Raquel Correa, periodista.

Las políticas elementales de una independiente

Toda vida tiene, por lo menos, dos biografías paralelas: una física regida por los hechos y las circunstancias; otra interior, que a veces se desenvuelve a contrapelo de las mismas realidades exteriores. Algunos dicen que existe una tercera: aquella de quien quiso ser y no pudo.

Raquel Correa

Con la periodista Raquel Correa Prats se da la alternativa de quien quiso ser y Fue. Con todas sus letras. Ella dictó el curso de las cosas que estaban a su mano. Las otras las dictaminó Dios.

La entrevistadora – porque Raquel Correa es la figura máxima en ese ámbito- se desenvuelve por 44 años en el periodismo y por más de 20 en El Mercurio.

Tataranieta de Andrés Bello, octava de doce hermanos, Premio Nacional de Periodismo en 1991, Premio Lenka Franulic e Hija Ilustre de Sagrada Familia (pueblo donde tiene un campo en las cercanías de Curicó). Raquel se ha desenvuelto en el Departamento de Prensa y Radio de la Universidad de Chile, una agencia de noticias cubana, la revista Entretelones, Vea (donde estuvo 15 años entrando como practicante y saliendo como directora), Canal 7 y 13, Cooperativa, Cosas, Ercilla, La Tercera y El Mercurio donde sus entrevistas son célebres.

“Lo más satisfactorio desde que salí el 59 no es una noticia ni entrevistar a algún famoso si no lograr mantenerme independiente”, señala.

 

“Creo que hay muchos entrevistadores y muchas entrevistas. La entrevista es mucho más profunda. No existe el dialogo, es algo que hay que preparar muy bien. Apuntar a algo. Creo que se está abusando de niñas con figuras curvilíneas por sobre otras cosas. Se ha distorsionado mucho: los jóvenes creen que no tienen que reportear, que es llegar directo a la pantalla y ser estrellas”, finaliza.

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– ¿Qué motivó a aquella Raquel Correa que abandona la carrera de teatro y psicología para involucrarse en el periodismo? ¿Cuáles fueron las motivaciones de aquella muchacha para enrolarse en esta actividad?

– Muy inexplicable. La carrera de teatro la había tenido que dejar por el asunto de una obra de teatro y de mi mamá que no le gustó que su hija de 17 años -recién licenciada de las Monjas Inglesas- interpretara a la esposa de un homosexual (algo escandaloso por aquellos años). Después psicología la seguí estudiando paralelamente con periodismo. Lo del periodismo fue una especie de revelación demoníaca. No sé como calificarlo porque fue una cosa mágica, muy repentina. Oí la palabra periodista y de ahí no paré más. Es curioso: no tenía ningún modelo, no leía los diarios, no me interesaban las noticias (durante los almuerzos nadie podía hablar mientras su padre, Alfredo Correa, escuchaba los comentarios radiales del periodista Hernández Parker). Realmente fue una cosa muy irracional.

 

– ¿Y le gustó la carrera en los primeros años?

– Claro. Desde el primer momento. Una vez que se me ocurrió la idea me encantó. No lo dejé nunca más. Después de un año y medio decidí dejar psicología y quedarme exclusivamente con periodismo que me gustaba más.

 

– ¿Cree que valió la pena? ¿Nunca se ha arrepentido?

– Valió la pena… A veces me he lamentado. Todo ese periodo de la dictadura fue muy tremendo para mí. Los dos años que no me dejaron trabajar fue lo más duro. Ser periodista en dictadura es muy fuerte por el hecho de tratar de hacer periodismo libre cuando no hay libertad de prensa. Porque eso es algo que se les ha olvidado a todos parece. Después que clausuraron todos los diarios y las radios y no quedó nadie de discrepancia con el gobierno. Después empezaron con la censura previa que la conocí en carne propia: llevar al Diego Portales..

de la antigua revista Vea para que los revisaran.

