Leila Guerriero

Ni devota ni sumisa

Leila ha llegado.
Por vía aérea… Como un cometa

Por Hugo Dimter y Marisa Niño
Fotos de Marisa Niño

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Va en un auto que, presuroso, serpentea desde el aeropuerto de Pudahuel en Santiago de Chile. Minutos más tarde Leila, arrumbando su delgadez en el asiento trasero, advierte -desde lo alto de la autopista- los inmuebles de la comuna de Renca.
Para una atea confesa como ella la cruz en la cima del cerro no tiene relevancia,  pero ¿qué es eso de “Renca la lleva”? ¿Qué diablos significa eso? ¿La periférica comuna de Renca top? Leila se queda pensando extrañada acerca de este misterioso Chile 2014.

-¿Es agnóstica?- le pregunto.
– No, soy atea atea. Los agnósticos buscan de alguna forma; yo no busco nada. Me parece que es una construcción cultural que uno siempre tenga que creer en algo. La gente por lo general suele decir a esa pregunta: “No, bueno, creo en algo superior”. Yo no creo en nada- señala convencida Leila Guerriero, argentina, descendiente de napolitanos, casada sin estarlo, 47 años, 22 de ellos dedicados al periodismo. O a escribir libros como el primero de ellos: Los suicidas del fin del mundo, o Una historia sencilla, Plano Americano, o Frutos Extraños.

– ¿Pero cree que el bien triunfa sobre el mal?- le vuelvo a preguntar.
– No.
– ¿Tampoco?
– No, en lo absoluto. O sea, si mirás la historia del mundo (ríe).

– ¿Eres un poco pesimista?
– No, para nada. Pero no soy la única. Hay mucha de gente que piensa así. No soy en lo absoluto pesimista ni derrotista. Al contrario, soy bastante optimista.

Clap- clap- clap- clap.
Las zapatillas de Leila hacen ese horrible sonido al posarse intermitente sobre el maicillo del Parque Bicentenario en el sector alto de la capital. Rauda deja atrás una aromática estela durante el trote matutino. Cinco kilómetros atravesando árboles frondosos, calles sin nombre y rostros que nunca volverá a ver en su vida. Parece que su humanidad no toca el suelo. Leila parece flotar. Como un cometa.
Clap- clap- clap- clap, ese es el sonido del trote. El destello es sólo eso: un destello. No tiene forma ni color. No tiene presencia. No tiene nada.

Tarde o temprano se presenta en la cafetería del hotel. Elegante, segura de sí misma, pletórica de ideas. Dedos delgados, en uno de ellos inserto un anillo de plata, o de oro blanco. En la mano derecha un fino reloj grisáceo. Todo en ella es de una delgadez irritante, o atractiva, según el ángulo del observador. ¿Qué es lo que queda? Una fascinación por el color negro. Leila es una chica moderna. Una femme fatale virtuosa. Tal vez demasiado para la mayoría de los encubiertos y provincianos machistas chilenos.
Preguntamos. Ella contesta. Observa. Se da cuenta de algunas cosas. Y en un instante Pummmmm! Comienza a hablar. Y habla y habla y habla. Dictamen: Nos hemos ganado su confianza.
La calle y el olvido

-¿Qué es un perfil?- le preguntaron en un programa de RTVE
-Es como un documental sobre una persona. Debe tener muchas voces, y estar bien equilibrado en sus partes- respondió Leila, la periodista que nunca estudió esa carrera, pero está inserta en el periodismo narrativo, género que, según ella, llega a la escena después que todos han pasado.

Resumida, la historia de Leila es la siguiente:
Una muchacha que estudia turismo pero que desea escribir. Pasa por una etapa de cierta incertidumbre y se le ocurre redactar un cuento e ir a dejarlo al bonaerense suplemento de cultura de Página 12. A la semana el cuento aparece publicado en la contratapa donde usualmente escribe gente de la talla de Osvaldo Soriano o Juan Gelman. Leila llama al diario para agradecer y Jorge Lanata, el editor, le pregunta:
– ¿Quién sos vos? ¿De dónde saliste?
– Yo soy Leila- contesta ella-. Soy Leila Guerriero.

“Soy muy curiosa, sumamente. De chiquita. Tengo esa cosa: cuando llego a una ciudad lo primero que hago es salir a caminar. Yo busco siempre el mercado, la parte vieja, lugares viejos. Cuando no conozco nada salgo a caminar. Siempre estoy forzando una cuadra más. Siempre tengo la sensación que a la vuelta de la próxima esquina puede haber algo sorprendente, interesante. Algo que me perdí por doblar antes. Me pasa eso: trato de agotar los sitios. Así que la curiosidad es un tema mío. Siempre. La típica niña que se pregunta por qué? por qué?por qué? Pero no por buscar algo específico, si no por buscar la sorpresa.

– ¿Buscas las cosas específicas también?
-No te diría al punto de esos niños que le regalás algo y lo destripan, pero sí buscando cosas específicas. Quiero ver, no sé, todas las fotos cuando la abuela fue a Alemania a las Olimpiadas del año 1936.Y hasta que no logro encontrar eso y meterme en el armario y buscar esas cosas, y además encontrar el estuchito… a veces así te encontrás con cosas que no querés. En este oficio pasa todo el tiempo. Te enterás de cosas que, a veces, preferirías no saber de los entrevistados.

