También somos hijos de la Revolución Sandinista

Un grupo de muchachos chilenos se incorporan en Nicaragua a la revolución sandista el 79. ¿Cómo se origina esta gesta?
¿Qué sentían? ¿Qué papel juega Gabriela Mistral en todo esto? ¿Cuál fue el rol, casi suicida, de los chilenos en el Frente Sur?
De todo ello nos cuenta José Miguel Carrera en el siguiente artículo.

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Por José Miguel Carrera

Hace 35 años varios jóvenes chilenos formábamos parte de las columnas guerrilleras del Frente Sandinista de Liberación Nacional en la zona fronteriza que limita Nicaragua por el sur con Costa Rica. El FSLN emprendía en 1979 la ofensiva final contra la dictadura somocista, tan o más criminal que la que oprimía a los chilenos en esos años.

Desde las diferentes unidades militares, donde prestaban servicios los militares chilenos, llegaron los mensajes a través de los conductos reglamentarios: sus jefes cubanos los debían presentar en la Academia Militar de las FAR. En mi caso, la UM 2642. El propio jefe de Regimiento llegó a buscarme al barracón donde se alojaba mi pequeña unidad, una compañía de Infantería. Nunca más he vuelto a esa unidad ubicada en la periferia de La Habana. Todos los citados éramos los chilenos que llevábamos años en la Tarea Militar en las filas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba.

Entre los citados empezaron las interrogantes. ¿Será para ir a Angola o a Chile? Nadie lo sabía. Nuestros encargados militares, y obviamente los dirigentes partidarios civiles, tampoco sabían nada. Sólo quedaba esperar. Cuando ya estábamos todos fuimos informados que recibiríamos una preparación militar especial y de inmediato nos trasladaron a una escuela guerrillera. Hasta ese momento nuestra formación había sido únicamente prepararnos para la guerra del tipo regular. En la época de la dictadura en Chile, sobre todo sus primeros años, cada militante de la izquierda chilena que era detenido se le acusaba de haber recibido preparación militar en esa escuela guerrillera llamada Punto Cero y denunciado públicamente por los diarios de la dictadura tanto El Mercurio como La Tercera.

Mirando a mis compañeros concentrados para esta misión, me daba cuenta de que habíamos crecido profesionalmente. Ya no éramos los chascones estudiantes de medicina del año 1975, cuando comenzó para nosotros la Tarea Militar, o los que llegaban con distintas pintas de casi todas partes del mundo donde había exiliados o del mismo Chile, incluyendo ex prisioneros de los campos de concentración de la dictadura. El contingente ahora tenía porte y aspecto militar, como decían los oficiales cubanos. Este grupo de jóvenes revolucionarios que se preparaba militarmente, cualitativamente estaba maduro y preparado para cumplir cualquier misión.

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Fuimos organizados en un pelotón. Claudio, un oficial destacado, fue designado jefe militar del grupo. El jefe político era Salvador. La orden que recibimos en esa fase de preparación, era ejercitarnos fundamentalmente en el tiro de cañones sin retroceso y morteros, además de la preparación combativa individual. Los oficiales artilleros del grupo ayudaban a preparar a los que no éramos de esa especialidad, como era mi caso. Debo decir que durante toda mi permanencia en las Fuerzas Armadas cubanas nunca había gastado tantas municiones de fusilería, artillería y morteros juntas en un entrenamiento, como hicimos durante la estadía en esa escuela guerrillera.

En mi unidad militar de origen, cuando ejecutábamos el tiro de infantería, se cumplía toda una gama de procedimientos para medir la efectividad del tiro, así como el reglaje de los órganos de puntería del armamento, las posiciones de disparo, la señalética, entre otras series de normas, especialmente las de seguridad. En cambio, en Punto Cero, los instructores cubanos tenían como principal objetivo que apuntáramos bien en las más variadas posiciones de tiro que se pueden dar en un combate real, en la que no está ajena la lucha cuerpo a cuerpo. Ellos contaban en esa escuela, imposible olvidar, con un aro de metal similar al de los arados que arrastran los tractores en los campos, como un blanco de tiro especial. Este debía sonar siempre cuando disparábamos. Si no sonaba significaba que estábamos apuntando mal y los instructores nos corregían de inmediato. Ellos decían en el mejor tono guaposo de los cubanos: “Chileno, si no le das al blanco de inmediato, el blanco ese te dará a ti, así que déjate de cuentos, límpiate bien los ojos y apunta de nuevo correctamente. Quiero oír la musiquita del arado ese, ¿oíste chileno?”. Y mirándonos a todos, el instructor jefe nos mandaba a seguir disparando y ordenaba gritando: “Atiendan acá, quiero escuchar una sinfonía de tiros…Apunten… ¡Fuego!”

