Leopoldo María Panero

No ha mucho tiempo que vivía un poeta

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Por Héctor Hernández Montecinos

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I

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Llegamos antes de puro aburridos que estábamos a la presentación del poeta español Leopoldo María Panero que se realizó el viernes 26 de noviembre en el Centro Cultural de España en el contexto del encuentro “El factor poesía” que trajo a varios escritores de primera fila como José Kozer y Fogwill. Una media hora después que nosotros llegó TVN a entrevistar al peninsular, y lo primero que le oí decir es “yo soy bisexual, ya no soy homosexual porque pasaron de moda”, luego se dedicó a recitar en inglés y francés mientras una nerviosa periodista buscaba alguna cuña lógica. Nunca vi la nota en el canal de todos. Una vez adentro, estaba de presentador un Manuel Silva Acevedo cohibido y diezmado por la mitología locateli que existe sobre Panero; la participación del poeta chileno quedó resumida a pasarle los libros y a sugerirle poemas que la mayoría de las veces Panero no quiso leer. Un patético e hi-lárico inicio de jornada. Al lado mío, escuché un “el Silva Acevedo está peor que el Lucho Jara”, animador jocosamente célebre por su mala pronunciación anglo, que se explica, entre los pasillos del Bokhara, por la ferviente “admiración” de Luchito por Robbie. Bueno, si era por no entender nada, Panero dio cátedra en un españolísimo balbuceo salivante. Hablaba quince segundos y se callaba treinta, siguió así hasta que apareció Súper Warnken para intentar ayudar al Silva Acevedo que en ese momento ya ni se veía en su asiento. La estrella de “la belleza de figurar” tampoco se la pudo y, más cara de palo que el otro, él mismo se puso a leerle los poemas. Panero se paró como sonámbulo y salió con un “voy a mear”. La galucha se reía tímida, pero morbosamente veía en real time esa fascinación del “poeta” “loco”. Volvió Panero, siguió el mismo jueguito de leer al poeta hasta que un “ya poh, Warnken, bájate del escenario” abrió el momento de la despedida. Panero se bajó otra vez y se fue para siempre. No se vio más. Todos corrimos al vino y al cotelé. El abuelito de Charly García pensé, el hermano “perdido” de Stella Díaz Varín y Armando Uribe, el futuro de muchos.

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II

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Esta es la jocosa y bien/mal intencionada crónica que escribí hace ya una década exacta a raíz de la visita de Leopoldo María Panero a Chile junto al poeta Bruno Montané, a quien lamentablemente no supimos reconocer. Se publicó en “Rechinante”, una suerte de suplemento cultural juvenil que teníamos junto a Felipe Ruiz, Pablo Paredes y otros, en la innecesariamente extinta revista Rocinante. Hago, a la pasada, un mapeo rápida de la cantidad de revistas que hubo en la primera década del nuevo siglo y no dejo de preguntarme qué pasó con todas ellas que ninguna actualmente existe. Calabaza del diablo, Plagio, Portada cero, Barco Ebrio, Esperpentia, Grat, Cierto pez, Hecho en Chile, Rayentru, Jauría, Quinta rueda, entre varias otras. ¿Culpa de lectores no habituados a dicho formato? ¿Culpa de los auspiciadores y garantes? ¿Culpa de sus editores y falta de contenidos? Quizá todas las anteriores y otras razones más. En efecto, fue también en alguna de estas revistas donde leí años antes algún poema de Panero. Recordar significa reconstruir. Las memorias no se heredan ni menos se ponen de moda. Se actualizan, generan nuevas conexiones, se articulan tal como un texto o un diagrama. Hablar de un poeta muerto es hablar de lo que él no muere, que es su obra. Hablar de una obra es hablar de lo más parecido a su vida, al menos el osado intento. Hay vidas y obras magras, lacónicas y timoratas. Hay vidas y obras llenas de excesos, proliferantes y vivas. La de Leopoldo María Panero es una de ellas, más aun en el contexto de la poesía española contemporánea que no ha podido despegarse del espíritu que hace siglos atrás le dio vida en un viejo mundo. Sean estas palabras lo menos parecido a un homenaje.

