Soledad Villamil

 

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La voz y el cuerpo

 Por Carolina Giollo

Soledad Villamil -44 años muy bien llevados, actriz y cantante- atraviesa junto a sus músicos el pasillo surcado por las mesas del Torcuato Tasso.

-¿Existe algún tipo pintoso, con buena voz y presencia que pueda conducir este show?- pregunta bromeando el animador del café- restaurante-teatro a las casi 200 personas que conforman la asistencia. El público, que ha pagado una entrada no muy económica, ríe en este ambiente donde se respira aroma de tango y milonga.

-¿Conoce usted a alguien?- replica Soledad Villamil al risueño presentador que mira para otro lado. La gente comparte mesas con desconocidos y pese a ello se advierten contentos y cómodos en este seguro y repleto lugar, que es casi como estar en casa.

El presentador, finalmente, la menciona y su nombre queda suspendido en el aire, prendido de la imagen que tenemos de ella en pantalla: es la misma Soledad Villamil que ganó el Goya y el Óscar con la película argentina El secreto de sus ojos. Sin embargo cuando sube al escenario, con un vestido rojo muy a lo Carmen Miranda, ya es otra. En definitiva hace lo que mejor sabe. Interpretar. Poner entre su cuerpo y el público una naturaleza que no es suya pero a la que le da mucho de ella misma. Convence rápidamente, y lo dice: a ella -que es actriz- le está permitido “fingir”. En esa doble naturaleza,  la mujer que finge y se desborda en espontaneidad, nos distancia de cualquier juicio a priori y nos entrega su verdadera esencia: la de ser cantante, ser artista. Y ser mujer.

– ¿Su vida artística parece dividirse entre el canto y la actuación, ¿sintió en algún momento que tenía que elegir entre una actividad u otra, o ambas pudieron amalgarse?

– Afortunadamente por el momento no he tenido que elegir. Y digo “afortunadamente” porque no me gustaría tener que resignar ninguna de las dos cosas. Disfruto muchísimo tanto cantando como actuando.

Ya en vivo, la selección musical es un recorrido por la historia de este continente, una historia contada por mujeres latinoamericanas. La versión de “Maldigo” de Violeta Parra es desgarradora;  nos conecta con el dolor de la mujer, pero con un dolor que atraviesa lo íntimo  y llega hasta la condición social femenina.

– ¿Cree que la figura de Violeta Parra muestra esa tensión entre lo íntimo y lo social de ser mujer?

– Indudablemente. En la obra de Violeta Parra se puede ver toda su sensibilidad. El arco completo que va de la denuncia ante las injusticias de este mundo hasta el sentimiento más íntimo y personal. Eso es algo que muy pocos hombres y mujeres han conseguido. Escribir canciones que nos conmuevan es planos tan diferentes.

Las versiones de los temas de Violeta Parra no parecen un mero homenaje; se transmite una conexión con su mirada estética ¿Cuál sería el legado que le ha dejado?

– Ella escribe con una gran profundidad pero al mismo tiempo su poesía es muy concreta y directa. Eso le da una fuerza extraordinaria. No se anda con rodeos para decir lo que siente y piensa. Y para una cantante actriz como yo eso significa un campo riquísimo para la interpretación.

-Lo popular  se revaloriza en su  interpretación ¿Esta forma de tratar lo popular implica una consciencia político y/o cultural?

-Yo canto las canciones que me conmueven, que tienen algo para contar. Y dentro de la música popular viven esas historias que nos son comunes a todos, que nos identifican de alguna u otra manera. Creo que es más una determinada sensibilidad que una conciencia o una intención política. Claro que, depende como se lo mire, lo social y lo político son elementos que también forman parte inevitable, aunque uno no se lo proponga expresamente. Pero para mí está siempre primero lo artístico. Una canción puede expresar ideas muy nobles pero si no es interesante artísticamente es puro panfleto.

