Y todo el dinero está invertido en la obsesión de la seguridad, que no es obsesión, porque si esa gente importante no estuviera militarizada y protegida, estaría otro ejército esperando matarlos. Es horrible”.

– Bueno, empecemos por casa. ¿Cómo ves en general el panorama de la literatura latinoamericana?
– Es una pregunta muy gruesa e importante. El problema es que tendemos a pensar en nombres. Pensar un panorama es pensar nombre propios…  Esa fue la pregunta con la que se abrió, o muy parecida en su conformación, la mesa del domingo de Latinoamérica Viva… Espontáneamente nadie empezó a hablar de nombres propios, lo que queríamos hablar era de fenómenos de distribución, el impacto de Internet en la sintaxis misma de las cosas. Queríamos hablar de la industria y del mundo del libro desde su materialidad y sus problemas económicos y culturales, y no hacer un panorama  reordenándolo desde nombres propios. Y eso es la esperanza de la generación. Podría ser por mezquindades propias, porque a los escritores por lo general no les gusta andar tirando otros nombres, o también saben que la gente ya los tiene vistos y  fichados y andar recomendando a tus amigos no es muy decente.
Creo que para pensar el panorama latino debemos tener muy buena información y los ojos abiertos… Te dicen que la innovación, la revolución, lo que está cambiando de la gente que escribe es que ahora lo hace en tweet. ¿Qué carajos significará eso? Escuchas el discurso de ellos, aunque no tengo tiempo para  perder leyendo sus novelas en tweets. El nuevo panorama de las letras: la revolución de la twetteratura, para entrar en contenido de nombre propios.  Y tú vas y escuchas a la gente que está haciendo eso porque te interesa pensar esos sustantivos tan gruesos. La innovación de las letras está sucediendo en Twitter.
Lo que dicen son tres cosas. Una: cada tweet es un párrafo ¿Por qué carajos cada tweet tiene que ser un párrafo? Si el párrafo es como la estructura más clásica, nervio y músculo de la prosa,  si estas revolucionando y cambiando algo  porque tienes un nuevo sistema de comunicación, no acudas a las categorías del viejo para explicarte. En realidad no estás diciendo nada. Dos: esto se volverá un libro,  entonces ¿para qué putas estas diciendo que haces cosas innovadoras y  que todo el mundo participa, si lo vas a volver un libro? Busca algo que demuestre que eres un artista y que en verdad estas pensando en las formas y las estructuras y que hay algo que harás con ese nuevo lenguaje y esa sintaxis,  pero ¿por qué un libro? si se supone que estás en la vanguardia de las cosas. Y tres: y esta es verdaderamente miserable, y es la que yo creo que invita a que se les obligue a presentarse con otro tipo de escritores y que haya debate, porque las mesas que hacen son de  twettstar y ellos, obviamente, se van a elogiar. Probablemente nosotros también.  Lo que deberíamos es hacer mesas donde la gente ya sepa que los que estarán ahí se odian, y se odian a muerte.
Ellos dicen en este tercer punto que  la mayor respuesta la han recibido de jóvenes y niños, porque ellos están leyendo estas novelas. Les parece maravilloso porque es una manera de acercarlos al libro, de hacerlos leer una novela. Cito textualmente, es una manera de leer una novela sin darse cuenta que han leído una novela. ¿Por qué razón a los jóvenes hay que hacerles leer una novela sin que se den cuenta de que están leyendo una novela? Porque, y es otra cita textual, porque para ellos así es muy fácil.  Y yo creo que lo que les estamos ofreciendo a la juventud y los niños es que leer debe convertirse en un acto fácil, porque simplemente está fragmentado. Estamos epistemológicamente confundiendo muchas cosas, porque el músculo y la fuerza de lo que construye en el cerebro  la lectura, tiene que ver con procesos de concentración, de extensión, procesos largos en donde las ideas se van  sofisticando y se van articulando. Es como cuando aprendes a ser buen amante, que comprendes que hay una cosas de intensidad y no de eyaculación  precoz.
En el fondo creo que los que los tachan de eyaculadores precoces, y usan ese símil, no están tan equivocados, y ellos deberían defenderse y decir si son eyaculadores precoces o no. O ¿a quién están tratando de engañar? Y ¿qué es lo que están tratando de hacer? Porque si uno analiza su discurso, yo no  creo que uno deba venderles a los jóvenes la idea de que la lectura es fácil, y las cosas son fáciles, y que están para tenerlas rápido. Porque cuando cualquiera vaya a enfrentarse a su vida, y a las miserias que le ha tocado vivir,  se va a dar cuenta que nada es fácil. Y uno entrena su cerebro para entender eso y tomar decisiones que es lo que hace la lectura y la literatura, tiene mucha más capacidad de ser un hombre libre y con poder como individuo, y el poder del individuo se debilita si se lo estás ofreciendo en esa idea de la “facilidad”.