– Y eso de buscar y buscar, no creo que sea mera curiosidad, si no en el caso de la abuela es para conocer mejor al abuela.
– Sí, en general me interesa mucho eso. En casos específicos no es curiosidad, sino que a mí siempre me ha interesado los orígenes de mi familia. Siento que me gusta mucho la gente que guarda memoria. De hecho he entrevistando, en el último tiempo, a gente muy vieja: ochenta y tantos años para arriba, y siento que lo que me interesa de esta gente es que son como arcones que guardan cosas, y fueron testigos de una época. Yo siento mucha necesidad de escucharlos, y trasladar eso al tejido social, me parece interesante. Esta señora que tiene 82 años fue testigo en los años 60’ en la Argentina, cuando tenía veintipocos y pasaba tal y tal cosa… Es como un registro vivo, entendés. Son como cámaras ambulantes y eso me interesa en todos los órdenes. Me interesa a nivel familiar. Yo guardo muchos registros de todo. Me refiero a registro visual y no me desprendo fácil de cuestiones que pueden disparar un recuerdo, y sin ese disparador ese recuerdo se pierde. ¿Viste esa película Memento? Donde el tipo se pegaba papelitos en el cuello.
Yo siento que es eso, como en Memento. En cuánto vos te desprendés de todas esas cosas… Por norma yo no soy nada apegada físicamente a lo material; pero todo esto no es apego físico, sino que es apego a la memoria. Eso para mí es un registro súper. Y me ocupo de eso.

– Me hiciste recordar al poeta chileno Claudio Bertoni. Él guarda todo. Y guarda todo porque no quiere olvidarse de nada. Siente que la memoria es tan frágil.

– ¿Cuántos años tiene Bertoni?- pregunta Leila.
– 70 tendrá, 60 y algo. ¿67? 68 años.
– Yo pensaba 50. !Está fantástico!

– Entonces para él su preocupación es olvidar. Sostiene que está llegando a una edad en que la memoria es frágil, que se olvida de todo. Entonces guarda todo y tiene lo que tú explicas, cajitas de fósforos. Porque esa cajita de fósforo era de una amiga qué estaba en un café… Y la vio subir a un bus y escribió el poema tal. Entonces va guardando todos esos registros visuales. Bueno, él es fotógrafo también. Es muy visual. Y yo tengo entendido que tú también cuándo entrevistas te gusta eso: recorrer la casa del entrevistado, llevar cámaras y hacer las fotografía.
– Sí, pero no para publicarlas- rectifica Leila.

– No, no. Me refiero como un complemento de esta historia que tú vas armando de este personaje.
– Sí, totalmente. Tener un registro cómo fidedigno de todo lo que hay en el entorno- señala Leila-. Bueno también lo podés hacer cuando no existía la cámara digital, cuando no son fotos para publicar. Antes lo hacía tomando notas, recorría la casa de la gente tomando notas y me llevaba un tiempo. Por ahí me quedaba una hora sola dando vueltas por la casa de alguien viendo un pincel, un jarrito con tres cosas, libros que se ven en la biblioteca, esto, lo otro. Era como bizarro- señala Leila.

– Al final una persona es todo lo que lo rodea, no sólo lo que se dice. Es más de lo que dice de sí mismo. Lo que tú señalas: qué libro lee, qué música estaba escuchando, hasta la caligrafía de repente.
– Claro.

– Y ese algo exterior que rodea a una persona, “ese mundo privado” va formando lo que es.
– Sí, sí- ratifica Leila-. Digamos, escribís de una persona, por supuesto hacés la entrevista, pero también es como merodear a esa persona, como observar. Quedarse quieto del hecho de estar haciendo tantas preguntas.

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Buscando a Nicanor, el método

Es un hombre, pero podría ser otra cosa: una catástrofe, un rugido, el viento.
Sentado en una butaca cubierta por una manta, viste camisa de jean, un suéter beige que tiene varios agujeros, un pantalón de corderoy. A sus espaldas, una puerta corrediza separa la sala del balcón en el que se ven dos sillas y, más allá, un terreno cubierto por plantas, por arbustos…
Así comienza el perfil que publicó sobre Nicanor Parra en el libro Plano Americano de editorial Universidad Diego Portales. El texto es una clase magistral de cómo escribir un perfil. Leila siempre busca entre la maleza la palabra precisa, el adjetivo correcto, el sólido final de la frase. En ese sentido Leila es la personificación de la musa que baja a este mundo por un breve espacio de tiempo.

– Bueno, tú no estudiaste periodismo.
– No- responde ella.

