Literatura de la violencia en Perú

inca2

Por Luis Fernando Cueto C.

En los últimos años, en el Perú se viene produciendo una abundante manifestación cultural, tanto en la literatura como en la música, el teatro, la pintura y el cine, basada principalmente en el conflicto armado que sacudió al país en las décadas del ochenta y noventa del siglo pasado. En literatura, es tanta la producción de poemas, cuentos y novelas, que algunos críticos se han animado a decir que estamos viviendo un “boom”, que estamos descubriendo y desarrollando toda una corriente de “la literatura de la violencia”.

En realidad, no se ha descubierto ni se está escribiendo nada nuevo respecto a la violencia. Todo el tiempo, ininterrumpidamente, nuestros escritores y poetas han estado recreando, denunciando, una violencia estructural, orgánica, anquilosada en nuestra sociedad y estamentos de gobierno, sin embargo, lo que ha sucedido es que, sencillamente, nunca han sido escuchados.

Todos los libros sobre el Perú, desde Los perros hambrientos y El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría, pasando por Los ríos profundos y Todas las sangres, de José María Arguedas, La ciudad y los perros y Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa, Los Inocentes y En octubre no hay milagros, de Oswaldo Reynoso, y, por supuesto, la producción literaria de las últimas décadas, hablan de la violencia. Es decir, de alguna manera, somos hijos de la violencia; hemos nacido, crecido, amado, producido, en fin, vivido en medio de una historia de violencia.

Sin embargo, por largo tiempo, sistemáticamente, nos han enseñado en las escuelas que somos una nación pacífica, que vivimos en un país pacífico. Nos han dicho que el Imperio de los Incas había construido una sociedad donde reinaba la paz, que era un estado casi edénico, perfecto, donde los hombres vivían felices, en medio de la abundancia, y que había justicia y oportunidades para todos. Y eso no es cierto. Como todo imperio, el Incanato tenía una política de expansión territorial y de sometimiento de otras naciones, y, por tal motivo, era un estado militarizado, una sociedad donde los hombres convivían constantemente con el fantasma de la guerra. Aparte de ello, esa sociedad estaba organizada en un sistema de castas inflexible, vertical, donde unos cuantos eran los privilegiados para ejercer el poder y, los demás, la gran masa, destinada fatalmente, desde el nacimiento hasta la muerte, a obedecer, sin ninguna posibilidad de escalar posiciones y alcanzar cargos de gobierno. Es decir, en pocas palabras, no había la misma justicia ni las mismas oportunidades para todos, porque, sencillamente, ese reino ideal era una dictadura, una de las más férreas y drásticas dictaduras que se han conocido en el mundo.

incas1

No obstante, como a todo imperio victorioso, como a Roma misma, le llegó el momento en que los conquistados eran más, muchísimo más que los conquistadores, y que los largos tentáculos de la organización imperial ya no alcanzaban a controlar tanto territorio ganado a través de la guerra. Llegó el día en que la clase dominante, esa cerrada casta que ejercía el poder, se vio tan insignificante, una minúscula isla en medio del inmenso mar que era la gran masa de seres humanos bajo su dominio, que se dio cuenta que todo ese armatoste que había creado tenía profundas grietas, grandes abismos sociales, y pendía de un hilo para que se viniera abajo. A Roma la tomaron los bárbaros, aquellos sometidos que pasaron a ser mayoría en las ciudades. El Incanato cayó en manos de los espa;oles, pero cuenta el cronista Francisco López de Jerez que, cuando éstos acabaron con la vida del inca Atahualpa, eran más, muchísimos más los súbditos que reían y hacían fiesta, que los que lloraban la caída del imperio.

Acabo de leer un libro enjundioso del erudito español Salvador Madariaga, El auge y el ocaso del Imperio Español en América. En verdad, nunca he visto tanta erudición ni tanto esfuerzo puesto al servicio de una causa perdida, por defender lo indefendible. Pretende hacer creer Madariaga que los reyes de España, sobre todo Carlos V y Felipe II, eran unos hombres de infinita bondad que se preocupaban -a control remoto, a larga distancia, por supuesto- por defender la vida y los intereses de los indios de América, a quienes amaban casi como si fueran sus hijos. No me explico cómo, por medio de qué mecanismo mental, un hombre tan inteligente, de tantos conocimientos, puede llegar a perder el sentido de la realidad. Puesto que la realidad, el mundo fáctico, es incontrastable, rotunda y brutal. Y la realidad es que, cuando llegaron los españoles a América, el Imperio de los Incas –para no hablar del resto de territorios conquistados- contaba con más de 12 millones de individuos, y después de tres siglos, cuando se dio la Independencia, la población indígena no llegaba ni siquiera a un millón. A través de las encomiendas, las mitas y los obrajes, los indios naturales fueron diezmados, puestos al borde de la extinción. Y para llegar a una conclusión sobre esta realidad, no se necesita leer mucho ni pensar mucho: en el Perú, el virreinato español fue una máquina de exterminio, una organización que cometió uno de los peores genocidios de la Historia de la humanidad.

