Rodrigo Rey Rosa

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Rodrigo Rey Rosa, perdido en Santiago

Por Hugo Dimter P. Fotos de Pepe Durán.

Inimaginable. Los textos del escritor Rodrigo Rey Rosa no se condicen con una persona, aparentemente, tan frágil. Su voz es como el esténtor de un diminuto animalito en medio del peligro. Pero es cierto: el guatemalteco ha vivido, desde 1958, la brutal historia de su país a sobresaltos, con miedo, como casi todos sus compatriotas. Sólo que él ha podido sacarse ese lastre mediante sus firmes y secos escritos. Y cuando ya no ha podido más se ha ido. A cualquier parte, en cualquier momento. Pero se ha ido.

RRR está  preocupado porque ha perdido de vista a sus amigos en la inmensidad de un Santiago que no es África, ni New York, pero se asemeja a una selva, o un mar en plena tempestad. Un pececillo nadando en el turbio acuario de la urbe santiaguina.
La incertidumbre se apodera del ahora desprotegido autor de El cuchillo del mendigo, su primer libro de cuentos allá en el 1986. Luego vinieron -cinco años más tarde- Cárcel de árboles, también de relatos cortos. La lista de obras es larga hasta llegar a Los sordos, novela, Alfaguara, 2012.

Una incertidumbre momentánea y casi pueril. RRR pide ayuda con esa amabilidad y buena educación que lo caracteriza.
Rodrigo, ahora está en suelo capitalino. Ya lo sabemos: Un ciudadano del mundo no tiene bandera, pero siempre está alerta.
Ya más tranquilo deja su mochila en el piso. Toma aire y luego sonríe. Se siente seguro.
Milagrosamente Rey Rosa recupera el rubor en las mejillas y entusiasmado confiesa que tiene un proyecto cinematográfico sobre una cárcel clandestina en la selva de Guatemala. Un recinto que realmente existió pues en Guatemala la realidad supera largamente a la ficción.
“De hecho estoy buscando socios para terminar la película así que se puede contar que es una película de ficción con mucha documentación como punto de partida”, señala.
“Terminamos de grabar hace un par de semanas, así es que no hemos visto lo que hemos rodado, pero es un grupo de gente muy pequeña. Desde Guatemala queremos hacer esta película, así que queremos conseguir dinero para terminarla”.

Rodrigo Rey Rosa, el joven que otrora Roberto Bolaño calificó como uno de los mejores de su generación. «Leerlo es aprender a escribir y también es una invitación al puro placer de dejarse arrastrar por historias siniestras o fantásticas» sentenció Bolaño con inusual cuota de entusiasmo. Claro, siniestras. Pero también poniendo en medio el problema indígena guatemalteco junto a sus experiencias neoyorquinas -post estudios inconclusos de medicina- y su experiencia africana junto a Paul Bowles. Rey Rosa adquiere innumerables conocimientos multiculturales durante sus viajes. Y ahora es el turno en este largo y angosto país llamado Chile.

Sobriedad y el guiño a un cierto minimalismo que lo hacen alejarse de cualquier atisbo de -oh, gracias Dios mío- realismo mágico. De más está decir que no es necesario.
Muertes, juicios y fortuna


– Quisiera preguntarle ¿qué ha sido lo más importante que le ha dado la literatura? Aunque usted pareciera considerar no estar inserto en el ámbito literario.
– No. Yo no me muevo en el ámbito literario. Vivo apartado del mundo literario; pero sí me ha dado trabajo.

– Le ha dado trabajo. ¿Y le ha dado alegría?
– Sí, la alegría de escribir, Y a veces las reacciones de algunos lectores. Creo que el gran premio del oficio de escritor es escribir en sí.

– Un beneficio casi personal.
– Sí, es algo posterior, casi colateral. Sí, puede ser fuente de satisfacción la reacción de un lector agradecido o entusiasta; pero eso ya no es la cosa literaria. Digamos que lo feliciten por un libro es igual a que lo feliciten por lo bella que es tu hija. Casi impersonal. Uno se siente halagado, es algo de uno que alguien aprueba o disfruta. Pero el gozo literario, para mí, está en escribir o en leer.