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– Rescatando esa cuestión de evitar los nombres. Resulta difícil para Latinoamérica escapar de estas dictaduras literarias, como México de Octavio Paz, y tal vez para Colombia de García Márquez.  Tú hablas de una literatura muy vital, que tal vez atenta contra las “vanguardias.” ¿Frente  a esto tú ofreces algo nuevo en ese sentido?
– No lo sé, por supuesto. En el estricto orden de las cosas debería ofrecer algo. Este es un oficio que no me he encontrado en el camino, sino en el que estoy educando y formándome desde que tengo claridad de lo que debo hacer. Pero ¿quién soy yo para auto promocionarme? Pero para encontrar un punto medio, es difícil organizar y entender la manera en que uno asume la entrega directa de la escritura. Uno tiene dos grandes opciones, esta es una posibilidad. Y uno: lo que importa es la historia, la trama, la comunicación de una anécdota. Este es un principio de claridad  que te piden permanentemente los agentes,  y que es muy justo y tiene mucho sentido. No nos trates de contar tu primera persona y cosas que sólo tú entiendes, porque eso se llama diario y quizá lo compartas con tu esposa o tus propias miserias.
Y hay otro músculo frente al protagonismo de la historia, el protagonismo del lenguaje. Es lo que trata de vender (Alejandro) Zambra o (Daniel) Sada. Lo que sucede es el lenguaje mismo. Por supuesto yo creo que ambas cosas son complicadas. Rafael Lemus, joven crítico mexicano que escribía en Letras Libres, tiene ensayos sobre esto en los cuales asocia esa claridad anecdótica y esa simpleza en trama a la obra de Alfaguara, y a una cierta idea de neoliberalismo porque son libros para vender más rápido y más fácil… La otra es esta cosa de públicos más pequeños, de novelas de culto, gente que está con el lenguaje, que son más listos y más literarios. Pero yo creo que uno puede escribir mierda de las dos formas, obviamente. Hay libros de (Mario) Bellatín que son insufribles porque son incompresibles y libros de todos estos orfebres del lenguaje.
Yo lo que me ofrezco a mí mismo como principio de esfuerzo, por ahora, ¿quién sabe qué voy a hacer después? Es tratar de entender cuál es la tensión entre estas dos cosas, porque las dos  cosas tienen sentido. Uno debe procurar claridad anecdótica, porque está contando una historia y ese sigue siendo el oficio. Y al mismo tiempo debe procurar orfebrería del lenguaje porque uno está construyendo eso con palabras, la sintaxis es una cosa que produce emociones distintas…Para ser puntual, hay cosas de Zambra, de esta orfebrería del lenguaje, que me parece que a veces funciona  y a veces no. Están en esa batalla. Y hay cosas en esa claridad anecdótica  de esos escritores neoliberales que a veces funciona y a veces no. Por ejemplo hay una novela que recomiendo sin nombre propio, se llama Trabajos del reino, es una novela que hace perfectamente esto. Una historia potente, porque esta historia ocurre gracias a una sintaxis y una ordenación también, y eso produce lo que hace la música, que es resonar, la música te va llevando por una melodía y al mismo tiempo vas resonando el mundo desde la armonía.
Lo que te estoy ofreciendo es un esquema, que simplemente es muy clásico… Es lo que voy a seguir tratando de hacer en mis libros.

– Se dice que en Colombia hace mucho que no hay una renovación del lenguaje de parte de los escritores para hablar de la realidad colombiana, ¿qué piensas de ello? Y regresando a los nombres propios,  sucederá que no hay nombres notables, no hay un Fernando Vallejo, un García Márquez. ¿Es la injusticia de la historia de las letras cuando se dice que un país tiene una gran literatura sólo cuando tiene un gran nombre?
– Es el problema de que cualquier alcance masivo, implica un gesto de publicidad. Contestar yo desde mi información no es muy significativo, yo por supuesto tengo información sobre muy buenos autores jóvenes desconocidos en Colombia que están haciendo cosas maravillosas, pero ese es parte de mi trabajo, vigilar la competencia como cualquier empresario.
Pero ¿cómo ocurre, que es un misterio, la llegada de la gente a esos nombres? Un caso en concreto en Colombia que ha sucedido en los últimos cinco años, es el de Tomas Gonzáles, un tipo de cincuenta, sesenta años. Que es un gran escritor, porque ha ido encontrando soluciones de esta sintaxis y esta trama. Publicó una novela hace dos años que se llama La Luz Difícil, es una obra maestra, una novela impecable, increíble. Es la novela, por ejemplo, que García Márquez ya no puede escribir desde hace 20 años.  Es una novela impresionante.
Por supuesto que las cosas están cambiando, que hay muy buenas cosas. Pero claro, una novela es como una golondrina que no hace el verano. Los colombianos dicen que se está haciendo mejor crónica, periodismo de no ficción, de alto calaje, no de notas de prensa, sino de largo tiempo. Hay como un consenso entre los editores que en Colombia se está escribiendo mejor periodismo de investigación que literatura. Eso yo no lo sé, pero lo digo como información de lo que la gente está diciendo.

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