 

Arte vs. Panfleto

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El 21 de junio de 1974 fue el último día que Ricardo Morales desayunó con Liliana Colotto. Y durante el resto de su vida recordó cada detalle de esa mañana: planearon sus primeras vacaciones, tomaron té con limón debido a su persistente tos, que él endulzó con ese terrón y medio de azúcar, según su costumbre. Recordaría para siempre ese dulce de grosella con frutas de verdad que nunca más probó, las florcitas estampadas en su camisón, y sobre todo su sonrisa, esa sonrisa recién amanecida que se fundía con un rayo de sol que caía sobre su mejilla izquierda…

Así comienza El secreto de sus ojos, filme que catapultó a Soledad Villamil -a “su alteza”, como la llama Benjamín Esposito interpretado por Ricardo Darín- a la cúspide de los recuerdos de millones de argentinos que revivieron lo mejor y peor de una época. Es cierto: Soledad Villamil es un icono de aquellos años a través de su interpretación de la abogada Irene Menéndez Hasting. El filme ganó el Óscar a la mejor película extranjera. Pero eso no es lo más importante.

Villamil se acerca a lo que hace guiada por la pasión y el deseo. Un instinto que no le ha fallado a la hora de elegir sus proyectos.  En otras ocasiones, dijo haber elegido el guión de El secreto de sus ojos siguiendo su instinto.

– ¿Por qué le parecía necesario formar parte de ese proyecto? ¿Qué aportes hizo la película a la manera de contar aquellos años oscuros?

-El guión de esa película me atrapó desde el primer minuto de lectura. Me resulto tan apasionante como luego resultó la película en la pantalla. Me parece que combina de una manera extraordinaria diferentes géneros: el policial, el drama histórico o social, la trama amorosa, el humor. Sin que se de cuenta el espectador, la película lo va llevando de un clima a otro sin perder nunca el hilo narrativo. En cuanto al relato sobre el pasado político de la Argentina es muy interesante porque toma un momento histórico, los años previos al golpe de estado de 1976, que fueron la preparación, el caldo de cultivo de todo lo terror que vino después. Y es un período mucho menos frecuentado por el cine de mi país que el período de la dictadura en sí.

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Conciencia de la historia, conciencia de su tiempo y su país, conciencia del arte.

La escena del interrogatorio de El secreto de sus ojos, en el que su personaje hace confesar al asesino, nos muestra cuánto debe arriesgarse de uno mismo, cuando uno va en busca de la verdad.  Todo está puesto en los silencios y en la intuición de su personaje: enfrentar el terror, mirarlo a los ojos  y asumir un rol, tomando riesgos, conscientes de las causas y las consecuencias de nuestros propios actos. Algo de esa entrega permanece en Villamil ahora,    mientras nos habla de su música, mientras oímos cómo su voz se carga la voz de Carmen Miranda, o Tita Merello o Violeta Parra. Pararse delante y asumir un rol no es fácil ni sencillo, pero es inevitable.

-Habiendo transitado la dictadura de cerca, como la hija de un militante de izquierda, ¿qué sensaciones le han quedado grabadas de aquellos años? ¿Qué elementos de su memoria revivieron en su personaje?

-Me ha quedado muy grabada la sensación de vivir siempre con miedo. Con la angustia de que en cualquier momento podía sobrevenir la tragedia. Son sentimientos que quedan grabados a un nivel muy profundo y que aparecen en situaciones muy cotidianas de la vida… es difícil de explicar. Por supuesto que algunas escenas, como la del ascensor, cuando sube el asesino, fueron muy fuertes de rodar para mí.

 – Como argentina, debe haberle afectado el tratamiento que hace la película de la relación entre el terrorismo de estado y la sociedad civil, ¿cree que se ha logrado superar esa instancia metiéndola bajo la alfombra o que la sociedad civil ha comenzado a verse a sí misma?

– Creo que en mi país se ha hecho, y se sigue haciendo, un trabajo muy grande sobre ese tema. No creo que se haya barrido debajo de la alfombra; todo lo contrario. Todavía falta mucho por saber, por investigar, pero se ha avanzado bastante. Claro que los factores de poder dentro de la sociedad civil que provocaron en su momento el golpe de estado siguen estando allí. Pero en este momento sería impensable que algo así volviera a ocurrir.