Cada cierto tiempo releo los cuentos y novelas de García Márquez, y siempre me asalta la misma sensación de zozobra cuando atravieso los tiempos de las 36 guerras civiles, cuando me interno en esa época descabellada que envolvió a Colombia en los inicios de su vida republicana. Y me da pena pensar que, en cuestión de guerras fratricidas, los peruanos no nos quedamos a la zaga. Ya he perdido la cuenta, pero me parece que, entre la Independencia y la guerra con Chile, en algo más de cincuenta años, tuvimos, como mínimo, 50 conflictos internos. Y los tuvimos incluso en las más impensadas circunstancias, en las peores. Cuando nos fuimos a la guerra con la Gran Colombia, Gamarra, Santa Cruz y Gutiérrez de la Fuente se coaligaron para enfrentar, internamente, al presidente La Mar. Cuando nos fuimos a guerra con Bolivia, acá, en el Perú, Salaverry comenzó a pelear con el presidente Orbegoso. Cuando nos fuimos a la guerra con Chile, Piérola de dio golpe de estado a Prado y se dedicó a enseñarse con todos los oficiales que habían demostrado simpatía con el régimen pradista. Y, como era de esperarse, fuimos vencidos en todas esas guerras y perdimos casi la mitad de lo que era entonces nuestro territorio. Hay que decirlo de una vez, aunque nos duela: esas guerras no nos las ganaron nuestros vecino; las perdimos nosotros mismos por andar peleándonos, por infraternos.

chambi6

De nuestros héroes libertadores, hombres valientes y esforzados como pocos, pero hombres, y falibles al final de cuentas, aprendimos lo malo, lo peor. Bolívar nos dio la independencia pero, para completar su gloria, se hizo nombrar presidente vitalicio del Perú, con el derecho agregado de elegir sucesor. En pocas palabras, quiso cambiar mocos por babas, tener un poder absoluto, como el mismo monarca de España. Y esa mala idea prendió en todos los generales y coroneles que habían participado en las batallas de Junín y Ayacucho; en adelante, todos ellos se creyeron con derecho a la presidencia de la república, todos pensaron que ése era el último galón que faltaba en sus gloriosas charreteras. Y entonces, todos, por su cuenta, comenzaron a organizar tropas y montoneras, a alborotar el país, tratando de llegar a la presidencia de la única manera que sabían: haciendo la guerra, empleando la violencia.

Dicho de otra manera: nunca hemos vivido en paz, no sabemos convivir en un ambiente de paz. Visto someramente, se podría decir que la violencia es producto de la obsesión de unos cuantos hombres que se creyeron iluminados, de seres mesiánicos que pensaban que tenían en sus manos la fórmula para la salvación de la patria; pero no, no es tan simple como eso: la violencia es consecuencia de un estado de injusticia histórica. Todo el tiempo, a través de nuestra historia, el poder y la riqueza han estado concentrados en pocas manos. Y los de abajo, la gran masa, los desarrapados, siempre han recurrido a la violencia, a lo que tenían más a la mano, para alcanzar aquello que se les ha negado. Todo el tiempo, la educación de calidad, la que abre las puertas del progreso, ha sido privilegio de unos cuantos; y la gran mayoría, los de abajo, sólo han recibido migajas, una educación precaria, elemental, una que significa una trabajo para el futuro y un constante portazo en las narices.