 

– ¿ Era duro pero era un desafío?…

– Sí, claro. Pero pasaban muchas cosas y no se podían decir.

 

-¿Cómo fue derivando a la entrevista?

-Yo en periodismo escrito hacia de todo. Crónicas sobre artista, gente del mundo intelectual, de la ciencia, de la cultura, de todo. Y la situación en el país se comenzó a politizar de una manera notable. Yo diría que desde el final del gobierno de Frei padre. Así que comencé a entrevistar a muchos políticos, había mucha efervescencia en ese campo y me gustó.

 

-¿Cuál es el personaje que nunca pudo entrevistar?

-No muchos. La verdad no tengo ninguna obsesión con algún personaje público. Algún ministro de la Corte tal vez. En el área pública los he entrevistado a todos, o casi. En su momento me hubiese gustado entrevistar a Gorbachov pero no le hice mucho empeño… ni siquiera estudié ruso (ríe).

 

Raquel Correa

Raquel Correa y General Pinochet

-Al general Pinochet lo entrevistó en varias oportunidades. Ha señalado que fue uno de sus mejores entrevistados ¿Por qué?

– Porque fue uno de los entrevistados con más poder y más importante que pude haber tenido. No lo entrevisté tantas veces, lo que pasa es que hicimos un libro con Elizabeth Subercaseax (Ergo Sum) y ahí lo entrevistamos unas cinco veces y después en El Mercurio un par de veces más como comandante en jefe. Ahora me gustaría entrevistarlo. Me gustaría mucho. Si me preguntaran ¿A quién le gustaría entrevistar ahora?, diría que me encantaría que me recibiera Pinochet y poder ver cómo está ese hombre en el ocaso de su vida.

Una vez en dictadura estaba entrevistando a un obispo y, mira las preguntas que se le ocurrían a la tonta, le pregunté: “¿Qué haría usted si estuviera celebrando la misa y se acercara a comulgar el general Pinochet? Entonces él me dijo: “No le daría la comunión” Yo tenía la obligación de preguntarle ¿Por qué no se la daría? No podía quedar trunca la respuesta. Él me respondió: “Porque es un pecador público”. Entonces yo tomé mis cositas y me fui al Mercurio. Me llamaron del diario y me dijeron: “Oiga, le costaría mucho sacar eso”. “¿Todo?”, pregunté. “No, sólo eso del pecador público”. No sé que habría ocurrido si les digo que no. Dije que bueno. Negocié. Pero fue una amabilidad de parte de ellos. Imagínate, El Mercurio en esos años y que no le daría la comunión al general Pinochet ya era bastante fuerte.

-¿Entrevistó a Henry Kissinger? ¿Cómo fue esa experiencia?

– Fue muy de pasada, en una cosa colectiva. No me gusta ese hombre.

 

-A Salvador Allende también lo entrevistó ¿qué opinión se formó de él?

-Sí cuando fue elegido presidente y varias oportunidades más. Yo en esos años trabajaba en un programa en la Cooperativa y ahí lo tuvimos pero también en algo grupal. Como candidato electo ahí lo entreviste en Guardia Vieja. Era bien difícil, era bien pesadito, bien barrero. La gente que lo conoció bien dice que era muy simpático. Yo no iba de un medio que le era afín a él así que fue difícil. No logré una sintonía con él. Estaba muy a la defensiva, era un poco agresivo.

 

-¿Qué opinión se formó de su gobierno?

– Bueno, yo era periodista en ese gobierno, era persona adulta y sufrí las cosas que se sufrieron en ese tiempo, digamos. Las tomas, la escasez, el desorden. Bastante caótico en realidad.

 

-¿Usted fue muy crítica respecto de su gobierno?

-Yo fui bastante neutral. No me metí; al contrario, como era tal la división que había yo decidí estar en la línea media.

 

-¿Mientras trabajaba en El Mercurio durante la mitad de los 80 pensó que podía hacer algo más en el tema de los derechos humanos?