Continuó la intensa preparación sin saber todavía el objetivo de la nueva misión. Nadie sabía en verdad para que era la preparación y en el oficio de militares revolucionarios en que nos habíamos formado, no es costumbre siquiera preguntar. Se realizaban las prácticas de tiro, de día y de noche, tiro artillero simulando condiciones de lucha irregular, aprendimos el tiro llamado “vietnamita” – tenía ese nombre debido a que en la guerra contra los invasores yanquis los combatientes vietnamitas los atacaban solo con el tubo-cañón del mortero y las municiones; los órganos de dirección de tiro del mortero eran los brazos, ojos y oídos de esos heroicos guerrilleros.

Encontrándonos en el área de ejercicios de tiro, un día fuimos llamados urgentemente al lugar de formación frente a nuestro albergue. Teníamos una importante visita. Era nada menos que el comandante Fidel Castro, el líder de la revolución cubana en persona y una comitiva de jefes que lo acompañaba. Claudio, como jefe de pelotón, dio el parte reglamentario. El legendario comandante nos dijo que pasáramos a una sala donde hablaría con nosotros.

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Al entrar vimos a un general del Ministerio del Interior cubano. Hasta ese entonces, nosotros sólo nos relacionábamos con los oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba. El alto oficial pintaba en la pizarra con tiza un plano que representaba el mapa de un territorio. Fidel indicó unas correcciones y tomó la palabra diciéndonos algo así como lo siguiente:

“El pueblo nicaragüense está dando una dura y sacrificada contienda en contra de la tiranía somocista, y el Frente Sandinista de Liberación Nacional está a la vanguardia de esa lucha. El triunfo popular es inminente. El FSLN tiene armamento de artillería, pero no cuenta con especialistas. Han solicitado apoyo a Cuba, y de acuerdo a nuestros principios, se la daremos”.

Nos indicó que lo pintado en la pizarra era un esquema que representaba el lugar donde se desarrollaban los combates de uno de los frentes de guerra, el Frente Sur “Benjamín Zeledón” éste se enfrentaba con las fuerzas de élite de la Guardia Nacional del dictador Somoza. El dibujo mostraba el borde delantero de los guerrilleros, un puente que cruzaba un río llamado Ostayo, la carretera Panamericana que lo atravesaba, la frontera con Costa Rica, el gran Lago de Nicaragua y otros datos importantes.

Para nosotros quedaba claro ahora cuál sería la misión de los oficiales chilenos: Combatir junto al pueblo de Nicaragua. Y semejante Jefe dándonos la misión. Todo un honor.

El comandante Fidel nos dijo que sabía que nosotros estaríamos dispuestos para combatir en Nicaragua, pero faltaba la autorización del Partido Comunista chileno, en el que en ese tiempo militábamos. Por lo tanto debíamos esperar. Luego se retiró con su comitiva, pero antes nos preguntó qué estábamos comiendo, si estábamos conformes con el alberge, entre otras cosas.

¿Y qué pasa si los dirigentes chilenos decían que no? ¿Cuánto tiempo se demoraría la respuesta? En esa época no había fax, email ni celulares. Estaba claro para nosotros que solicitaríamos ir de igual modo, dijeran lo que dijeran. Ya teníamos la mala experiencia de la misión de apoyo a Angola: los jefes militares cubanos al poner en completa disposición combativa a las unidades designadas para esa misión, no aceptaron la participación de oficiales chilenos, y los reemplazaron por oficiales cubanos. No estaban autorizados a llevarnos en esa misión en África, o los jefes cubanos tenían otras ideas para con nosotros.

Luego de la visita de Fidel, un suceso extraordinario para todos los presentes, se intensificó la preparación combativa. No había tiempo que perder. Nos sentíamos orgullosos de estar en ese lugar. Y aquí sucede lo extraordinario. Me había criado en una población de la zona sur de Santiago, en la comuna de La Granja, específicamente en la población João Goulart, nombre de un presidente democrático brasileño que fue derrocado por un golpe militar. La dictadura chilena, en un acto rastrero, cambió su nombre por Villa Brasil para caerles en gracia a los militares golpistas brasileños. La población era vecina de otra muy luchadora, la Yungay, y de la no menos importante y conocida población San Gregorio en el paradero 23 de la avenida Santa Rosa. En otras palabras, yo, orgulloso hijo de pobladores, tuve el honor de ver dos veces en un mismo día al comandante Fidel Castro, porque se apareció de nuevo esa noche.

Con la comitiva nuevamente frente a nosotros y ante un grupo expectante y sin habla, planteó que la dirección partidaria chilena estaba de acuerdo, y él no podía esperar hasta el día siguiente para informarnos. La emoción en esa pequeña sala fue increíble, todos al unísono empezamos a cantar la Internacional, el himno de los trabajadores del mundo y se acabó la reunión. No había más que hablar. Hubo otras visitas del jefe de la revolución cubana, pero yo no estaba en Punto Cero. Iba rumbo a Peñas Blancas, el puesto fronterizo entre Nicaragua y Costa Rica, siguiendo a otros hermanos que partieron primero.