– ¿Tiene alguna importancia para usted el éxito literario? No me refiero al éxito literario en ventas; sino el éxito literario en saber que uno va progresando, que va, quizás, escribiendo mejor.
– Sinceramente no creo que haya un progreso, ni que uno escriba mejor. Uno puede aprender. Porque hay ciertos momentos que uno aprende, pero en un sentido más amplio. Es una pregunta compleja. Yo no creo que un libro por haber estado escrito 10 años después sea mejor. Uno puede decir: “todavía puedo”, o sea antes de la satisfacción por haber progresado hay un supuesto grado de habilidad. Es como la contradicción entre saber y poder ¿no? Si los jóvenes supieran y los viejos pudieran. Pero se gana o se pierde. Cada libro nuevo es un problema en que la experiencia pasada sirve pero hasta cierto punto. Sí no fuera un reto tan grande como el primero sería aburrido.

– ¿Y las ventas influyen en algo?
– Si le diera importancia a las ventas estaría muy deprimido. Claro que me alegra vender muchos libros.

– Pero no es el fin vender mucho.
– No, para nada.

– ¿Y cuál sería el fin?
– Escribir el libro que pensaba en escribir lo mejor posible. Para seguir escribiendo. Realmente uno se va resignando con el tiempo.

Pocos lo saben: Rey Rosa también es un director de cine fiel admirador de Luis Buñuel y Alfred Hitchcock. “Lo que más queda es lo que se retiene de joven. Bassan. Es muy variada mi lista de directores favoritos”.

–  ¿Usted reconoce el cine como fuente de inspiración, para -de alguna forma- escribir?
–  Sí. Es decir, para escribir no; pero sí para editar, yuxtaponer, digamos, los cortes. Tratar el tejido literario como sí fuera celuloide. Cortarlo y pegar. Eso sí me gustó experimentar.

– ¿Hay referencias cinéfilas?

– Muy tangencialmente,  oblicuas.
– ¿Sin proponérselo?
– Sí, digamos que yo empecé a ver mucho cine al tiempo que comencé a escribir. Esas dos formas se retroalimentan, son narrativas las dos. Hay mecanismos parecidos. Pero sí al pasar de una escena que visualmente tiene una impresión y la que viene contrasta y de alguna manera crea un nuevo sentido pues, la uso como se usa en el cine.

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– Ahora, tiene una columna de opinión que se llama “Femicida” sobre la violencia y el juicio al dictador guatemalteco Ríos Montt. ¿Qué poderes influyen en Guatemala para que no se haga justicia?
– Bueno, el sistema de poder. Es lo mismo de siempre. La estructura de cómo está hecho el Estado guatemalteco donde influyen los grupos de peso. Digamos grandes capitalistas con una influencia enorme para hacer que el juicio a Ríos Montt se anulara.

– ¿Y eso le indigna mucho?
– Sí, me indigna, sino no hubiera escrito. Me despertó una vena de indignación, es la palabra. Con ese descaro, y una especie de estupidez de fondo.

– ¿Cómo ve el futuro de su país?
– Mal, muy mal.

– … No va por buen camino, más aún con la sentencia fallida a Ríos Montt.
– No.

-¿Y tiene alguna esperanza?
– Digamos que por esa vía no. Bueno, yo creo que referente al juicio a Ríos Montt la única esperanza es que le dé más vida para que lo juzguen y le dicten sentencia antes de que se muera. Si pueden probar que es inocente yo estaré muy sorprendido, pero las imputaciones son fundadas. Hubo una sentencia justa y se anuló por razones del proceso, digamos. Un apegó a una letra muy particular, diría yo.

– El problema de la violencia es muy significativo en Guatemala. El asunto de las maras  y sus pandillas. ¿Por qué en Nicaragua y Costa Rica no hay ese tipo de mafias?
– No, por la historia. Nicaragua tuvo un cambio de repartición de su riqueza. Un gobierno de corte socialista que, creo, es parte de la causa de frenar un mayor deterioro. O sea causas históricas. Y Costa Rica tradicionalmente no ha tenido esa estructura tan rígida de desigualdad como Guatemala, Honduras y El Salvador.
Honduras todavía es un país que no ha tenido mayores cambios políticos. Es casi inexistente en política.

