Facundo Campazzo

Figura del basquetbol argentino

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Un dorado sueño albiceleste

Por Hugo Dimter

Tres de la tarde, recepción del Hotel Londres en pleno Centro de Santiago de Chile. Viernes.

– ¿Facundo Campazzo?
– ¿Campallo?- me pregunta el recepcionista.
– Cam-pa- zzo. Con dos zetas- le rectifico.
– ¿Facundo Müller?
– No. Campazzo. ¿Aquí está la delegación de basquetbol argentina?
– Sí, claro- responde el recepcionista y revisa la lista.
– Aquí está. Habitación 20.
Luego marca el número del dormitorio en un abollado teléfono negro.
– … está malo el citofono. Tendría que pasar- manifiesta riendo el empleado.
– Pero debe estar descansando- le respondo.
– No se preocupe. Pase no más, si hasta poco estaba aquí.
– ¿Usted cree?- pregunto.
– Sí, pase no más. Suba las escalas por ahí- manifiesta muy campante el calvo recepcionista de este hotel tan antiguo y modesto que parece hostal. Pienso que algo debe andar mal en la organización de estos Suramericanos 2014.
Me dirijo al segundo piso y diviso la habitación 20. No vuela una mosca. Un silencio sepulcral interrumpido sólo por las tétricas campanadas de la Iglesia San Francisco. Sé que es un error pero toco la puerta suavemente.
Toc-toc-toc.
La puerta se abre lentamente. Aparece la figura de un muchachito despeinado y con cara de haber estado en el mejor de sus sueños.
– Facundo, perdone- le digo-. El recepcionista me dijo que estaba recién por aquí. Lo desperté.
– No se preocupe- contesta con los ojos entreabiertos y en calzoncillos.
– Es por la entrevista. Lo contactaron el miércoles y usted dijo que el viernes en la tarde. Es viernes y aquí estoy- le recuerdo-. No lo quiero molestar ahora. Debe estar cansado.
– No se preocupe, pero puede ser como a las siete- me pide el somnoliento muchacho.
– Sí, claro- le respondo.
– Bueno, nos vemos más tarde. Vamos a entrenar pero no sé a qué hora… Que le vaya bien- se despide Facundo Campazzo. 22 años. Un metro 78. Base -o conductor, como se le denominaba antes- y promisoria estrella del basquetbol argentino. Un diamante en bruto apadrinado por cracks de la talla de Manu Ginóbili, Luis Scola, Pablo Prigioni y cuanto seleccionado argentino hay, que han visto en el pibe no sólo talento y pachorra, si no también humildad y esfuerzo.

Viernes. Siete de la tarde. Recepción Hotel Londres.
Ya no está el peladito recepcionista. Ahora hay un peruano moreno.
– Hola- saludo-. Vengo a hablar con Facundo Campazzo de la habitación 20.
– No está. Salieron a entrenar- responde seco el peruano.
– Me puede dar el teléfono del hotel para llamarlo más tarde, por favor- le pido al empleado hotelero.
– 26383939- señala.
– Gracias.
El peruano no responde a mi despedida y cuando llamo dos horas más tarde el teléfono está malo y yo pienso que sería buena idea demoler el hotel, que más encima queda frente a Londres 38, ex centro de tortura de la dictadura chilena.

Sábado. Cuatro de la tarde. Hotel Londres.
El peladito de la recepción se levanta de la silla a saludarme.
– Hola. Lo eché de menos ayer en la tarde- le confidencio.
– Hay que descansar- me responde sonriendo.
– Quisiera hablar con Facundo Campazzo.
– Está en su habitación. Usted ya sabe donde queda.
– Debe estar descansando. ¿No hay alguien que le avise que estoy aquí?- le pregunto.
– No hay nadie ahora. Pase no más- susurra el peladito.
– Bueno.
Subo las escalas un tanto fastidiado. No hay nadie dando vueltas: ni mucamas, ni pasajeros, ni empleados, nadie. Al fondo hay un sillón a mal traer y una mesita con una flor de plástico que recibe la tibia luz de marzo.
Toco la puerta despacio.
Campazzo asoma la nariz sin polera y con el pelo desordenado. Tiene los ojos cerrados.
– Hola. Vine ayer en la tarde pero no estaba- sentencio.
– Fuimos a ver el partido de Chile para estudiarlo- se disculpa.
– ¿Podemos hacer la entrevista? Me estoy gastando todo mi sueldo en taxi- le largo. El argentino ríe y me dice bostezando:
– Tendría que ser a las ocho. O mañana al mediodía antes de almuerzo.
– A las ocho no puedo,  mejor dejémoslo para mañana. A las doce. ¿Pero es seguro?- pregunto.
– Seguro- enfatiza Facundo con una barba de tres días, mientras está subiéndose los pantalones cortos.
Se cierra la puerta y yo bajo sin saber si hice lo correcto. Tal vez lo mejor hubiese sido arrojarle una pentola con agua y hielo y obligarlo a responder mis preguntas. Pero confío en él y me voy.