Muchas historias se cuentan acerca de esos dos encuentros en que yo tuve el honor de participar. Lo más simpático, pienso yo, es que un oficial de sobrenombre “Chino” se quedó con el habano, el puro que había estado fumando Fidel. Durante todo el tiempo que duró su permanencia en Punto Cero, que no fue mucha, andaba por todos lados con el tabaco apagado en la boca para que no se gastara. Otros oficiales guardaron los pedazos de tiza sobrantes. He escuchado que todavía los tienen.

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Emociona recordar a los militares que estaban conmigo en ese momento, sobre todo a los que hoy no están vivos y que murieron en esa misión: el Teniente de Infantería Edgardo Javier Lagos, el Teniente Artillero Days Huerta Lillo, el Teniente de Infantería Miguel Rojas. Y tantos otros hermanos que entregaron su vida después del triunfo revolucionario de 1979, en la lucha para combatir a la contra revolución, junto a los guerrilleros de El Salvador y los internacionalistas que cayeron en Chile, combatiendo a la dictadura.

En conjunto con los cubanos, nuestros responsables seleccionaron los grupos para incorporarnos al combate. Fuimos organizados para el viaje, pero no sabíamos que junto a nosotros, también viajarían combatientes socialistas chilenos y de varios países, nicaragüenses, guatemaltecos, salvadoreños y uruguayos. Eso lo descubrimos en el aeropuerto cuando abordamos el avión que nos trasladaría a Centroamérica.

En ese viaje también partieron nuestras compañeras de la Tarea Militar, las diez jóvenes médicos militares chilenas. Los seudónimos de guerra de estas valientes internacionalistas eran: Julia, Elena, Ada, Gisela, Mayra, Elda, Oisis, Betty, Doris y Aleida, y están inscritos en la historia combativa del FSLN. Todas ellas eran especialistas en aseguramientos médicos militares. Dos de ellas, Mayra y Ada, eran madres cuando emprendieron el viaje a Nicaragua. La primera, dentista de profesión, tenía una niña de dos años y la segunda, cirujana, una hija de apenas un año. No dudaron en cumplir esa misión que les encomendaba en ese momento la revolución cubana.

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Después de la guerra nos enteramos que muchos chilenos civiles, exiliados en Cuba, hombres y mujeres de diferentes partidos de la izquierda e independientes, recibieron una intensa preparación militar en esa época. Estaban listos y decididos para unirse a la guerrilla sandinista. Sin embargo, la guerra finalizó antes de que terminaran su preparación.

Antes de partir nos llamaron a formar para repartirnos nombres, según se nos dijo. Formamos una fila, y tal como uno ocupó un lugar al azar en esa fila, así fue bautizado. Recibimos nombres como Benjamín, Salvador, Eduardo, Evaristo, Amado, René, Omar, Mario, Rafael, Gustavo, David, Gladio, Celsio, David, Julio, Armando, Arístides, Andrés, Germán, Augusto, Nibaldo, Cipriano, Gonzalo, Gualberto, Juan Carlos, Hugo, y Joaquín, entre tantos otros seudónimos que aparecieron por primera vez y que nos acompañarían por muchos años. Varios no quedaron conformes con sus nuevos nombres, que también incluían apellidos. Algunos no eran muy bonitos, pero no nos quedaba más remedio que aceptar, porque a medida que a uno lo bautizaban, sacaban una foto y hacían el pasaporte. No recuerdo ahora de qué nacionalidad eran esos documentos. También nos hicieron firmar una carta muy formal y solemne, que a más de uno lo hizo meditar. En ella dejábamos indicado a quién queríamos que se le comunicara nuestra muerte y le entregaran una pensión póstuma.

Luego que salió el primer grupo le tocó al mío. Me refiero a los oficiales comunistas de nuestro campamento, ya que después nos enteramos que cuatro oficiales artilleros socialistas ya habían viajado y participado en la toma de Peñas Blancas, pueblo fronterizo de Nicaragua.

Acomodamos en una pequeña maleta las pertenencias que nos asignaron para esta misión. Estas incluían dos uniformes verde olivo, binoculares, botas, una muda de ropa interior, la necesaria regla “táctica” para el trabajo con los mapas, una brújula y una muda de ropa civil. Y así, vestidos de paisanos y con el resto de las cosas en el maletín, partimos desde la escuela al aeropuerto de La Habana. De ahí emprendimos el vuelo a un lugar que nosotros desconocíamos, y que resultó ser finalmente el aeropuerto de Panamá.