– Porque de repente, siento que el periodista actual se queda mucho con el dato inmediato y no con la investigación. Eso se contradice con el periodismo: tú forma de actuar. Pero, creo, también tiene que ver con que te interesa mucho la literatura.
– Mira- responde Leila-, más bien tiendo a creer que lo único que uno puede hacer en un oficio como el de periodista es desarrollar un método. Lo único que uno podría hacer y a lo que uno podría aspirar es a poder decir: “Mi método es así, yo trabajo así”. Poder como verbalizarlo o por lo menos entenderlo. Saber cómo te funciona a vos la cabeza. Y en ese sentido hay tantos métodos cómo periodistas. Tenés una periodista gringa fantástica que se llama Susan Orlean, que es la autora del Ladrón de Orquídeas. La tipa va a entrevistar a la gente sin saber absolutamente nada de esas personas. O sea no hace la más mínima investigación. La verdad es que se pasa el tiempo haciendo notas con taxidermistas, orquidiófelos, gente con gustos muy específicos. Ella asume que las personas con las que va a hablar son los especialistas en ese asunto. Entonces se deja educar por ellos. A mí eso me daría un pánico atroz. Primero porque me sentiría absolutamente a merced del entrevistado. Me podría contar absolutamente lo que quisiera y yo debería creer. O sea, yo tiendo a creerle a la gente y después me tomo un mínimo trabajo de poner en duda. Esta mujer no. De pronto otra gente casi no hace preguntas; otra gente hace preguntas con un formulario envasado. Yo hablaba con un entrevistador español muy bueno y el tipo me decía: “Yo si hago una entrevista larga me llevo 60 preguntas, si es mediana me llevo 30, y si es corta me llevo 12”. Entonces el tipo lo tiene súper estipulado, entendés. Y sí lees el resultado de todas estas personas es muy bueno. Con lo cual creo que lo único que uno puede decir es: “Bueno, mi método es así y a mí me funciona esto”. Eso básicamente.

– ¿Y cuál es su método?
– Mi método es saber mucho de la persona que voy a entrevistar “antes de”, o de la historia que voy a contar. Todo lo que se pueda saber antes de abordar esa historia. Pero, a su vez, no hacer esa investigación previa si no tengo la certeza de que la historia la voy a poder contar, o el entrevistado me va a dar la entrevista. No trabajo sobre una posible frustración. Eso no me gusta. Y después, pedir una entrevista y no plantearla como una entrevista sino como una conversación, y avisar que no voy a poder solucionarlo en un solo encuentro sino que van a tener que ser varios encuentros. En el primer encuentro demostrar que eso va a ser así de verdad y que vale la pena que sea así. O sea digo, estar dos tres cuatro horas con una persona y hacer preguntas con tanta minucia que la persona misma se da cuenta cuando llevas tres cuatro horas por su año cuando el tipo tenía 12 años no hay manera, o sea digo, por un lado también es cómo una estrategia si te deja ir y no te vuelve a recibir, perdió cuatro horas de su vida, no le conviene. Y si pretende que escribas sólo con eso sabes que vas a publicar una historia que no va a tener una estructura. No hay nada para escribir o se va a tener que  resignar a la nada: imposible que escribás hasta que tiene 12 años.

– ¿Y algún entrevistado suyo, ha echado por tierra todo ese método?
– ¡Seguramente! No, pero nunca lo he vivido así en todo caso.

-¿No?
– No, no, no, nunca lo he vivido.

– ¿Pero te han tocado entrevistados difíciles?
– Sí, por supuesto. Todos los hemos tenido. Siempre es responsabilidad de uno. No creo que el entrevistado sea el problema, siempre es uno. Como el médico cuando te opera, no te puede echar la culpa de que te salió mal tus dos pacientes. De última tendrás responsabilidad compartida. Pero no existe la culpa del otro. Si uno no llevó las cosas a buen término es porque hubo algo del orden que se enciende o no se enciende. O que el entrevistado siempre está igual, no sé, está cansado. A veces las cosas empiezan mal, ¿viste? El tipo está como cruzado ¿qué se yo? Al tipo lo ves diez veces y las diez veces está a la defensiva, a la defensiva, a la defensiva. En este caso creo que simplemente se trata de decir: “Bueno, a ver, este hombre vive a la defensiva, ¿qué otras cosas hay de él que hablen de esto? No enojarse con la situación, si no ver cuán genuino es ese estado en el otro para tratar de que eso quede también plasmado en el perfil.

-En el fondo usar esa situación a favor de lo qué tú pretendes….
– Transformar una supuesta debilidad. Es como esa gente que dice “cada vez que lo hemos entrevistado no habla” Lo que pasa es que el entrevistado tampoco habla en la vida real. Messi, ponele, ese tipo no habla nunca. Entonces digo, ir a entrevistarlo y pretender que de pronto se transforme en Heidegger, que era una máquina parlante, es una pretensión estúpida de parte de un entrevistador. Entonces probablemente un perfil de Messi no sea conversar con Messi; sea pedirle al manager: “Quiero estar al lado de Messi durante 10 días, todos los días, todas las horas que usted me permita. ¿Qué tal, cómo te va? Te sentís bien?
¿Esa es la idea qué quieres realizar?”. Es un ejemplo. A mí en general no es que no me gustara pero siento que hay gente de acceso muy difícil. Y que nunca se van a llegar a entender exactamente. Si vos te ponés a rastrillar un poco mi trabajo vas a ver que nunca te vas a encontrar un perfil de Maradona, por ejemplo. Porque para mí hay algo que es muy importante que es el tema del acceso. Yo necesito acceso a una persona, hable o no hable, me da igual digamos, pero si yo no puedo acceder a esa persona. O sea con Mick Jagger, ponele. No podría hacer lo que yo hago con un tipo así, me entendés.  Porque no contaría con la colaboración, con la paciencia… Puedo pedir una té de manzanilla?- le solicita Leila al camarero.
La conversación le ha secado la garganta.

