Una vida y media

Por Héctor Hernández Montecinos.

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Carmen fue al taller de Sergio. Una señora enorme de crenchas aun más enormes que hablaba pausado y con rostro yagán, parecido al de Pedro, en esos ojos valientes pero apretados de rabia, dolor y pito. Leyó un poema inédito que luego encontraría en la revista Matadero que Parrita, como le decían los amigos, editaba junto a Milton Aguilar. Me fascinó la Berenguer, su acidez y su “pluma indomable” como se dice de ella en Loco afán. Su poesía me estremeció y nos invitó al lanzamiento de su Naciste pintada, libro de más de trescientas páginas que no dejó de retumbarme por años, tanto así que para salir de la Católica hice mi tesis en él. También fueron al taller Yanko González, leímos a Malú Urriola, Sergio nos habló de los poetas norteamericanos, de Carlos Williams Carlos, como le decía algunas veces, de la Plath, de Ginsberg, como te conté antes, de muchos más. Todas las lecturas que nunca conoceríamos en los cuatro años de la universidad acá en unos pocos meses ya eran nuestra materia prima para entender que la poesía no era lo que yo creía era y que la vida, la vida de verdad, con su violencia, con sus deseos proscritos y con esos afectos que poco a poco comenzaban a tener nombre eran también la poesía. En el taller de Parrita pasaban cosas maravillosas que con Paula queríamos compartir con todo el mundo. Les contábamos a nuestros compañeros de la universidad sobre el manifiesto de Lemebel, los gatos de una tal Malú y de Bobby Sands, les hablábamos de los beatnik, de una poesía chilena que no eran estos jóvenes que habíamos escuchado allá, tampoco era Manuel Silva ni Óscar Hahn. Ese 99 había sido tan increíble que dudaba que la vida pudiera darme cosas mejores que las que ya estaba viviendo. Había escrito poesía, conocía a escritores en persona, comenzaba a tener libros que principalmente me robaba de la misma biblioteca de Balmaceda o de la del Centro Cultural de España, tenía nuevos amigos, por primera vez probaba el alcohol, el cigarro que no me gustó y algunas drogas de moda que tampoco me llamaron mayormente la atención. Nada podía ser mejor a los 19 años. Una de esas cosas maravillosas aunque ciertamente impactante para mí, pues descubrí algo que no sabía de la poesía, fue lo que sucedió poco antes de mi cumpleaños. Después de todos los autores que Sergio me había nombrado y yo anotado en una libreta iba sagradamente cada domingo al persa Biobío a buscarlos en los cajones de libros usados. Allí pillé las primeras ediciones de Brindis de Germán Carrasco y sus sonetos, Vía pública de Eugenia Brito, Simples placeres de Nadia Prado o Metales pesados de Yanko a quien ya conocía. No obstante, el mejor hallazgo que tuve fue la edición original de La Manoseada del propio Sergio Parra. Me pareció hermoso encontrar un libro de mi profesor de poesía, aunque pensé que quizá sería importante para él tenerlo. Lo compré y lo llevé a la clase siguiente para regalárselo por todo lo buena onda que había sido conmigo. Esperé que terminara la sesión y le extendí el libro envuelto en un papel de diario. Sonrió y con su anillo en forma de águila rompió el papel. Reconoció de inmediato su libro y dio una carcajada, pero cuando lo abrió su rostro se hundió y sus ojos se llenaron de lágrimas. Me preguntó bruscamente dónde lo conseguí y creí que hice algo malo. Imaginé que era un ejemplar que le habían robado de su casa si es que tenía casa o que era una edición pirateada sin su autorización. Me atemoricé pero me contó que ese libro se lo había dado a alguien con mucho amor hace algunos años, pero esa persona había muerto en el accidente de un avión que se estrelló regreso de México en las costas de Perú. “Este libro yo se lo di a Bárbara Délano y ahora regresa contigo”, me dijo. Miré la dedicatoria que tenía y ciertamente él se la había escrito a ella. Era una letra hermosa, alegre, grande, jovial. “Ahora es tuyo”, le dije. “Gracias”, me contestó y se fue aún emocionado por todo lo sucedido. Por primera vez pensé que los poetas cuando mueren son sus libros los que quedan acá, sus palabras, sus noches sin dormir y su amor. No sabía nada de Bárbara, no sabía que su cuerpo nunca fue hallado ni que muchos de sus poemas quedaron inéditos, pero me bastó la descripción de Sergio para imaginármela completamente y sentirme parte de una cadena misteriosa de la poesía en que vivos y muertos sufren por igual.

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Luego me enteré, no recuerdo si por Sergio, que ella había escrito un libro llamado Playas de fuego donde narraba su propia muerte. Me sobrecojo de tan sólo recordar, Aristeo. Yo no sabía que la poesía también se trataba de esto. Yo no sabía que la belleza es también una fatalidad. He aquí unos fragmentos. Léela apenas puedas, los poetas muertos regresan cada vez que alguien como tú los lee. La poesía no es cosa de vida o muerte, sino de vida y resurrección. “Porque todo lo que se pierde va a dar al mar/ me tiendo en el borde/ para oír a mis hermanos muertos (…) Puedo verte/ danzando sin cabeza/ desnudo sobre las olas llameantes /moviendo apenas los labios/ los dedos apuntando hacia arriba/ donde los pelícanos baten sus alas mudas (…) Bajo el aire salobre del puerto /el viento agitaba sus certidumbres contra mi rostro/ Éramos jóvenes       lo sé /tenía el cabello despeinado /y el mar de pronto fue una bóveda/ encerrando todos los secretos todas las visiones (…) Desde aquí veo la extensión del agua/ perderse en el horizonte/ una gran lámina plateada y brillante/ bajo el sol ardiente del verano (…) A orillas del mar la Historia ha ido a perderse/ sin justificaciones     sin héroes       sin santos (…) No en vano somos nada mis amigos muertos y yo (…) Por ellos me he tendido aquí/ para abrazarlos amorosamente/ como lame el mar a lo lejos la orilla (…) Se mecen goletas en el agua/ pero no hay consuelo para mi boca seca (…) Soñé con el agua desbordada y tú mi amor venías sin/ cabeza bailando sobre el mar todo de colores (…) Había mucha gente que quizás conocí/ Gritaban y corrían de un lado a otro/  Mi sueño era mudo/ Sólo te veía a ti avanzando sobre el mar. Meses después supe quien era Poli y le comenté de los versos maravillosos de su hija. No me dijo nada y bajó la mirada. Se notaba que la extrañaba aún y podía percibir el dolor que le producía su recuerdo sin luto, sin ella. Pensé en mi padre, en qué sentiría el si yo me hubiese muerto en ese año. Él no sabía nada de este nuevo mundo. No sabía cómo me iba en la Católica ni siquiera que estaba yendo a un taller de poesía. No sabía que estaba tomando, cosa que él nunca hizo. No sabía que le había escrito un poema ni menos que me había decidido a ser escritor.

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