Todos en el grupo vestíamos de manera parecida; llevábamos un unico modelo de maletín que solo variaba en su tonalidad, cargado al azul o al rojo; parecíamos una delegación deportiva. Sentíamos que llamábamos poderosamente la atención de los demás pasajeros del avión y más todavía cuando llegamos al aeropuerto de destino. Pero por la fluidez del paso por la aduana panameña nos quedó claro que el gobierno del General Omar Torrijos apoyaba la causa sandinista, sin lugar a dudas. Entregábamos el pasaporte a los funcionarios panameños de inmigración y salimos del aeropuerto a una casa de seguridad en plena Ciudad de Panamá.

En los grupos posteriores, diversificaron las “pintas” de los viajeros, según nos contaron, y más encima les pusieron acompañantes (maridos o esposas postizas) para dar una señal de más normalidad y compartimentar mejor el viaje.

En la casa de seguridad panameña de los sandinistas habían más combatientes esperando viaje. Los dueños de casa nos dieron una rica comida y un sabroso café negro. De repente se dio la alarma, el responsable nos dijo que estaba listo el avión y debíamos continuar la marcha hacia nuestro destino final. Subimos a un microbús muy caribeño, pintado en su interior de múltiples colores y con una radio a todo volumen. Ya en el aeropuerto entramos directamente a la pista aérea. El bus se detuvo cerca de un pequeño avión al que nos indicaron que subiéramos por la parte posterior. Éramos alrededor de veinte personas entre mujeres y hombres, todos jóvenes, guatemaltecos, nicaragüenses y chilenos.

Luego de una espera que pareció interminable, el avión tomó la pista y comenzó el vuelo. Era de día y al lado del piloto iba un hombre armado. Para no caernos debíamos afirmarnos de unos cordeles y mallas colocadas en las paredes laterales del avión que utilizamos como agarraderas. No tenía asientos el avión. Algunos “pasajeros” se acomodaron sentados en el suelo; yo me quedé parado, no sé por qué, a lo mejor para estar más atento. Tampoco sabía cuánto duraría el vuelo.

El avión de transporte de carga, era totalmente abierto. La cabina estaba unida al área de carga, o de pasajeros en este caso, y se podía ver al piloto. Durante el viaje empezó a llover violentamente, como llueve en Centroamérica. El agua entraba por la puerta trasera. Ninguno de nosotros hablaba, sólo nos mirábamos. El silencio absoluto permitía que sólo se escuchara el ruido del motor y de las hélices del avión. Así como empezó, cesó la lluvia, dando lugar al calor y la humedad. Nos percatamos que había cambiado un poco el ruido del avión. Daba la impresión de que bajábamos, lo que significaba que se terminaba el viaje y estábamos llegando a nuestro destino. Seguíamos sin saber dónde aterrizaríamos. Nadie tenía idea.

El piloto enfiló el avión a un campo que parecía pista, y -esto lo recuerdo muy bien- había ganado pastando en ella, vacas. El piloto echó una maldición y,  por lo que dijo después, asumimos que era panameño. Hizo una pasada rasante para, según él, espantar a los animales, volvió a elevarse y enrumbó nuevamente hacia la probable pista de aterrizaje, la que ya estaba despejada de animales. También esta bajada y subida podía significar una señal a los que nos esperaban. Y nos aprestamos para aterrizar. Apretamos puños y dientes. Una vez que tocamos pista tiritábamos por el movimiento del desplazamiento en el terreno y sentimos un gran alivio cuando nuestro avioncito comenzó a detenerse en su rodar en el pastizal de la improvisada pista aérea.

Fue un éxito el aterrizaje. Para nuestra tranquilidad y alivio, estábamos enteros, pero esto duró poco. Se abrió la gran puerta trasera del avión y su copiloto nos indicó con señas de que debíamos bajar inmediatamente. Obedecimos rápidamente sin preguntar y nos tiramos a la tierra con nuestros maletines. Para nuestra sorpresa y preocupación, apenas se bajó el último, cerraron la puerta y el avión emprendió nuevamente el vuelo de forma inmediata.

El piloto se fue con su copiloto sin decirnos absolutamente nada. En otras palabras, nos dejaron en medio de la nada sin saber cómo contactarnos con alguien, o por lo menos siquiera saber en qué país estábamos, si en Panamá, Costa Rica o Nicaragua. En medio de todas esas dudas, alguien indicó que nos ocultáramos bajo unos árboles. Era de día, podían descubrirnos y no teníamos ningún armamento para defendernos. Tampoco sabíamos quiénes nos podrían descubrir y de quién defendernos, ni cómo identificar a los buenos, y menos a los malos.

Imagino cómo nos podría ver cualquiera persona ajena: éramos un grupo de jóvenes vestidos de manera informal, citadinos, con maletines deportivos en medio de una selva de algún país que no conocíamos. Muy raro y sospechoso. Daba no sé qué ver los zapatos de taco alto de las compañeras cuando se les enterraban en el barro de los pastizales cada vez que ellas daban un paso.