-Yo creo que yo hice más de lo posible. A través de mis preguntas, por supuesto. Esa es mi herramienta Hice mucho y me merecí coscorrones. Yo el domingo pensaba que me iban a echar el día lunes.

 

-¿Cree que El Mercurio mentía mucho en estos temas?

-Creo que El Mercurio callaba mucho. Sobre todo en los primeros años. En la época que yo todavía no estaba. Cuando llegué al Mercurio se da cierto aggiornamiento. Cuando ya el gobierno por la presión internacional decide ir abriéndose de algún modo. Pero igual fue muy difícil al comienzo. No me censuraron nunca, pero tampoco me daban luz verde a todos los personajes que yo quería entrevistar.

 

-Después de trabajar más de 20 años en El Mercurio se ha llegado a formar una opinión acerca de Agustín Edwards?

-Lo conozco muy poco. Un hombre bastante inteligente, bastante exótico. En el sentido de la palabra: curioso. No me gustaría hacer un análisis de él ya que lo conozco poco. Incluso lo tuve que entrevistar ya que me lo pidió El Mercurio. Una de las entrevistas más difíciles que yo he hecho en mi vida. Porque entrevistar a Agustín Edwards que era dueño del diario en que trabajaba sin caer en la cortesía era difícil.

 

-¿Y sin darle demasiado duro también?

– Le pregunté por el papel del diario en la dictadura, por los silencios. Bien a concho, bien buena la entrevista. El jugó a dueño del diario y yo a periodista. Fue un trato bien decente. Nunca me interrumpió, nunca me dijo eso no me lo pregunte, o déjame pensar que contesto de eso. Nunca. Fue muy como son las entrevistas. Muy de verdad, muy curioso.

 

-Si Usted fuera a entrevistar a Raquel Correa cuál sería la gran pregunta qué le haría?

-Le preguntaría hasta cuándo va a aguantar

-¿Y qué cree que ella respondería?

-Creo que diría que no tiene muchas alternativas… Retirarme para qué. Para quedarme de ociosa en la casa. Yo estoy hecha en este trabajo. Llevo más de 40 años en esta profesión. No sé qué haría. Tengo campo, estoy a cargo. Mi marido murió, tengo un sólo hijo. Me podría ir al campo. Lo que no hice estando él vivo me parecería casi una traición. Muy complicado. Esto todavía me sigue entusiasmando. Dicen que podría enseñar. Me han ofrecido dirección de escuelas de periodismo pero antes de enseñar prefiero aprender y practicar.

 

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Diálogos femeninos

desde el campo de batalla

Hay tres instantes en el quehacer de Raquel Correa que están clavados en mi mente:

Corre el año 87 y una noche tres adolescentes están mirando la televisión. Beben unas cervezas y proponen ir a arrendar una película. Son las diez de la noche. Cambian de canal. Están transmitiendo una entrevista a Isabel Allende, la escritora de “La casa de los espíritus”. Los muchachos poco a poco se van interesando en el programa y sin darse cuenta ya no fueron a arrendar la película. La entrevista se comienza a poner al rojo vivo. En un momento Raquel le pregunta si tiene que pedir perdón a alguien. Isabel Allende se pone colorada y le responde que no, que son otros los que deben pedir perdón . Los muchachos ni siquiera beben de sus vasos.

“Hey, ¿Pero quién es esa periodista?” , pregunta uno de los jóvenes.

“Raquel Correa”, responde otro.

Los otros son Ricardo Lagos mostrando su famoso dedo y ella tranquilizándolo. Y el otro es más simpático: aquella en que el Chino Ríos le dice que se sintió muy a gusto con ella y que la vio como a una tía.”Ohh, gracias sobrino”, le responde la periodista.