 

Entonces, si siempre ha sido así, por qué ahora hay tanto revuelo, por qué hay tantos que escriben tanto sobre la violencia. Lo único que podría decir, a modo de explicación, es que el conflicto de los últimos años ha sido “diferente”. Una guerra siempre es cruel, bárbara e inhumana, pero eso no significa que debamos cerrar los ojos y desconocer sus causas y sus consecuencias. Y la guerra de los años 80 y 90 fue diferente por su composición humana e ideológica. No está demás señalar que siempre, en todos los tiempos, los que han llevado a cabo los planes de guerra de los mayores, han sido los jóvenes, son ellos los que siempre han pagado los platos rotos. Pero en el caso de la última guerra interna, quienes se enfrentaron fueron los jóvenes de las clases más deprimidas del Perú; en uno y otro bando, tanto en la insurgencia como en la represión, siempre estaban, en la primera línea de combate, los jóvenes más pobres del país, aquellos que provenían de los barrios más miserables, de las rancherías sin luz eléctrica, sin agua ni desagüe. Fueron ellos los que sostuvieron esta guerra, los que pagaron con su vida los costos del conflicto, de ahí su carácter eminentemente popular.

6 PRIvlentz022

Y como nunca antes había sucedido en el país, la gran mayoría de estos jóvenes, al menos en el bando insurgente, provenía de las universidades y centros de estudios superiores. Equivocados o no, a su manera, fueron a la guerra, a una muerte segura, motivados por lo que ellos creyeron que era una nueva interpretación de la realidad peruana, una salida a los ominosos siglos de injusticia histórica. Nunca antes se había visto este fenómeno: una generación entera yendo a pelear por una doctrina, por un puñado de ideas. Y esto fue lo que desconcertó y conmovió a la nación; cada muerte dolía como un puntillazo en el corazón.

En ese sentido, debido a la compleja urdiembre de circunstancias ideológicas, políticas, sociales, en fin, humanas, que motivó la guerra, y al doloroso e inmenso saldo de vidas humanas, es que los intelectuales y artistas no dejan de pensar en ella, de producir acerca de ella. Y en lo que respecta a la literatura, la guerra, por sus profundas raíces y connotaciones, ha condicionado seriamente la producción de poemas, cuentos y novelas.

incas3

Hasta no hace mucho, parecía que era la guerra, la realidad, la que siempre acababa moldeando a los literatos, y que éstos eran incapaces de transformar, con su imaginación, la realidad real en realidad literaria. Parecía que, por más esfuerzos que hicieran, siempre acabarían sucumbiendo ante los fragores de la guerra y tomando partido en uno u otro bando en conflicto. Por las heridas aún frescas, por la sangre derramada todavía fluyendo por los campos y ciudades, los escritores y poetas terminaban decantándose en un uno de estos bandos y produciendo un panfleto, una apología, una historia ensombrecida por un manifiesto político. Pero ese maniqueísmo, ese defecto de dividir la sociedad en buenos y malos, ha cambiado. Poco a poco, los escritores han ido superando los traumas de la guerra, venciendo a sus propios demonios, y ahora podemos ver miradas serenas, centradas, que, recreando la realidad, nos entregan verdaderos productos de ficción, la realidad real echada a volar con las alas de la imaginación, novelas.  Porque ese es el fin de la novela: transmutar la realidad, hacerla delirar con la imaginación, y entregarnos un mundo nuevo, tan o más convincente que el real. Y su valor reside, no tanto en contarnos una historia que agrade a un bando –y, por tanto, desagrade al otro- sino en conmover a todos por igual enrostrándonos el inmemorial drama de la condición humana.

La nueva literatura peruana se encamina a nuevos tiempos, a un nuevo tratamiento de la violencia, los libros de Sócrates Zuzunaga, de Harold Gastelú, de Oscar Colchado, de Diego Trelles, así lo demuestran, pero se necesitan mayores esfuerzos para enfrentar el clima de confrontación en que se encuentra atrapada la sociedad peruana. Lamentablemente, la violencia es un producto estructural, multidimensional, y no bastan los libros para conjurarla. Y ahora, con el fin de la guerra, la violencia ha buscado una válvula de escape y ha tomado las calles, se ha desbordado en todas las ciudades del Perú transformada en una imparable delincuencia común. Y ante ello, los intelectuales se han visto superados, rebasados, se sienten incapaces de hacer un análisis de la realidad nacional y de ofrecer recetas salvadoras.