Nos arrimamos a unos árboles cerca de un camino de tierra, esperando que aparecieran a recogernos. No sé cuánto tiempo transcurrió. Cundía en nosotros una muy justificada inquietud, para decirlo elegantemente. Por fin empezamos a sentir ruidos de vehículos, y por las señales de luces que hacían asumimos que nos buscaban a nosotros. Salimos poco a poco de nuestro improvisado escondite con mucha desconfianza. Nos dieron la bienvenida invitándonos a subir en las cabinas de unas modernas camionetas y partimos rumbo al frente de guerra. Eso era lo que nosotros ansiábamos y esperábamos.

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Tomamos rumbo en dirección a la aduana fronteriza entre Nicaragua y Costa Rica por la carretera Panamericana. Ahí supimos que habíamos aterrizado en territorio de Costa Rica, a unos veinte o treinta kilómetros del frente de guerra. Los sandinistas controlaban la aduana de los dos países y una franja de territorio nicaragüense desde la frontera hasta una línea o borde delantero más al norte limitado por un río llamado Ostayo, el mismo que había pintado Fidel en la pizarra del centro de entrenamiento de Punto Cero. A la derecha estaba el gran Lago de Nicaragua y por la izquierda, a mucha distancia, estaba el Océano Pacífico.

Antes de viajar a Nicaragua conocíamos muy poco de ese país, casi nada.

Por lo menos en mi caso, la primera noticia concreta que escuché de los nicaragüenses, aparte de haber leído algunas cosas del General Augusto César Sandino, fue cuando estudiaba medicina en Cuba en diciembre de 1974. Me enteré por el noticiero cubano que un grupo de sandinistas había tomado una casa en el centro de Managua, la de un partidario del dictador Somoza llamado  “Chema Castillo” y en forma decidida lograron el rescate de varios de sus hermanos encarcelados.

Aparecían en las noticias los nombres de los combatientes del comando y ni siquiera imaginaba que después del triunfo de la revolución nicaragüense tendríamos el honor de conocerlos, por lo menos a varios de ellos: Joaquín Cuadra, Javier Carrión, Omar Halleslevens, Hugo Torres, Leticia Herrera, Hilario Sánchez, Eleonora Rocha, Olga Avilés. De los que no llegaron al triunfo revolucionario -Eduardo Contreras, Félix Pedro Picado, Germán Pomares, Roger Deshón y Alberto Castillo- pudimos conocer solamente sus hazañas revolucionarias por comentarios.

En la propia escuela de Punto Cero y con la ayuda de mapas y documentos, supimos que Nicaragua era el país más extenso de América Central, y que en esa época tenía unos tres millones de habitantes. Que por el norte limitaba con Honduras y al sur con Costa Rica, y por el este con el Mar Caribe y al Oeste con el Océano Pacífico. El territorio donde las fuerzas del Frente Sur desarrollaban sus combates correspondía al Departamento de Rivas, ubicado al suroeste de Nicaragua. Este lugar corresponde a un istmo, dispuesto entre las aguas del océano Pacífico y del Lago de Nicaragua. Es como un “pasillo”, cruzado en toda su extensión por la carretera Panamericana hasta llegar al puesto aduanero de Peñas Blancas, ubicado en la frontera con Costa Rica.

La lucha por la liberación de Nicaragua es sorprendente. Las generaciones de patriotas de ese país  nunca dejaron de combatir por la justicia, Sandino era su héroe nacional y Carlos Fonseca, junto a Santos López, Tomás Borge, Silvio Mayorga y otros revolucionarios fundaron el FSLN. Tres años antes del triunfo sandinista Carlos Fonseca, líder máximo, había caído en combate.

Pero más sorprendente aún, sobre todo para un chileno, es enterarse que Gabriela Mistral, nuestra poetisa Premio Nobel de Literatura (1945) defendía en sus escritos al héroe de las montañas nicaragüenses, Augusto C. Sandino, divulgando su lucha y reclamaba el deber de los latinoamericanos de apoyarlo.

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En su escrito “En París, 1928” nos dice: “El general Sandino carga en sus hombros vigorosos de hombre rústico, sobre su espalda viril de herrero o forjador, con la honra de todos nosotros. Gracias a él la derrota nicaragüense será un duelo y no una vergüenza; gracias a él, cuando la zancada de botas de siete leguas que es la norteamericana, vaya bajando hacia el Sur, los del Sur se acordarán de ‘Los dos mil de Sandino’, para hacer lo mismo”.

