Viviana Abnur

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Una poeta en tres actos

Uno

“Abrí la ventana. Está lindo el día. Hay vida”, me entusiasma la poeta trasandina Viviana Abnur a 1409 kilómetros de Santiago.
Viviana, creada de la costilla de un hombre, ha escrito cuatro libros de poesía: Quien asesinó a Bambi, La Luna Que, 2002; Agosto, Alción Editora, 2007; Delta, Macedonia, 2009, y Flores y velas, Trópico Sur, 2013.
No es una primeriza; tampoco una avezada. Aunque ella sabe que la poesía nunca es una carrera donde lo importante sea llegar primero, si no -como la canción- llegar, o intentarlo de todo corazón.

Dos

Ya es tarde. Los faroles de las plazas en Haedo, Buenos Aires, comienzan a encenderse y Viviana escribe en un papel: “Por estos días pienso mucho en mi padre, en aquellas cosas que no pude salvar, que tuve tan cerca y que se fueron”.
Las palabras rebotan y avanzan hacia el desfiladero. Caen. Me cuenta de su relación con Chile: “Una vez visité Valparaíso y me regalaron una piedra. Una piedra energética que aún conservo”, manifiesta.
Le pido que me narre una historia como un niño pide un caramelo. Y ella empieza:
“Nací en Buenos Aires, el 28 de diciembre de 1964. Algo de Capricornio y algo de Dragón, según me pare al este o al oeste del mundo.
Pasé muchos años al cuidado de mis abuelas porque mis padres eran artistas circenses y viajaban con frecuencia, aunque a veces los acompañaba, y estaba con ellos por un tiempo. Tal vez por eso me gusten tanto las aventuras de Jack London, o las crónicas de viajes de John Muir”.

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Le pido que siga. Que continúe narrándome esas travesías circenses.
“Bueno, ¿qué te cuento?”, manifiesta.
“Eran épocas muy lindas para mí. De mucho viaje, cambio de casa, escuela; nos hospedábamos a veces en un camarín de lona, otras en casas de familia, y los últimos tiempos, en casa rodante, que eso ya era de lujo.

Viajábamos en un jeep Gladiator,  en compañía de palomas, papagayos, el  lorito Claudio, que zapateaba malambo, (y era el número principal de mi padre), Poliya el mono, y Batuque, un foxterrier que había aparecido en un pueblo y que cierta vez, que se escapó un león de su jaula y agarró una llama por el cuello -también del circo- ayudó a mi padre y a los otros hombres a que el león la soltara. Según cuenta él, Batuque se le prendió con furia de una oreja al león y tiraba desde ahí a la par de los peones. Luego dice que lo siguió hasta su casa rodante, se le sentó al lado y jadeaba mientras lo miraba como diciendo: ¡Pudimos! Mi padre dice que ahí se dio cuenta de que ese perro era suyo. Y desde entonces vivió con nosotros, hasta que en 1976, en plena dictadura militar, lo levantó de la calle “la perrera”, esos camiones que los mataban en el acto con gases, y que luego se prohibieron en la Argentina.

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Del circo me encantaban las fiestas que se hacían cada tanto en la pista para celebrar casamientos, cumpleaños, etcétera. Nos divertíamos mucho. Los grandes bebían, y los chicos juntábamos las sobras de todos los vasos, hacíamos una especie de cóctel, y lo tomábamos. Después nos acostábamos de cara a la carpa, y nos contábamos secretos, confesiones. Hasta que los padres se enojaban y nos llevaban a dormir. Gracias al circo, conocí a Guy Williams, el Zorro, cuando vino a la Argentina, y al gran Carlitos Balá, con quien mi padre estaba trabajando cuando se enfermó y falleció. No faltaba, cada tanto, por supuesto un accidente. Una elefanta que, memoriosa, hacía justicia con los peones que la privaban del agua, un oso que atacaba a su domador cansado de los golpes. Tiempos, sin duda, de mucha mucha adrenalina. Bello. Bello”.

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Viviana tiene poemas como luceros que inundan de luz la noche oscura. Su historia es tan variada como asombrosa.
“Canté en un coro, en una banda de rock, trabajé de actriz, estudié Trabajo Social y Bibliotecología, carreras que abandoné, fui militante del PC, que también abandoné, y hoy soy maestra en una escuela de Educación Primaria del Estado.