– O sea el gobierno de Nicaragua -desde un punto de vista casi ético- lo impidió.
– No, estoy hablando que la Nicaragua de Somoza se parece más a la Guatemala actual con muchos actores, aunque Guatemala nunca llegó a tener una revolución donde se cuestionara todo, con una especie de repartición. En Guatemala, nunca hubo la patada como decimos nosotros, ganó la derecha y no quieren ceder nada, ni simbólicamente porque nadie ha sido condenado. Que Ríos Montt fuera condenado no afectaba a nadie más que por un motivo simbólico, y ni siquiera en eso están dispuestos a ceder un poco para la gente.

– Ahora que conoció Chile, ¿qué le parece el país?
– Es un país afortunado, siento que es muy diferente de Guatemala como historia política.

– ¿Afortunado en qué sentido?
– En que no hubo tanta violencia; aunque lo que pasó fue terrible. Siento que es un país, prácticamente de derecha, pero que funciona. La verdad es que no conozco intimidades, no conozco mucho. Me llama la atención. El caso de mi país es étnicamente complejo. Aquí no tienen aquello y eso lo hace muy distinto.

– Pero tenemos el conflicto mapuche.
– Sí, pero la mitad de Guatemala es indígena, el problema es terrible. En Guatemala lo estructural es mucho más difícil de resolver. Yo pienso que la solución sería un estado predominantemente no blanco, digamos. Pero es casi imposible conseguir eso en términos políticos prácticos.
Si fuera la democracia siquiera funcional estaría, no reflejaría. El cuadro étnico que presenta es a la inversa: es el poder contra la mayoría indígena que está oprimida. En términos democráticos eso no funciona.

Cuotas de felicidad y pesimismo

– ¿Se considera usted una persona feliz?
– Parece muy impúdico decirlo pero sí.

– ¿Está contento con la vida que lleva?
– Me considero muy afortunado. Y feliz como todo el mundo que tiene su cuota diaria de felicidad e infelicidad, más o menos democráticamente repartida. Cada quien la usa como quiera. Yo me considero normal y muy afortunado. Entonces, cuando me acuerdo que he tenido mucha suerte me alegro. He sido consciente de que he sido muy afortunado.

– ¿Ahora está viviendo en New York o en su país?
– En Guatemala. Viví hace mucho tiempo en New York.
– Ahí escribió un libro de relatos llamado Ningún lugar sagrado.
– Ahí escribí un libro de relatos que aquí en el Sur tuvo buena crítica. En general tuvo buena crítica.

 – Habían personajes mostrando sus vivencias y sus luchas del día a día. ¿Siempre se le dan ese tipo de relatos?
– Realmente era un libro muy experimental, creo que 11 ò 12 cuentos muy experimentales. Buscaba pintar esa ciudad desde mi punto de vista. Una cosa casi visual.

– ¿Y cómo era esa ciudad de New York que usted pintó? ¿Un poco gris?
– Tenía de todo. Era invierno cuando lo escribí. Hacía mucho frío, sobre todo lo del invierno. Yo no lo asocio con el color gris.

– Gris en el sentido de una visión un poco pesimista, tal vez…
– Bueno, yo me considero generalmente pesimista. Creo que todo va para peor.

– ¿Tiene una visión pesimista del mundo?
– Sí. De la humanidad en general. Si no hay que visitar Guatemala.
– Cualquier país podría tener esa visión un poco pesimista…
– Unos más que otros, verdad.
– Chile tendría suerte. Afuera se nos considera casi como líderes.
– No lideres, pues es mucho decir. Pero sí han tenido suerte en el sentido  que los conflictos se han resuelto de otra manera , con poca violencia, mejor. No ocurrió lo que ocurrió en Guatemala, por ejemplo. En ese sentido no estaba escrito pero en mi país pasó. Yo lo explico más por la raza y el racismo. Se mató a un grupo de gente que se consideraba inferior, que se consideraba un problema.

– ¿Por qué los mataron?  Los indígenas mataban indígenas.
– Claro, los indígenas secuestraban indígenas y los convertían en maquinas de matar, y los mandaban a esos a matar otros indígenas. Los que reclutaban eran gente muy pobre, menores de edad, metidos en un sistema de concientización anticomunistas y mandaban matar a los comunistas. Había una especie de lavado de cerebro y dosificación.
Ese odio se consiguió en Guatemala con cierto nivel de racismo, o por lo menos de odio de clases, que además viene de muy de atrás… usar a población indígena como fuente de trabajo, como carne de cañón no es de ayer, es una cosa de siglos.

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