La Comisión de la Verdad y la Reconciliación dejó escapar una oportunidad histórica para reunir a los peruanos. En vez de encarrilar el país, de sentar la bases para una verdadera reconciliación nacional, se dedicó a hacer un recuento de los saldos de la guerra, a ver qué bando fue el que mató más gente que el otro, a cuál de ellos se le podía achacar más culpabilidad, y con ello lo único que consiguió fue que las posiciones se volvieran inflexibles, que la población se dividiera en partidos recalcitrantes. Había huérfanos y viudas en ambos lados, personas que todavía vestían de luto, y no se les dio ninguna alternativa para que encontraran paz en sus corazones, reposo en sus espíritus. No se dieron cuenta que condenar a un bando significa ahondar las heridas y resentimientos del otro. Ningún miembro de la Comisión, ninguna figura de la política peruana, habló del perdón, todos tuvieron miedo de pronunciar esa palabra. Se hacen llamar cristianos, admiran a quienes perdonaron, a Cristo, a la madre Teresa, a Juan Pablo II, a Mandela, pero ninguna de ellos, ni por asomo, estuvo dispuesto a perdonar.

chambi5

Y ahora sufrimos la misma fractura de antes, estamos tan divididos como en la época de la guerra, pero con el agregado de que la delincuencia común nos está asfixiando. Además, tenemos ciudadanos apestados, hombres y mujeres que tomaron parte en la guerra, en cualquiera de los bandos, pero que ya han purgado condena en las cárceles, y, a pesar de eso, no tienen los mismos derechos que los demás, no se les está permitido conseguir trabajo y llevar el sustento a sus hogares. Si fueron profesores, no pueden ejercer la docencia; si fueron médicos, no pueden curar. ¿Acaso estamos todos libres de culpa como para condenar eternamente a esas persona? ¿Qué clase de nación somos para negarnos a perdonar a esas personas, a mirarlos a la cara como a nuestros semejantes?

En mis libros acerca de la última guerra, Días de Fuego y Ese camino existe, no he hecho otra cosa que transmitir un mensaje, que decirle a los jóvenes de mi país que, a pesar de la muerte y la destrucción, del fantasma de la barbarie que los persigue y los diezma, siempre va a ver un camino para ellos, un lugar para la esperanza. No he juzgado a nadie, no he simpatizado con ningún bando, solamente he querido contar la terrible tragedia que envuelve a los peruanos como una maldición. He transformado la realidad, he tratado de volverla más convincente, más conmovedora, para que de alguna manera los jóvenes se den cuenta de que aún tenemos posibilidades como nación, pero que ese futuro promisorio requiere urgentemente de reconciliación, pasa necesariamente por el perdón.

No tengo muchas tablas de salvación a la vista. Podría decir que sí, que tengo muchas fórmulas para superar la violencia, pero seguramente pecaría de hipócrita. Pero creo que, junto con el perdón, tenemos que dejar de mentirle a los niños y jóvenes en las escuelas. Tenemos que decirle crudamente qué clase de país tienen para que sepan qué clase de país quieren. Decirle claramente qué clase de nación somos, qué clase de seremos humanos son para que puedan elegir libremente el hombre que quieren ser. Nada ganamos edulcorando la Historia cuando después ellos se van dando cuenta, en las calles, en el día a día, de la terrible realidad que les estamos dando.

chambi1

Tenemos que sincerar la educación. Pero no sólo eso: tenemos que democratizar la educación. Hacer que la educación de calidad sea un derecho de todos y no un privilegio de unos cuantos. Los jóvenes ahora tienen que luchar por ello, arrancharle a los gobernantes de las manos ese derecho. Esa la única manera de cerrar los grandes abismos, de superar esta situación inveterada de injusticia histórica. Todos tienen que entender esto, gobernantes y gobernados; es la única forma de conjurar las circunstancias que empujaron a los jóvenes a la guerra, de borrar las grandes desigualdades que aún se mantienen latentes.

Hasta ahora, todos hemos sido hijos de la violencia. Ha llegado el momento de cambiar esa herencia de fatalidad. Los jóvenes tienen una tarea por delante, ha llegado el momento de que construyan una sociedad de paz, de conseguir su derecho a tener un futuro de paz. Deben hacerlo ahora, deben madurar ya, ahora mismo, y convertirse en padres de la paz. De esta manera no se lamentarán después de haberle legado a sus hijos la misma sociedad violenta y sin esperanzas que nosotros, los mayores, le entregamos a ellos. Derribemos los mitos: nunca tuvimos una sociedad de abundancia y eterna felicidad, de permanente paz. Nunca la tuvimos, estamos, por tanto, obligados a construirla. Ha llegado la hora de los jóvenes, ahora es el momento de que exijan su derecho a una educación democrática y humana, de calidad, y que construyan, con esa herramienta, una sociedad pacífica donde puedan vivir como una nación civilizada.

Anuncios

Una respuesta a “Literatura de la violencia en Perú

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s