Detrás del reconocimiento del pasado, y el pedido de juicio y castigo hay una política de Estado, ¿por qué cree que en Argentina se ha avanzado en este tema y  otros países  -como Chile- que pasaron por experiencias similares el camino hacia la justicia no es tan claro?

-Yo creo que se debe a la gran conciencia y a la lucha incansable de las agrupaciones de derechos humanos. Y también a una sociedad que de algún u otro modo acompañó. Pasamos por situaciones tremendas como la del indulto y la ley de obediencia debida, por ejemplo. Pero no se bajaron los brazos en ningún momento. El discurso de la “reconciliación” a través del olvido afortunadamente no ha triunfado.

No creo para nada que deba haber un límite en ese sentido. Como dije antes todavía queda mucho por saber e investigar y si bien no creo que estén dadas las condiciones para un golpe de estado hay situaciones de represión que se dan continuamente sobre los sectores más vulnerables de la sociedad, trabajadores, poblaciones originarias, ecologistas… Como dije antes los grupos de poder económico siguen siendo prácticamente los mismos y necesitan echar mano de la represión cuando no pueden imponer fácilmente sus condiciones.

El secreto de sus ojos significó un antes y un después en la carrera de Soledad. Con esta película vinieron los grandes premios: el Óscar, el Goya. Alguien podría imaginar que tanto reconocimiento y alfombra roja puede alejar a una artista de sus motivaciones espirituales.  No es el caso de Soledad Villamil. Y lo demuestra en el escenario, cuando canta, cuando despliega su humor, cuando seduce al público y lo convence de que participe de los coros, de que se ría, de que aplaude, de que ella sigue siendo un ser humano que se conmueve ante el arte, ante la vida.  Sigue siendo un ser humano con algo para dar.

“Gracias a la repercusión que ha tenido El secreto de sus ojos también mi nombre y mi trabajo lograron un gran reconocimiento. Inclusive más allá de las fronteras de mi país.  Eso me ha permitido dar a conocer también mi trabajo musical como cantante, que en el último tiempo ha empezado a tener una gran importancia dentro de mis proyectos artísticos”, señala. Y agrega: “Estoy muy orgullosa de haber sido parte de esa película y le estoy muy agradecida por todas las puertas que se me han abierto, y por tantas demostraciones de afecto que recibo cotidianamente por parte del público, no solo en la Argentina sino de todo el mundo”.

No hay duda que hay un proyecto artístico ante todo, y eso no puede borrarse por el peso de la fama, ni por la circunstancia política actual. El arte va más allá.

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¿El arte  es su manera de comprometerse con la realidad?

– Yo creo que en cada acto que realizamos tenemos la posibilidad de transformar nuestro entorno. De hecho lo hacemos, para bien o para mal.

Si mi trabajo ayuda a una persona a conmoverse, a imaginar, a divertirse o a olvidarse de sus problemas aunque sea durante un rato, ya me considero satisfecha. Ese habrá sido mi pequeño aporte a transformar la realidad.

 – ¿Cree que el clima de crispación en el que parecemos vivir, a la hora expresar una opinión política  perjudica el desarrollo de la cultura y del arte?

– No creo que en este momento la vida política y social del país afecte a la producción artística -ni más ni menos- que lo que lo ha hecho en otros momentos. Sí pienso que, como país latinoamericano con tantos problemas económicos y sociales, la cultura no ha sido ni es una prioridad en el sentido del apoyo que el estado pueda darle. Ojalá en algún momento la distribución del gasto público pueda apoyar a la actividad artística de una manera sólida y continua. Por ahora casi todo depende del esfuerzo y el trabajo de los propios artistas.

 Soledad Villamil, desgarrada en dos por el canto y la actuación. Su arte inunda Buenos Aires y recorre hasta la más recóndita ciudad del mundo. Soledad viaja en un tren que no se detiene. Ella nunca tendrá que preguntarse cómo se hace para vivir una vida vacía, para vivir una vida llena de nada pues su vida está llena de todo. De amor, de canto, de todo. Basta mirar sus ojos. El secreto está en mirar sus ojos. Los ojos dicen todo. Los ojos no mienten.

 

 

 

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