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III

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La segunda y última vez que estuve frente a Panero fue en octubre del 2010 en la Feria del Libro de Guayaquil, por cierto, colosal hazaña a cargo del poeta ecuatoriano Ernesto Carrión. Pienso en dicha Feria y su cercanía con Halloween no fue sólo una coincidencia. La comitiva la encabezaba el célebre poeta junto a su enfermera personal, Henar Galán, que con su ojo bizco fielmente observaba al poeta y a la vez a quien se le acercara. Mario Bellatin, que con su ya conocida prótesis fue protagonista de múltiples aventuras que nos tocaron durante esos días, como la frase alusiva que inventamos y celebrábamos en los momentos menos oportunos del certamen: “Feria o muerte: Venderemos”. Aunque la más entrañable, y por ende privada, sucedió en la casa de la joven poeta Dina Bellrham, quien trágicamente se suicidó al año siguiente. La poeta peruana Giuliana Llamoja también conocida por haber asesinado a su madre de cincuenta puñaladas era parte de este selecto grupo. Otros escritores invitados también fueron María Alzira Brum, Soledad Fariña, Nicole Delgado, Yaxkin Melchy y Claudia Apablaza, todos ellos admirados amigos que también vivieron diversas osadías como las de un secuestro y asalto en un taxi o interminables noches de sexo, drogas y technocumbia. Claramente, Panero concentró toda la atención de los organizadores, la prensa y el resto de los escritores. Meó en la calle, le agarró los pechos a un par de amigas, habló en lenguas conocidas e inventadas por él, se obsesionó con las iguanas, lo llevaron a la playa sin previo aviso, fumó en su conferencia y estuvo siempre atento a decir en pocas palabras lo ridículo y sobreactuado que es el mundo que le rodea. Estuvimos en la misma mesa varias veces, pero casi no hablé con él. Su silencio imperturbable era la estupefacción de un niño que de un momento a otro se encontró siendo anciano. Miraba a los ojos y allí hurgueteaba hasta encontrar el vacío de cada uno, eso que dejamos ir y nunca volvió. Esa era la metáfora de su obra y del mismo. Leopoldo María Panero representa la crisis del capitalismo y de la esquizofrenia de Europa, pues en él los síntomas del mundo son la fulgurante enfermedad de su poesía. “España está loca, no yo” escuché que dijo en una de sus geniales salidas de madre sentado en el lobby del hotel. En realidad, no sólo España sino el mundo, pero no todo, sino el mundo de esos que creen que sólo ha muerto un poeta español y no el último Quijote, del cual todos somos sus Sanchos llamándolo desde el último viaje, del cual ‘nunca jamás’ querrá volver. Al despedirme de él, le di uno de mis libros, lo hojeó atentamente y sonrió diciéndome: “Estás loco”. Luego me autografió la edición de sus cuentos completos, pero hasta el día de hoy sus palabras siguen siendo indescifrables.

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Unas palabras para Peter Pan

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«No puedo ya ir contigo, Peter. He olvidado volar,

y…

Wendy se levantó y encendió la luz: él lanzó un

grito de dolor…»

JAMES MATTHEW BARRIE: Peter Pan..

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Pero conoceremos otras primaveras, cruzarán el cielo otros nombres —Jane, Margaret—. El desvío en la ruta, la visita a la Isla-Que-No-Existe, está previsto en el itinerario. Cruzarán el cielo otros nombres, hasta ser llamados, uno tras otro, por la voz de la señora Darling (el barco pirata naufraga, Campanilla cae al suelo sin un grito, los Niños Extraviados vuelven el rostro a sus esposas o toman sus carteras de piel bajo el brazo, Billy el Tatuado saluda cortésmente, el señor Darling invita a todos ellos a tomar el té a las cinco). Las pieles de animales, el polvo mágico que necesitaba de la complicidad de un pensamiento, es puesto tras de la pizarra, en una habitación para ellos destinada en el n.° 14 de una calle de Londres, en una habitación cuya luz ahora nadie enciende. Usted lleva razón, señor Darling, Peter Pan no existe, pero sí Wendy, Jane, Margaret y los Niños Extraviados. No hay nada detrás del espejo, tranquilícese, señor Darling, todo estaba previsto, todos ellos acudirán puntualmente a las cinco, nadie faltará a la mesa. Campanilla necesita a Wendy, las Sirenas a Jane, los Piratas a Margaret. Peter Pan no existe. «Peter Pan, ¿no lo sabías? Mi nombre es Wendy Darling». El río dejó hace tiempo la verde llanura, pero sigue su curso. Conocer el Sur, las Islas, nos ayudará, nos servirá de algo al fin y al cabo, durante el resto de la semana. Wendy, Wendy Darling. Deje ya de retorcerse el bigote, señor Darling, Peter Pan no es más que un nombre, un nombre más para pronunciar a solas, con voz queda, en la habitación a oscuras. Deje ya de retorcerse el bigote, todo quedará en unas lágrimas, en un sollozo apagado por la noche: todo está en orden, tranquilícese, señor Darling.

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El loco

He vivido entre los arrabales, pareciendo

un mono, he vivido en la alcantarilla

transportando las heces,

he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas

y aprendido a nutrirme de lo que suelto.

Fui una culebra deslizándose

por la ruina del hombre, gritando

aforismos en pie sobre los muertos,

atravesando mares de carne desconocida

con mis logaritmos.

Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla

y que mis padres me sedujeron para

ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.

He enseñado a moverse a las larvas

sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír

cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.

Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,

y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien «no hay nada que pueda

ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas»

y «qué oscuro es tu nombre».

He vivido los blancos de la vida,

sus equivocaciones, sus olvidos, su

torpeza incesante y recuerdo su

misterio brutal, y el tentáculo

suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies

frenéticos de huida.

He vivido su tentación, y he vivido el pecado

del que nadie cabe nunca nos absuelva.

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