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Hagamos ficción. Podría Leila entrevistar a Charly? Podría compartir 30 segundos antes de darle un palo en la cabeza y correr despavorida sin que se desprenda una gota de sudor de su fibroso y femenino cuerpo? Tal vez podrían congeniar. Cada uno entregando algo más de lo debido. Como en una relación amorosa.
“Yo me muero por hacer un perfil de Maradona o Charly García, ¿me entendés? Hace poco me propusieron hacer un perfil de Charly. Les dije que sí, pero si tenía tres o cuatro meses y si él aceptaba las condiciones. Si había un manager con el que se pudiera hablar en estos términos: ‘Mirá yo quiero hacer tal o cual cosa’, le mando mi trabajo, le muestro. Pero a mí no me sirve que Charly García me reciba media hora en su casa. Hay gente que lo hace y lo hace muy bien, y en esa media hora saca, exprime una gran cantidad de observaciones. A mí me funciona otra… es como un slow motion ¿viste? Voy despacio. Si no es así prefiero no hacerlo. No siempre pude tomar esa decisión. Por suerte ahora puedo decir ‘no lo hago’.

– ¿Y de Jorge Lanata le gustaría hacer un perfil? ¿Lo está haciendo?
– No.

– ¿Le gustaría?
– Si, creo que sí. Pero no ahora, más adelante. Un personaje muy interesante, muy complejo.

– Usted le envió un escrito a él.
– Claro, mi primer trabajo. Él fue el que hizo que me metiera al periodismo.  Por eso me gustaría mucho hacer un perfil de Jorge Lanata; pero también siento que sería difícil porque separo mucho lo personal de lo laboral ¿no? (20:32). Es una figura muy importante en mi vida, con lo cual… y este  es un momento de muchísima exposición de él digamos ¿no? Con lo cual eso podría complicar un poco la cuestión. Pero sí, yo envié un cuento de ficción a Página 12. Lo dejé,más bien, en la recepción y él lo publicó.

-Y ahí, ¿qué edad tenías?
– 20, 21.

– Ya había estudiado turismo?
– Había estudiado turismo, había estudiado un poco de letras.

– ¿Estudiaste turismo por el asunto de la curiosidad también?
– Estudié turismo porque era una estúpida. No. No es porque la carrera sea mala; pensaba que yo quería escribir en realidad. Mi papá es un ingeniero químico, mi mamá una ama de casa, una maestra. No había una familia de artistas o de creativos, aunque sí mucho estímulo. Todo el tiempo se escuchaba mucha música: clásica, canciones italianas del festival de San Remo, Joan Manuel Serrat, de Beethoveen.  Era como una coctelera: rock, tango, a Los Beatles, los Rollings, Paul Anka. Una biblioteca gigante. Mi papá leía muchísimo, mi mamá también. Era una familia de clase media típica argentina, gente muy culta realmente. Pero con aspiraciones concretas que no tenían nada que ver con lo artístico. Aunque a todos los hijos nos estimularon muchísimo, si uno quería estudiar guitarra, o queríamos hacer hip hop, nos mandaban inmediatamente.

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La dictadura argentina

-¿Y en términos políticos heredó mucho de su familia? ¿Se hablaba mucho de política?
– No se hablaba tanto porque era plena dictadura.

– Pero sus padres ¿estaban en contra de la dictadura?
– ¡Por Dios! No sólo estaban en contra, sino que tomaban riesgos. No tenían militancia, pero sí tenían amigos militantes. O sea, la madrina de mi hermano tenía un hermano que era preso político y era toda una situación compleja porque venían a visitarnos en plena dictadura, y que en ese momento te visitara gente…

– ¿Se iban a esconder?
– No, no se iban a esconder, pero había una situación de precaución. Había que tapar el auto con una lona. O sea era complicado. Porque en las manzanas de las casas de los pueblos siempre había un delator. Había que tener mucho cuidado con eso.

– ¿Eso era en Junín?
– En Junín. Mi viejo tenía ejemplares en la biblioteca que si lo hubieran pescado lo llevaban. Del Diario del Che Guevara hasta La Patagonia Rebelde, fue en el ’79. Fuimos a conseguir ejemplares de La Patagonia Rebelde de Osvaldo Bayer a una librería que lo había traído, así cómo súper clandestino. Yo era una enana y me parecía lo más excitante del mundo.