Domingo. Mediodía. Hotel Londres.
El recepcionista peladito y canchero me saluda.
– Señor periodista ¿cómo está?
– Acá. Trabajando. ¿Estará Campazzo?
-Sí, pase no más- me señala confiado.
– No. Me trae mala suerte despertarlo- respondo.
Una mucama de edad que está sentada en la recepción sale en mi auxilio.
– Joven, espere. Yo lo voy a buscar.
– Muchas gracias: por lo de joven y por ir a buscarlo- le respondo a la señora al mismo tiempo que siento que alguien me toca el hombro. Me doy vuelta. Es Campazzo que sonríe.
– Pibe. Que bueno verlo despierto- bromeo.
– Le dije a las doce. Cumplí- responde el base de Peñarol de Mar del Plata. Y abre los ojos como diciendo “Ve que no estaba jorobando”.
– Le tenía fe Facundo- señalo.
– Y yo tengo fe en Dios- responde y me muestra un pequeño rosario tatuado per secula seculorum en su muñeca.

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Es humilde Campazzo. No hace aspavientos de la soberana tapa que le hizo a Kobe Bryant o de cómo aquella memorable tarde -en las olimpiadas de Londres 2012 frente a USA- pasó entre Christ Paul, Lebron James o Kevin Durant una y otra vez en un partido soñado donde seguramente Dios le dio una manito haciendo pantallas e impulsando a este pibe de un metro setenta y ocho frente a los grandotes norteamericanos de más de dos metros.
Antes de aquel partido un Campazzo absorto estaba mirando desde la orilla de la cancha a todos esos ídolos afroamericanos que veía por TV, en los partidos de la NBA, cuando Luis Scola, su compañero de selección, le dijo:
“Vení Facu. No los mires. ¿Ves? La cancha es la misma, para ellos y para nosotros. Usan las mismas zapatillas que vos. Las camisetas también son iguales, nada es distinto. No son de otro planeta, son de carne y hueso como vos. Tenés que jugarles con todo, sin complejos, sin pensar en ídolos. Así, cuando parecían imbatibles, ya les hemos ganamos dos veces…”
Fue en ese preciso momento, en Londres, que Facu despertó de su eterna juventud, abriendo los ojos más de lo acostumbrado. Tenía que concentrarse en jugar. Y jugar bien. Ya no era un muchacho. Ahora era un hombre.

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Retrocedamos varios años: su madre le aconsejó practicar algún deporte y él dudó entre el básquet y el fútbol. Su hermano mayor -a quien Facu idolatra- hacía muchos goles en las canchas de tierra de la ciudad de Córdoba y Facu pensó que podía seguir sus pasos en el fútbol, pero la mayoría  de sus amigos iban al club Municipal a jugar básquet y con el transcurso de las semanas se dio cuenta que era más talentoso con el balón en las manos que en los pies. Así empezó. Bajo la atenta mirada de su madre, quien lo acompañaba impertérrita día tras día a cada entrenamiento y partido. Su padre – más silente- también estaba contento ya que en su juventud había sido basquetbolista amateur. Fue así que Facu albergó una idea no tan loca: dedicarse por completo a encestar dobles, y ojalá triples, por el resto de su vida, y de paso ayudar a su familia.
“En el colegio era un alumno ahí no más: era medio vago”, me confidencia y larga una sonora carcajada. Y yo le preguntó sí se da cuenta que un base debe ser muy creativo pero a la vez muy responsable.
“Es como un entrenador dentro de la cancha”, me responde. Y continúa: ” Cada día trato de ser un poquito más ordenador del juego, y tratar de ver a otros bases para mejorar mis lecturas en los partidos. Cuando llegué a Peñarol de Mar del Plata constantemente me fijaba en Totó Rodríguez”, responde.
¿Qué tan fundamental ha sido Emanuel Ginóbili Maccari, como ejemplo, en la consolidación de esta edad de oro del básquet argentino?, le consulto.
“A Manu Ginóbili yo lo miraba mucho por la tele. Era el ídolo de todos los chicos de mi edad. Tuve la fortuna de jugar con él en la selección y aprender de su juego y de su mentalidad”, sentencia Campazzo. Y agrega: “Se dio que encontráramos  a un grupo que es la generación dorada del básquet argentino con tipos como Ginobili, Scola, Nocioli, Prigioni, Pepe Sánchez, a todas esas bestias. Y juntarlo a Julio Lamas que supo compenetrarlos y combinarlos a la perfección. Hubo mucho trabajo de cada uno y del entrenador en este proceso de más de diez años donde se han obtenido muchas cosas importantes”, finaliza Facu, quien en los próximos meses debiera irse a Europa o a Estados Unidos.
“Yo quiero jugar en la NBA pero sí se da lo de Europa bienvenido. Pero de Argentina me voy a ir. Puede que no sea la NBA, pero sí hay que ir paso a paso está bien igual”.

