José el memorioso

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Por Rodrigo Ramos. Fotos de Sebastián Rojas Rojo

Hay torres de papeles apilados y un colchón. Sobre el colchón de José Palma, 54 años, surge una hoja de cuaderno incrustada en un clavo. En la hoja se lee que a las 12 horas se inaugura una exposición en la biblioteca regional.  José sabe que a pesar que sea un lunes, será un día importante y en consecuencia estira con sus manos sus pantalones grises y después hace lo mismo con su camisa. José  abre la puerta de calamina de latón de su casa y baja, impecable, hacia el centro de la ciudad a cumplir con el ritual.
José Palma llega a las 10 horas a la biblioteca. Busca un diario y revisa la agenda cultural de hoy y de mañana. Anota. Luego el reportero se sienta frente a un computador y abre un cuaderno. Anota. El otro cuaderno lo mantiene a un costado de la silla.
La energía de José en ese momento está enfocada a recopilar datos de flamenco. José quiere aprender de Paco de Lucía, quien falleció hace un par de días. Transcribe de la pantalla al papel. Ignora cuántas libretas o cuadernos ha escrito. El cuaderno donde compone está destinado a la danza; incluso mantiene dibujados y coloreados los mapas de países y sus respectivas danzas.
El otro cuaderno es para las exposiciones de fotografía.  José dice que empezó con el reporteo hace 12 años, cuando dejó de trabajar de guardia de seguridad en la tienda Edus. Cuesta imaginarlo de guardia. Antes fue contador. Luego de reportear busca otras fuentes para nutrirse en el tema. Ahora está obsesionado con el flamenco. Podría pasar todo el día vertido en el flamenco. Podría pasar todo el día leyendo, sin siquiera alimentarse.
Anotar todo podría parecer simple, pero no lo es. Lo de José Palma parece el mundo de Funes el Memorioso, personaje de un cuento de Jorge Luis Borges.
El hombre a ratos habla con precisión de enciclopedia. Dice frases como que si un hombre no lee, no es nadie. Cada tanto, ríe. Si usted no lo conoce su risa puede desconcertarlo. Es una risa nerviosa. Ante la historia del flamenco dice que hay que saber para opinar. Dice que no cree que sus cuadernos despierten tanto interés. Luego ríe.
La cultura blinda a José hasta que llega la noche, aparece la oscuridad y el frío.
José de ojos vivaces y rostro algo estrujado por las caminatas bajo el sol, reconoce la custodia de doce años de actividad cultural. Todo en papel. En su habitación conviven diarios, cuadernos y bolsas institucionales. Sobre el colchón no hay sábanas ni menos frazadas. “Comparto con las arañas, como decirles que no”, dice con un hilito de voz que suena brutal.
La manía por la cultura lo hizo ganarse el cariño de artistas y gestores. A veces no llega ningún periodista a las actividades. Sólo está él anotando.
José sabe de flamenco, fotografía, literatura regional, folclor nortino, pintura, teatro, contabilidad. Le cuesta dormir. Dormir es distraerse de su mundo.
José se ganó el respeto. Tiene entrada gratuita a algunos recintos.

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Dice convencido que los antofagastinos debemos valorar la cultura local y después que venga lo nacional. Para el último festival de Antofagasta se acostó de madrugada después de anotar los show de artistas nacionales e internacionales. Reconoce que prefiere que lo asalten con un cuaderno con la actuación de un artista local.
Suelta una carcajada cuando se imagina como un periodista de diario. “¿Mi nombre escrito como autor de una nota de una página del diario?”, repite. Vuelve a reír. Mira el diario y hace un no con la mano, como evidenciando un respeto religioso a la gaceta.
Los tótems  de papel que rodean su colchón se siguen elevando y pronto tocarán las calaminas. Quizás se vengan abajo y los papeles se esparzan por toda la habitación. Imposible que por privilegiar su bienestar José se deshaga de los  papeles pues son su compromiso de vida con la cultura, su religión.
El feto de José Palma compartía el vientre materno con otros dos. Él era el más fornido y por eso sobrevivió. No guarda recuerdos de su infancia, dice. Para seguirle la pista hay que saltarse al liceo comercial, donde estudió contabilidad. Egresó de quinto año. José es contador.
El amor no es tema, afirma mientras se toma con dos manos el rostro y ríe. Se le pasó el tiempo. José se reconoce virgen.
Puede decirse que hoy el hombre es un solitario y lúcido espectador del mundo. Anota. No parará de anotar. Dice que un hombre de cultura tiene  que ver e ir a todo. Ríe. Eso lo motiva: ir y ver todo. Explica que es una necesidad interna, profunda. Ríe.
Dice que sus padres fallecieron y que le dejaron la casa, más bien el terreno. En realidad son dos habitaciones de material ligero, un baño y un lavadero. No hay cocina. José arrienda una de las habitaciones y con ese dinero vive. El cuarto de José mantiene la puerta en malas condiciones; no cierra. “Paso frío como todo mortal”. La risa es automática. Le digo que Funes el memorioso, murió de una congestión pulmonar.
Los alrededores del lavadero están llenos de diarios; lo mismo el baño.  Hay bastante espacio por construir en la vivienda; quizás a ese terreno rodeado de calamina de latón de la calle Las Brisas, en la población Villa Esmeralda, pronto vaya a dar el registro de los próximos 15 años de cultura en Antofagasta.

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