– ¿Y la dictadura la marcó de alguna forma?
– Nos marcó. Yo nací en el 67. Al 76 no tenía ni diez años. Nueve. Y terminó cuando yo era adolescente. Tengo recuerdo de esa época como muy grises. No en términos de que a mí me haya pasado algo de cuidado directamente. Pero la relación que uno establece con el poder nunca más es la misma. Recuerdo que viajábamos mucho con mis viejos por el interior. Recuerdo un temor desafiante cuando nos paraba la policía. Mi papá tiene un aspecto muy revolucionario: barbón, muy buen mozo, buenmosísimo; pero usaba barba plena y una chaqueta verde militar prendida. Y salir en carpa en esa época, como salíamos nosotros, generaba cierta sospecha. Pero ayudaba el hecho que fuéramos una familia. Ellos eran súper jóvenes. Yo nací cuándo ellos tenían 20 años, o sea cuando yo tenía 12, 13 ó 14 ellos seguían siendo personas hiper jóvenes.
Recuerdo los retenes de la policía, o del ejército, en la ruta y era muy tenso. Después pasás por el campo y había una figura enorme de un un milico apuntando, un dibujo que decía:”No pase o el guardia abrirá fuego”. Era una cosa horrible.
Claro, entonces te queda como  esas estampas grises espantosas y a su vez bueno todo la… ¿viste el 83 cuando terminó la dictadura? Esta cosa de salir a la calle con los chicos a cantar “se va acabar, se va acabar la dictadura militar” y sentías estúpidamente que estabas haciendo la revolución. Pero creo que eso me marcó, como marcó a todo el mundo en esa época. No tuve un encontronazo espantoso, pero si me crié con una precaución con todo lo que tenía que ver con cuestiones militares. Todo lo que tenga, en un principio, que ver con gente autorizada a ejercer el poder por la fuerza, siempre me produjo rechazo y la necesidad de revelarme. Diego mi marido a veces me tiene que parar un poco porque… bueno, viajamos mucho juntos por lugares no del todo tranquilos y en la frontera siempre termino peleándome con alguien, que es lo peor que puedes hacer: empezar a los gritos con un milico de migración.

– ¿Eso en el fondo incidió en tú posición política? Esa infancia o ese recuerdo.
– Eso y tantas otras cosas. El haber tenido unos padres que se preocupaban un montón de la gente del entorno. Gente que no tenía ningún parentesco con nosotros. De pronto recuerdo unos viejitos que vivían en una casa derruida completamente en Junín y nosotros íbamos religiosamente todos los fines de semana a llevarles sweters o a saber cómo estaban. No era como una limosna, era cuidar a esta gente. Mi papá tiene una distribuidora de productos químicos y la relación que estableció toda su vida con sus empleados fue una relación de cuidado.
Y que mi mamá estuviera con los chiquitos… En los pueblos en la Argentina pasan los chicos tocando el timbre “Señora tiene algo para dar”. A mi casa tocaban el timbre 20 niños por día más o menos. Siempre había 3 ó 4 amadrinados. Si, supongo que todas esas cosas: la naciente idea de la justicia social, de la distribución de la riqueza. Todo eso. Pero no es sólo por la dictadura. Creo que la dictadura me hizo mucho más arisca en cuestiones de poder.

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Latinoamérica al instante

– ¿Cuál es su visión de la Argentina actual?
– Esas cosas se pueden ver con la perspectiva del tiempo. Creo que es un momento de…

– … ¿Incertidumbre?
– No creo que sea un momento de incertidumbre. Yo creo que es un país que está profundamente asentado en la democracia y en la república. En la libertad de circulación, en la libertad de expresión. Me parece que en eso funciona perfectamente bien. No creo que sea incertidumbre. La mayor incertidumbre que veo tiene más bien que ver con la economía que con la política. Me parece que el mundo de la economía está muy complicado. Me excede hacer un análisis de eso realmente… No creo que haya una distribución de la riqueza del todo justa en este momento; para nada justa más bien. Se habla de superávit, pero los lugares con el superávit no se ven: la educación pública, la salud pública todo eso. La verdad es que yo no lo veo. Tengo mucho trato con gente que no tiene recursos, ni posibilidad de pagarse una medicina pre paga o cara y tienen que atenderse en hospitales públicos y sigue siendo malísimo. En las provincia la gente está súper mal, en el interior del país.

– Es curioso: Pareciera como si estuviera hablando de Chile o de Perú.
– Sí, sí, en Perú están un poco desilusionados también con Humala.
– Entonces al parecer es más latinoamericano.
– Yo creo que ustedes, los argentinos, están mucho mejor que nosotros los chilenos.