Y agrega: “Los hispanistas políticos que ayudan a Nicaragua desde su escritorio o desde un club de estudiantes harían cosa más honesta yendo a ayudar al hombre heroico, héroe legítimo, como tal vez no les toque ver otro, haciéndose sus soldados rasos (al cabo tiene Nicaragua dos fronteras no demasiado pequeñas y que es posible burlar). Cuando menos, si a pesar de sus arrestos verbales, no hacer el préstamo de sí mismo, deberían ir haciendo una colecta continental para dar testimonio visible de que les importa la suerte de este pequeño ejército loco de voluntad de sacrificio”.

Continúa “La Benemérita del Ejército de Sandino”, como la nombró el propio General: “Nunca los dólares, los sucres o los bolívares sudamericanos que se gastan fluvialmente en sensualidades capitalinas estarán mejor donados. Sandino no ha visto llegar hasta hoy los mozos argentinos, chilenos, ecuatorianos, que son su misma carne y que le deben una lealtad temeraria y perfecta que sólo la juventud puede dar. ¿Dónde está la naturalísima, la lógica Legión Hispanoamericana de Nicaragua?” .

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Nuestra Gabriela da una dura batalla cuando escribe en sus artículos de 1928 y 1930, con motivo de la invasión norteamericana a Nicaragua: “Para mí Sandino es un héroe”, en contraposición a las mentiras de Herbert Hoover, presidente de los Estados Unidos, y de la prensa gringa que lo nombraba “bandido”, justificando la invasión de las tropas yanquis.

Nuestro Fidel Castro, pudiéramos decirlo así, fue quien vino a ayudarnos a responder el llamado de Gabriela Mistral a los jóvenes chilenos de apoyar a la causa de Sandino en Nicaragua, aceptando el pedido de apoyo del FSLN a Cuba en los meses previos al 19 de julio de 1979. Al designarnos a nosotros, un grupo de chilenos que formábamos parte de las FAR de Cuba, para cumplir esa misión internacionalista en Nicaragua, quizás Fidel nunca imaginó que nos estaba permitiendo, como pueblo chileno, además de cumplir el pedido de Gabriela Mistral, el devolver la mano solidaria que el mundo entero extendía a Chile, impactado por el golpe militar de la derecha que derrocó al gobierno de Salvador Allende.

Nicaragua era sometida a la despiadada dictadura de los Somoza. Esta dinastía nació con Anastasio Somoza García, designado por los propios norteamericanos a cargo de la Guardia Nacional. El organizó el asesinato de Sandino el 21 de febrero de 1932. El Frente Sandinista de Liberación Nacional llevaba años de lucha y tenía una estrategia política y militar bien definida. Buscaban la toma del poder a través de la destrucción de la tiranía somocista y su Guardia Nacional.

Para lanzar la Ofensiva Final que terminará con el gobierno de Somoza, los dirigentes sandinistas habían hecho una clara lectura del contexto internacional. La dictadura estaba aislada internacionalmente, el FSLN contaba con la solidaridad y apoyo de la comunidad internacional, destacándose el apoyo de países como Cuba, Costa Rica, Panamá, Venezuela y México, y de los movimientos revolucionarios latinoamericanos.

En el plano nacional, luego de una fracasada insurrección en septiembre de 1978, el Frente Sandinista comprendió que el éxito estratégico dependía de la neutralización de la tropa élite de la Guardia Nacional.

Para mayo de 1979, el aislamiento interno de la dictadura de Somoza era evidente. Sólo contaba con el apoyo de la Guardia Nacional y del Partido Liberal Nicaragüense. El resto de las fuerzas políticas – el Frente Amplio Opositor, el Movimiento Pueblo Unido y otros – trabajaban coordinadamente con el FSLN, que en marzo de 1979 había alcanzado la unidad de sus tres tendencias: la Tercerista, Proletaria, y Guerra Popular Prolongada, mientras se fortalecían los frentes de guerra del FSLN.

Para la Ofensiva Final, la tarea estratégica era cumplir las misiones de los frentes de guerra, impulsar la huelga general y desarrollar a plenitud la insurrección general en todos los departamentos del país.

Los frentes de guerra sandinistas, dislocados y en combate, eran el Frente Norte  “Carlos Fonseca”, el Frente “Pablo Úbeda”, el Frente Occidental  “Rigoberto López Pérez”, el Frente Central “Camilo Ortega”, y los Frentes Oriental “Ulises Tapia”, Sur Oriental “Roberto Huembes”,  y el Frente Sur “Benjamín Zeledón”.

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En el libro “La Epopeya de la Insurrección”, escrito por uno de los principales líderes insurreccionales del sandinismo, Humberto Ortega Saavedra, refiriéndose al Plan General de la Ofensiva Final, explica que este consistía en lograr en un tiempo estimado no menor de 30 a 45 días, el asalto de todas las fuerzas sandinistas sobre la capital Managua, para obligar al enemigo a la rendición o a su derrota.