Un personaje no es tal si no ha sido entrevistado por ella. En prensa escrita sus encuentros con el médico Claudio Molina en el caso Lonquén, Sor Teresa de Calcuta, Jaime Guzmán, y Pinochet -que derivó en el Libro Ergo sum, junto a Elizabeth Subercaseaux- son clases magistrales de Periodismo.

 

Inicios

Yo partí en la revista Vea, que era una revista sensacionalista, tamaño tabloide, donde si había un accidente decían: “¡Que bueno!” , ya que iban a vender más. Era una revista del mundo del drama, de lo policial, que es apasionante. El inicio fue super difícil porque éramos las primeras generaciones de mujeres periodistas que entrábamos al mundo del trabajo, y por supuesto en la primera semana cuando se destinaban los turnos don Genaro Medina, que era el director de Vea, me dijo: “Usted no Raquelita”. Y le respondí: “Yo sí quiero hacer turno Don Genaro”. Contra todo el sacrificio: no tenía auto, no sabía manejar, mi marido se quedaba durmiendo en Avenida Santa María hasta que terminara. Y eso no lo sabía más que yo. Había que hacer que los demás olvidaran que yo era mujer, que era la primera reportera que entraba a la revista Vea, que era egresada de la universidad y más encima que venía de una clase social más bien alta, casada. O sea tenía puros topes para que me recepcionaran y me estimaran mis demás compañeros. Tenía que hacerme un sitio. Yo creo que el hecho de ser casada y ser universitaria era lo que más les molestaba. Eso me obligaba a esforzarme el doble. De esos 15 años que trabajé en Vea no hice más de cinco notas policiales. Hacía otras cosas. Lo que pasa es que la revista vendía mucho con lo policial. Pero teníamos temas internacionales, política. Una revista bastante más completa que lo que muchos se recuerdan. Y comencé a hacer las cosas que no hacían ellos con un gran sacrificio porque compatibilizar la vida personal con lo profesional cambia a todas las mujeres. Porque uno piensa con sufrimiento que “no hice lo correcto, que le di más al trabajo que a la familia”. Mi hijo nació cuando entré a la revista Vea y muchas veces pensé que debía haberme retirado, pero ese es un sentimiento de culpa que yo tengo.

 

Golpe

Después viene una etapa dura para mí, para Chile, para el periodismo. Viene el 73 de un golpe. La verdad es que hacer periodismo en dictadura es la peor experiencia que puede tener un periodista. Yo estaba en la revista Vea de subdirectora o directora y me tocaba ir al edificio Diego Portales con los originales de la revista para que los aprobaran, una cosa que tal vez uno no debía haber aceptado, pero no quedaba otra. Lo otro es haber perdido el trabajo y colocar un negocio vendiendo fruta, no sé. Luego Vea se vendió, yo no tenía espacio y me fui con dos meses de indemnización. Después de 15 años me regalaron una máquina de escribir, una Underwood que todavía tengo. Y un tiempo después me echan de canal 7. Estaba entrevistando y haciendo preguntas audazmente a Rafael Cumsille. Era el segundo aniversario del Golpe y él era uno de los grandes instigadores y apoyadores del Golpe, y él en esa entrevista empezó a reclamar contra el gobierno porque no le dieron el espacio que él creía tener. Y esa entrevista fue la gota que rebalsó el vaso. Ahí viene una etapa terrible para mí en lo que a lo único que me aferré fue a la esperanza, aunque suene cliché. Fueron dos años cesante, sin poder trabajar debido a una lista negra en las que figuraba y donde no me la había ganado porque en comparación a otros periodistas yo seguí haciendo lo mismo. Preguntando en forma independiente, como que no asumí lo que estaba ocurriendo. Tal vez ese fue mi error pero también mi buena salida inconsciente. Si yo hubiera empezado a hacer ese trabajo cuidadoso, pero era muy claro: o estabas conmigo o contra mí. Una vez me llamaron al edificio de la Fuerzas Armadas, yo había entrevistado a un general en la TV y le había preguntado por qué le cortan el pelo a los hombres, le cortan los pantalones a las mujeres, si es verdad que hay detenidos, si la gente desaparecía, y me llamaron del ministerio de defensa. Yo pensé “quieren que entreviste a Pinochet “. Me citaron a las cuatro. Llegué a las cuatro y pasó la hora, media hora, una hora, y yo empecé a sospechar que algo raro pasaba. Finalmente me hacen pasar y un marino sumamente educado y correcto me dice: “Señora Raquel hemos estado analizando sus entrevistas y concluimos en que no conducen a los objetivos de la Junta”. Y yo cara de palo le contesté: “¡Que bueno!, porque yo no estoy trabajando para los objetivos de la Junta”. Audacia o tontera. Así que quedaron trabajando sólo los periodistas que estaban de acuerdo con esa situación. Los otros se fueron al exilio, a la cesantía, o a la muerte. Yo no estaba en ningún asunto, grupo terrorista, político. Pero me imagino que aquellos que se la jugaron más tuvieron castigos más fuertes. Así que ahí quedé cesante, mi esposo perdió su trabajo por otras razones, una serie de problemas. Y se presentó una crisis en la enfermedad de nuestro único hijo, entonces yo me conseguí un carnet…. (se emociona) ufffff, me da pena y me da lata contar esto. Me conseguí el carnet del Hospital Calvo Mackenna y ahí llevé al niño para que lo examinaran. Era una cosa muy seria de tipo mental.