-¿En qué sentido?- pregunta Leila.
– En cuanto a cultura, a educación. En relación a justicia creo que están un millón de años mejor que nosotros- le confieso.
– Yo creo que en ese sentido la Argentina ha sido un país muy sabio al comienzo de la democracia- responde Leila. Y explica:
– Argentina fue el único país de toda Latinoamérica que organizó una democracia sin transición pactada por nadie. O sea, el martes asumió Alfonsín y el jueves le estaban haciendo juicio a los milicos. Eso fue para mí la cosa más emocionante que pudo haber. Pero después los radicales lo pagaron, eh. Y lo pagaron carísimo. Se la cobraron. Hasta el día de hoy que el partido está aniquilado. Pero creo eso que vos decís: qué estamos mejor. En la justicia sí. Yo coincido: la Argentina fue la primera democracia rodeada de dictaduras. Estaba acá Pinochet, estaba la dictadura en Paraguay de Stroesner, en Uruguay. Estábamos rodeados. Para la gente de mi generación, que empezó a vivir en democracia todavía muy joven, sobre el juicio a los militares no hubo un minuto en el que yo escuchara que otro camino era posible. Era lógico. Entonces cuando acá pasó que Pinochet quedó en el Senado nosotros dijimos: “¿Perdón?”. Hasta el día de hoy a mí me cuesta mucho entender lo que pasa en España con toda esta cosa del juez Garzón que quiere juzgar a los criminales de la época. Pero ¡obvio qué si! ¿Cómo no van a juzgarlos? Por qué no hicieron eso en su momento? Para un argentino criado y habiendo aprendido esas lecciones de justicia es muy complejo entender el funcionamiento de otros países. Yo me acuerdo la indignación atroz con los juicios de Punto Final y de Obediencia Debida de Menem. O sea eso fue atroz ¿no? Dio marcha atrás con todos los juicios y las condenas que Alfonsín había hecho. Pero puede ser esa visión que vos decís: que nosotros estamos mejor, los argentinos también la sientan con Chile. Creo que estamos asumiendo que la Argentina fuera Buenos Aires y Chile fuera Santiago. Me parece que son dos ciudades que nos miramos una a la otra y no sé si tenemos la capacidad para ver lo que pasa fuera de esas capitales.
Yo estuve el año pasado en Copiapó 15 días. Hice una crónica allá. Si bien en Copiapó hay muchísimo dinero. Realmente es increíble: una ciudad enana con un nivel. La gente vive de una manera completamente distinta a la que se vive aquí en Santiago, en la capital. O sea ves grados de sofisticación. Entonces me parece que esa mirada puede ser un poco engañosa, porque lo que vos decís lo vemos de Chile. En la Argentina se dice: “Bueno, no, Chile está mucho mejor económicamente, más estable. La distribución de la riqueza es mejor”. Y acá lo que ves es que la diferencia social y de ingresos es brutal y creo que en ese sentido Chile está más jorobado que la Argentina porque acá lo que tienen sumado -a la diferencia de ingresos concreta- es algo que en la Argentina no existe y es el tema del clasismo. En Argentina hay, pero no al nivel de acá. Yo veo que están preocupados si naciste en La Reina o La Cisterna, o en Pudahuel. Tampoco Argentina es el mundo perfecto y la circulación social es total. Es muy difícil que un chico de Recoleta se vaya a poner de novio con una chica que vive en la Villa 31, o que vive ahí todavía. Pero es distinto. No es un tema como acá.

– Sí, ocurre esa división de Plaza Italia hacia arriba o de Plaza Italia hacia abajo, y hay gente de Plaza Italia hacia arriba que no conoce lugares… ¡ni Estación Central! – le explicamos a Leila-. Pero también se genera un círculo donde no necesita ir a Estación Central porque todo lo que necesita está a tres comunas a la redonda.
– También se fantasea y se autoexcluye la gente- responde Leila-. Si vos tomás un taxi en la calle, hablás con cualquier kiosquero de esta parte te dicen:  “Ahh, usted tiene que conocer el Costanera Center porque es todo lujoso”. Pero eso es carísimo. Y vos vas al Costanera Center y es un shopping cómo cualquier otro. No pasa nada ¿entendés? De hecho es más chico que otros, no hay ni ahí las marcas que la gente fantasea que hay. Los precios son igual de los del Parque Arauco, es lo mismo. Pero la gente tiene esa idea.

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La urbe, Evita y el populismo

“Santiago me pareció una ciudad aburridísima las primera vez que vine y muy incomprensible. No entendía la circulación. En Buenos Aires esta cosa de las autovías no es como acá, donde una avenida circunvalar te lleva a la costanera, o te lleva hasta la otra punta. Hay dos o tres: la Avenida Libertador. Pero después todo es muy cuadrado. Acá me costaba mucho entender. Me daba un aire muy gringo esta cosa que te subís a una autopista y terminás en Santa Mónica. Me pareció abrumador el hecho que muchas veces me iba y no veía las montañas. Me parecía indignante. Pero te diría que a mí me gusta mucho esta zona de Santiago Centro, incluso ediliciamente, estos edificios de estos años. Tengo muchos amigos que viven por esta zona; pero curiosamente me quedo más en la zona de El Bosque, o por esa parte que llaman Sanhatan, porque me queda cómodo para el trabajo que vengo a  hacer: las clases en El Mercurio y todo esto, y también me resulta muy grato porque yo corro, como no tengo mucho tiempo me traigo mis zapatillas y puedo salir a correr por allá. Sin embargo te diría que estos barrios céntricos son esos típicos barrios de los cuales escribo cuándo viajo por las mías o cuando salgo a pasear por Buenos Aires. Este Sanhatan  sería al equivalente a la Recoleta que es un barrio que no me llama la atención en absoluto”.

– ¿Tú en qué barrio vives?
– Un barrio que se llama Villa Crespo, un barrio muy popular. Mi casa queda en Darwin y Carmargo.
Bueno, ese es el barrio que a mí me gusta. Con negocios pequeños. Y además como a mí me gusta mucho cocinar…
Me enferman esas ciudades donde no tenés negocios. Cada vez que vengo a Santiago por lo general, cuándo me quedo una o dos semanas, me quedo en un apart hotel donde puedo cocinar. Me molesta mucho tener que hacer las compras en el supermercado, o sea no encontrar un almacén, una carnicería, una verdulería a pocas cuadras. Las ciudades sin mercado me molestan- finaliza.