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La primera vez que escribí poesía, otro lo hizo por mí. Tenía tres o cuatro años y dije algo que ya no recuerdo, acerca de las estrellas. Mi padre corrió a escribirlo en un papelito que mi madre, durante años, guardó en un cajón como un trofeo. A veces, cuando venían los amigos, lo iban a buscar y lo leían en voz alta. Otras, parecía que no lo hallaban, pero al final sí. Siempre sí.
Todavía creo que la poesía tiene algo de cosa perdida, recuperada, y vuelta a perder. Que está ligada a mí desde la empuñadura del primer llanto, que teje y desteje, cansada de esperar, pero por sobre todo, que se entretiene moviendo las agujas, trenzando el hilo. Difícilmente algo estático me conmueva, la belleza, creo, es movimiento.
Vivo en un barrio que quiero mucho, Haedo, con Federico, el menor de mis tres hijos, mi perra Roxana y Gala, la gata vieja. Me gusta andar en bicicleta, practicar tai chi con mis vecinos en la plaza.
Por estos días pienso mucho en mi padre, en aquellas cosas que no pude salvar, que tuve tan cerca y que se fueron.  Él me salvó la vida dos veces. La primera, en un cruce de caminos, entre el río donde pescábamos y la montaña. Yo era pequeña, cruzaba para ir a buscar un anzuelo, cuando bajó una tropilla  directo a mí. Me gritó ¡¡quedáte quieta!! Y así lo hice. Mis padres perplejos, vieron cómo me perdía entre las patas de los caballos, en esa polvareda de humo y ruido. Pero me esquivó el primero y todos los demás. Después me desmayé en sus brazos. La segunda vez, me tropecé y volé desde la terraza de la casa de Ramos Mejía hasta el patio. Mi padre salió de la cocina y me agarró en el aire.  Cuando él murió de neumonía, enfermo de tanto cigarrillo, no pude hacer nada más que mirar. Fue muy duro. Desde entonces ando, como buena cristiana, con mi culpa a cuestas, por casi todo.
Amo el lugar donde vivo, aunque no me siento argentina, ni libanesa, ni nada. Me desagrada el nacionalismo de algunos pueblos, su falso orgullo protector, esa berretada de creerse más seguros por pertenecer a. La vida, como dice un amigo muy querido, está en cualquier parte.
De Chile admiro sus poetas, enormes y generosos como la costa que los separa del Pacífico. En especial Enrique Lihn, Jorge Teillier, Gabriela Mistral, Gonzalo Rojas, Neruda, Huidobro.
Y la pasión de los más jóvenes como Nadia Prado, o algunos que se encuentran por la Argentina y he tenido la suerte de conocer como Victor López Zumelzu, o Diego Alfaro Palma.
También admiro, la paciencia y la militancia de un pueblo que hoy por hoy sigue reclamando por una sociedad más equitativa, con salud y educación gratuitas para todos. Creo en ese cambio. En esa posibilidad de ruptura con los viejos moldes, como creo en Dios y en el poder sanador de la palabra”.
Esa es parte de la historia de Viviana.

Tres

Y estas son algunas de sus poesías:

flores y velas

I
Rosita la écuyere entrena
todo el día
toda la noche
a sus partenaires exige
fidelidad de séquito
y a Frank Brown
que la conserve joven
cada función
en la mira
pisa firme
sabe que
siempre será la vedette
en esa pista

así habló Zaratustra

sola
circunscripta a la línea de batalla la línea blanca a la
fugacidad del duelo

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supe que habías muerto cuando empezó a llover
y el médico llegó para decirnos
que te habías ido
esa lluvia que empezaba sólo para mí
el primer vestigio de orfandad
la ausencia de palabras
ningún paraje más ninguno para tu oído
sólo llover
en la cabina del auto
en absoluto silencio
y habría un antes y un después para ese todavía

no se puede llamar Los terneritos
la carnicería del barrio
no puede
mejor le iría La lonja
o El rey de la molleja
o alguna que otra sigla que combine
las iniciales de los nombres de los dueños
pero Los terneritos no
los diminutivos remiten a la infancia
a cierta inmadurez que arrastro y me recuerda
que el corazón de la matriz es crudo y blando
por eso sangra
que no chorree desde el plato
que no mojemos el pancito
no se puede llamar Los terneritos
la carnicería del barrio

cabe
en la intersección de Gaona y Fasola
en la guantera de un Scania
entre las ruedas aplastada
como la liebre patagónica en extinción
hecha un bollo
en el tacho de basura
de la estación de servicio
junto al diario local
porque es de madrugada cabe
como en la boca del sapo
la bracita
cuando amanezca
con una pantomima un lanzamiento de clavas
el sapo cruzará inadvertido
su boca de fuego

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