Facu aún recuerda la noche en que su ídolo de niño, el cordobés Marcelo Milanesio, -elogiado por Toni Kukoc, Michael Jordán, Magic Johnson y Óscar Schmidt- se retiró del básquet. Fue en Córdoba el 2002 y Facu -con once años- ni se imaginaba que el destino lo llevaría a ocupar la misma posición en el seleccionado trasandino.
“El destino de uno está escrito de antemano”, señala Facu pensando, tal vez, en cada tiro desde la línea de triples que inexorablemente encesta con milimétrica precisión. Dios parece ayudarlo. “Soy católico y me encanta que este Papa sea humilde y alejado de los lujos, pues es argentino y nos enorgullece su labor”, admite Facundo.

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¿Qué hace Campazzo?, me pregunto. Es una interrogante muy amplia. ¿Qué hace Campazzo realmente?
¿Para dónde va? ¿Quién lo guía? ¿De dónde proviene su ética? ¿Quién lo privilegió con ese don para el deporte? ¿Qué le depara el destino a Facu? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo responder a esas interrogantes? Ni siquiera él lo sabe. Lo sabrá Dios, sin duda.
Sí pensamos que el color preferido del cordobés es el verde de la esperanza podríamos albergar la loca idea de que su próximo equipo tuviera esos colores. ¿Boston Celtics? ¿Joventut de Badalona? Una esperanza que sumada a la palabra empeño -que repite una y otra vez- parecen ser la clave del lugar al cual ha llegado. Nada ha sido fácil.

– ¿Le tienes temor al fracaso? A que las cosas no se den como esperabas.
– Y está dentro de las posibilidades. Eso siempre está presente en el deporte. Las derrotas, las lesiones. Hace poco tuve una dolencia en una rodilla pero siempre trato de ver el vaso lleno- señala optimista.

Para Campazzo una tarde ideal sería estar con sus amigos escuchando Bachata, o grupos  rock como La Renga o Los Piojos. O tal vez viendo Scarface, su película preferida, luego de comerse una milanesa con papas fritas, comida ideal que lo hace delirar.
Le preguntó cuál es el libro que más le ha gustado y me dice que es Muchas vidas, muchos maestros de Brian Weiss, libro que -en el caso particular de una muchacha- trata sobre sesiones de hipnosis que demuestran vidas pasadas. A Campazzo el tema lo obsesiona.

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No le interesa la política pero ve mal a la Argentina porque “la Presidenta Cristina no esta haciendo bien las cosas”. Poco incentivo y escasa protección a la industria nacional son sus quejas y temores frente al futuro de su país.
“No le tengo miedo a muchas cosas pero, como cualquier mortal, sí fobia a las ratas y los sapos”, manifiesta con una sonrisa a flor de piel. Me cuenta que le indigna la injusticia y la falsedad. Y señala que en 20 años más se ve con un balón en las manos. “Me gustaría seguir una carrera ligada al básquet y ayudar a mi familia. Quisiera ser entrenador de divisiones inferiores”, confiesa y agrega que hay que poner mucho empeño en esta profesión. “No hemos salido ni un solo día a dar una vuelta. Pero, pese a lo poco recorrido, me gusta Chile. Santiago es muy similar a Buenos Aires”, argumenta Campazzo quien de todos los viajes que ha realizado señala a San Juan de Puerto Rico como la ciudad más bella.

Aunque parezca una locura Campazzo en esos momentos de descanso en el Hotel Londres –previa a esta entrevista- no estaba durmiendo, ni viendo televisión. No estaba jugando Playstation, ni chateando con alguna posible novia. Facundo Campazzo, el muchacho de Córdoba, el genio del basquetbol argentino, el pibe humilde y cariñoso, estaba rezando. Agradecía a Dios por tener una linda familia, por su talento y le pedía a Jesús que ayudará a su país, y de paso le diera fuerza para vencer los obstáculos en la cancha y fuera de ella. Luego de rezar besaba, como lo hace siempre, el rosario tatuado en esa muñeca mágica con la que encesta triples con milimétrica y milagrosa puntería.

La entrevista finaliza. Le regalo una roja camiseta nacional y le digo que no le haga muchos dobles a Chile en el partido de esa tarde.
– Noooooo- señala riendo malicioso.

Argentina esa noche, en la final, le ganó a Chile 85 a 54 pero Facundo, aunque jugó poco debido a la labor del Tachuela Bravo, me hizo caso: anotó sólo 6 puntos.
El pibe cumplió su palabra. Hasta para eso es un crack.

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