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Cosas, La Tercera, El Mercurio

Ahí parte el proyecto de la revista Cosas que me saca de todo eso. No sé cómo se acordaron y me llamaron. El primer artículo que escribí salió sin firma. La revista Cosas incluía entrevistas a políticos, algo muy raro en esos años y en medios de ese sector. Tuvo mucho éxito. Ahí trabajaban Elizabeth Subercaseaux, Lucía… , que teníamos otra visión de lo que era el periodismo y de la vida. Empezamos despacio, con un público que estaba desinformadísimo, ya que Cauce, Apsi, Análisis, Mensaje eran leídas por otro sector, eran más escondidas. La revista Cosas era más abierta en su distribución, más masiva, con una cierta venia gubernamental, basado en que Mónica Comandari tenía un buen techo. Después comienzo a trabajar en La Tercera y luego El Mercurio. Y el año 79 entrevisto a Claudio Molina, ex director del Servicio Médico Legal, quien recibe los cuerpos de la matanza de Lonquén y quien decide ir personalmente para enterrarlos en una fosa común. Bueno, yo llegue a entrevistarlo con mi cuestionario. Soy super aplicada con las preguntas que tengo que hacer. Bueno iba con mi grabadora, le preguntaba y me salía con otra cosa nada que ver. Se paraba, salía de la habitación. Había dos puertas, entraba por una, aparecía por la otra, en el escritorio había una calavera. Una cosa pero de locos. Entonces terminó y mi marido -que me estaba esperando- me pregunta cómo me fue. Le respondí que pésimo. Que le preguntaba por una cosa y me respondía por otra. Le pregunté que por qué había ido él al cementerio y Molina me respondió: “Porque me interesa”. Y mi marido me dijo: “Pero fantástico, cuéntalo tal cual, cómo me lo estás contando a mí”. Y así lo hice y hasta ahora se acuerdan de esa entrevista.

