El Lobo de Wall Street y Escándalo Americano

Dos visiones del pillaje

Por Gerardo Cárdenas

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Hay dos constantes en la filosofía estadounidense: el imperio de la ley y la capacidad del individuo para determinar su propio destino sin intervención de ninguna autoridad. El que ambos conceptos -el primero hijo de la Ilustración y el segundo más bien orientado a Thoreau- sean intrínsecamente contradictorios no ha impedido su coexistencia, y por el contrario ha dado origen a toda una apreciación del self-made man, aún si este supuesto “triunfador nato” ha dependido más de ciertas condiciones sociales, políticas y económicas para existir que de su propia destreza individual, y aún si su éxito se labra, como suele suceder, a expensas de otros.
El individuo estadounidense, llevado al extremo, al salto más allá de la ley, es el pillo, el fuera de la ley, el outlaw y este puede existir tanto en las montañas y planicies remotas, como en los salones de consejo de las grandes industrias. El pillo violenta a la ley – sus hazañas son celebradas ruidosamente y dotadas de un velo romántico y reivindicativo – y la ley hace esfuerzos descomunales por sujetarlo.
La versión más contemporánea del pillaje fue la rapiña de las grandes instituciones de Wall Street durante el frenesí de créditos e hipotecas chatarra que provocaron la Gran Recesión de 2008. Varios de esos pillos fueron desarticulados por la ley, pero otros transaron con las instituciones y han salido muy bien parados. La rueda sigue girando.
Entretanto el estadounidense promedio persiste en creer en la bondad del individualismo extremo y sigue disfrutando de una narrativa que le muestra al outlaw como un héroe. Robin Hood existe en un traje Armani de tres mil dólares, lo mismo en la imagen mitológica del gunslinger del viejo Oeste, que del gambusino capaz de fundar un pueblo a partir de un filón de oro, o del soldado que rompe la disciplina militar con tal de capturar al malo, o para reivindicar injusticias desatendidas.
Dos recientes largometrajes retoman la figura del outlaw para ponerla en una perspectiva contemporánea y mostrarla en un contexto realista. De un lado, American Hustle, de David. O Russell; y, del otro, The Wolf of Wall Street, de Martin Scorsese. Ambas cintas, hay que subrayarlo, se basan en hechos reales.

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Mientras que en American Hustle la historia se centra en una pareja de con artists (defraudadores de poca monta), estupendamente interpretados por Christian Bale y Amy Adams, en The Wolf of Wall Street el foco de la acción está en un magnate financiero de Wall Street que se especializa en acciones chatarra (en magistral actuación de Leonardo DiCaprio).
En ambas historias el némesis es el gobierno, encarnado en la figura del FBI. En el caso de la cinta de Russell, se trata de un FBI ineficiente, torpe, corrupto e involuntariamente cómico; en el de la película de Scorsese, el FBI es más distante, pero mucho más eficiente e implacable.
Estos enfrentamientos del individualista extremo y los agentes de la ley son hasta cierto punto irrelevantes. De lo que hablamos hoy es del outlaw y de cómo esta figura se aparece en el imaginario colectivo estadounidense.

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En American Hustle, Bale y Adams actúan al margen de la ley, agazapados, en las sombras. Sus personajes medran en extraños parajes que la ley ha olvidado, en los sótanos del sistema. Su lucha no tiene un trasfondo ideológico: es una lucha personal, el individuo que sólo busca medrar y que no quiere llamar la atención.
Stratton Oakmont, el magnate encarnado por DiCaprio busca, por el contrario, los reflectores. Quiere ser visto como el triunfador capaz de embarrarle en la cara al sistema sus vergüenzas. Hacerse millonario a costa expresa del dinero de otros, y en exhibición obscena frente a la ley, porque la ley es irrelevante frente al poder del individuo. Aunque su objetivo final es personal – la mayor acumulación posible de riqueza – su motivación es plenamente ideológica: el sistema funciona, por ende hay que ordeñarlo al máximo, sin importar las consecuencias.
Si en American Hustle los hechos se desarrollan con una cierta morosidad, en The Wolf of Wall Street Scorsese impone su estética brutal, excesiva, in your face. Sexo, drogas y dinero son leitmotivs en ambas cintas, pero en la de Russell son soportes secundarios, mientras que en la de Scorsese son temas centrales, abiertos, a la vista de todos: exagerados, ditirámbicos, desatados.

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Russell y Scorsese evitan la mitificación moral del outlaw. En ambos casos, el resultado es el mismo: los personajes se meten hasta el cuello en dinámicas cuya inercia les rebasa. La ley les tiende trampas. Tienen que transar, buscando algún provecho, algún resquicio. La herida final es permanente: los protagonistas no pueden volver a ejercer de pillos, deben mantenerse en un relativo y distante segundo plano. El endiosamiento del pillo, típico de la cultura de este país, queda reducido a un plano real: la ley es lenta, torpe y miope, pero tarde o temprano actúa y aprieta a la presa con todo su poder.
Russell pinta esa historia con tonos ocres; Scorsese abunda en colores chillantes. Pero ambos cuadros son vibrantes. Los aficionados al cine me recordarán que, mucho antes que Scorsese, Oliver Stone en 1987 había creado a Gordon Gekko en el largometraje Wall Street y lo había convertido en el pillo por excelencia. Pero entre Gekko y Oakmont existe un mar de textura dramática y narrativa. Stone es, cuando mucho, un pintor naif, en tanto Scorsese es un consumado hiperrealista. Stone simplifica, cae en un aberrante maniqueísmo. Scorsese captura la tensión dramática del pillo que disfruta al máximo el placer de la evasión, el orgasmo del dinero y el poder, pero que secretamente sabe que su caída es inevitable. Gekko es un bebé de comercial de pañales frente al pantagruélico Oakmont. Es claro que Stone tiene miedo del mal y por ende lo caricaturiza. Scorsese entiende la esencia del mal, y lo describe en toda su extensión. Que el espectador saque sus conclusiones.

Gerardo Cárdenas, escritor y periodista mexicano, es director editorial de la revista contratiempo (http://contratiempo.net) en Chicago. Su libro de relatos A veces llovía en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011), mereció el Premio Interamericano de Literatura Carlos Montemayor a Mejor Libro de Relatos Publicado en 2011 y 2012.

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