El goleador chileno del Atlético de Madrid

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Por Rodrigo Ramos. Fotos de Sebastián Rojas Rojo.

Toda la semana le pasó la escena por la cabeza. Él frente a Francisco Franco, el dictador español. La sola idea le pesaba. No pegó un ojo la noche anterior a la final de la Copa de su Excelencia el Generalísimo (hoy Copa del Rey). En consecuencia, Francisco Paco Molina (Suria, Barcelona, 29 de marzo de 1930) no llegaba en su mejor condición. Atlético de Madrid, el equipo de Paco Molina, definía con el Athletic de Bilbao.
El partido comenzó disputado. Pronto vino una jugada por la izquierda, un centro a ras de suelo y Paco Molina conectó. Gol. La celebración fue con mesura. Paco Molina no quiso mirar la platea. Casi 10 años atrás, Franco, quien observaba el partido, había expulsado a sus padres de España.
Tras la Guerra Civil Española (1936-1939), la familia de Paco debió escapar a Francia. En una suerte de campo de refugiados, el niño, de casi 10 años, comenzó a deslumbrar con el balón. Los soldados franceses le entregaban golosinas cuando el niño hacía un lujo. Le aplaudían. Los españoles vivían hacinados y  en condiciones miserables. Al niño, en cambio, le doblaban la ración de leche. Paco pintaba para crack en aquellas frías tardes bajo la sombra de los Pirineos.
Comenzaba la Segunda Guerra Mundial y Pablo Neruda, cónsul especial de Chile en París para la inmigración española, lideró la notable idea de trasladar a un grupo  de refugiados españoles hasta Chile.
Así surgió la leyenda del “Winnipeg”, el barco que trajo al país a alrededor de dos mil refugiados, entre ellos la familia de Paco. Las primeras semanas de viaje fueron tensas, recuerda Paco desde su casa, ubicada en un barrio de Antofagasta. Temían que un submarino alemán del tipo U2 hundiera al barco.
“Los niños pasábamos los días esperando la aparición de un periscopio. No dimensionábamos lo que podía sucedernos. Seguro habríamos terminado en el fondo del mar”, afirma con la vista fija en su perro de raza Pug.
Por suerte el “Winnipeg” superó la zona de conflicto y entró a aguas más tranquilas. Paco y otros chicos se entretenían pateando bolas confeccionadas con medias de las mujeres. El 3 de septiembre de 1939, el barco francés atracó en Valparaíso. Fue el momento en que comenzó otra historia para Paco Molina, la de uno de los más destacados futbolistas chilenos de todos los tiempos.

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El futbolista
Paco Molina vivió la adolescencia en Valparaíso. No se despegó de la pelota. Deslumbró en los cerros, ya con la tranquilidad de no saberse perseguido. Hizo su debut en Wanderers. Mostró su calidad como mediocampista.
Poseía un remate con ambas piernas. Le pegaba como fierro a la pelota con sus zapatos número 38. Paco ya se sentía chileno. La Universidad Católica se lo llevó a Santiago. Colo Colo lo pedía prestado para sus giras. Eran otros tiempos para el fútbol. Había más romanticismo.
El campeonato Sudamericano (Copa América) de Lima, en 1953, consagró a Paco como el goleador del torneo. Anotó 8 goles en 7 partidos.
El hombre de pelo cano y camisa blanca con suspensores nos entrega un libro con recortes de la época. Reconoce que le cuesta recordar, pero conserva como hueso santo las imágenes del enfrentamiento con Uruguay. Era el equipo campeón del mundo, el del Maracanazo. Paco le hizo tres goles a Uruguay.  Hace un gesto como si estuviera saltando. Paco, de un metro 70 y algo, le ganó a los rudos centrales uruguayos. Eso lo alegra hasta el día de hoy.
La camiseta de Chile es gruesa y tiene botones en el medio. El número 10 parece de gasa.  Mantiene la camiseta en una caja de cartón. “Fue un orgullo jugar por Chile. Cantar el himno nacional”, dice con la voz entre cortada.
Paco le hizo dos goles a Brasil y luego otros tres a Ecuador. Cerró un torneo magnífico y eso provocó su retorno a España, esta vez para jugar en el Atlético de Madrid, el equipo campeón de la época.

 

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Colchonero
Hace un par de años, un diario español le dedicó una página. “Paco Molina” se titula el artículo firmado por José Antonio Grinán. El cronista lo recuerda como un goleador letal. Paco fue el ídolo rojiblanco de infancia de José Antonio. En la década del ‘50 no había televisión. Sólo quedan las crónicas. Papeles que dan cuenta de la calidad del futbolista chileno. Paco aparece en el diario AS, por ejemplo.
A Paco no le gusta jactarse de sus logros. No podemos ver sus goles, pero las crónicas son generosas en adjetivos. Paco no se explica por qué los diarios trataron tan mal en su momento a Pellegrini y también a Alexis Sánchez. A él nunca lo criticaron.
Molina marcó 33 goles en 58 partidos. Fue figura el Atlético de Madrid en los tres años que estuvo (1953 a 1956). Tenía todo arreglado para continuar hasta que apareció el fantasma de Franco. Dentro de la negociación con el club estaba la posibilidad de llevar a su padre de Chile a España. Sin embargo, el gobierno se lo impidió y Molina deshizo el contrato. “Quizás mi carrera habría sido distinta”, dice el hombre. “Por suerte”, agrega, “perdimos la final de la Copa El Generalísimo. No sé que habría hecho al tener a Franco al frente”.
La carrera de Paco continuó en Chile. Fue campeón con Audax Italiano. Más crónicas generosas con su calidad, esta vez de la revista Estadio. Don Pampa, eximio cronista deportivo, dijo que Paco Molina era un diestro insider, amigo de la gambeta, un hombre de cinco estrellas.
El mítico Julio Martínez lo calificó de crack: “Mete la pelota con suma justeza. Mueve la cadera con cadencia y confunde a los rivales. Con su pequeño botín le pega con una fuerza de obús”.
Se retiró del balompié bordeando los 30 años, por un problema estomacal. “Algo parecido a los vómitos de Messi”, dice.
Agrega que gracias al fútbol quedó con una costilla rota, una lesión al tobillo y problemas en la rodillas. “Son secuelas de un tiempo donde se jugaba de otra manera el fútbol. No  había cambios. El roce era más fuerte. La medicina no tenía tantos avances”, afirma resignado.
Desde los años ‘70, Paco Molina vive de manera tranquila en Antofagasta. Se vino para entrenar al Club de Deportes Antofagasta, sin embargo, encontró el amor. Esa decisión lo hizo alejarse de sus amigos del fútbol, explica.
Sergio Livingstone, compañero de selección, siempre lo recordaba. Julio Martínez también le dedicaba palabras. Los nuevos periodistas deportivos no lo conocen.
Paco se asume en el olvido. No obstante, sigue pendiente del fútbol. Quedó deslumbrado con el Barcelona de Pep Guardiola. Ahora espera que el Atlético de Madrid sume una nueva corona. Dice que tienen los méritos. Ve los partido con sus amigos del centro español de Antofagasta, como un hincha colchonero.

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