“¿Qué lugares me han interesado de Santiago? Mirá, siempre vengo por trabajo. Cuando uno viaja por trabajo es muy difícil que te dé tiempo y que digas ‘Bueno, me voy acá, no sé, a Renca’. Me encantaría: es un lugar que particularmente me llama mucho la atención. Ese cartel que puso la Alcaldesa “Renca la lleva”(ríe). Que desparpajo tan curioso. Y toda esa parte la conozco mal”, reflexiona Leila.

– Me quedó dando vuelta lo de Renca. ¿Por qué te interesa la comuna de Renca?
– Siempre paso por ahí cuándo vengo del aeropuerto y fue la primera impresión de Santiago.
Me da mucha curiosidad por el Cristo, es bonito ¿no? Es como que baja del cerro y después están todas esas casas bajas de madera que parecen casi extra sacadas de alguna población patagónica, como de Puerto Montt. Es bello…Y está inserto ahí a dos metros de Santiago Centro.

– Hay mucha pobreza ahí.
– Sí, claro.
-Hay mucho mercado el fin de semana: ferias. Pero también delincuencia, narcotráfico. Y curiosamente esa gente votó por una candidata de derecha, de la UDI.
– ¿Ahh sí?- pregunta Leila.
– La alcaldesa es muy populista: lleva a participar grupos de cumbia, vedettos.
– Suelen pasar esas contradicciones. Eva Perón en ese sentido tenía tan claro lo que pasaba. Bueno, igual la gente la adoraba y gente muy humilde. Pero ella decía siempre: “A los pobres les gusta el lujo”, y por eso a mucha gente le indignaba que Eva se vistiera con vestidos de Dior. Yo lo puedo entender, ella no quería ser una zaparrastrosa con la gente que ella era… a mí me suena cómo cuando Gay Talese se pone su traje blanco para ir a entrevistar al último mafioso o al último tipo pobre de la calle. El tipo se va con su mejor ropa como si fuera a ver a una princesa. Esas contradicciones tienen que ver con qué le prometen a la gente… y la verdad digámoslo: la gente de izquierda no siempre ha sido beneficiosa para el pueblo. O sea, se supone que buscan la justicia social y qué se yo, pero no siempre ha sido así. La gente pobre ha sido jodida por todos los partidos posibles. Por los de derecha, por los de centro y por los de izquierda.

Gay Talese

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Lecturas obligatorias

Leila pertenece a ese grupo de lectoras voraces. Lee mucha poesía, narrativa, novelas; pero no cuentos.

-¿Estás con muchos proyectos para escribir? Tú escribes muy lento, te demoras mucho entre un libro y otro.
– Sí, tengo una producción muy tranquila, muy lenta. Pero lo que si trabajo y escribo mucho son artículos para los medios que después recopilaré en un libro. Mis proyectos tienen más que ver con esos trabajos de edición para la Diego Portales y de artículos planificados para distintos medios. Pero no lo pienso en esos términos. Para mí el trabajo es un continuo. Voy pensándolo primero: termino de viajar, después llego a casa como a llamar por teléfono a tal persona.

– ¿Y la línea editorial de esos artículos te la dan? ¿O tú puedes escribir lo que tú quieras y se publica?
– A veces me hacen encargos.
Pero lo que no me dicen es, quiero que lo escribas de tal o cual manera.
La temática a veces es por encargo, y lo hago si me interesa, o si siento que hay algo que me desafía. No necesariamente tiene que ser algo que me encante. Puede ser algo que me dé hasta cierto rechazo, hasta cierto temor.

– ¿Y qué tema te da rechazo o temor?
– No, ninguno a priori. Pero no encargos que tienen que ver con cosas raras. De pronto te dicen hacé una nota rara. Y uy, cómo lo encaro? Y armar el mapa de ese artículo te resulta más trabajoso porque en principio no es algo que se te hubiese ocurrido a vos; si no que se le ocurrió a un editor. Si el editor es bueno y sabe explicarte qué es lo que espera es mucho más fácil. Si tienes una nota sobre la literatura norteamericana y la figura del río. Si te dice eso y te da dos o tres líneas más o menos es simplemente ir tirando. En cambio si el tipo te dice, bueno no sé, el río, la literatura, los norteamericanos, los niños, te produce una confusión grande.

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– ¿Qué estás leyendo ahora?
– Ahora estoy leyendo muchos libros porque se reunieron lanzamientos de autores que me interesan. Estoy leyendo el último libro de John Irwing  que se llama Personas como yo, Canadá de Richard Ford, Thelegraph Avenue de Michel Chabon. Y un  libro que estoy releyendo se llama El adversario de Emmanuelle Carrére. Tengo una pila gigantesca de libros de amigos atrasadísimo. Entre otros dos libros que me dan mucha curiosidad arrancarlos ya, uno es Tránsito de Alberto Fuguet y el otro es un libro que sacó Rafael Gumucio (Historia personal de Chile, editorial Hueders) que me encanta, son dos miradas que las recibo y que me gustan mucho.

