Clasismo: fuerte reconocerlo, peor padecerlo

 

 

 

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Por Gonzalo Figueroa Cea

No importan las zapatillas o las corbatas, sino toda capacidad que sea constructiva, sin menosprecios intelectuales, sociales o económicos.

El recuerdo lo tengo muy patente: tenía seis años de edad, cursaba el kinder en la Escuela Antártica Chilena (hoy convertida en próspero colegio), estábamos en una clase de educación física y, de pronto, hubo algo que me produjo un quiebre, al menos, mental: observo que varios compañeritos de curso tenían puestas zapatillas de colores, algo gruesas y, por cierto, muy llamativas.

Yo y algunos otros compañeritos, en cambio, teníamos puestas unas zapatillas blancuzcas que parecían casi como de ballet, con la salvedad que eran con cordones y no tan delgadas. Evidentemente no llamaban tanto la atención como las otras.

¿Qué ocurrió? Se podría interpretar como el primer gesto envidioso consciente que tuve. Pero curiosamente no era eso. Tampoco manifesté alguna señal de molestia hacia mis compañeros de curso que tenían zapatillas más bonitas. Esto no deja de sorprender, considerando que se trata de una edad en que las emociones y el sentido abstracto de las cosas dominan fuertemente por sobre lo racional.

En realidad tenía una sensación de molestia, gatillada sólo por el hecho de que mi papá no me había comprado unas “zapatillas grosas”, que era la imagen que repetía mi cerebrito, sin que necesariamente yo lo exteriorizara. Y creo que jamás se lo he dicho a mi padre.

Sería absurdo que hoy, con 42 años de edad, sienta orgullo por aquella forma tan clasista de sentir las cosas. Años después me hubiese sentido el doble de avergonzado sólo con recordar que, en la misma época de vigencia de esas modestas zapatillas que tenía, me hubiera animado a contarle a mi padre sobre el hecho referido en la escuela. Estoy seguro, además, que él se habría reído: era su forma de distender el ambiente ante algunas “chiquilladas menores” de sus hijos. No hay duda de que la manera de actuar de él era muy sabia y muy saludable.

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Las enseñanzas de él, de mi madre y de mi abuela materna, a quienes tuve siempre en casa, me ayudaron a enrielarme. Y, respecto a las zapatillas, para mi consuelo está la disculpa de haber sido demasiado niño.

 

Otras formas de clasismo

Hay gente que no tuvo ni tiene esa posibilidad que yo tuve (valga la redundancia) de enrielarme a tiempo. Y no es por un tema de clase: está claro que en una familia en riesgo social, con padres drogadictos o delincuentes, las probabilidades de que el “árbol siga torcido tal como nació” son altas. Quedarse sólo en ese tipo de ejemplos es igualmente clasista. Es como creer que las calamidades y los malos referentes de personas sólo los padece la gente de condiciones sociales más vulnerables.

Creo que el clasismo es a todo nivel. Lo observo en aquel hombre o en aquella mujer de estrato social medio o bajo que, habiéndose esforzado y obtenido un título profesional, se jactan constantemente de ese logro, hablan mucho de sí mismos y viven “mirando para el lado” como si estuvieran en constante competencia con el resto de la humanidad, para ver si otro profesional o un trabajador más modesto logra más cosas que uno.

Suelen estar muy preocupados de que los títulos obtenidos por esas personas sean reales o correspondan al perfil de los cargos. Se obsesionan por googlear, o averiguar como sea, esos datos. ¿Para qué? Si de alguna manera la mayoría de las personas se gana el pan de la mejor manera que puede. ¿Hay algún delito flagrante en eso?

Allí no hay un interés genuino por querer que a tu compañero de trabajo le vaya bien, sino una miserable envidia y, sin duda, un importante sesgo clasista.

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Algo peor

Pero existe algo peor: el menosprecio del que tuvo la ocasión de pertenecer a una clase social aventajada y, por ende, logró una posición social y de poder más elevada. Frases como “agradece que tienes pega” o “estás tan bien vestido que pareces gente” suelen ser más serias que bromas o muestras de humor irónico. Es la mirada despreciativa hacia el que tiene o muestra menos, hacia el menos aventajado o el que se jacta menos en términos intelectuales o, simplemente, hacia el que no agrada sólo por apariencia.

Al respecto recuerdo mucho la comparación que una vez hizo el periodista Juan Cristóbal Guarello (entrevista del actor Álvaro Escobar en el programa de TV “Más Vale Tarde”) para graficar esta situación: “la vida es como una carrera de 100 metros plano, pero no todos partimos de cero: unos parten de 80 metros y unos parten, incluso, a los 140 metros. Si tú eres de estos últimos, no te erijas como ejemplo de nada” (cabe precisar que Guarello se refería específicamente a un exabrupto de la doctora María Luisa Cordero, quien señaló que su voto valía más que el de su “nana”).

En tal sentido, hagamos un esfuerzo, en primer lugar, por evitar compararnos odiosamente; en segundo lugar, en ayudar a surgir en la vida, cuando estemos en condiciones de hacerlo, a aquellas personas menos aventajadas económicamente pero que sí poseen un talento especial; y, tercero, en ayudar al prójimo siempre que se pueda.

“No se trata de ser como el Padre Hurtado (San Alberto Hurtado), pero sí de imitarlo”, le escuché decir recientemente en una misa al padre Andrés Moro, Vicario de los Trabajadores, quien en esa misma ocasión, y muy a propósito del tema, habló del concepto de “admiración” versus el de “envidia”. Obviamente, el primero es el que nos hace crecer y, el segundo, el que nos estanca.

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A larga, no importan las zapatillas o las corbatas (aludiendo a la informalidad del diputado Gabriel Boric), sino que toda capacidad que sea constructiva y sin clasismos de especie alguna.

 

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