Durante los meses de marzo, abril y mayo de 1979, se da inicio a la Ofensiva Final. En el Frente Norte, se produce la toma del Jícaro y Jinotega por fuerzas al mando del Comandante Germán Pomares. Se suceden ataques a guarniciones somocistas de El Sauce, Río Grande y otros pueblos. Se lleva a cabo la toma de Estelí por guerrilleros comandados por Francisco Rivera, un legendario jefe sandinista.

En el Frente Sur -donde entraríamos en combate los chilenos- una de sus columnas, la “Jacinto Hernández”, fue aniquilada totalmente en la zona de Nueva Guinea por las tropas élites de la Guardia Nacional, que concentró sus fuerzas para lograr ese objetivo.

En la preparación de la insurrección final, los miembros del Estado Mayor del Frente Occidental fueron capturados y asesinados por la Guardia Nacional en la ciudad de León.

El plan ofensivo del Frente Sur tenía como objetivo principal atraer y empantanar las fuerzas élites de la Guardia Nacional mediante la toma del Istmo de Rivas, contribuyendo a crear las condiciones para la insurrección en todo el país.

En función de este plan, a partir del 28 de mayo de 1979, se realizaron acciones de hostigamiento en las vías de comunicación que conducían a Rivas y ataques a esa ciudad. Columnas guerrilleras combatieron con patrullas de la Guardia Nacional y llegan hasta la colina 155, donde se enfrentaron con los refuerzos que movilizaron los somocistas. Otras dos columnas atacan y toman el poblado El Naranjo y alturas aledañas. Simultáneamente, se realizan acciones entre La Virgen y Peñas Blancas y en el Río San Juan.

El jefe guerrillero Carlos Duarte (“Gerónimo”) relata en sus escritos, “Síntesis de la Ofensiva Final en el Frente Sur”, que la Guardia Nacional realizó muchos intentos para recuperar El Naranjo y la colina 155, pero no lo logró hasta el 9 de junio, a pesar de fuerte resistencia. Después de 11 días de combate en la colina 155 (Miraflores) y en El Naranjo, y luego de rechazar los ataques de la infantería enemiga apoyada por artillería ligera y pesada, la aviación y la fuerza naval, las agotadas fuerzas del Frente Sur “Benjamín Zeledón” -que sólo contaban con armamento ligero de infantería y un par de morteros con poca munición- se retiraron de esas zonas.

En esos momentos, como producto de esta ofensiva, los cuarteles de la Guardia de las ciudades de Managua, Masaya, Estelí, León, Matagalpa, Chinandega y otras, fueron atacados por fuerzas sandinistas. Nicaragua estaba prácticamente insurreccionada. Como consecuencia de la primera fase de la ofensiva del Frente Sur del 27 de mayo al 10 de junio de 1979 se atrajo a su zona de combate una parte sustancial de la tropa élite somocista lo que contribuyó al levantamiento insurreccional de las ciudades más importantes del país.

En apoyo a los sandinistas, Cuba había organizado un puente aéreo con Costa Rica. Al respecto, en su libro “La Paz en Colombia”, Fidel Castro dice lo siguiente: “Carlos Andrés (Pérez) nos había solicitado hasta cohetes antiaéreos para proteger a Costa Rica de la aviación militar de Somoza. Nuestra disposición fue la de apoyar a Costa Rica con armas antiaéreas no coheteriles, de por sí complejas, y a la vez apoyar a los revolucionarios nicaragüenses. Esto último lo discutimos únicamente con las autoridades ticas (de Costa Rica) que se sentían directamente amenazadas. En un momento oportuno, por cada tonelada de armas para Costa Rica iría otra para los revolucionarios de Nicaragua”.

Entre el 11 y el 14 de junio, el Frente Sur se reorganizó y recuperó fuerzas, se formaron nuevas columnas y un Estado Mayor. Llegaron desde Cuba las primeras dos baterías de artillería, seis cañones de 75 mm chinos sin retroceso y seis morteros checos de 82 mm., y con ellos, los primeros cuatro oficiales chilenos, todos socialistas.

El Estado Mayor guerrillero había elaborado un plan de combate para tomar Sapoa y Peñas Blancas con la participación de la artillería. Las columnas guerrilleras a cargo de Laureano, Roger, Jerónimo, Benito y Fernando eran las fuerzas principales. La columna de Laureano se emboscó en las proximidades del Río Ostayo, en la carretera que une Sapoa y la Virgen, para contener posibles refuerzos del enemigo. Roger se tomaría Sapoa. Benito y Jerónimo tenían la misión de tomarse Peñas Blancas.  La columna de Fernando permanecería en la retaguardia como reserva. Siendo aproximadamente a las 05:30 a.m. empezó la ofensiva con el fuego de la artillería, morteros de 82 mm. y cañones de 75 mm.