-¿Richard Ford te gusta?
– Sí, muchísimo.

– Has leído todos sus libros?
– Todos.

– ¿Y cuál es que más te gusta?
El Día de la Independencia.

– ¿Y de Raymond Carver?
– No me gustan los cuentos. Soy lectora de novelas. Bueno, los leo. Si es un autor que me interesa. Pero cuando me empiezo a entusiasmar el cuento se termina. No soy buena lectora de cuento, lo reconozco. Salvo los cuentos de Catherine L. Moore. Ella sí, ella me gusta mucho, y más sus cuentos que son novelas. Curiosamente ella es mi autora favorita y escribe cuentos.
-¿Y qué poetas argentinos me puedes recomendar?
-No.

-¿Ninguno?
-Una uruguaya te puedo recomendar: Idea Vilariño.

– Alejandra Pizarnik?
-No, bueno, es muy buena, pero no es el tipo de poesía que a mí me gusta.

– ¿Juan Gelman?
– No, no es el tipo de poesía que a mí me gusta. Bueno, son grandes poetas pero cómo que te dijera Spinetta, es un gran músico pero a mí no me gusta la música. O Prince, genial pero a mí no…. Pero tampoco  es cómo que no me gustan o que diga ” Ahh, sacá eso”. No. Simplemente que resueno más con otras cosas. Se apreciar Pizarnik, Silvina Ocampo, Gelman. Son todos poetas de la ostia, pero no es el tipo de poesía que a mí me mata.

– ¿De los poetas chilenos cuál es el que te gusta más?
– Nicanor Parra me gusta muchísimo. Gonzalo Rojas. Bertoni me parece un genio. Me gusta mucho Enrique Lihn. Me gustan algunas cosas de Rodrigo Lira. Nicanor tiene una potencia que a mí me fascina. Más que sus últimas cosas: los artefactos y todo eso; su antipoesía, la primera poesía, digamos.

– Hiciste un perfil de él. ¿De él te gusta la cosa más cotidiana?
– No al contrario, creo que lo más cotidiano es lo que hace con los artefactos. Me gusta más su poesía de los años 50. Me parece un poeta con una idea del ritmo, de la métrica. Yo no sé si alguien tendrá una oreja cómo la tiene Nicanor. Hace lo que quiere. Masajea el idioma con una… no sé… ta, tata tata. Lo leés y decís ¿en qué momento hizo esta construcción? No se equivoca en un acento, en nada, es perfecto. Lo fui a ver cuándo hice la nota, pero yo no soy amiga de Nicanor. Me parece una persona muy agradable. Es un personaje público.

-,¿Y Bolaño? ¿Te agradan sus novelas?
– Sí.

– Pero no eres fanática de Bolaño.
– ¿Pero hace falta ser fanático de todo lo que a uno le gusta?- pregunta Leila disgustada. Yo creo que no. No se puede tener 14 fanatismos. Yo soy fanática perdida de L.M. todo lo demás está por ahí. Me gusta, pero no sé si uno tiene que ser fanático de todo. Me parece que no. Me interesa mucho el libro 2666. Sobre todo la parte de los crímenes. Me parece una obra fantástica que de alguna forma me conectó con Chile.

– Y Estrella Distante?
Estrella Distante me interesa menos. Pero la debería releer porque la vez pasada estaba hablando con Jorge Herralde y lo escuché hablar con tanto entusiasmo de la novela que digo: “Bueno, yo debería releer esto porque no tengo el recuerdo”. Como El Día de la Independencia, que lo leí y me deslumbró. Sin embargo Jorge Herralde habló con tanto entusiasmo que me dieron ganas de volver a leerlo.

– Te contagió con el entusiasmo.
– Pero bueno son libros que uno va leyendo a lo largo de 10 años, entonces uno lee como para olvidar un poco.
Jorge Herralde dijo qué él le tenía mucho cariño a El Gaucho insufrible, a ese libro de cuentos, porque era maravilloso. Yo me quedé maravillada con 2666. Había pasado bastante tiempo sin leer a Bolaño. Después murió y se publicó esto y yo justo estaba escribiendo mi primer libro Los suicidas del fin del mundo y un amigo español me dijo: “Tienes que leer la parte de los crímenes de Bolaño en 2666. Justo había salido, lo compré, me lo leí todo, y justamente me resonó mucho esto porque el primer libro mío era como una especie de máquina de picar carne y me quedé muy prendida. Viste que los libros son también el momento en que lo lees, en las circunstancias. De repente los vuelves a leer 5 años después y es otro libro.
Total, o te desilusionó. Muchas veces ves una película que te encantó en su momento y después decís “Ufff, que lata”.

La entrevista ha terminado y Leila llama al camarero y pide que le anoten en su cuenta los jugos y el té que hemos -y ha- bebido. Luego se despide y desaparece escaleras arriba. Yo llamo al recepcionista y pago toda la cuenta. Lo que bebemos lo pagamos nosotros. ¿Qué se ha creído está mujer?… ¿En qué mundo vive Leila Guerriero?

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