 

De cara al país: Lagos y Pinochet

El 22 de abril de 1987 en De cara al país se da la escena en que Ricardo Lagos, en ese entonces presidente del PPD, indica a Pinochet.. Había cuatro entrevistados y tres periodistas y yo le pregunto no sé qué cosa -le había preguntado antes a los demás entrevistados- y comienza a decir: “¡ Usted señor Pinochet es un mentiroso porque dijo -y mostraba un diario- que se iba a ir! Y se mandó un speech. Yo; no por censurarlo, si no porque el periodista siempre tiene que tener el control de la entrevista, no puede permitir que el entrevistado se desbande, le decía: “Señor Lagos. Señor Lagos. ¡Ricardo! Y entonces él me dice y con un gesto me saca de cámara: “¡Excúseme Raquel, hablo por 15 años de silencio!” Yo quedé plop. Fue impresionante. Yo salí a la calle al día siguiente, en la rotonda Vitacura había una especie de feria donde vendían alcachofas, y la gente se bajaba de los autos para decirme: ¡Por Dios que terrible!” Después supe que en gobierno militar el programa había sido visto en pantalla gigante.

Luego entrevisto a Pinochet para el libro Ergo Sum con Elizabeth Subercaseaux., esto era sin cuestionario previo y sin corrección posterior. Yo no tenía la consciencia de que ahí se estaba haciendo algo de historia. Fueron varías entrevistas a Pinochet. Nosotras con cuestionario y grabadora. Él contestando lo que quería y cómo quería. Yo tengo la sospecha póstuma que nos estaban grabando. Y no es raro porque el escenario lo ponían ellos: La Comandancia en jefe, la Moneda. Y ahí, de poder a poder, no había como entrevistarlo con sus mismas armas. Fue un buen entrevistado, excelente. Se entregaba en el asunto, se apasionaba. Se reía, se enojaba, golpeaba la mesa y nosotros pensábamos que nos iban a echar. Un manejo muy impresionante de las personas. De los cientos y cientos entrevistados… claro que uno le da importancia porque están revestidos de cierto poder. No es lo mismo un civil que un militar, un Presidente que un hombre de la calle. Fue muy difícil, yo lo gozaba y lo sufría. Eso me sirvió en mi vocación de actriz. Yo asumo el rol: soy periodista. No soy Raquel Correa, no soy la pobre señora que está apenada, triste. No. Soy una persona que está envestida de una cierta misión. Es algo inconsciente. Si un médico me escuchara diría que sufro de doble personalidad. ¿Cómo enfrentar a alguien tan abyecto? El general Manuel Contreras por ejemplo. Yo iba tan nerviosa

que le dije al chofer del radiotaxi que parara un poquito. Iba super adelantada. “¿Qué le pasa?”, me pregunta y yo le cuento: “Estoy super nerviosa”. “¿Pero usted que tiene tanta experiencia?”. Nunca es suficiente experiencia. Yo pensaba ¿Cómo lo voy a saludar? Cuando una mujer saluda a un caballero el caballero le da un beso en la mejilla.¿Cómo voy a reaccionar yo? ¿Cómo voy a estar en la casa? ¿Me voy a atrever a realizar las preguntas brutales que le llevaba?”. Llego allá y me encuentro un lugar lleno de guardaespaldas, un ambiente sórdido, terrible. Y un hombre jugando al encanto. Jugando a ser simpático. ¿Entro en su juego, le sigo los pasos, me corta? Con todo lo que yo sabía de él. No me podía dejar “seducir”

 

Democracia

Cuando llega la democracia no es tan estimulante en el sentido que no hay tanta adrenalina, que uno se está jugando la vida en tu trabajo. Hay una frase de José Joaquín Brunner que yo siempre repito: “La normalidad es aburrida”. Claro, la normalidad es aburrida pero es la normalidad. Este es un país chico. Estamos entre la cordillera y el mar. Absolutamente alejados de las cosas que pasan en el mundo. La semana pasada era la pelea de la Argandoña con no sé quien. A mí me entretienen esas cosas pero estamos en un empequeñecimiento mental.

Para mí en un momento entrevistar por cuarta vez a la misma persona, a todo el que llega a determinado cargo, se te convierte un poco en una rutina, es la vida. Sentía que lo mío ya no era tan importante: no me lo han dicho pero yo me doy cuenta. Ahora vuelve a ser importante porque se están dando una serie de hechos relevantes.

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