Refiriéndose a los combatientes chilenos, el comandante Javier Pichardo, uno de los principales jefes del Frente Sur Sandinista, en una charla  en la Universidad Autónoma de Nicaragua (UNAN) en julio de 2009, a propósito de la conmemoración del 30 aniversario de la Revolución Popular Sandinista, dijo que la incorporación nuestra contribuyó a conseguir mejoras notables en el entrenamiento básico de infantería de los voluntarios nicaragüenses e internacionalistas, en el empleo de la artillería, en la organización de los puestos de mando y en la asistencia médica.

El dictador Anastasio Somoza, en su libro “Nicaragua Traicionada”, escrito después del triunfo revolucionario, relata: “Cada una de las ciudades atacadas se encontraba bajo una presión tremenda. Sin embargo, la peor amenaza la constituía aquel ejército que había cruzado la frontera desde Costa Rica. Tuve que tomar una difícil decisión, que era retirar tropas de las varias ciudades sitiadas para llevarlas al campo de batalla del Sur […] Y a pesar de las limitaciones, movilizamos más de mil hombres hacia la frontera sur en un solo día”.

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La Guardia Nacional pasó a la defensa a partir del 16 de junio, conteniendo el avance de las fuerzas guerrilleras del Frente Sur en la colina 50. Esta decisiva batalla transformó el carácter de la guerra en una guerra de posiciones y se mantuvo así hasta  el 19 de julio, día del triunfo.

El Frente Sur se estabilizó a partir del 17 de junio. La correlación de fuerzas fue cambiando a favor de las fuerzas guerrilleras del Frente Sur, hasta llegar a tener más de dos mil combatientes, 60 piezas de artillería de C-75 y M-82 mm, tres M-120 mm, decenas de lanzacohetes y ametralladoras ligeras y pesadas, y una pieza de artillería anti-aérea de 14.5 mm.

Cuando se dio inicio a la segunda fase de la ofensiva final en el Frente Sur “Benjamín Zeledón” el 15 de junio 1979, gran parte de los oficiales chilenos formados en Cuba ya habíamos ingresado a Nicaragua.

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Gloria eterna a los combatientes internacionalistas chilenos:

Juan Cabezas Torrealba, Mario Guerra Ruiz, Days Huerta Lillo, Edgardo Lagos Aguirre, Miguel Rojas Contreras, Roberto Lira Morel, David Camú, Juan Cortés Zuleta, Alberto Geraldo Bonilla, Charlo Reyes, Juan Palavecino, Jorge Olivares Vega, Luis Emilio Mendoza, Volodia Alarcón, Antonio Ibáñez Godoy, Víctor Otero, Cristian Bascuñán, Roberto Diez, Aníbal Maur, Ramón Navarro Villar, Víctor Romeo de la Fuente, Iván Figueroa, Aníbal Espinoza, Pedro Hernández, Jorge Casares, Orlando Contreras, Víctor Minué, Antonio Cortés, José Silva, Moisés Marilao Pichun, Juan Henríquez Araya, Joaquín Valenzuela Levi, Antonio Madrigal, Julián Peña Maltes, Roberto Nordenflycht, Raúl Pellegrin Friedman y Ana Flores Hernández.

José Miguel Carrera. Combatiente Internacionalista
Santiago, Chile, Julio de 2014

Extractos del libro Misión Internacionalista, de una población chilena a la Revolución Sandinista. José Miguel Carrera. Editorial Latinoamericana 2010.

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5 Respuestas a “También somos hijos de la Revolución Sandinista

  1. Y ustedes los chilenos por que nunca incluyen a Ferito ( Haroldo Horta) que cayó en manos de la GN en febrero 18 de 1979 estuvo en manos de el comandante Bravo y de la ordas de asesinos vietnamitas, chilenos, israelí etc y luego fue en cancelado en Tiscapa hasta julio 19…Por que a el no lo incluyen…si el es Chileno y fue un valiente combatiente.

  2. Nos sentimos agradecidos los combatientes del FSLN, por preparación militar y política, el asesoramiento de los compañeros chilenos militares profesionales ,en las misiones combativas y ayuda para construcción del Ejército Popular Sandinista brazo armado de la revolución. Viva la memoria eterna de compas chilenos caídos en combate.

  3. Felicitaciones Miguel, por tu interesante relato de tu participación y de muchos chilenos que yo conocí, en la lucha para liberar a Nicaragua del Dictador Somoza.honor y gloria a todos. Los Sandinistas los recordamos y los tenemos en el corazón.👋👍 muchos saludos. Mario Edelberto Torres Rueda. Mayor(R)

  4. MIS RESPETO PARA ESOS CHILENOS QUE FORMARON PARTE DE NUESTRA HISTORIA,DANDO SUS VIDAS PARA DERROCAR AL GENOCIDA SOMOZA,LA MEMORIA DE USTEDES ESTARAN SIEMPRE EN NUESTROS CORAZONES.

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